Ignavo Valparaíso, Capítulo IV

CrissAngel-Float-4 Yo estaba más salado que un arenque. Sabrán que no como arenque, porque a mi paladar le sería imposible degustar un plato tan apestoso. Y cuando se fríen los arenques es peor, porque es como pegarle fuego a las axilas de Satanás y sentarse a tocar la lira mientras el mundo se intoxica. Pero en verdad que yo no pegaba una, pensé. Estaba más salado que un arenque.

Mientras yo me cuestionaba la manera en que mi vida había girado, observaba a Iggie devorarse su segundo desayuno, esta vez consistente de omelet con queso, champiñones, tocino y cebollas, con sus rebanadas de pan tostado y jugo de naranjas. En cambio, yo, con tanto desaliento, y sin mencionar los golpes recibidos en el estómago, había hasta perdido el apetito, por lo que me dedique a mirar alrededor.

Aquella gente era gente rara.

Había que descifrarlos a tiempo antes que me lavaran el cerebro, me disecaran o me utilizaran para alimentar los cerdos. Pero en lo que Iggie comía, lo cual parecía ser un acto litúrgico o algo parecido, porque la Nana se mantuvo de pie junto a él todo el tiempo, así, sin decir palabra, pues me puse a apreciar la lúgubre decoración de la casa.

Aquel Dr. Genenstein tenía el gusto en el mismo orificio por donde expelía los desechos de su cuerpo.

El apartamento era una depresión de piedra y madera. Aquello era un inducidor natural de suicidios. El interior del apartamento estaba decorado muy a la americana, con esos tonos graves de madera de cedro tragándose las posibilidades de la luz. En una de las paredes colgaban decenas de relojes de diversos tipos y tamaños, muchos dando la hora exacta, otros inservibles, otros bastante adelantados, aunque otros bastante atrasados.

Mientras tanto, la Nana mantenía la mala cara.

Tenía el pelo recogido en un rígido moño que daba la impresión de que se halaba el cuero cabelludo, frente y todo para tratar de estirar las arrugas.

Claro, al tiempo no hay quien le gane, y menos con tanto reloj de panorama en la misma sala de estar.

Yo no decía ni que lindos ojos tienes, porque no tenía los ojos lindos. Lo que tenía eran dos orbes que me querían rebanar como a pata de jamón.

—Debería darle vergüenza —me dijo finalmente, acuchillándome todo el tiempo con aquellos ojos de estilete.

—Y a mí, ¿por qué?

—Aprovechándose de la inocencia de los demás.

—A mí el chico no me pareció tan inocente. Además, lo que hice fue un favor.

—¿Un favor al pervertir su inocencia y hacer que me dijera cosas?

—Yo no sabía que usted era su madre. Yo...

—No soy su madre.

—Bueno, lo que sea. Yo pensé que...

—No hace falta que me diga lo que pensó. Lo que usted piense no me importa. Usted es un vividor de gente. Lo he visto por las calles de San Juan pidiendo limosna.

—¿Vividor yo? ¿Vividor yo? Señora, con su permiso. Me insulta. Me voy de aquí.

—Que no va a ninguna parte. Siéntese donde estaba.

Así lo hice, no por sentirme amenazado, claro, sino por decencia y respeto a los mayores.

—Oiga, abuela, ¿la frase restricción de la libertad no le dice nada? Es como tomar a uno de rehén.

—Ignavo se escapó. Se fue por voluntad propia. Y usted, genialmente, me lo trae de vuelta. Esto sólo me ocurre a mí.

—Al perro flaco, todo es pulga.

—¿Ah, sí? Pues sepa que zapato viejo que boto, no recojo.

—La culpa es tan fea que ahora no quiere cargar con ella.

—Palabras de burro no llegan al cielo.

—Precisamente...

—¡Suficiente! ¿Por qué tenía usted que aparecer en mi vida? Yo tenía todo planificado, pero usted no me va a echar a perder la cosa.

—Conque quería deshacerse del muchacho, ¿eh? —dije en tono amenazante—. ¿Estás escuchando eso, Iggie?

Iggie, mientras seguía comiendo, asintió como si no le importara.

—Se llama Ignavo. Ignavo Valparaíso —dijo nuevamente con aquel tono de voz de exquisita soberbia diez grados bajo cero.

—Es que nos hicimos panas. Cuates. Carnales. Tíos.

—Él no entiende lo que está sucediendo.

