Gaby, rezadora profesional

gaby 2 copy La tarde fría de noviembre comienza a helar el aire y el cielo parece lavado tras la intensa lluvia del día, cuando llega Padre Lyon a procurar a Gaby. Es un acto caritativo, dice el clérigo luego de bendecir a la recia mujer ya entrada en su tercio de vida. ¿No hay dinero entonces?, inquiere Gaby con desencanto. El Señor te lo pagará, Gaby, dice Padre León, mientras se rasca el mentón con su sortija masónica. El Señor ya me debe demasiado, insiste ella. No fío más, Padre. Pero tras la sonrisa verde irlandés del hombre de Dios, asiduo consumidor de tabaco y al mabí, no había más que decidir.

Alguna gente dice que Gaby es tan hábil en el rezo a los muertos, que puede implorar por la salvación de dos pecadores a la misma vez, así, muerta de la risa, cosa que no parece improbable si están uno al lado del otro, pero que impresiona si, por el contrario, se encuentran en habitaciones distintas. Por ello, Gaby, mujer de intensa tradición oral y archiconocida por su destreza con el santo rosario, es la rezadora predilecta del párroco para situaciones donde las maneras misteriosas de Dios ya no podrían manifestarse. Por eso todo el mundo sabe que al muerto que ella le reza, llega más pronto al cielo. Y es por esta razón que Padre Lyon insiste en que Gaby le rece a Bombo, un pobre infeliz sin familia que tendrá que ser sepultado en una agujero en la tierra sin la decorosa protección de una lápida.

Si en la corporación celestial honran las bonificaciones por comisión de todas las almas –conocidas o no- por las cuales Gaby ha orado en su vida, seguro tendrá V.I.P. en el lounge celestial, porque cuando el Padre Lyon le ofrece café, galletas, queso de bola holandés y una conversación teológica la casa parroquial, las facciones mediterráneas de la mujer, ahora rígidas por el tiempo, se enternecen. Padre Lyon esperaría a Gaby en la iglesia del pueblo.

Gaby, que camina todo el pueblo mientras tuviese su paraguas en mano, avanza entre la lluvia por las despobladas calles hasta llegar al cementerio, donde le recibe el velo fangoso que corre desde lo alto de la colina que sirve de asentamiento a la necrópolis. Desorientada, y utilizando su instinto ancestral, advierte a tres hombres con palas en mano y decide que, efectivamente, allí entierran Bombo. Como sabe que continuará lloviendo y, honestamente, piensa en el café y las galletas de la casa parroquial, apresura el paso, saluda con distancia a los hombres y mira hacia el interior del hoyo, donde un toldo azul aparentemente cubre el cadáver. Así, Gaby extrae su instrumento de trabajo y comienza a rezar.

—Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.… — dice mientras se persigna y yada yada yada.

Los hombres se conmueven y Gaby hasta hace que se unan a ella en los responsos.

Al terminar, Gaby se despide con elegancia y se retira complacida. Ha realizado otra maravillosa ejecución del poder de la palabra y el conjuro para añadir al cielo otra alma más. Tras ella, la voz de uno de los trabajadores parte la tarde:

—Yo he trabajado en la limpieza de pozos sépticos toda mi vida, pero esto es nuevo para mí.

Gaby, soberbia, como de costumbre, no mira hacia atrás.

Gabina Conrada La Torre me llevaba a los rosarios y novenarios por los que ella era conocida, hasta el día que me quemé la lengua con chocolate caliente en la casa de uno de sus ‘clientes’. Entonces, ya no volví.



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