Ignavo Valparaíso. Capítulo 1.

illusionist La novela Ignavo Valparaíso tiene como seis o siete años olvidada. Como desistí hace tiempo de publicarla, la voy a sacar a tomar aire por capítulos. Es toda para no tomarse en serio. 

1. Pues como les decía, el día que conocí a Valparaíso, el Ilusionista, esta isla pedía un milagro. Y yo, que por bien tengo que las cosas vistas u oídas no vayan a parar al olvido, aunque tengamos la memoria corta, he escuchado que los milagros ya no ocurren y yo estoy de acuerdo porque lo real es lo racional y lo racional es lo real. Ah, pero aquel sábado en la tarde, allí, en plena Plaza de Armas, apareció aquel joven que demostraba un talento particular para realizar trucos de ilusión óptica, aunque yo, que lo he visto todo, no me sentía para nada impresionado. A decir verdad, el chico exhibía elegancia en la ejecución de sus movimientos, ¿no? Como si hubiese hecho esto profesionalmente toda su vida, pero ahí fue que me di cuenta que tenía que se trataba llanamente de una habilidosa impostura, porque tenía cara de pendejo en falta de teta y a los tipos así el talento no le es natural. El chico tomaba una moneda con su mano izquierda y la desaparecía para extraerla de su boca. Luego extrajo, del bolso de una dama que presenciaba el espectáculo, una infinita cadena de coloridos paños amarrados unos de otros como un desfile de elefantes. La cosa más paquiderma del mundo. Otro bufón más, pensé. Pan comido. El viejo truco. Qué aburrido. Otro buscón más, reafirmé. Seguramente, al final se ganaría un par de dólares que por orden social, se suponía que me pertenecieran. Después de todo, este era mi territorio. Y, ¿adónde irá el buey que no are? Pues como el pájaro se conoce por la pluma, entonces pregunté vociferando:

—¿A que no haces ver a un ciego o divides la bahía de San Juan para cruzar a pie hasta Cataño?

Varios de los presentes liberaron sus carcajadas al viento en solidaridad risas con mi despliegue de sátira inteligente y avispada, fina y de buen gusto, un gesto que me motivó a instigar al muchacho con otra pregunta:

—No, no; mejor aún: ¿por qué no revives a un muerto? ¡Anda! Uno sólo, ¿sí? ¡Tienes cuatro millones para escoger!

Las risas se silenciaron como se asfixia una llama cuando se priva del aire, pero era de esperarse: no toda la gente posee mi humor culto. No te pases, vagabundo apestoso, me gritó uno, que, no conforme con insultarme en escala mayor, se fue en tono sostenido con aquello de llamarme vividor y charlatán. Yo le pedí, amablemente, que se introdujera el dedo índice entre los festones de su esfínter porque el vividor y el charlatán era otro. Entonces, el joven me miró y fue cuando sentí como si lo hubiese conocido de siempre.

No obstante, esa posibilidad quedaba cancelada, porque yo soy filósofo de la calle, posmoderno hasta los dientes, que me son desiguales y discontinuos, y aquel muchacho era un sacamuelas, un pobre diablo sin nada productivo qué hacer frente a la mezcla de turistas, locales y visitantes, que se arremolinaba bajo el intenso sol del eterno y lineal verano portorricensis. Y juraría que ya había logrado mi propósito inicial de interrumpir la atención que tan inmerecidamente se había ganado el mandulete, y ya casi me podía imaginar tomándolo por el brazo para hacerle un torniquete y darle dos o tres buenos sopapos en plena cavidad bucal con tal de, primero, hacerle aprender la lección de no meterse en mi territorio, y, segundo, evitar que tuviese con facilidad para comer, por lo que tendría que dejar de pedir dinero en mi barrio. Pero en aquel instante, con movimientos ágiles y delicados, como si se tratara de un Tai Chi espectacularmente coreografiado à la Cirque du Soleil, simuló crear una apertura en el aire, como si hendiera una vejiga fantasma en el medio de la nada, y de cuyo interior extraía magníficas flores de todos los matices, texturas y aromas posibles: margaritas, rosas, azucenas, gladiolas, jazmines y otras flores que por sus nombres me recordaban aquel tiempo en que los nombres de las mujeres eran jardines. Muy impresionante, dije. El chico es bueno.

Luego se quitó el ridículo sombrero de copa y vertió agua de la fuente en su interior. Habló en cierta jerigonza que nadie descifró y finalmente vertió el líquido en un vaso. El agua ahora era vino.

