Macharrán, o la pasión de leer en el baño

bathroom-literature-within-reach-read-roll-by-design-bu-large Me dijeron macharrán de una manera tan despectiva que tuve que ponerme mascarilla de protección respiratoria, de esas que andan de moda, porque pensé que podía tratarse aquello de la octava plaga. Ya Lizza Fernanda (a.k.a. Luis Felipe Díaz, ¿o será del otro modo?), me lo había dicho. “Ven, macharrán,” me dijo. “Porque tú y Rafa Acevedo son dos macharranes”.

Pero la acusación vino porque, a petición de otro Rafa (esta vez, Rafael Franco Steeves), y vía Facebook, hice una lista de lecturas que habían causado una impresión permanente en mi formación de vida. Todos esos autores son hombres macharranes, me dijeron. Pero hay varia literatura de la generación Beat, incluyendo a Burroughs, que era homosexual. Peor, me dijeron. Los Beats eran misóginos como tú, que hasta lees en el baño.

Antes que la sangre llegará al río, me callé la boca, pero permanecí absorto ante el develar de pruebas, pues, es cierto: leo en el baño.

¿Tanto se me nota? ¿O fue pura intuición? Porque de que sea cierto a que ello me cualifique como macharrán, hay mucho papel que desenrollar.

Es claro: leer es un acto de intimidad que mucha gente no está acostumbrada a ver, a no ser que sea en un librería –cosa que, entonces, no cuenta, pues es como fumar en el área de fumadores.

Pero de regreso a nuestro asunto, me di la tarea de comprobar, por medio de una autoridad confiable y verificable que supla el peritaje adecuado, si leer en el baño es un acto identatario de la masculinidad. Y, en efecto, en The Art of Manliness.com me lo comprueban: leer en el baño es un hábito muy dado entre los hombres, contrario a las mujeres, que rara vez lo hacen, y cuando es el caso, lo niegan.

Grandes hombres de la historia, desde Winston Churchill a John F. Kennedy, encontraron solaz para sus lecturas en la habitación más visitada después de la cocina. De niño, recuerdo, en el baño de mis padres podía encontrar desde tratados masónicos, libros como Jesuscristo era extraterrestre, hasta poemarios de José Ángel Buesa. Cuando menos, siempre había algún Reader’s Digest, El Visitante o quizá un Vea.

Así, luego de tener el fundamento teórico afianzado, fui tras la prueba empírica a mi baño.

Y he aquí la misma: El informe Brodie, de Jorge Luis Borges, y The Poetry of Surrealism, editada por Michael Benedikt.

Surreal.



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