La poesía al servicio de la novela: ese viajero del siglo que es Andrés Neuman

neuman Andrés Neuman es un excelente escritor, pero sobre todo, poeta.

Adentrado en la lectura de su más reciente novela, El viajero del siglo, que le ganara la más reciente edición del Premio Alfaguara, advierto un impresionante dominio y refinamiento del lenguaje, como si cada palabra hubiese sido escogida con precisión de orfebre. Es claro que un individuo que escribe un verso que dice “Hay ojos que verán nuestra memoria” (poema inédito “Los ojos”) no sólo demuestra conciencia y control de su escritura, sino de lo que representa el acto mismo de escribir.

Complace el libro por muchas razones –en realidad, es una de esas publicaciones de premios literarios que hacen que uno ni siquiera piense en la posibilidad de otros trabajos que pudieron haber obtenido el premio–, pero para mí, lo que me acomoda al criterio particular del gusto es su valor estilístico.

(Antes, había yo comentado sobre las palabras del presidente del jurado, que pueden leer aquí.)

El viajero del siglo es una novela escrita para ser leída, sin delirios morfosintácticos ni fetiches de confundir al lector. La relativa simpleza de las oraciones proporciona agilidad al texto. Esto, debo aclarar, siempre impresiona en un escritor porque la novela concurre en estilo indirecto e indirecto libro –los diálogos son parte del cuerpo textual-, lo que constituye un logro por sí mismo, ya sostener una narración por quinientas páginas en este modo discursivo requiere dominio del lenguaje.

Andrés Neuman alcanza su logro narrativo con ojo de poeta.

Retoma la conciencia del pasado desde la óptica del presente y eso es poesía, porque, ¿qué es el pasado sin la metáfora del lenguaje? Neuman nos evidencia que el conocimiento es la palabra ya articulada en el tiempo. 

Se hace vanguardista, irónicamente, no por cortar los cordones umbilicales, si no por hacer préstamos de ellos. En lo personal, admito que no he visto a nadie –entre las promociones de escritores jóvenes- manejar el estilo decimonónico de hacer literatura con tanta actualidad.

La novela, como sugiere el título, es un doble peregrinar. Por un lado, lo que ya mencioné, que es el viaje del hacedor del texto hacia los recursos narrativos del siglo XIX; pero por otro, partimos en el viaje de Hans, quien encuentra posada en la ciudad de Wandernburgo, localizada entre Sajonia y Prusia. El descanso se prolonga cuando el protagonista conoce a un músico de esquina, un anciano que interpreta melodías en un organillo. Así, va conociendo a distintas personalidades de la ciudad hasta que encuentra a Sophie, chica de sociedad que está comprometida para casamiento. Entonces, llega el amor. Y con el amor, la muerte: un supuesto asesino enmascarado ronda la floreciente relación entre Sophie y Hans.

Suficiente, ¿no?

Exquisita, diversa, entretenida y, sobre todo, contemporánea, la novela de Neuman nos amplia el horizonte a la vez que viaja al pasado. Y en todo lo pasado, siempre hay un origen. Y con ese origen, brota la poesía. Y eso es lo que es esta novela: en un extenso poema narrativo.

Bravo.



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