—Ni que fuera una tabula rasa —dije con acostumbrado cinismo—. Por favor, llamen a Hobbes, que hemos encontrado al buen primitivo.

—Yo sé lo que le digo. Yo crié al muchacho. Jamás había salido de los confines de este apartamento. Él no conoce la maldad.

—¿Ah, no? Y yo soy Johnny Depp.

—Usted lo que es un estúpido.

—Y, ¿cómo le sienta que lleve su caso a las autoridades, eh? Pues por lo que me dice, el muchacho era rehén suyo y del tal Dr. Genenstein, a quien no le he visto el pelo todavía.

—Elmmm doftor ehjjj uehjno conjmigohjjjj— dijo Iggie.

—¿Qué? —le pregunté con el rostro plegado por lo ininteligible de aquella lengua extraña.

—Dice que el doctor es bueno con él —tradujo la Nana.

—Ah, bueno. Yo no hablo alemán.

—No es alemán, estúpido. Es que tiene la boca llena de comida.

—Oiga, pues para haber estado enclaustrado tanto tiempo como usted dice, ustedes han perdido el tiempo enseñándole modales.

—¡Suficiente! —dijo la Nana encolerizada.

Iggie continuó degustando su desayuno y después dijo que quería irse al balcón a mirar El Morro en la distancia. Asomarse al balcón le era permitido a Iggie, me dijo la Nana al yo reprocharle cómo era que lo dejaban otear la vida desde allí sin haberle dado la oportunidad de interactuar con la gente. Esa siempre fue la voluntad del doctor, me dijo Nana. Y aquí se hacía lo que el doctor dijera.

Fue la voluntad, dijo.

Fue. Pasado preterito passé.

Fue.

Como lo que ya no es.

Un cambio de estado de la materia o de plano de la existencia. Entonces no pude contener más mi curiosidad y pregunté por el doctor, que cuando regresaba, que me moría por conocerlo, y que me ofreciera un trago de aquel brandy Napoleón que descansaba virgen sobre el recibidor. La Nana me dijo que el doctor había desaparecido. ¿Desparecido? ¿Así no más? Puf. ¿Y ya?, cuestioné en legítimo derecho. La Nana entonces me sacudió con un pensamiento que me paró todos los vellos de mi cuerpo: ella sospechaba que Iggie había asesinado al doctor y había dispuesto del cadáver de alguna manera diabólica.

—Por eso me marchaba y por eso me marchó, vagabundo entrometido —me dijo—. No voy a ser la próxima. Esas cosas de lo malo existen. No voy a ser experimento de nadie.

—Pero si la asesina ya no le queda nadie más, y eso sería muy paradójico, pues el chico aparentemente vive para comer y, ¿quién le cocinaría?

—Él no tiene cabeza para pensar en esas cosas. Es como un animalito, digo yo. Vive a la buena de Dios, con el día a día.

—¿Y qué le hace pensar que fue Iggie quien se deshizo del doctor?

—El chico me dijo que se encontraba practicando un truco de magia, con la asistencia del doctor, cuando... ¡Jesús, María y José!

—Se le quedó el burro y la vaca.

—No sea payaso. A lo que quiero llegar es que hubo como una explosión, como si desatarán una gran fuerza que estremeció las paredes de la casa. Cuando acudí al estudio del doctor, porque me sospeché que me necesitarían para limpiar algo, de seguro, encontré a Ignavo envuelto en una nube de humo, con una sonrisa amplia y sus ojos muy brillantes. No había rastro del doctor. Entonces, al pedir explicaciones, Ignavo me dijo lo que había hecho. ¡Ay, San Judas Tadeo!

—Y dígame, Nana, ¿doctor en qué es el doctor Genenstein?

—Doctor en física en la Universidad de Puerto Rico.

—Porque si era un hombre de ciencias... ¿el doctor se prestaba para trucos de magia?

—El doctor fue quien le enseñó los trucos. Él era profesor de física, sí, pero también era un aficionado a la magia, en particular los actos de ilusionismo. Acá entre nos, siempre pensé que eso eran cosas del diablo, pero el doctor decía que un ilusionista genuino era alguien que dominaba las propiedades de las dimensiones, a saber usted lo que eso significaba. Yo sólo repito lo que escuchaba. Y ya no sé más. Yo no entiendo de esas cosas, sabrá. Siempre me encargué de la limpieza de esta casa, de que Ignavo durmiera en un lugar limpio y cómodo, de que comiera bien, pero nunca me metí con los experimentos del doctor. Ahora tengo que quedarme sola con el muchacho y verá, no es fácil. Yo soy cristiana, ¿usted entiende? El chico tiene dones. Y como usted ha descubierto su secreto, usted es tan responsable por él como lo soy yo.

