Ignavo Valparaíso, Capítulo V

Ilusionista La Nana se persignó, cogió las maletas y se marchó. Dijo “Busquen las respuestas en Dios” y después, pesé a mis constantes preguntas de último minuto, no dijo ni ji. Ustedes saben, que qué voy a hacer con el bambalán; que si ella tenía idea lo difícil que era mendigar para uno, imagínese para dos; que la calle estaba dura y la competencia era atroz; que si ella estaba consciente de lo que hacía. La Nana sólo dijo: “Busquen las respuestas en Dios”.

Para Platón, la dialéctica daba paso a las formas y a las ideas, las cuales se supone que fuesen racionales y eternas, pero para la Nana, al parecer, en su mejor derivación de Hegel, la verdad conceptual, residía inmanentemente en todas las cosas.

Pero esto es un mundo en constante cambio, ¿no?

Nada es estático, porque, para comenzar, no hay centro.

Llámese posmodernidad a este berenjenal de ideas, donde nada es permanente y, por tanto, pregunto yo, ¿no estaría la verdad eslabonada a ese constante cambio de las cosas, y, por ende, a la idea de Dios? O sea, que la muy sabia lo que nos estaba diciendo en buenas palabras era “resuélvanselas como puedan”, y yo gustosamente la hubiese enviado tomado a tomar por las sentaderas, pero ya era tarde.

De ella sólo quedaba el eco de su sombra.

Iggie, demás está decir, no se daba por enterado. Su origen era desconocido, porque, según la Nana, hasta su nombre era inventado por el Dr. Genenstein. De lo contrario, sería Ignavo Genenstein, pero no, se llamaba Ignavo Valparaíso. Eso de por sí ya era un enigma.

La Nana no tenía datos de la madre del niño o si simplemente este había nacido en un platanal. Me contaba que ella tuvo la suspicaz idea de preguntarle al doctor Genenstein, en un momento que éste gozaba de una afable borrachera, por la madre de Iggie. La Nana pensaba que las marejadas de alcohol en la sangre del doctor provocarían una apertura de las compuertas que contenían los secretos y que las verdades saldrían en bancos de incontenible chisme, pero no. El doctor comenzó a hablar de cómo un día la mamá de Iggie salió de paseo por un monte de Adjuntas, donde abundaban bellas aves y flores, cuando una suntuosa enredadera le ató por los pies y le subió por las piernas, le circundó la cintura, le apretó los pechos, se enroscó en su cuello y bajó lentamente hacia la pubis, y ya la mujer no pudo huir porque una sesión de espasmos correntosos tomó posesión de su piel y tuvo un orgasmo tal que ese día nacieron miles de nuevas estrellas. Tiempo después, al pie de un sauce, la mujer tuvo contracciones y cuando abrió las piernas para dejar que su criatura viniese al mundo, una gran enredadera gris salió de su vientre y se arrastró por todo el prado hasta cubrir el campo, las montañas y toda la geografía que la vista podía recorrer. Enredado en la planta llegó Iggie.

La Nana, al escuchar dicha historia, se le quitaron las ganas de seguir preguntando y prefirió pensar que el doctor, sumido bajo algún encanto dionisiaco, hablaba incoherencias que no le ayudaban a conocer el verdadero origen del niño, pero sí la asustaban.

Yo, a pesar de lo maravillado del relato, insistía en que si no hay hijos sin padre, menos hijos sin madre, aunque haya mucho hijo de puta cuya madre no tenga culpa de la suerte escogida por el hijo.

Iggie tenía que tener a alguien y ese alguien era mejor que apareciera, porque mi misión en la vida no incluía hacer de niñero a un mago. Para colmo, no tendríamos derecho a dormir bajo el techo que había visto a Iggie crecer porque la propiedad era alquilada, y ya la Nana había entregado las llaves y el derecho a disponer de todos los muebles y pertenencias de la mejor manera que el casero estimara.

Esa primera tarde en que Iggie comenzaba a estar bajo mi tutela, no hablé mucho. Yo soy un hombre de palabras, de hablar profuso y ameno. Yo hablo con las palomas, con las paredes, con los barrenderos, con los turistas, con todo y todo el mundo. La timidez no es problema conmigo. Pero aquella primera tarde con el Iggie a cuestas, no tenía ganas ni de cagarme en mi propia madre. Yo viajaba en el tiempo arreando mis pensamientos hasta llegar al sofisma kármico que me había ganado aquel indeseable bulto.

