Ignavo Valparaíso, Capítulo III

2cm433 Las reacciones a esta novela por entregas han sido una verdadera sorpresa. Pero aclaro: es solo diversión. Aquí les dejo el tercer capítulo.

Iggie y yo llegamos en nuestra carrera a la Plaza San José y, al parecer, al socio se le oxigenaron los recuerdos, porque cuando nos sentamos al pie de la estatua de Ponce de León, con su dedo apuntando al incierto horizonte infinito y fantasmagórico de esta isla bendita de nadas, dijo las palabras claves:

—¡Nana!

—¿Ahí vive tu nana?

—Sí, ahí es.

—O sea, que ahí también vives tú.

—Sí, eso es correcto —me dijo con una alegría que no podía disimular.

—Vaya, pues hágame el honor que yo le entregue personalmente a tan irresponsable persona que ha dejado salir a una bestia tan peligrosa. Ah, pero mi hermano, yo no me muevo de aquí hasta que usted me explique qué cosa fue eso que hizo en la cocina de la Dulcinea, que aparte de llenarle de humo la cocina a Don Peyo, probablemente le ha costado el trabajo a Lalo.

El chico sólo sonrió y me dijo que un buen mago nunca revelaba sus secretos. ¿Mago? Mago de mierda, dije yo, y maldije y blasfemé, como usualmente hago cuando la gente me quiere correr la máquina, y le dije que a mí no me viniera con cuentos chinos, que ya yo estaba grandecito para esas pendejadas, y que acabara y me dijera a qué demonio él le rendía culto, porque aquello sólo podía tener una de dos razones irracionales: o habíamos escapado por santa leche divina de Aquel que dirige la corporación del cielo, o habíamos escapado por algún truco sulfurado de aquel que reina en el cuarto de máquinas de la tierra.

A mí que no me viniera con aquel rollo de que un mago no revelaba sus secretos, porque los magos no son imbéciles, y aquel Iggie, de imbécil tenía hasta la manera rígida en que caminaba, como si se hubiese almorzado una varilla de hierro. Si se infla la llama, se quema el quinqué, y el mío ya estaba achicharrado. Sin más decir, le propuse a Iggie ir a buscar a su Nana, quien debía estar preocupadísima por la desaparición inexplicable del chico.

Llegamos al portón de entrada e Iggie llamó a su Nana. La voz subió por las escaleras arrastrándose como una serpiente buscando el árbol de la vida en medio del paraíso y regresó clonada en ángeles plomizos expulsados del cielo que se estrellaban contra nuestros oídos. A lo mejor no hay nadie, pensé yo en voz alta, pero Iggie me dijo que nadie nunca salía de la casa del Dr. Genenstein, quien quiera que fuera el sujeto.

Iggie volvió a llamar, esta vez secundado por mi voz de barítono natural. El eco fue terrible, como el de una terrible soledad que se alberga por las paredes y escaleras y que sólo puede reproducir un eco solitario y terrible. No obstante, se escuchó el chirrido de una puerta seguido por el sonido de pasos que descendían la escalera y una voz diciendo: «Ya, ya. Es que cuando una más prisa tiene, más se le complican las cosas».

Iggie sonrió y me miró. Esa es Nana, me dijo. Era lo menos que esperaba yo, pensé. Digo, entre tanta aparente desolación de aquel edificio lo menos que uno podía esperar era que alguien llamado Nana respondiese al llamado de “Nana”. Pude distinguir, entre los intersticios de hierro que posaban de ventana en la hermética puerta de madera, que una mujer negra vestida de negro se acercaba a recibirnos. Cuando finalmente abrió la puerta, la mujer abrió los ojos como gato que le pisan la cola y gritó: «¡Jesucristo en un portal!». Intentó cerrar la puerta, pero Iggie, que tenía pies muy grandes, o tal vez era que calzaba zapatos que no eran de él, ya tenía, como dicen por ahí, un pie adentro. Literalmente. La señora hizo presión sobre la puerta, pero todo lo que logró fue apachurrar el pie de Iggie, quien gritó: «¡Nana, Nana! ¡Que me dejas sin pie!». Mi reacción fue liberar al muchacho, claro, y comencé a forzar el portón en su dirección natural de entrada. Dos son más que uno, y más si el uno ya está en el ocaso de la vida, así que logramos abrirnos paso por la fuerza. La señora cayó al suelo, pero con la misma naturalidad se levantó y emprendió carrera atlética escaleras arriba.

—¡No, no, no! ¡Ya se acabó! ¿Oíste? ¡Se acabó todo!

Mientras la seguíamos, pensé que lo que se había acabado era la comida, porque desde que conocía al Iggie lo único que había demostrado ser capaz de hacer era comer. Ah, y hacer trucos fatulos de magia. Eso era razón para salir como había salido la Nana, corriendo erizada como alma propulsada por el pecado. La nana, al llegar al apartamento, hizo tronar la puerta. Yo pensé: Esto es raro. ¿Y si el “se acabó todo” se refiere a una relación amorosa? ¿Y si ambos tenían una depravada relación donde la edad no era requisito para que dos cuerpos y dos almas se unieran en la cosmicidad de un beso? Ah, esto se ponía bueno. Ni en el peor de los culebrones se daría algo igual.

