Exotización y prohibición: forget the one for the road

no%20drinking El crítico franco-tunicio Albert Memmi plantea en su obra Portrait du colonicé una situación (post) colonial que nos atañe: un país colonizado, libre o no, mantiene siempre una relación de sumisión jerárquica con respecto al colonizador. Evidencia de ello se observa en la manera que se suscita la relación del desplazamiento espacial de la metrópolis a la colonia, y viceversa. Es en ese intercambio que un estado libre y asociado como Puerto Rico depende de la exotización de su tierra para instituir el turismo como fuerza económica.

Ya lo dijo Emilio S. Belaval: el énfasis en el turismo presupone una preservación del estado de servilismo al que estamos acostumbrado.

O sea, que nuestra mejor industria es doblar el mentón. Por eso, Puerto Rico does it better.

Nótese que cuando el turista viene al Caribe es en búsqueda de playas, palmas y piñas coladas. Una vez escuché a un turista europeo decir en el Viejo San Juan: “¿Y yo vine desde tan lejos para ver adoquines? ¡Si la ciudad donde vivo es toda igual!”

Según Memmi, los estados que alcanzaron su independencia formal continuaron sufriendo relaciones jerárquicas respecto a las antiguas metrópolis. Las conductas opresoras, por medio de ese “mimicry” del que nos habla Homih Bhabha, son aprendidas, desdobladas y repetidas. Por tanto, en Puerto Rico no se sabe ser otra cosa que una colonia en la post-colonia.

Todo este recuento me llega como reacción a la medida legislativa propuesta por el representante popular José "Conny" Varela para prohibir la venta de bebidas alcohólicas después de la media noche de lunes a jueves, y luego de las dos de la madrugada de viernes a domingo, y la cual el gobernador de Puerto Rico, Luis Fortuño, ha secundado complacido y complaciente.

El problema implícito no tiene nada que ver con el conservadurismo republicano que convierte una situación de impotencia gubernamental en un conflicto de carácter ético-moral, ni tampoco con el hecho de tener o no tener un lugar donde disfrutar un par de tragos. El asunto es de delimitación espacial, marginación y vigilancia del poder central.

De aprobarse la medida, nos estarían delimitando los espacios (y los tiempos) en que podemos circular (y beber) libremente. Esto es lo que yo llamo una libertad condicionado, algo así como una libertad bajo palabra por un crimen que no se ha cometido.

Comprendemos con facilidad: la circunstancia es periférica a Juan del Pueblo, puesto que la prohibición no afecta las zonas turísticas. O sea, los que tienen derecho al libre consumo (sea juicioso o no) de bebidas alcohólicas serán aquellos a quienes debemos serle serviles y a los que tienen el corazón (y el dinero) de pagar ocho dólares por una cerveza.

La isla ha sido dividida, delimitada, espacialiada. Hasta aquí, sí; más allá, no.

Y hay más: Fortuño proveyó presuntas estadísticas de la Policía que aseguran que existe una tendencia entre las víctimas de asesinatos, cuya mayoría son menores de 21 años que se encuentran ‘jangueando’ en horas de la madrugada. Igualmente, gran parte de los accidentes fatales presuntamente ocurren por la negligencia de un conductor ebrio cuya edad, según el gobe, suele ser menor de treinta años.

O sea, existe otro admitido foco de represión: los jóvenes.

Como si los viejos no tomaran, ¿no?

Jamaica Kincaid, en el ensayo A Small Place, ya ha hablado de cómo su islita de Antigua favorece zonas turísticas a las que ningún isleño puede aspirar, y de las cuales, por tanto, son excluidos. Igual sucede en los hoteles de La Habana y en ciertos lugares de México. Los espacios privilegiados se van centrando en las esferas de poder económico y político.

Por el momento, bienvenidos al Caribe post-industrial del siglo XXI.

Esperemos a ver. Digo, la restricción de libertades, junto a los imposición de impuestos, las prohibiciones y la injusticia social, ha sido razón suficiente para despertar y transformar a varios pueblos.



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