Iggie Valparaíso, Capítulo VI

ilusionismo2 Dado el hecho de nuestra consecuente notoriedad por los alrededores de la ciudad colonial, decidimos refugiarnos ciudad adentro, en la vejiga de la posmodernidad: el San Juan nuevo pero podrido. En específico, nos dirigimos hacia Río Piedras. Esa pobre parcela urbana es una ciudad de muertos y fantasmas que son la misma gente de siempre en las mismas esquinas y en los mismos bares. Lo que cambia son los nombres y las ocupaciones. Pero en Río Piedras también vivía Pepo Watson, un venezolano dueño de circo que pasaba gran parte del tiempo en Puerto Rico. Eso cuando no lo estaban buscando por piratería circense en México, Chile, Colombia o cualquiera de esos países por donde él llevaba su espectáculo: el Gran Cirque Du Luneil.

Iggie, por supuesto, no conocía hacia dónde nos dirigíamos.

Él viajaba pegado a la ventana como pez en pecera rodante.

Aquello debía ser como una pintura de Dalí para él: tanto surrealismo arquitectónico, tanto edificio en ruinas, tantos carros en las avenidas y tanta gente a pie a la misma vez.

El muchacho ni pestañeaba.

Tenía los ojos llorosos y enrojecidos.

Yo le dije que podía pestañear en confianza, que aquí no se cobraba por eso. Aquí se cobraba por todo, especialmente si uno era de clase media. Aquí existe toda clase de impuestos, Iggie, le dije. Ya verás que hasta al precio de los condones le van sumar un arbitrio especial, dije. La gente se va a tener que conformar con frotar la lámpara para que salga el genio, si me entienden, porque de lo contrario, entre el espectro del SIDA y la sobrepoblación, tener sexo pronto se convertirá en un lujo, por lo que cabe la posibilidad que el gobierno le incorpore un arbitrio también, añadí. Iggie me miró sin entender un comino de lo que yo le hablaba.

La realidad para él era una cosa inasible en aquel momento, una cosa demasiado grande, como un piano cuyas teclas nunca acaban. Pero, ¿para qué hablarle de un país en bancarrota, sin empleo, sin educación, pero con muchos funcionarios públicos dándose la vida de un pachá?

A la llegada al corral de autobuses, divisamos un enorme cartel publicitario que anunciaba la llegada de los Hermanos Watson a San Juan.

—¿Ves ese regordete con cara de Porky Pig con bigotes que está en ese anuncio? —le pregunté a Iggie—. Pues ese es mi amigo Pepo Watson.

—Parece una caricatura.

—Lo es. No sé a qué caricaturista demente se le escapó del tintero. Ahora, ¿ves a esa hermosa doncella que se ensucia sus tersos y níveos brazos postrándolos sobre el puerco de Pepo?

—Sí, la veo.

—Pues esa es Venus.

—¿La diosa?

—Sí. ¿No está buena?

—No sé.

—Impío. Deja que la veas en persona.

Ah, Venus, Venus, Venus...

La contorsionista del Cirque Du Luneil.

Una frágil chica venida desde la Grecia misma y nacida desde el ramalazo divino de Zeus.

Su boca era una rebanada de fresas jugosas cortadas justo a la medida de mis labios. Sus ojos prometían grandes promesas color índigo y era como zambullirse en un cielo y nadar hasta el comienzo de esa cúpula bajo la cual los planetas y los astros rotan. Su rostro era un lienzo de pétalos que perfumaban miles de poemas en noches de sublime oscuridad y distancia de los cuerpos. Su cabello era negro y aromático como el café acabado de colar en una tranquila y suave mañana de domingo. Pero su voz era menos que un susurro que apenas alcanzaba a los registros del mundo de los demás humanos, porque no podía hablar.

Tanta belleza no podía ser perfecta y yo la deseaba así, callada. Como el poema de Neruda. Me gustas cuando callas, y como callas todo el tiempo, me traes de cabeza, nena.

Ah, Venus, Venus, Venus... sirena que cambió las palabras por piernas.

En fin, llegamos a una oficina en el primer piso de un edificio que, por mi madre santa, parecía un palomar de ratas. Ya sé que en los palomares sólo viven palomas, y que un ratón con alas sería un murciélago, pero por concesión de la famosa licencia poética, yo digo que aquello era un palomar de ratones y arriba el posmodernismo, que todo lo aguanta, aunque sea más bien una cosa de mundos caídos.