El chico no era malo, que conste y no me malentiendan. Hasta aquel momento, su único defecto era que comía como una llaga y no había manera de explicar como tanta comida podía ser almacenada en aquel esquelético cuerpo. Simplemente era un barril sin fondo, como dicen por ahí.

Muchos limosneros pierden la limosna.

El problema era, primero, como conseguir comida para satisfacer dos bocas, y, segundo, como deshacerme de él sin cometer filicidio.

—Oye, Iggie, ¿tienes hambre? —resolví por preguntarle a eso de las once de la mañana de aquel día calurosamente tropical.

—Sí. Mucha —contestó, como yo esperaba.

—Pues la gente acá afuera trabaja para comer y vivir.

—Sí, entiendo que eres un vagabundo —dijo Iggie.

—¿Quién te dijo que yo era semejante barbaridad?

—La Nana lo dijo, ¿recuerdas?

—La Nana no tiene derecho a opinar aquí. Mírala a ella. Te abandonó.

—Ella siempre vuelve para prepararme la comida.

—Pues siéntate a esperarle esta vez. Y, para que te quede claro, no soy vagabundo, soy un errabundo. Como Apolonio, que era un errabundo.

—¿Errabundo? ¿Y en que se diferencia de un vagabundo?

—Sencillo. El vagabundo es de clase baja. Yo tengo caché. Me cepillo los dientes y todo eso. No hay nada peor que una persona con una letrina por cavidad bucal. Los vagabundos desconocen la existencia de los dentífricos, de los enjuagadores bucales y del hilo dental. Eso, entre otras cosas, porque yo soy filósofo; y ellos son vividores.

—Para mí no hay diferencia. Barco varado no gana flete.

—Primero: no me hables con refranes. Segundo: ¡Nadie pide tus opiniones, señorito mago! A ver para que te sirve la magia si no puedes ver lo obvio, que es que yo pienso, y ellos no, ¿viste? Mejor dejemos el tema, porque no entiendes nada de nada.

—Eso decía Nana.

—Y razón tenía la vieja gansa esa.

—Pero yo sé muchas cosas.

—¿Ah, sí? ¿Cómo cuales? ¿A ver?

—Como hacer que los animales me obedezcan, controlar el clima, hacer y desaparecer objetos. Cosas así.

—Hacer y desaparecer científicos locos, ¿verdad? —dije con característico cinismo que característicamente Iggie no absorbió.

—¡Sí! —dijo riendo, como alimentado por una alegría muy dentro de él y a la vez muy distante en la memoria—. El doctor debe estar donde quería estar, aunque no creo que estaba loco.

—¿Y dónde queda eso?

—En 1935.

—¡En medio de la gran depresión! Pero que sí eres mala fe.

—En medio de la plenitud científica de Einstein. Quería hacerle unas preguntas para poder confirmar la posibilidad de poder regresar al presente si llegaba a viajar al futuro. Ese es problema de viajar al futuro, ¿sabes? Hay que tener claro como volver, porque él no utilizaba máquinas ni computadoras ni cosas así.

—Utilizaba, por supuesto, tu magia, ¿no?

—¡Sí! —dijo con quien se siente orgullo de ser útil con lo único que sabe hacer.

—Pero supongo que él sí sabía como viajar al presente.

—Supongo.

—¿Supones?

—Sí, porque si viaja al pasado, entonces regresar sería como viajar al futuro, cosa que Einstein y él sí sabían.

—¿Estás seguro?

—No.

—Oh, Dios.

—Pero a él no le molestará quedarse por allá. Además, Einstein lo puede ayudar a regresar al presente, porque sabía como viajar al futuro. Él sabrá cómo, ¿no crees?

En verdad, ya ni sabía en qué creer, así que me di por vencido.

Aquella conversación no podía entenderse por lógica porque estábamos hablando de cosas tan abstractas e inexistentes físicamente como el pasado y el futuro. Eso sí, el chico había pronunciado más palabras en los últimos cinco minutos que todo lo que había hablado en dos días que llevábamos juntos. Sin duda, la falta de interlocutores había hecho al muchacho sumamente introvertido, pero ahora, muy cándidamente, se soltaba como un soplido en el viento.

—¿Cómo pudiste vivir encerrado tanto tiempo? —persegui una lógica, pero Iggie no me contestó.

