El Farenheit 911 boriquense: burdo y soez

rodchenko El Departamento de Educación de Puerto Rico, y me entero por Ana Ivelisse Feliciano, quien a su vez se enteró a su manera, acaba de declarar como inaceptables a una serie de obras literarias entre las que se incluyen Antología personal, de José Luis González; El entierro de Cortijo, de Edgardo Rodríguez Juliá; Mejor te lo cuento: antología personal, de Juan Antonio Ramos; Reunión de espejos, editado por José Luis Vega; y Aura, de Carlos Fuentes. La razón primordial que proporciona el Dr. Juan J. Rodríguez, subsecretario para Asuntos Académico, es que las obras contienen lenguaje “burdo y soez”.

Y uno se plantea, dentro del carácter ontológico y epistemológico del asunto, lo mimo que se preguntaba Allen Ginsberg en Supermarket in California: “¿Adónde vamos, Walt Whitman?”.

Pues, a ninguna parte.

Tanto Whitman como Ginsberg fueron objetables por el contenido de sus libros. También se sabe que ambos poetas transformaron la poesía con casi 100 años de diferencia entre ellos. Pero claro: siempre la censura viene de mentes menores.

Marcelino Menéndez y Pelayo, en su Historia de los heterodoxos españoles, tiene como objeto argumental a la censura inquisitorial y su doble filo, que era identificar la herejía en autores, obras o proposiciones, según fuera el caso; y, por otro, controlar la propagación de la influencia de dichos herejes. Y en ese libro, Menéndez Pelayo expone que, a pesar de la censura, “nunca se escribió más ni mejor en España que en esos dos siglos de oro de la Inquisición. Que esto no lo supieran los constituyentes de Cádiz, ni lo sepan sus hijos y sus nietos, tampoco es de admirar, porque unos y otros han hecho vanagloria de no pensar, ni sentir, ni hablar en castellano. ¿Para qué han de leer nuestros libros? Más cómodo es negar su existencia”.

Pues eso es lo que hay que hacer, puñeta. Escribir, escribir y es escribir. Que la última trasgresión sea la ignorancia.

La medida, no obstante, si bien indica que mucha de la literatura que se produce en Puerto Rico no llegará nunca a los ojos de los lectores jóvenes, también propone un reto de generar una literatura de calidad superlativa y suficientemente poderosa para resistir el acallamiento institucionalizado.

En efecto, si la literatura puertorriqueña va a sobrevivir dentro de lo que aparenta ser una política educativa puritana y purista, tiene que venir una fuerza de sentido inverso que arrase con todo vestigio de insuficiencia intelectual.

Hay una larga lista de escritores burdos (y sobre todo, soeces) que serán sepultados en la lista de libros censurados, una variación grotesca del cementerio de libros de Ruiz Zafón.

Y hay más: el Dr. Rodríguez agrega que Carlos Chardón, Secretario de Educación, ordenó la revisión de “todos los libros que contienen errores crasos, unos de ortografía, otros de contenido”. Y a todo esto, cuando Prensa Asociada le cuestionó a la Autoridad sobre el valor literario de las piezas, Rodríguez reconoció que no las ha leído.

Entonces, ¿estos son los doctos y duchos celadores del no-parking zone literario? ¿Los shamanes de la corrección política? ¿Los babalaos de la materialidad poética con la que se teje el imaginario de nuestra localidad?

I tell you, people: voy a sonar burdo y soez, pero estamos jodidos.

Curioso que esto ocurra en un 11 de septiembre, la fecha que marca el día en que vendimos nuestras libertades personales por la ilusión de una guerra que al final resultó injustificada y que originó todo el desmadre existencial que vivimos hoy. Curioso que un visionario llamado Ray Bradbury, en Farenheit 451, escribiera 57 años atrás sobre una distopia social en la que los libros –ese pasaje a la libertad– son quemados, y cualquiera que sea sorprendido leyendo un libro censurado, enclaustrado.

Y aquí estamos. In media res.

(Poster: "Libros de todos los temas", de Rodchenko, afiche para protestar la censura de libros.)



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