—¿Yo? ¡Pero si nunca lo había visto en mi vida! Mire, a ustedes lo que le falta es sarna para rascarse, así que yo mejor me voy.

—Usted conoce el secreto de Ignavo, así que eso lo hace responsable. El chico no tiene malicia, ¿comprende? No sabe nada de nada. Todo su mundo ha sido lo que ha leído en libros y revistas. Y lo que ve desde el balcón, claro. Yo no estoy capacitada para comenzar a encaminarlo por el mundo. Mucho menos cuando él no controla el alcance de sus poderes.

—Bueno, ¿y que le parece si nos escabullimos usted y yo ahora mismo y nos olvidamos que nos conocimos?

—Eso sería irresponsable, además de que con usted yo no voy ni de aquí a la esquina.

—Pues si piensa que me lo voy a quedar, está más loca que una cabra.

—Usted no parece ser iletrado.

—No, ¿verdad?

—Tiene cara de vagabundo vividor, de vago y de hijoeputa, pero no de iletrado.

—Oiga...

—Tal vez pueda entender mejor si le dejo ver los documentos que dejó el doctor.

—Pues, después de usted, my lady.

El estudio del doctor Genenstein, dijo la Nana, estaba idéntico a como había quedado desde la última vez que Iggie y el físico estuvieron allí. La Nana se había rehusado limpiar por aquello de no envilecer la escena del crimen. Había libros por doquier, microscopios, modelos a escala del sistema solar, frascos sellados con cosas en su interior, telescopios que apuntaban al espacio sideral que se asomaba por una ventana en el mismo techo y otras cosas alusivas al estudio de la materia y el universo. Yo me sentía ridículo caminando con tanta precaución, como si al respirar muy profundamente fuera a derribar todo a mi alrededor.

La Nana no me perdía a pie ni a pisada.

Me miraba con una desconfianza que no le daba la gana de disimular. Me condujo hasta el lugar donde asumidamente se había llevado a cabo el mágico acto de desaparición. En el piso había una mancha negra, como de tizne, que tenía la forma de un sol estrellado.

Estrellado de derribado, no de lleno de estrellas.

Sobre el escritorio había una libreta de apuntes. “No hay nada más rápido que la velocidad de la luz, A. Einstein”, decía un epígrafe en la primera página. Aquella libreta voluminosa contenía, a partir de entonces, cientos de anotaciones, fórmulas matemáticas, gráficas, tablas y otros garabatos que aún un hombre de mi alcurnia no podría descifrar.

Verán, yo soy filósofo y posmoderno.

Soy arqueólogo de los actos del hombre a través de los siglos.

El mero hecho que haga de vagabundo no quiere decir que lo sea.

No, señor.

Yo soy de los que cuestiona y busca la diferencia entre la realidad y lo que es la apariencia superficial.

Y viviendo en este país, un día me decidí a comprobar si el mundo en que yo vivía era real; si las calles, las tiendas, la congestión de tráfico y los siempre tardíos autobuses eran de verdad; si la gente que puebla las aceras, se monta en aviones, si los mismos aviones eran real; si lo real era solamente lo físico, lo tangible, lo material; si la realidad era una propiedad de otra cosa, algo así como una regla dorada o la sabiduría y propósito de Dios. Claro, metido en aulas desérticas de alguna universidad, escribiendo monografías que deslumbrarán a mis colegas, para mis colegas, cuestionadas por mis colegas, y a veces, derrocadas por mis colegas mismos, no iba a llegar al fondo de la gran pregunta: ¿Qué es la verdad?

Y la verdad en aquel momento era que yo no entendía un carajo de lo que leía, puesto que, aparte de una terrible caligrafía, tanto número y tanta variable no me decían nada.

Allá los cabalísticos, pero para mí lo que nombra la realidad son las palabras, aunque ellas mismas sean altamente cuestionables sobre su misma existencia.

