This is not science fiction: lección #1 de la vida animal

  movie Anoche, mientras quería mirar algo de tele educativa con mi hija , llegamos , por la condición precedente de tener tantos canales y no encontrar nada interesante, al Animal Planet. A pesar de que tanta veces he escuchado que los padres deben condicionar lo que sus hijos consumen visualmente, no podría decir menos: la experiencia fue peor que sentarse en un overkill de Saw y Friday the 13th.

Animales que se camuflan para atacar a sus presas. Arañas que le roban las presas a otros animales que se dedican a trabajar y a guardar lo que les costó trabajo –bueno, sí, cazar es un trabajo-. Peces que simulan que su lengua es un gusano para atrapar a los peces más pequeños. Anemonas marinas que se hacen pasar por plantas para devorar, de un golpe a su presa. Pulpos que asumen formas de belleza marina para fascinar a sus víctimas y comérselas con sutil facilidad.

Y así, nos entretuvimos con toda una gama de animales que supuran babas, membranas, venenos y cuanto remedio la naturaleza le da para logar su objetivo de supervivencia.

Y así, hasta que llegó la parte de los parásitos que atacan el cerebro y llegan a controlar la voluntad de sus víctimas.

Todavía de pensarlo siento el latigazo de sangre helada correrme desde la cabeza, camino espalda abajo. Es más, ante aquellas imágenes, cualquier película de terror parecería menos que un episodio de Plaza Sésamo.

Habría que evaluar toda esa violencia y depredación mutua y constante que se suscita en el reino animal y vegetal, y dar gracias a la evolución de que las arañas no sean tan grandes como las vacas, y que los pulpos no hayan aprendido a salir del agua, porque de lo contrario, seríamos sus bifes y, además, dominarían el mundo.

Oh, no. Esto no es ciencia ficción.

Y yo no soy el príncipe Hamlet, diría Eliot. Esto es animalismo puro y real y en este momento alguna serpiente se está engullendo un sapo.

El documental, educativo en principio, en realidad era toda una sádica gama de criaturas infligiéndose dolor, desmembrándose, luchando unas contra otras, sólo para que al final viniera otra especie y acabara la matanza.

Como espectadores, sentimos asco, estupefacción, maravilla y terror, todo en sensaciones sucesivas que hacían quedar en ridículo a cualquier peli de terror, pero que hacía más creíble a cualquier B-movie.

Y lo peor de todo: aquel horror me parecía tan humano. O tal vez sería que la humanidad me pareció tan animal. No importa.

Cuando Soph me preguntó porque el mundo era así, me entendí que lo que habíamos visto en realidad era un infomercial para una primera lección de lo que es la vida.



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