Sólo sonrió.

—Mi raza está acostumbrada a eso. Es designio del destino.

—¿Tú raza? Ay, no, que ahora te me acomplejaste y te me pusiste con la paranoia étnica. Ser estúpido no es una raza, corazón.

—No, no. Yo provengo de un tiempo dorado donde los sueños eran signos que simbolizaban una realidad por nombrarse. Yo provengo de las mismas tribus de los magos medos.

Abrí los ojos así, bien grandes, como si me hubiesen halado la misma punta de los nervios ópticos., que empiezan donde termina el sistema digestivo.

Ahora sí que la cosa se ponía buena.

El muchacho tenía episodios de perdida de la identidad que se difuminaban en lo recóndito de lo imposible. No obstante, recordé que Heródoto escribió sobre los medos, aunque fue muy tacaño con sus datos.

—Cuenta la historia —narró Iggie—, que un hombre llamado Astiages, rey de los medos, tuvo un sueño en el que un ave de luz le devoraba el corazón. Al llamar a sus magos intérpretes de sueños, estos concluyeron que el sueño era un augurio de muerte y destronamiento del rey. Los sabios coincidieron que se trataba del hijo de Mandane, la hija del rey. En aquel entonces, el rey decidió casar a Mandane con un hombre persa llamado Cambises. Cambises era de clase media alta, y al no ser de la misma alcurnia que Mandane, cualquier hijo que tuviesen no podría heredar el trono. Pero llegó el nacimiento del nieto de Astiages, y el rey volvió a tener el mismo sueño. Astiages resolvió por ordenar la matanza del niño, que respondía al nombre de Ciro. La persona encargada de cometer el asesinato no tuvo corazón para deshacerse de la criatura, y optó por dejarla en manos de un pastor persa.

»Ciro se hizo rey entre su gente, y cuando Astiages se enteró que su nieto vivía, llamó a los magos para confrontarlos. Por supuesto, los magos se defendieron, y dijeron que la profecía se había cumplido, pero no en contra de él. Ciro, en efecto, ya era rey, y ya no podría destronar a Astiages. Los magos convencieron al Astiages de que ellos no hubiesen podido fallarle, porque ello representaría poner en riesgo el poder y el prestigio del que los magos gozaban. Ciro se levantó en armas contra su abuelo y lo destronó. Ese fue el comienzo del Imperio Persa.

—Increíble. ¿Tú estás medicado o algo así?

—Medicado, no. Pero queda más. Ciro tuvo dos hijos, Esmerdis y Cambises. Esmerdis era el primer heredero al trono y para asegurarse de que no fuera así, Cambises ordenó el asesinato de su hermano. En consecuencia, Cambises se convirtió en el rey. Los medas, que aún tenían presencia social, quisieron deponer a Cambises, a manera de venganza contra el desprestigio y humillación que les había provocado Ciro. Uno de los medos, Paticites, que fungía como gobernador en ausencia de Cambises, le pidió al mago Gautama que se disfrazara como Esmerdis un día que el nuevo rey se encontraba en Egipto. El mago Gautama, quien guardaba un parecido muy singular con Esmerdis, hizo su entrada al palacio reclamando el trono y acusando a su hermano Cambises de intento de asesinato. El pueblo, indignado, lo apoyó. Cuando Cambises se enteró de los sucedido, le pidió cuentas al verdugo de Esmerdis, y el asesino le confirmó que sí, que había matado al hermano mayor del hasta entonces rey. Cambises partió de inmediato para resolver el asunto, pero debido a un extraño accidente que le ocurrió en el camino, nunca logró llegar al palacio. Entonces, el verdugo, único testigo de lo que realmente había sucedido, declaró en corte que él nunca había cumplido las órdenes de Cambises y que el mago Gautama era, sin duda, Esmerdis.

»Así Gautama rigió por mucho tiempo, hasta que, atormentado por su conciencia, el verdugo confesó la verdad en público y luego se suicidó. Entonces, un príncipe persa de nombre Darío, hijo de Histapes, entró a corte con otros seis nobles y reclamó el trono de vuelta para su pueblo. Paticites y Gautama sufrieron ejecución pública, y ello inició una oleada de persecución contra los magos, quienes a pesar de que perdieron el prestigio social y político de una vez por todas, conservaron su gran fama de conocedores y detentores de un poder oculto, que les permitió que, al menos en ese sentido, fuesen respetados y consultados. Desde entonces, los magos, aunque llegaron a dispersarse por toda Grecia, China e India, han aprendido a vivir en marginación.

