Ignavo Valparaíso, Capítulo II

 700En la mañana pasé el susto de la vaca. Yo no sé en realidad cuál es ese susto, pero mi madre siempre que se asustaba decía que había pasado el susto de la vaca y por eso yo digo lo mismo. El asunto es que yo vivo acostumbrado a mi monástica soledad, ¿verdad? A acostarme solo y a levantarme solo, con excepción de la compañía de alguna que otra rata que me ronda el sueño, pero ese día encontré un bulto de lona verde y polvorienta bajo el cual, al descubrirlo, encontré a Iggie. Dormía profundamente en posición fetal y no sé por qué me recordó la osamenta de un conejo. De todas formas, pasé el susto de la vaca porque entre el vino y el cansancio de la noche anterior ya hasta se me había olvidado que me había llevado aquel premio gordo que no sabía el camino de vuelta a su casa.

Luego de un enjuague bucal, por supuesto, desperté al pobre infeliz. Dormía como un angelito, en verdad. Parecía sumido en el más dulce y placentero de los sueños. Ni siquiera yo mismo creo que yo haya logrado una paz tan profunda en mi perra vida. Pero yo no he de quejarme. Yo sólo hablo de que el Iggie estaba remontado en la nube nueve de su divina paz, imperturbable como la serenidad que reflejan los bebes al dormir. No me atrevía a despertarlo, pero de pronto él abrió los ojos en automático, como cuando se le encienden las luces a un auto, y cuando me vio tan cerca de él pegó el grito de Garito.

Yo no sé ni conozco a ningún Garito. Eso también lo decía mi madre en aquellas placenteras tardes de domingo en que me llevaba a las fiestas patronales, y cuando nos acercábamos a las máquinas de diversión y escuchábamos los gritos despavoridos de la gente, ella decía: “Ese es el grito de Garito”. Y, pues, el Iggie, pegó el grito de Garito cuando me vio. Ya sé que no soy un Adonis, y menos bajo esta barba demacrada de asceta en pleno desarrollo, pero es parte de mi idiosincrasia.

Luego de desearle buenos días, Iggie me dijo que tenía hambre. ¿Ah, sí?, le dije. ¿Y quién crees que vive en mis entrañas? Él me miró con cara de incomprensión absoluta, como al que le hablan en una lengua ininteligible. No sé por qué, pero el muchacho de pronto irradió cierta ingenuidad de todo lo que estaba sucediendo que hasta me provocó ese sentimiento traicionero que socava muy por debajo de la piel y sobre la superficie de la sangre, que es la compasión. Sus ojos fulguraban con extraño brillo, como el de las canicas cuando son nuevas y nadie las ha usado todavía. Una mirada así podría pasar por un par de ojos sin estrenar, como si no hubiesen visto mucho o nada durante su existencia. La mirada enternecía, porque si uno se quedaba admirando la complexión de las facciones de su rostro, podía pensar que los ojos no le pertenecían, porque eran muy puros para aquel rostro que, aunque limpio y lozano, tenía la ilusión del tiempo que pasa marcada.

Se me ocurrió ir a la Dulcinea, restaurante donde yo conocía al cocinero, y quien ocasionalmente me guardaba algo de comida siempre y cuando su jefe no estuviese por allí. Su jefe, don Pello, tenía una política en contra del mantengo, y yo estaba de acuerdo con él. Caramba, que eso de siempre vivir de la caridad de los demás es un eufemismo para la vagancia en este país de iletrados y desempleados. Y esta bendita tierra de 500 años no había tenido iniciativa ni para afeitarse las axilas. La noción de discontinuidad, como dice Foucault, ocupa un lugar mayor en las disciplinas históricas, y uno no tiene que haber vivido cronológicamente el momento para darse cuenta de estas cosas. Sólo hay que afinar los ojos y verlo.

