Agua, agua, agua… y ninguna que se pueda tomar

origami_jedi_20061202 Una de las más antiguas polémicas entre las ciencias nomotéticas pertinentes a la literatura es si el escritor nace o se hace. Ahora, si bien uno podría resolver esto diciendo que uno puede aprender la técnica, pero no el talento, cuando se trata de las artes editoriales la respuesta es más tajante. Es decir, uno no nace editor; uno simplemente se hace.

Yo comencé, profesionalmente, a hacer libros en 1994, primero con el Grupo Santillana, luego dirigí el Departamento de Edición de la Editorial UPR, y en el 2003 decidí fundar, para bien o para mal, a TerranovA.

Cuando TerranovA comenzó, sólo existían Isla Negra y Callejón como editoriales de las llamadas “alternativas”. Por supuesto, estaba la Editorial UPR, Plaza Mayor, Editorial Cultural y Huracán como las principales publicadoras, si eliminamos a las multinacionales como Alfaguara (que ya no está en Puerto Rico) y Norma. A partir de entonces, han surgido las siguientes editoriales (sin ningún orden particular): Tiempo Nuevo, Vértigo (fuera de operaciones ya), Ediciones El Sótano, Publicaciones Gaviota, Editorial Tres iii, Letra2, Aventis, Pastiche, Agentes Catalíticos, Pasadizo, Preámbulo, Atarraya Cartonera, Editorial Dictatorial, Concepción 8, y otras que eluden al momento mi mente, sin intención de ignorarlas.

Por eso, encuentro particularmente interesante el hecho de que en la más reciente edición de la revista Tonguas (la cual dirigiré en la Universidad de Puerto Rico por el próximo año), el joven escritor Daniel Pommers, autor del libro El Esqueleto presenta, y en respuesta a la pregunta de la entrevistadora, Naida García Crespo, sobre qué opina el autor acerca del mercado actual de la literatura en Puerto Rico, dice lo siguiente:

“Es cuesta arriba. La crisis económica, cómo se mercadea un libro, termina quedándose solo en el sector universitario, en el intelectual. Queda en manos del escritor poder llevar al público su situación actual. Pero la producción de los escritores no puede parar aunque haya un montón de cosas (como la TV) que promueven que no se dé esa producción literaria”.

Pommers afirma en la entrevista que decidió publicar por su cuenta de forma independiente porque “primero que nada, las casas editoriales se tardan mínimo un año en sacar el libro”. Y añade:

“También hay que pasar por un proceso extenuante. Más aun si el libro va a estar condicionado a un costo de producción de la casa editora que puede ser más de lo que el público pueda costear”.

Otra de las razones que presenta Pommers para auto-gestar su libro es, probablemente, la que incita mi comentario:

“No siento que haya oportunidades para nadie. Es más difícil para los jóvenes porque no tienen un nombre establecido, pero es difícil para todo el mundo”.

Yo no he leído el libro de Pommers, ni mi intención es pasar juicio sobre el mismo ni sobre lo que dice, pero me parece que me escucho a mi mismo en 1993, cuando probablemente Pommers asistía a la escuela primaria. De hecho, mucho de lo que dice el escritor me ha llevado a pensar en la manera en que percibimos la realidad, en particular cuando se trata de un sector cultural tan reducido y fácil de detectar, como lo es el mundo del libro. Y digo esto porque, en Puerto Rico, si descontamos las librerías cristianas y las educativas, sólo queda un puñado de puntos de venta, generalmente concentrados en la ciudad universitaria de Río Piedras.

Para mí, con todo y eso, que hay editoriales para largo y tendido, cada una con su cosa.

El enemigo no es el sector editorial.

El enemigo es la analfabetización, la pobreza de cultura editorial, la desarticulación de políticas culturales y un sistema de gobierno que, como me dijo un senador una vez, prefiere hacer cosas que "la gente vea; piedra, brea y cemento, no libros”.

El enemigo somos nosotros mismos.

Agua, agua, agua, dice el náufrago de Coleridge, y ninguna que se pueda tomar.



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