Boquiabierto y patidifuso, las babas inundaban mi boca ante la maravillosa historia que Iggie acababa de hacer.

—¿Quién te ha envenado la razón de esa manera, muchacho?

—Eso me lo contó el Dr. Genenstein, que era mi maestro —respondió muy orgulloso el mago, y luego añadió—: Tengo hambre.

Aprovechando la coyuntura para salir del tema, le dije que tenía un plan para conseguir comida, porque a la Dulcinea ya no podíamos ni asomarnos, así que había que buscar la manera alterna de incitar a la caridad humana. Iggie dijo, muy dispuesto, que me ayudaría en lo que fuera y que haría lo que yo le pidiera. Inmediatamente le solicité que materializara algo de plata, pero me dijo que no, que para lucro personal la magia no mediaba, que así era de seria su vocación. Así, pues, nos fuimos de allí caminando en silencio Calle Cristo abajo, pero yo no podía dejar de pensar en que en la historia de los medos que había narrado Iggie se encerraba el misterio y la respuesta de por qué nunca se supo mucho de los sabios de Oriente que fueron tras el rastro de la estrella de Belén, y de los que, aparte de mencionarlos en la crónica del nacimiento del niño Jesús, nadie dijo un carajo de nada.

El sol se acoplaba en pleno firmamento como el gran bulbo soberano que es y sus tentáculos de fuego calentaban las calles del Viejo San Juan, llorosas de historia, vómitos y orín, que era a todo lo que se habían reducido las pintorescas callejas de tantos años de suelo sin patria, cuando Iggie se plantó en medio de la calle Cristo, frente al Bar María’s. Centenares de turistas poblaban las aceras, maravillados ante la magnífica ingeniería caótica —manifestación del fracaso de la modernidad— de poder albergar tanto automóvil en tan reducidas calles, cuando se sintieron atraídos por la presencia de Iggie con sus brazos extendidos paralelamente con el horizonte. Otro que se hace pasar por un loco más del pintoresco San Juan, debió pensar la gente, porque eso era lo que parecía, pero luego Iggie, como poseído por un demonio, abrió aquella bocota de maestro de ceremonias de un circo y dijo:

—Damas y caballeros, ladies and gentlemen, el Gran Ignavo Valparaíso les va a obsequiar con lo mejor del arte más antiguo del mundo.

—¿Prostitución? —preguntó un turista que se había interesado en el singular protocolo, quien sabe si haciéndosele la mente agua y fermentándose los pensamientos con fantasías homoeróticas donde Iggie era el protagonista.

—¡Ay, qué bueno! ¡Prostitución gratis, darling! —dijo una sueca entrada en edad a su marido, quien probablemente estaba muerto hacía tiempo y ella no se percataba.

—No, no es prostitución, damas y caballeros, ladies and gentlemen —aclaró Iggie—, se trata de un acto de magia.

—Hijole —comentó otro turista mexicano—, pues yo como que ya me afilaba los dientes.

—No los voy a decepcionar —dijo Iggie, con aquel tono de voz ficticio y pendejo que me arrebolaba las pelotas de una manera descarada. Digo yo, nadie hablaba así. Ni siquiera Gómez de la Serna cuando se subía al trapecio a recitar sus greguerías. Qué va. Semejante ridiculez. Ya yo comenzaba a arrepentirme del plan maestro, que consistía en que una vez el público del restaurante se distrajera y abandonara sus sillas, yo comenzaría a saquear las mesas y a llevarme todo lo apetecible a mi paladar, y que cupiera en mis manos y brazos.

Debo aclarar en este momento que mi manera de proceder no constituía un robo.

La comida es una cosa sagrada.

Por eso uno va a misa y le dan un aperitivo de hostia, aunque no de vino.

Gansos curas.

Se lo quieren todito para ellos.

Pero la comida no, ¿ven?

Si vamos a ver, deberían regalar el vino también, que viene de las uvas, ¿verdad?, y mi punto aquí es que la comida es la parte que aporta la Tierra en este acuerdo de subsistencia donde nos toca compartir del mismo aire. Se supone que nosotros, a cambio, cuidemos de ella, y tarde o temprano, por desencadenamiento y circunvolución intestinal, le devolvemos a la tierra lo que es de la tierra, y así, por los meses de los meses, los años de los años, hasta que saldamos la deuda y le devolvemos nuestros cuerpo, que la mayoría de las veces llega a esta fase flojo de carrocería, y eso está bien. Hace que uno salga ganando en el acuerdo.

