el secuestro de la experiencia

nyc-times-square1997 La modernidad –y sus presentes retazos– se caracteriza, según Anthony Giddens, por la separación del tiempo y el espacio al desarticular la reflexividad institucional y los mecanismos de interacción social del individuo. O sea, que a uno le importe tres chipotes chillones el asunto si llueve o no llueve, si el precio de las papas sube o baja o si llegan los piratas de Somalia al Caribe y nos quedamos sin comer. Ya lo dijo, presta en inocencia, mi hija: “Pues si se acaba la comida, nos vamos a Chili’s”.

De todas formas, los rasgos esbozados por Giddens se sustentan en una cultura de lo efímero y lo superficial que se adjunta a una cierta apariencia de dinamismo y velocidad (la noción de que las cosas pasan muy rápido, y que vive hoy por si mañana no llega), lo que al final redunda en el control institucional, que no es otra cosa que el ejercicio del dominio y poder sobre los constituyentes de una sociedad.

El pie forzado es, claro, trocar el orden para sustentar el progreso, la atomización de los roles sociales y la identidad personal, así como la aceptación de un mundo tecnológicamente cambiante.

Dentro de este designio, cabría la posibilidad de reconsiderar la importancia de la ética y la moral en la articulación del nuevo orden, dado que los tiempos de la desintegración del sujeto propician esa distintiva “aridez moral”, ese concepto de vacío existencial, que hace la existencia menos significativa dado que toda nuestra realidad es mediada, ya sea a través de objetos externos a nosotros que, sin duda, metaforizamos para que signifiquen en nuestros adentros.

Sencillamente, la experiencia ha sido secuestrada. Con ella, se ha entregado el concepto de la moralidad a la tipificación y codificación de decretos y leyes.

De esta manera, hemos asentido a intercambiar libertades personales y el bien inmediato por lo que sería “moralmente” objetable, como, por ejemplo, vender la conciencia, complacerse en la conformidad y permanecer en perfecto mutismo mientras, como dice Fito Paez, “el mundo se cae a pedazos”.

(Foto: Times Square)



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