Y allí estaba el enorme Pepo Watson, con su barrigota llena de kilómetros infinitos de intestinos, sus pantalones sujetos por tirantes, porque no existía correa que pudiese rodear aquel perímetro de panza. Para variar, estaba hablando por teléfono, su gran fetiche. Siempre tenía un auricular cerca al roce de sus labios y asomado a sus oídos. Cuando me vio me indicó que pasara y me sentara, sin quitarle los ojos de encima a Iggie.

—Sí, sí, sí... no hay problema, señor de la Guarda— continuó al teléfono—. Comenzaremos puntualmente. Será una gran gala. Sí, señor. No se preocupe. Venus estará allí. Sí, si quiere. Puede firmar autógrafos, por supuesto. Como no, señor de la Guarda. Y sobre aquel asunto de campaña. Será un placer aportar a la elección de nuestro futuro líder. Buenas tardes. A usted también.

Colgó el teléfono repentinamente, dio dos palmadas y luego se levantó para saludarme.

—¡Simón, Simón! ¿Qué te trae en tan dichoso día por mis oficinas?

—Vengo a saludar a un viejo amigo, que parece que está muy contento hoy.

—Es que acabé de hablar con Ángel de la Guarda.

—¡Ah, dulce compañía! No me desampares ni de noche ni de día...

—No seas gafo. Ángel de la Guarda es el ayudante especial del candidato a la gobernación Enrique Posadas.

—¿Ya es candidato oficial?

—Todavía no. Lo será después de la función de gala privada que presentaremos esta noche para recaudación de fondos para el partido.

—Es un oportunista. Como todos. Primero, que no,no, no tengo ambiciones; segundo, que haré lo que el pueblo me pida. Claro, el concepto de “pueblo” son dos o tres igual que él que le venden a uno la imagen de que, en efecto, el “pueblo” lo quiere. ¡Pero es todo un constructo!

—Lo que sea, vale.

—¡Es una impostura!

—Ni modo.

—¿Quién carajos les empodera para hablar “por el pueblo”? Aquí hay gente que ni lee ni escribe y votan, por tanto, no deberían ni estar inscritos. ¿Cómo me van a decir que ese voto inculto vale lo mismo que el mío?

—Se llama democracia, creo.

—Y tu, gordo amazónico, no me hables de lo que tu país carece.

—Pues vete a vivir a él. Te lo regalo.

—No, gracias.

—Bueno. ¿Ya te vas?

—¿Esta noche es la cosa?

—¿Qué cosa?

—La función para el candidato a gobernador.

—Correcto, así que no tengo tiempo que perder. ¿Se te ofrece algo? Ya ando con prisa.

—Andas con dificultad.

—Pero tengo más dinero que tú, vale.

—Bah. Ni que lo quisiera.

—¿Entonces? ¿No vienes a pedir prestado ahora?

—¿Yo? ¿Yo? No, no, Pepo. Te has equivocado conmigo. ¿Yo? ¿Venir a pedirte dinero prestado?

—¡Sí, tú! Total, no sé por qué me preocupo si nunca me lo devuelves.

—¡Calumnia de las calumnias calumniosas! No le hagas caso Iggie. Así son los capitalistas.

—No sé de qué hablan —dijo Iggie.

—Qué bueno —comenté.

—Pues para perder el tiempo, mejor me voy que tengo cosas importantes que hacer —dijo Pepo mientras desplegaba su inmensa humanidad en la reducida oficina.

—No, espera —dije—. Me acompaña Iggie. Iggie Valparaíso.

—Ajá. Mucho gusto —dijo el gordo saludando amablemente a Iggie. Luego añadió—: ¿Y?

—Pues Iggie es un gran mago.

—Ya tengo mago.

—No como Iggie.

—Tal vez no, tal vez sí; pero es el que tengo.

—¿Todavía estás enredado con Katano? Ese mago de tercera que sólo saca conejos de su sombrero, y hasta los conejos tienen sarna. Iggie no; Iggie es especial.

Pepo miró a Iggie. Encendió un habano. Expulsó un tornado de humo de aquel par de hoyos negros que eran sus pulmones, y dijo:

—¿Bromeas? Este tipo tiene cara de quién se comió mi queso.

—Vamos, las apariencias engañan. ¿Cómo te atreves? Insolente serás, Pepo, y no quiero decir ignorante. ¿Te engañan las apariencias? Pues, por eso, más que mago, es... ¡el gran Iggie Valparaíso, el Mago Ilusionista!

Pepo se quedó tan inmutado como una enorme estatua de granito.

—Deberías ver lo que hace —continué—. ¡Puede desaparecerse y todo, Pepo!

—¿Ah, sí? Pues que haga puf y que se vaya de aquí. Y si te desaparece a ti también, mejor. Simón, no tengo tiempo para novatos.