Ah, pero el ser humano es muy insolente, ven.

Y entonces quieren que la tierra y los animales le den de comer sin dar nada a cambio, lo que es una demagogia en principio, porque pensando en que nos salimos con la nuestra, la tierra se queda con su parte del acuerdo, y de pronto ella se pone de acuerdo con el resto de los socios inversionistas, el cielo y el mar, quienes se quedan con el agua, y si no les da la gana de mearnos el panorama, no hay paraíso y no hay Dios que valga.

Nos secamos como flores desarraigadas.

Bueno, todo esto para hacer claro que uno no roba lo que le toca por orden de vida, que es la comida. Así que aquello se trataba de reclamar nuestra porción alimenticia de aquel día.

—Voy a exponer este paquete de cartas— dijo Iggie, extrayendo de su bolsillo el objeto indicado—, y voy a adivinar la carta que cualquiera de ustedes elija.

That is an absolute manifestation of unbelievable nonsense —dijo un turista inglés.

That’s bullshit, you mean —le dijo su compañera, que por su acento debía ser americana.

—Joder. Vaya tío este gilipollas —dijo un turista español—. Cuatrocientos años perdidos, ¿para esto?

Unos japoneses tomaban fotos.

Iggie procedió a hacer el viejo truco de las cartas, pero noté que el mismo no era muy del agrado de los presentes. La gente se quedó en sus mesas. El plan no estaba funcionando, por lo que me le acerqué al señorito Gran Mago, y le dije al oído:

—Mira, pan para hoy y hambre para mañana. O te dejas de mariconerías, o no comes.

—Ah. Entonces voy a tener que hacer algo diferente.

—Ay, que parece que al fin te llega el oxígeno al cerebro.

Iggie de pronto volvió a cambiar el tono de voz.

—Damas y caballeros, ladies and gentlemen —vociferó como si su garganta fuese un viejo megáfono , y cómo me rejodía aquel tonito de voz tan poco cuidado—. Para el próximo acto, necesito un voluntario o una voluntaria.

—¿Y voluntario para qué? —preguntó el turista mexicano—. Si tú solito haces el ridículo muy bien, ¿no?

Todo el mundo rió.

No obstante, una puertorriqueña que observaba la supuesta función se ofreció como conejilla de indias para el acto que Iggie quería realizar. Dijo que había que apoyar a los del patio, a los de aquí, y que ella ayudaría a su compatriota a demostrarle a todos aquellos turistas que en Puerto Rico hacíamos cosas mejores que jugar béisbol, boxear, desfilar por una pasarela o cantar música pop con sabor a goma de fresa. Luego vomitó el cliché: pondría el nombre de Puerto Rico en alto.

¿Alto en dónde?

¿En las astas de La Fortaleza?

¿En el último piso del edificio más alto de la Milla de Oro, el feto bastardo de Wall Street?

¿En la punta de El Yunque?

Maldita sea la frase, pensé. Pero el espectáculo debía seguir.

Iggie cerró los ojos.

Tocó la cabeza de su voluntaria.

Palpó su cuello.

Caminó hasta detrás de ella.

Le colocó la punta de los dedos sobre sus sienes.

Separó las manos.

Se colocó entres de frente a la chica y volvió a colocarle los dedos sobre las sienes.

Get on with it, for God’s sake! —gritó otro turista americano.

—Meta mano, que usted es boricua —dijo un puertorriqueño presente.

—¡Silence, s'il vous plaît! Ceci est une chose sérieuse —dijo una dorada francesa.

Mi temor era que Iggie le fuese a degollar a esta mujer también, pero él dio dos pasos, atrás inclinó la cabeza, levantó los brazos y, como por arte de, pues, coño, de magia, ¿de qué más?, la chica comenzó a elevarse y a flotar en el aire.

La gente exclamó al unísono en medio del sereno silencio que se montó sobre la Calle Cristo.

Hasta yo mismo me sorprendí embelesado con aquel acto maravilloso, admirando como Iggie hacía que la chica fuese oscilando desde un ángulo de 90 grados perpendicular a la calle, hasta postrarse sobre el aire que dejaba de soplar entonces.