Pues allí fuimos a dar, a la Dulcinea. Lalo al principio se molestó porque llevé compañía. ¿Qué crees que es esto? ¿La Posada de Jesús, donde alimentan a los indigentes? Ay, que no me ofendas tú, hombre. ¿Indigente yo? Yo vivo de la Maestra Vida, como la llama Rubén Blades. A mí me alimenta en canto de los pájaros, la caricia del viento, al arrullo de los coquíes, el sol que se rompe todas las mañanas como un huevo frito en la sartén celestial...

—Pues puedes irte por donde mismo viniste, porque lo que tengo aquí es pan viejo y algunos chorizos. No hay huevos fritos.

Acepté la ofrenda bajo protesta, en completa indignación, porque en ningún momento yo impliqué que se me antojaba un par de huevos fritos con jamón y patatas fritas. No, señor. El hecho que yo le hubiese llevado allí un alma en necesidad caritativa no era asunto para enojarse tanto. Que son mi arroz y habichuelas los que están en juego, me reprochó Lalo. Y luego continuó profiriendo insultos a mi dignidad humanista como que aquello que yo había hecho era un abuso de confianza, que me daban pon y que luego quería guiar, que me daban así y yo tomaba asao. Claro, hasta que le enseñé las monedas que Iggie había extraído mágicamente, y que eran, en efecto, mágicas, porque tuvieron un efecto encantador en Lalo.

—Tomaré esto para ajustar las cuentas que tenemos pendiente—dijo amablemente.

—Borrón y cuenta nueva— dije contento.

—Perfecto. Y dime. ¿Quién es el ternerito?

—Pues no sé realmente.

—Su cara me es familiar.

—¿Ah, sí? Qué bueno, porque a lo mejor me puedas decir dónde rayos vive.

—¿Y él? ¿Para qué tiene boca?

—Para comer, coño. No ves que está atragantado con el jodido pan ese que nos diste.

Lalo me miró como el que pierde un debate intelectual de gran altura y categoría.

—Claro… — comentó mientras nos servía un zumo de parchas.

—¿No tienes algo más consistente por ahí?

—¿Cómo qué?

—No sé. La cerveza lager tiene bastante cuerpo y...

—Pues lo único consistente aquí es la punta de acero de mis botas.

—Ah, bueno. En ese caso me quedo con el juguito de parcha. No quiero crearte un desaire.

—Claro. Mira, sabes que don Peyo llega pronto. No me busques problemas. ¿Por qué no se van al mismísimo carajo, o prefieren que yo mismo los lleve?

—Qué modales tan burdos. Mira, como eres mi amigo y te aprecio, asumiré que nada de esto ha ocurrido y que de tu boca jamás han brotado semejantes barbaridades.

—Vete mucho a la mierda. Tú y tu ternerito.

—No es mi ternerito. El chico padece... tú sabes...

—No, no sé.

—Sí serás sopla gaitas. ¿Cómo pretendes que te diga que el chico padece de sus facultades mentales frente a él?

—A mí me parece de lo más normal.

—¿Sí? Pues padece de algún tipo de amnesia, porque no recuerda donde vive.

Lalo reculó como si dudara de mis palabras, y luego clavó aquella mirada que él sabía guardar bajo la sombra de su follaje de cejas, que más bien parecía una sola que dos. Era una mirada gorda y pesada, como el mismo Lalo, y cuando la dejaba caer sobre alguien era muy asfixiante y opresora. Iggie tupió su masticar como si lo hubiesen colocado en modo de pausa. Reciprocó la mirada de Lalo con aquellos ojos de animal perdido, aquellos ojos que cantaban ángelus si uno se sumergía lo suficientemente en ellos. Me atinó una ráfaga de mirada que me preguntaba, sin duda, quién es este y que quiere. Luego se fue acerando lentamente hacia el rostro de Lalo, mirada contra mirada, el espacio entre ellos acortándose. Ninguno de los dos pestañeaba. Lalo remallaba su rostro para hacerlo ver más fiero e intimidante de lo que en realidad era; Iggie se mantenía con sus ojos engrandecidos y hasta parecía que se agrandaban más a medida que se dilataban sus pupilas. Yo alternaba mis ojos del uno al otro para determinar quién era el primero que cedía, pero ya cuando se tocaron frente con frente, supuse que sólo podían ocurrir dos cosas: o se besaban, cosa que era improbable, conociendo a Lalo, o que éste último le arremetiera un sopapo de esos que muchas veces me había obsequiado y que yo, como hombre de paz que deplora la violencia, no había querido contestarle, mucho menos viendo aquella mole de grasa de casi 250 libras.