No obstante, había intersticios de luz entre todo aquella madeja de fórmulas y dibujos. “Cada vez que recordamos algo, viajamos en el tiempo a un lugar y momento del pasado”, decía, por ejemplo, uno de los pasajes en la vetusta libreta. “Pero, ¿no sería grandioso poder hacer el viaje en presencia y consistencia física?”, añadía. Sin dudas, que el doctor tenía afición por retar las rotaciones de la Tierra. Minkowski, Einstein, Newton, Feynman, Gödel, Tipler, entre otros, eran constantemente aludidos y citados, dejando entrever que el Dr. Genenstein consideraba todo desde la física tradicional hasta la física cuántica, que no admitía una sola espiga de razón, sino un ramillete de verdades que pudiesen estar todas en lo correcto como que equivocadas. Porque Genenstein, evidentemente, quería dominar las propiedades de la materia para viajar en el tiempo. Eso se caía de la mata. Pero su recurso indispensable iba más allá de meros campos electromagnéticos, protones, electrones, positrones, antimateria o cualquiera de esas cosas en su carácter particular, sino que el científico buscaba canalizar la potestad sobre la constante del cambio a través del principio de la inteligencia: la palabra.

Genenstein postulaba en sus escritos que alguien que dominara los estados de la materia, sus posibilidades de cambio y transformación, podría viajar libremente a través de una línea de tiempo. Ese alguien tendría que estar dotado de un poder o don especial, legado por generaciones a los primeros historiadores y poetas de los pueblos, los brujos o curanderos, magos o hechiceros, llámeles como sea. Genenstein los nombraba “ilusionistas”. “El espacio, por sí sólo, y el tiempo, por sí sólo, están destinados a desaparecer en la agonía de las sombras”, decía una nota al pie de una de las páginas, “y solamente la unión de ambas perpetuará sus respectivas independencias”.

Tiempo y espacio unificados en matrimonio para toda la vida. Genenstein exploraba las teorías de la curvatura tiempo-espacio en donde ésta le indica a la materia como moverse y, en reciprocidad, la materia le dice al tiempo-espacio como curvear. Que si eso hace posible retar el tiempo. Que si eso hace que la luz se encorve. Que si eso hace que uno pueda viajar al pasado.

Al leer la última página escrita de Genenstein, encontré un pasaje que leía:

Si un ser yo pudiese encontrar su línea del tiempo, y viajar en ella siempre a una velocidad menor a la velocidad de la luz, yo podría ver todo a mi alrededor sucediendo de manera normal en su orden causal. Entonces llegaría el momento que la línea misma se cerraría, y esa sería la manera de viajar físicamente al pasado. Existen diversas maneras de lograrlo, pero todas ellas requerirían una gran cantidad de energía que, en la mayoría de los casos, no poseería medida posible, porque su magnitud tendría que ser infinita. La única manera de lograr acceso a esta energía infinita es tocando el infinito mismo por medio de lo que los religiosos llaman poder de Dios, pero que los paganos llaman magia. ¿Cómo lograrlo? Irónicamente, todo lo que requiero es tiempo... pues el tiempo no se detiene... me desgasta y me degenera... quiero tiempo para entender al tiempo...”

¡Por las barbas de H. G. Wells, que el demente del doctor le había pedido a Iggie que lo transportara al pasado!

Mientras le comentaba todo esto a la Nana, quien tenía cara de entender menos de lo que entendía al principio, se escuchó un tumulto en la calle. Cuando acudimos para ver de qué se trataba, vimos a Iggie suspendido en el aire, sin ayuda de sostenedores ni tensores ni nada por el estilo.

Iggie flotando sobre la Calle San Sebastián como dirigible en la Parada de Macy’s.

La gente se maravillaba y exclamaban que hasta se parecía a Chris Angel. Iggie, con sus ojos cerrados y en posición de Buda bajo el árbol en que le desperdigó la iluminación, ni se enteraba. De lo que sí se enteró fue de un botellazo que alguien le arrojó desde algún lugar de la acera, al reconocer que quien flotaba era la misma persona que había decapitado a una mujer el día anterior. ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Desmembrarnos a todos?, gritó la voz. Y luego vino el botellazo. El muchacho, al caer en la festiva calle, fue celebrado a patadas por la breve muchedumbre que allí se había aglomerado y que, en efecto, habían reconocido a Iggie. Quién sabe si hubo hasta quien le dio por solidaridad o por aburrimiento, pero le dieron hasta que la Nana y yo lo fuimos a recoger.

—Eso es lo que le pasa a los que viven de ilusiones —dijo sabiamente la Nana—. La caída siempre es dolorosa.

Y a mí me comenzó a doler el ánimo cuando supe que había caído en una trampa de conmiseración humana, y que no podría abandonar a Iggie, al menos por el momento.



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