[la caída del cielo]: reprise

FFH_GD1_Keelyn Cuando Cáliz se publicó en el 2003, su propósito era, primero, recoger poemas sueltos que había escrito y publicado (algunos premiados y antologados) entre 1998 y 2003, y, segundo, darle un título a una editorial que apenas comenzaba. No había proyecto de libro, salvo, tal vez, por la voz predominante de los poemas, que es la encarnación del poeta-shaman de la ciudad, como sólo un Jim Morrison o un Rimbaud podían ser.

Indistintamente si lo logré o no, Cáliz contiene una serie de poemas que a medida que se alejan de mí en el tiempo, se materializan cada vez más ante mis ojos.

Uno de ellos, “[la caída del cielo]”, resuena terriblemente en estos tiempos, particularmente cuando, hoy, precisamente, en Puerto Rico –cuando todo parece agotarse, incluso la paciencia-, ha quedado plasmada la necesidad de aceptar una muerte para poder abrirnos hacia la próxima vida. Tomará algo en exceso de la sangre, el sudor y las lágrimas: se requieren cojones.

Les dejo con la primera secuencia de “[la caída del cielo]”:

I.

Acudamos a la caída del ciel: o,
allá, donde los bardos clavaron sus almas.
Veamos a la noche Mozambique
perder sus plumas;
allá, donde desembocan todas las lágrimas
y la nostalgia rima y reina—
efluvio de musas endémicas—
misas famélicas—
mortecinos ángeles de maravillosa ternura
que se deshuesan en el rojo horizonte de este pálido planeta.

Caminemos lentos y desnudos
que el tiempo se encarga de acortar los pasos.
Nuestros cuerpos visten todos la misma tristeza
de la materia que se queda a medio sueño.
Celebremos la majestuosidad humana
porque en su nombre hemos sacrificado nuestros hijos
y los hijos de esos hijos.

Acudamos a la caída del cielo, ¿por qué no?
y hagamos hogueras con sus pedazos
y escuchemos los poemas crispar en el fuego
un verso por cada beso perdido
un verso para cada madre desdichada
que la sangre es el vínculo, el misterio único
desde el primer sol de donde partieron los espejos.
Vayamos prendados de oraciones,
y el recorrido será menos solitario
porque hasta tal vez le encontremos uso a las palabras.

Podremos tolerar
cada acto fútil
que rompa nuestra carne
sólo si nos dejamos morir
en nombre de la experiencia.



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