—No puede ser —dijo Lalo finalmente.

De la misma parsimoniosa manera que se acercó a Iggie, retrocedió.

—¿Qué no puede ser? —inquirí lleno de curiosidad y desubicado de todo lo que estaba aconteciendo ante mis propios ojos.

—Sus ojos...

—¿Qué tienen?

—Me vi en ellos...

—Se llama refracción, Lalo. Gordo inculto.

—¡No, no! Lo que vi fue mi imagen, pero de cuando yo era niño.

—¿Ah, sí? —dije, perdiendo interés en lo que decía Lalo y concentrándome en los chorizos que quedaban olvidados en el plato.

—Sí. Era la escena del día que mi padre se fue de la casa. Y yo lloraba...

Miré fijamente a Lalo y su rostro estaba cubierto por un velo de melancolía que yo nunca le había conocido al gordo.

Para mí Lalo era insensible, cosa que era como un oxímoron, porque un cocinero insensible es como un fuego frío, como decía Donne, un algo imposible, pero ya ven. Cualquiera se equivoca.

Y allí estaba el Lalo totalmente conmovido y descompuesto por la imagen que supuestamente había encontrado en los ojos de Iggie, quien no había dicho ni jota, pero tampoco había dejado de comer, como si se tratara de una competencia donde el que hablara mientras engullía perdía.

—Llévatelo de aquí — dijo suavemente Lalo—. Tomen todo lo que les queda por comer y váyanse de aquí.

—¿Adónde, Lalo? — pregunté, mi boca repleta de comida para que se quedara lo menos posible.

—No me importa a dónde. Ese es tú problema. Tú andas con él.

—A ver si recuerdas. ¿No te dije que el chico padece como que de amnesia?

—Tiene que tener algún lugar donde dormir.

—Anoche durmió conmigo.

—Depravado.

—No, me refiero a que se quedó en mi casa.

—¿Qué casa? Tú no tienes casa. Lo que tienes es un cuarto en un almacén en el que te dejan vivir para que espantes las ratas.

—Mira, Lalo, te aprecio y te estimo y no voy a discutir esas nimiedades contigo. Aquí el punto es que no sé qué hacer con él.

—Pues aquí no lo quiero. Y si tan difícil es deshacerse de él, llévalo a la calle y dile que camine. Si él sube, tú bajas; si él baja, tú subes. Así de simple.

—Oye, Lalo, no eres tan bruto como pareces.

Justamente cuando recogíamos lo que quedaba por comernos, hizo una entrada repentina Don Peyo, quien tenía referentes míos no muy agradables en su memoria, y estalló en ira, diciendo que si no soportaba a un mendigo menos iba a soportar dos, que ese era el mal del país, que les gustaba el cachete y la cosa gratis, que éramos unos vividores, una lacra, un lastre, un cáncer social que condenaría la isla como un Prometeo encadenado, per secula seculorum.

Don Peyo luego miró fijamente a Iggie y dijo:

—¡Conque tú eres el payaso que por poco mata del corazón a mi mujer! ¡Hideputa! Ya vas a ver cómo Peyo Fernández resuelve sus disgustos.

Don Peyo tomó un rodillo y en verdad se disponía a demostrarnos empíricamente la validez de su tesis, cuando entonces Iggie, que no había hecho otra cosa que comer, levantó sus brazos y con la acción surgió una gran humareda que nos arropó como un ángel con unas alas bien grandes, y lo próximo que supe es que estábamos afuera, en la Calle San Francisco, corriendo como putas en redada, calle arriba, pero sin rumbo.

Imagen: Bernie Stephanus. La Couleuvre.



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