Ziggy, filósofo de la fatalidad

ziggy Bajito y de boca grande. Cabezón y calvo. Parece no tener cuello, por la manera en que su torso se funde en su grado de cefalización. No se le conocen relaciones interpersonales ni amorosas. Seguramente, Ziggy es un fracaso un humano.

Ah, pero no todo es páramo en Genérika.

El personaje caricaturesco fue creado en 1968 por Tom Wilson (hoy día es Tom Wilson II, su hijo, quien dibuja y escribe) para iniciar una campaña de tarjetería bajo el sello de American Greetings. El impacto de este ser narizón y que ni siquiera lleva pantalones fue tal que pronto se incorporó a las comiquillas que hoy circulan en 600 diarios alrededor del mundo, y en los cuales Ziggy creció para convertirse en algún tipo de filósofo que ve la vida como le llega.

Siempre dos compases atrasado, Ziggy es la eterna víctima. Aún cuando todo se vislumbre positivamente, las cosas le salen mal. Como depresivo y solitario, va al psicoanalista y lo que le prescriben es un Happy Meal. Todos sus males son somatizados por su automóvil, por lo que es frecuente verlo en el mecánico. Aunque es asiduo visitante de una gitana quiromántica, su contacto humano más frecuente es con el cartero, quien, por supuesto, nunca le trae buenas noticias. Su vida íntima concurre casi siempre mirando el televisor, el que comparte con Fuzz, su perro; Josh, una cotorra neurótica; Wack, un pato; Goldie, su pecesito caprichoso pero amoroso; y Sid, un gato con fobia a los ratones.

Ziggy es un psycho en potencia: en su constante incompatibilidad con el mundo, durante la década de los ‘80 se refugia en su computadora personal. Ya en los ’90, comulga en soledad con la Internet, convirtiéndose tal vez en el primer personaje de caricatura que hace referencia al entonces nuevo medio. Un sujeto soltero, sin trabajo, y que pasa largas horas frente a un computador es high risk: guarda el perfil de un psicópata, serial killer o predador cibernético. Si le miran bien, hasta tiene cara de pervertido en potencia. O suicida, quizás.

Lo que sorprende es la manera en que el personaje acciona y mociona cierto optimismo, producto –principalmente- de su crasa ingenuidad.

Así, creemos que Ziggy se salva siempre, aunque haya un sentido de fatalidad existencial en casi todo lo que ocurra.

Y es verdad. Se salva porque es una potencialidad, que a la misma vez es su fracaso, porque nunca se completa o se cumple en la plenitud.

Es la diferencia entre la creación y el estancamiento.



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