Cuando me percaté que todo el restaurante se había vaciado, acudí a las mesas como si fuese ese buffet único en que uno se sirve a gusto y gana. Tortillas, carnitas, nachos con queso, filet mignon, salmón ahumado... todo lo iba colocando sobre mis antebrazos de la misma manera que lo hace el más diestro de los meseros. De más está decir que ese fue mi oficio por un tiempo durante mi juventud, y esa habilidad es como correr bicicleta: nunca se olvida.

Bueno, pero, claro, la falta de práctica traiciona a cualquiera.

Y ante la falta de práctica, pues, algo se me tenía que caer.

Y lo que se deslizó de mi antebrazo y se estrelló contra el suelo fue un gran plato de hierro rebosante de fajitas de carne de res que aún hervían con la misma capacidad del metal para guardar el calor del fuego.

Entonces, Laria, la propietaria del restaurante, se percató de mi inocente acto en beneficio de los menos privilegiados, y alertó a los presentes con un grito que reverberó en la mismísima Capilla del Cristo donde acaba la calle.

—¡Ladrón! ¡Devuelve esa comida! ¡Deténganlo! —dijo.

La gente tornó su mirada hacia mí, y no hacía falta un sexto sentido para adivinar que venía por mí, por lo que emprendí mi fuga en dirección de la Calle Fortaleza.

—¡Corre, Iggie, corre! — alerté a mi eficiente compañero, por quien, luego de tan exitoso acto, no iba a abandonar en medio de aquellos chacales malhumorados y con hambre.

Iggie emprendió la carrera, me alcanzó, me rebasó, y se perdió en la lejanía como si se fuese desvaneciendo poco a poco hasta que no quedó nada de él.

Yo, luchando por salvar algunos platos, aceleré para alcanzarlo, pero el muy cabrón debió invocar a algún demonio o ángel que lo ayudara en la escapada, porque no lo volví a ver hasta que llegué a mi guarida en el Ejército de Salvación, donde él me esperaba pacientemente sentado sobre el catre.

—Tengo hambre —dijo él, al verme llegar.

Simplemente eso dijo.

Me dieron ganas de tirarle los platos en la cara, de hacerle tragar los nachos sin masticar.

—¿Tienes hambre? ¿Eso es lo único que se te ocurre decir después que arriesgué mi vida por ti?

—Del plato a la boca se pierde la sopa.

—¡Que no me imites! Deja los refranes.

—Lo siento, vagabundo.

—¡Errabundo! ¡Te he dicho que no soy vagabundo! ¡Soy un errabundo! ¡Y no diluyas el tema!

—Es que no sé cómo te llamas.

Por supuesto. Yo no me había presentado en momento alguno y me sentí muy mal.

—Mi nombre es Simón.

—Ah, Simón. Como el hechicero.

Al mirarlo con detenimiento, percibí que el muchacho en realidad tenía hambre, así que, sin más, le ofrecí de aquello que pude salvaguardar y me senté junto a él a compartir.

Mientras procedíamos a degustar aquel almuerzo prestado, le pregunté:

—Oye, ¿cómo hiciste para hacer levitar aquella chica?

—Un buen mago no revela sus secretos, Simón.

—Bueno, se habrá pegado fuerte cuando saliste corriendo. Digo, la chica estaba, ¿cómo a cuanto? ¿A nueve metros de altura?

—Más o menos. Pero no te preocupes, que no se hizo daño.

—¿Te dio tiempo a descenderla?

—No.

—¿Entonces?

—Pues allí debe estar todavía.

Sobresaltado, me levanté de un brinco.

—¡¿Cómo?! ¡¿Cómo dices?!

—Que la chica debe estar levitando todavía.

—¡Por Dios! ¿Y qué vas a hacer, muchacho endemoniado?

—Nada —dijo, mientras disfrutaba su comida.

—¿Y quién la va a hacer bajar?

—Nadie, a menos que aparezca otro mago con un poder superior al mío.

—Por supuesto, de los cuales hay miles por ahí, supongo.

—No te preocupes, Simón. Ya pondrá los pies en la tierra.

Sin abundar más sobre el tema, terminamos nuestro almuerzo, y yo pensaba que el talento, don o magia de Iggie podría ser tan peligroso como beneficioso. Sólo había que saber canalizarlo. Así que yo lo llevaría a dónde pudiera ser de provecho: en el circo de Pepo Watson.



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