Para muchos, la broma se pasó de las demarcaciones de la mesura y, más que impresionarse, se ofendieron.

Vamos, que sólo Chuito tiene derechos de autor para semejante proeza. Copyright 33 d.C.

—¡Eso es obra del diablo! —observó con estruendo una muy fina dama de esas que van a misa con mantilla y que se encontraba entre los espectadores.

En efecto, afirmó el gentío, el muchacho era un brujo, apóstata, hereje y yo no sé que otra atrocidad medieval más. La multitud lo acorraló y, con entusiasmo inquisidor, la emprendió a golpes con el muchacho. El chico, al parecer, no comprendía el provocativo grado de la ofensa, y entonces lo compadecí, porque si todos los días se tira un mamao a la calle, los demás ya nos podíamos marchar a dormir en confianza, ¿eh?

Y, claro, el escándalo atrajo a los demás transeúntes que poblaban la Plaza de Armas y ya tenían al chico atenazado por brazos y piernas cuando una narcómana intervino en su defensa.

—¡Déjenlo quieto! —dijo con lengua plúmbea—. Tiene derecho a buscarse el peso como todo el mundo.

—¡Quítate del medio, que esto no es contigo! —le dijo la señora elegante y con mantilla.

—Es sólo un truco, chorro de bobos. ¿Qué? ¿Todavía creen en Santa Claus? — insistió la narcómana.

—¡Sí! —dijo el chico, abriendo la boca por primera vez—. Y puedo hacer otras magias... como esta...

Acto seguido, el tontuelo posó su mano derecha sobre la cabeza de la narcómana, y con la izquierda la tomó por el pelo. Y bajo no sé qué artilugio, el mago de pacotilla dijo unas palabras en un idioma ininteligible, y con un movimiento sigiloso, ¡zas! Desprendió la cabeza del cuerpo de la desgraciada mujer.

El tupido silencio fue breve pero profundo, y parecía que el tiempo se detenía, y que lo único que tenía moción eran las orbes iluminadas que le servían de ojos al maguito.

Un grito partió la tarde como un cuchillo acústico y el chico, del susto, dejó caer la cabeza. Unos salieron corriendo despavoridos; otros se desmayaron; el resto decidió tomar la justicia en las manos mientras el cuerpo degollado buscaba ciegamente por la cabeza perdida. La señora elegante y de mantilla se desplomó y comenzó a brincar como pez fuera del agua.

El tránsito en las angostas callejas del Viejo San Juan se detuvo.

Un vendedor de billetes de la lotería entonces clamó por justicia:

—¡A ese hay que matarlo!

Y entonces creo que la condición existencial de aquel pobre idiota pasó del sombrío anonimato a la iluminada notoriedad que le ganó decenas de perseguidores, todos tras él con el deseo magnánimo de arrancarle su soberbio cuello.

Para un jíbaro, otro jíbaro, y para dos, el diablo. Ilusión óptica o no, la cuestión me hubiese parecido una escena mágico realista si no fuera porque yo mismo vi la cabeza rodar por toda la plaza.

Sin embargo, aquellos lobos traían pelos.

Con razón el alma siente, dicen por ahí, y yo, tocado por la compasión bendita y traicionera, sentí que debía ayudar al infeliz. Así que corrí en sentido contrario a la turba, pues como yo conocía bien las calles de la milenaria ciudad, sabía que el hombre tendría que doblar a la derecha por la Calle del Sol si quería escapar con vida. No van lejos los de adelante sino los que corren bien, y aquel insolente joven se desplazaba con velocidad de corredor olímpico. Aceleré el paso por una de las callejas y me escondí en uno de los edificios abandonados, de esos que abundan en la ciudad colonial. Llegué justamente pisándole las bolas a Kronos para lograr agarrar al fugitivo por la camisa, la cual se desgarró pronunciadamente, pero evitó que se me escapara. El muchacho me miró con ojos llenos de pánico e inocencia, como quien le prende fuego a la cama de sus padres cuando recién descubre el uso de los cerillos. Le dije que todo estaba bien, que yo sólo quería ayudarlo, que se callara la boca y me siguiera. Comenzamos a correr calle abajo en dirección del puerto de San Juan. Como cuando dan el anillo, uno pone el dedillo, el chico me obedeció.

