Historia de una rata literaria.

firmin2 Lo siento. Una vez imbuidos en la maniobra de anticipar mi escrito, tendré que arruinarles el chiste y, no, no se trata de mi autobiografía (y casi escucho decir: “Don’t flatter yourself. Ni que fueras tan literario”). La rata es Firmin, el protagonista de la novela de Sam Savage, publicada en 2006 pero editada hace poco en traducción al español por Seix Barral.

Me atrae le hecho de que, siendo la rata narradora y protagonista, la historia recupera la mala maña Beckettetiana de focalizar sobre la escisión entre el sujeto y el objeto. No es debatible el hecho de que, siendo un animal generalmente repulsivo y grotesco, Firmin exhiba profundad de pasiones humanas, sobretodo, en cuanto a su formación literaria, domeñada por el entorno espacial: vive en una biblioteca.

La novela tiene sus antecedentes en las Memorias del subsuelo, de Dostoievsky, perturbadora y perturbada novela escrita por el maestro ruso durante uno de los momentos de mayor incomprensión de la realidad externa del mencionado novelista. Firmin es, como Memorias del subsuelo, la novela del fracaso de los humanos, cuya invención más grande ha sido el lenguaje, la materia de la que se componen la ficción de la vida. Baste entender de plano que la rata aborrece a los de su propia especie (incluyendo a Mickey Mouse y a Stuart Little), imagina que baila como Fred Astarie y que toca el piano como Gershwin.

De Memorias del subsuelo, se extrae que en el segundo capítulo de la primera parte (titulada “La ratonera”), el narrador nos dice: “Ahora voy a contarles, señores (quieran ustedes o no), por qué ni siquiera he conseguido llegar a ser un insecto. Lo declaro ante ustedes solemnemente: muchas veces he intentado convertirme en un insecto, pero no se me ha juzgado digno de ello.”

No hay duda que la condición humana, reducida en su indigencia existencial, circunvala lo escatológico y lo locústido, una visión solamente manejable en los contornos de la literatura. El fracasar hasta en el fracaso se reconstituye en la cucaracha de Kafka, o en la garrapata de Süskind. Pero si Gregor Samsa muere inefablemente cucaracha, y Jean Bapiste Grenoille termina como bocadillo de sacrificio caníbal, la rata Firmín se humaniza en la literatura. Nuevamente, su triunfo es su fracaso, porque entonces vive el mundo que sólo existe en su imaginación, pero que se convierte en el único mundo posible- ese mundo del cual el Molloy de Beckett se siente renegado.

El triunfo del libro es la postura de que la materialidad de la lengua –en su grafía y en su sonido- constituye el modo de que la humanidad se entienda a sí misma. Si embargo, el resultado es, muy a lo Beckett: “Una rata culta es una rata solitaria”, dice Firmin, quien, por supuesto, ha leído a Dostoievski.

Nos hace pensar, como comentara Savage durante su entrevista con William Baldwin, si Fermin lee porque es una rata solitaria o si es una rata solitaria porque lee mucho.



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