—Conque novatos, ¿eh? Iggie, dale una demostración.

—¿Qué quieres que haga? —dijo Iggie inocentemente.

—Pues, un acto. Cualquier cosa. Lo que quieras con tal de cerrarle la boca al gordo este. Después comeremos.

—¿Comeremos?

—Sí. Lo que quieras. Pepo invita.

—Yo no he dicho nada —aclaró Pepo molesto.

—No le hagas caso, Iggie. Es muy modesto. Sólo haz algo de magia para que él vea.

Iggie pensó. Miró a su alrededor. Miró por la ventana. Salió a la calle. Miró en todas las direcciones que sopla el viento. Se rascó la cabeza.

—¿Qué hace? —preguntó Pepo.

—¡Sshhh! No puedes desconcentrarlo —dije.

—Vale, ni que me fuera a escuchar. Hay más ruido allá fuera que mil canteras trabajando al unísono.

Iggie se tornó hacia nosotros.

Nos sonrió ampliamente y nos mostró su dedo índice como quien de pronto es abrazado por una gran idea.

Cruzó la callé.

Puso sus manos sobre un bote de basura que estaba repleto de desperdicios.

Cerró los ojos.

Hubo un gran destello que llamó la atención de los que concurrían por la destrozada plaza de recreo de Río Piedras.

Entonces, a medida que la gente comenzaba a acercarse a ver qué sucedía (porque en Puerto Rico cualquier cosa llama la atención y provoca una conmoción), Iggie comenzó a extraer hamburguesas, papas fritas, malteadas, Coca-colas y helados, en fin, el reino de la basura que la gente promedio consume diariamente en este país revividos desde el reino de la materia descompuesta.

Un intenso olor a comida rápida se apoderó del centro de Río Piedras, y la gente comenzó a peregrinar hasta el bote de basura desde donde Iggie extraía la comida.

La gente comenzó a empujarse para abrirse paso y tener acceso a lo que fuera. No era que estuviesen tanto muertos de hambres, que no lo estaban porque en este país el que se muere de hambre es porque es pendejo o algo así, sino porque era comida gratis, y en la meca del vacilón se dice que if it’s free, it’s for me.

El cigarro de Pepo se deslizó lentamente desde la caverna de su boca y cayó al suelo, de donde yo tuve que recogerlo porque la barriga del dueño del circo apenas le dejaba ver la punta de los pies, menos le permitiría inclinarse a recoger un puro.

—¡Qué maravilla! —dijo.

—¿Verdad que sí?

—¿Cómo logró que la gente se comiera los desperdicios? Digo, ustedes los vagabundos están acostumbrados a eso, pero ahí hay gente de toda clase comiéndose la basura.

—No es basura. Y yo no recojo comida de los basureros, ¿eh? Lo que sucedió fue que Iggie convirtió la basura en comida, so pendejo. ¿No lo viste?

—¿Cómo cuando Cristo revivió a Lázaro?

—Exacto, pero aquí el truco es más práctico, porque a Lázaro no se lo podían comer.

—Ah, es un ilusionista.

—Te lo dije.

—Y de los buenos.

—Claro. Si no, yo no estaría aquí.

—Le ha hecho creer a todos que esa comida es digerible.

—¿Qué dices?

—Pues que es una ilusión. Sabrá Dios qué cosa se están comiendo.

—Gordo con corazón forrado de grasa. Por eso es que no sientes, los triglicéridos y el colesterol no dejan tu corazón en paz. ¿Cómo se te ocurre pensar que es un engaño y que esa gente come materia descompuesta? No tienes corazón. Mira sus caras. Se están dando el atracón del siglo. Y si no me equivoco, aquel que casi no puede tragar es el mismo Iggie. ¿Comería Iggie alimentos podridos?

—No sé. Cara de estúpido tiene.

—¡No le digas estúpido al chico! Lo que es, es... que es... inocente. Carece de maldad.

—Perfecto —dijo Pepo—. Le pagaré lo que me dé la gana y comienza a trabajar hoy mismo en el circo. Quiero que convierta aserrín en palomitas de maíz o algo así. La función es a las ocho de la noche. ¿Estamos?

—Y, ¿qué por ciento hay para su manejador, que soy yo?

—Lo que haré contigo es que me olvidaré de todos los favores que me debes; favores que terminan con la “S” de dólares.

Quedó acordado, por supuesto, y por mutuo acuerdo, que yo no cobraría un centavo por el momento, y que nos desplazaríamos de inmediato hacia el campamento circense que se establecía, como todos los años, en el estacionamiento del Estadio Hiram Bithorn, en el corazón de la ciudad.



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