El tránsito estaba detenido aún y nosotros brincábamos como perritos de circo sobre las estáticas olas del mar de hojalata. Ya a varias cuadras de la escena de los hechos, la turba se había extraviado entre su propia densidad, por lo que decidí que era seguro refugiar al hombre en mi pequeña guarida, justamente detrás de los almacenes del Ejército de Salvación.

Allí estuvimos en silencio, para cerciorarnos de que alguien más listo o más rápido que nosotros no nos hubiera seguido hasta aquel cabujón gratuito en el que yo vivía por la caridad del administrador del edificio.

Entonces tuve la oportunidad de observar al chico de cerca.

Su rostro terso y juvenil resplandecía, y guardaba cierta candidez de niño, aunque era un hombre entrado en sus treinta años de edad. Sus manos eran blancas y suaves, lo que denotaba que el tipo probablemente no había dado un tajo en su vida ni en defensa propia. La manera en que él miraba a su alrededor me parecía salvaje, primitiva, casi animal, como la de un ciervo que se esconde en una cueva desconocida. El hombre tocaba las paredes y miraba hacia el techo como si nunca hubiese visto ninguna otra cosa. Claro, podría ser que el tipo admiraba el nivel de asquerosidad de aquel lugar, pero, jey, era mi casa y yo se la ofrecía como guarida para que decenas de seres humanos indignados y malhumorados no se festejaran con su trasero, así que inmediatamente se lo hice saber. Él simplemente me miró con ojos de sentirse como un pez en medio de un gimnasio.

Al cabo de unos minutos le dije que ya el peligro había pasado, le facilité una camisa nueva, y lo felicité por su impresionante acto. ¿Era un truco, verdad?, pregunté. El chico, que vestía buena tela, me dijo que, en efecto, se trataba de un acto de ilusionismo, que la señora nunca perdió la cabeza y que quienes la perdieron fueron los que se creyeron lo que sus ojos vieron. Interesante, le dije. Acabas de comprobar que el Matrix funciona. Él me miró como si yo hablara en afrikáans. Cuando le pregunté su nombre, me dijo, con mucha timidez, llamarse Ignavo Valparaíso, que vivía en la Calle San Sebastián y que tenía hambre. Odia el pecado y compadece al pecador, le dije. Él me miró como si no comprendiera un comino de lo que yo decía. Y yo me preguntaba, ¿necesitaba el mundo un nombre como Ignavo Valparaíso? ¿Por qué no Sapiente Vapalcarajo?, dije. Reí como un verdadero comediante ególatra que se ríe de sus propios chistes cuando a nadie más le hacen gracia. El hombre me miró con cierta incomprensión en los ojos y me dijo:

—Mi nana me dice Iggie.

¡Su nana le dice Iggie! Pero, ¿qué pedazo de bambalán insulso había cruzado mi camino? Salir del trueno para caer en el relámpago. Yo pensaba que el tipo era un burlador social, un insurrecto, un mago del terrorismo sutil de pasarse a la gente por donde no le diera el sol, pero no, ¡el tipo a su edad tenía una nana! Digo, ¿qué más se podía criar en un país cuya historia había sido escrita con la insufrible pasividad del servilismo? ¡Una nana a estas alturas!, le dije a quemarropa, por citar a Arjona. Le pregunté si tenía otra familia, algo así como hermanos inútiles, hermanas materialistas, padre de chaqueta y corbata y madre de lino, pero me dijo que sólo tenía a su nana. Pobrecito, pensé. A lo mejor es el heredero de una rica fortuna cuya condición es tragarse a una vieja decrépita que lo viene cuidando desde que él estrenó pañales desechables y sin la cual el derecho a la herencia quedaría nulo. Claro. Uno de esos testamentos enfermizos y perversos, producto de una mente enfermiza y perversa. Así que le dije que, ya que yo había resuelto su casi desgracia, él era libre de marcharse cuando quisiera, que le regalaba la camisa y que si me veía por ahí, me podía pagar un café o algo así, pero que era mejor que se fuera ya que había pasado el peligro.

—No sé cómo regresar— me dijo tímidamente.

Las desgracias, está probado, no vienen solas. La broma me sentó un tanto fuera de calibre, en absoluta incompatibilidad con la realidad aparente que se desplegaba ante mis ojos. Digo, a un tal Ignavo Valparaíso que no sabía regresar a su casa —humilde, supongo— donde su nana —humilde, también supongo— le estaría esperando con la merienda de la tarde lista para ser engullida y sucedida por el sencillo acto de echar la siesta, ¿se le podría perder el camino de ladrillo amarillo? Este huevo quería sal, recelé.