—Dile que no, que no se acabó —le instruí a Iggie, como quien le hecha combustible a un pequeño fuego.

—¡No, no se acabó! —obedeció el chico.

—¡Sí, sí, sí! —dijo Nana escaleras arriba.

Luego cerró la puerta que daba acceso al apartamento.

—Dile: No, no, no —motive a Iggie, arrimándome a la puerta.

—¡No, no, no! —repitió él, mientras empujaba fuerte con sus dos manos, pretendiendo derribarla.

—¡No me hagas esto! ¡Te lo suplico! —dijo Nana.

—Ya ves. La soberanía del macho se impone. Ella cede. No te rindas— le dije a Iggie, con el entusiasmo de un second que anima a su púgil al pie de un ring de box.

—¡Que no me rindo! —dijo Iggie.

—No me atormentes más. No quiero seguir a tu lado. Que tengo una vida por delante, ¿me oyes? —reclamó Nana.

Vaya optimismo. ¿A los sesenta años esa señora creía que iba a comenzar su vida?

La escena, patética por demás, se acunaba entre el dolor provocado por un amor frustrado y el horror de enfrentarse a una realidad que uno viene eludiendo ante la traición del tiempo. Le dije a Iggie:

—Dile que ella será tuya toda la vida.

—¡Serás mía toda la vida!

—Tu cuerpo, tus respiros, tus pensamientos... toda mía.

—¡Tu cuerpo, tus respiros, tus pensamientos... toda mía!

Un silencio embargó el momento y la puerta se abrió lentamente.

Nana, con su mirada llorosa, se mantuvo frente a nosotros con sus brazos colgantes como enredaderas secas. Su cara estaba desprendida de todo signo de emoción, como quien no sabe qué sentir. Sin duda, habíamos ganado.

No pude estar más equivocado.

De pronto, como un Jasón en Viernes 13, Nana se aferró con una de sus manos a la oreja de Iggie, mientras que con la otra mano le abofeteaba la cara como plenero a su pandero. Pum, pum, cata pum pum pam.

—¡Desvergonzado! ¡Depravado! ¡Irrespetuoso hijo ‘e puta! ¡Ahora es que yo te voy a arreglar! —decía la Nana.

Me costó trabajo separarlos. En el esfuerzo, como en todo intento de mediar entre dos bandos hostiles, me cogí mis propios sopapos personalizados en la boca del estómago.

Me dieron de arroz y de masa.

Me dieron bofetadas en ambas mejillas, sobre todo un barrecampos que me estremeció la oreja, provocando un aguijoneante zumbido que me taladró el tímpano y me dejó aturdido por unos minutos. Para rematar, recibí otro par de golpes en la boca del estómago, el cual, al estar en aquella condición de completa vacuidad (por culpa del Iggie, claro), ocasionó un tremendo regurgitar que me hizo terminar en una esquina de la casa vomitando una suerte de biliosidad amarilla. Para colmo, Nana me dio par de escobazos por devolver semejante porquería en pleno piso acabado de pulir.

Nos tomó un rato recuperarnos a Iggie y a mí. Iggie lloraba como un niño y preguntaba que qué él había hecho. Nana pronto se dio cuenta que el chico simplemente había fungido de marioneta.

—Y éste, ¿quién es? —preguntó, mientras me miraba con furia de gladiador.

Iggie le explicó que yo le había salvado la vida y le había dado un lugar dónde comer y hasta le había llevado a comer.

—Ah, sí —dijo ella—. Después de lo de la mujer que decapitaste.

—¿Se enteró? —intercedí.

—¿Que si me enteré? Todo el mundo se enteró. Y precisamente dije: «Este ya no regresa». Y, ¿sabe qué? Ya estaba lista para marcharme, y ahora esto, apareces nuevamente como por arte de magia. Lo siento. No voy a dar marcha atrás a lo que ya está decidido. Me largo de aquí.

—¿Me harás comida cuando regreses, Nana?

La Nana se deshizo emocionalmente, y hasta en un momento temí que se desvaneciera en la nada. Lo miró con toda la pena que puede infundir una persona idiota que no se da cuenta que lo están abandonando. Acudió a él y lo tomó muy maternalmente en sus brazos, muy tiernamente, como si de pronto la embarazara un deseo de protegerlo de todo el mal del mundo.

Lo acurrucó. Lo besó sobre la cabeza. Acarició su corto pelo rizo. Lo apretó contra sus pechos y cerró los ojos, como cuando se acerca el barrunto del dolor de una separación inevitable.

—No entiendes nada de nada, Ignavo. Nada de nada.

Iggie sollozaba entre sus brazos, y el cielo colapsó sobre mí con toda la carga posible del sentimiento de culpabilidad, porque, en aquel momento, la imagen de la Nana se transformó en mi madre, y yo, en el desamparado hijo que una vez no sé cuándo vi perderla entre unas últimas caricias y unos besos que, probablemente, todavía están viajando perdidos por el espacio, como muertos que no saben que ya han sido sepultados.

Entendiendo que mi misión había concluido, procedí a retirarme de la escena, dejando a la Madonna y a su hijo a solas, cuando una gélida voz congeló el aire.

—Usted no va a ninguna parte— dijo la Nana.



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