—Pues a tu casa se llega de la misma manera que llegaste aquí, sólo que al revés.

Ignavo perdía el sentido de mis palabras. Sólo se quedo con su cara de niño mirándome y sonriendo, lo que incitó un hálito de compasión en mí y entonces comencé a preguntarme si en realidad este tal Iggie era algún tipo de retrasado mental, o, en todo caso, un niño en cuerpo de hombre, porque su candidez me pareció genuina, como las flores que crecen al pie de una muralla carcomida por el musgo.

Recordé que me había dicho que tenía hambre, así que busqué entre mis cosas por algo de pan. Duro y viejo, por supuesto. Y que no protestara, que mi cabujón privado no era repostería ni panadería ni cosa que se pareciera; era una trinchera para refugiarme del despiadado tormento de la existencia entre los seres humanos, la más imperfecta de todas las bestias imperfectas posibles. A Iggie pareció no importarle la condición del pan. Debe ser que al caballo regalado no se le mira el colmillo, y menos si el caballo se come y hace hambre. Luego busqué por un envase para compartir algo de vino que yo guardaba para ocasiones especiales, como que alguien me diera un dólar, o que algún empleado de restaurante se compadeciera de mi condición y me convidase a un plato de comida caliente. No es que yo sea vividor, no señor; en este país hay muchos de esos. Lo que yo soy es un científico en continua experimentación del alcance de la caridad humana. Así como lo oye. Yo soy vagabundo por elección, repito, no por defección. Pero el asunto es que siempre guardo un poco de vino para ocasiones especiales y aquella, a mi entender, no era tan especial, aparte del hecho que me visitaba alguien, cosa que nunca ocurría, y que ese alguien se llamaba Ignavo Valparaíso y no recordaba el camino de vuelta a casa.

Entre mi baúl de inservibles cosas útiles, como la mayoría de mis recuerdos, encontré un grial de plástico que había recogido del basurero de un pub irlandés. El grial era de lo más mono, verde y todo eso, el mismísimo grial de San Patricio, porque hasta San Patricio debió tener algo en que tomarse su ale. Así que me lo traje, y en aquel momento por fin le encontraba uso, porque yo siempre bebía de la botella, pero yo no soy de los que dejan que extraños pongan sus labios donde poso los míos. Eso es antihigiénico. Por lo tanto, le serví a Iggie su poco de vino y brindamos por el olvido.

Iggie, al parecer encandilado por el primer trancazo del néctar de Baco, se acercó a mí muy lentamente y colocó su mano detrás de una de mis orejas. Mi sorpresa fue tal que al principio no supe cómo reaccionar, pero luego pensé que el tipo era un malamañoso que estaba picando fuera del hoyo, y no tuve otra cosa mejor que hacer que empujarlo. El infeliz cayó sentado sobre sus nalgas y me miró muy asustado.

—Yo sólo quería extraer esto —dijo, y me mostró una moneda de circunferencia algo irregular, la cual yo le arrebaté de las manos, palpé, observé y mordí, todo para comprobar que no solo era un doblón de oro muy viejo, sino que era de verdad.

—¿Cómo hiciste eso, muchacho del demonio? —exigí que me explicara.

—La gente tiene lo que su corazón desea.

Caramba, que aquellas palabras me sonaron muy ciertas, pero muy desatinadas, porque yo era vagabundo, como dije, por elección y no por defección. Yo no deseaba riquezas ni palacios porque de ser así no sería vagabundo. ¿O sí?

Bueno, la cosa es que lo dejé terminar su acto. Iggie extrajo monedas de oro de detrás de mis orejas, del bolsillo de mi chaqueta y hasta de mi boca. Las monedas eran reales, sí, pero yo aún así no le daba mucha credibilidad a aquel nuevo acto por aquello de no complicarme la vida con explicaciones racionales en un mundo que para mí no hacía nada de sentido entre las ideas y las formas. Así que, muy animado, invité a Iggie a tomar más vino, pronto le sentó tan bien como un soporífero y quedó tan agarrotadamente dormido como un tronco derribado.

Yo me dediqué a acabar la botella, con la resolución de que olvidaría todo lo acontecido ese día y que llevaría Iggie de vuelta a su casa mañana, convencido que se trataba solamente de un pobre infeliz sin infancia y, quién sabe, hasta sin malicia.

Y como pájaro de una sola enramada no hace nido, al otro día me encargaría de él.



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