Ignavo Valparaíso, Capítulo VII

circus01 Hay algo mágico y a la vez trágico en eso de la vida del circo. Es algo que se esconde como entre líneas, entre los intersticios que habitan los rugidos de los tigres, el olor a aserrín, la melodía del organillo, el olor a palomitas de maíz y la peste rutilante de los monos, elefantes, caballos y perros.

La aberración es el Todo, la suma de lo dispar y disímil, sin contar la peste humana, que es la yema del circo.

En fin, lo mágico es para los asistentes a la función, que asisten allí con la ilusión de ángel caído a vivir la grandeza en un par de actos de singular proeza humana, pero lo trágico es para los actores, trapecistas, magos y malabaristas, cuyo tiempo se mide en once meses de trabajo al año, a su vez dividido en los días que el circo presenta sus funciones, y las funciones se miden en número de personas, y las personas se traducen a dinero, y el dinero va a parar a los bolsillos de Pepo Watson, quien después reparte el bacalao, como dicen por ahí, ¿verdad?

Sin duda que la vida en el circo no es pellizco de ñoco.

Yo no tengo una prostituta idea de lo que es un pellizco de ñoco, pero eso no lo decía mi madre; lo decía mi padre, que apenas conocí, aunque vivió conmigo toda la vida y siempre fue un desconocido. Pero sí sé que la vida de circo se nutre de cierto arte de oscuro potencial humano.

Allí, en el estacionamiento, había carruseles, concesionarios de comida rápida, artesanías y otros recuerdos costosos de un día en el circo.

Y como el centro a la circunferencia, se levantaba una gran carpa de lona con los colores del arcoiris, ramilletes de bombillas que encendían y apagaban en serie y una gran boca de payaso que hacía de entrada principal. Daba la impresión de que el carapintada se tragaba a uno al entrar. Y es que el circo es un espectáculo orgánico donde el espectador es digerido lentamente por los jugos gástricos de la ilusión y el entretenimiento. Es el aroma a etiércol de elefante, a sudor de chimpancé, a las sobras de la comida de los leones lo que aromatiza la experiencia circense, que es aventarse al vacío de un micro-mundo eterno y repetitivo, como las malas memorias que pretendemos sofocar en el olvido momentáneo. El circo, en fin, es como una ciudad nómada, una suerte de vecindario improvisado en cuya periferia se concentran las viviendas de los habitantes, adjuntas a las asquerosas jaulas de los animales, incluyendo la del pobre oso polar al que le hacían el favor de colocarlo bajo ventiladores eléctricos, como si un vaso de agua al pie de una celda le quitara la sed a un prisionero encadenado a una pared. Pero, no los juzgo. Los tigres tenían pulgas, los caballos tenían anomalías en la piel y los perros lucían roñosos.

Pero ese era el circo pirata de Pepo Watson.

—Vaya, vaya —dijo una voz como ardilla con ataque de sinusitis. Era Vitellio, uno de los enanos del circo, que venía vestido en atuendo de piel negra, con cadenas perforándole sus tetillas y un látigo en la mano—. Conque el gran Simón vuelve por aquí.

—Déjame quieto, niño —dije, sin detener mi paso, y con Iggie siguiéndome fielmente.

—¿Niño? Yo podría ser tu padre, filósofo de mierda.

—¿A ver? ¿Qué es ese ruido tan agudo? Ah, pero si es Vitellio —dije, fingiendo no haberlo reconocido antes—. Es que con esa indumentaria de motociclista marica, no te reconocía. Por lo de ciclista, digo.

—La economía anda mal. Con algo hay que empatar la pelea. Así que estaba en una despedida de soltera anoche. Ya sabes. Dinero extra.

Proseguí mi camino y encontré a Bolita, el payaso, que de payaso sólo tenía la cara, porque jamás había conocido un ser más infeliz de estar vivo.

—¡Bolita! —grité con entusiasmo.

—¡A coger por el culo! —contestó.

—¡Soy yo! ¡Simón!

—¡A coger por el culo!

Miré a Iggie.

—Está borracho —le dije—. Siempre está borracho.

—¡A coger por el culo, todo el mundo!

—¿Sólo sabe decir eso? —le preguntó Iggie.

—¡A coger por el culo!

—Entiendo —dijo Iggie, y continuó su camino junto a mí.

Saludamos al resto del elenco.

Al fortachón Herculito, quien a pesar de su intimidante apariencia de héroe épico y su impresionante musculatura, tenía una debilidad por el color rosa y por correr con el baúl abierto, si me entienden.

También vimos a la increíble mujer de goma, a dos o tres infelices malabaristas practicando con botellas de cerveza (la única manera de asegurarse de que no se les caería nada), más enanos extraídos de la fábrica de chocolates de Willie Wonka y a los quíntuples trapecistas haciendo calistenias.

Pero, como orquídea en medio de un antro, apareció toda delicada y algo tímida la Dulcinea de todos mis sueños, Venus.

Oh, que los dioses decidieron un día hacer una belleza perfecta, pero al parecer, para que fuese perfecta tenía que mantener la boca cerrada, por aquello de que en boca cerrada no entran moscas.

Las mujeres que me disculpen, pero no lo digo porque ando en un Neruda-high, ni porque mi Venus era mujer, sino porque el silencio es sabio. A veces es mejor no tener ni voz, y si tampoco tenemos sentido auditivo ni visual, mejor.

No obstante, ella era un verso, un poema, y sus ojos guardaban miles de historias, las que uno quisiera.

Ella podía inventarle a uno el sol o la luna, el mar o la cordillera.

Ella era una geografía, y no por lo detallado de su firme y atlético cuerpo, sino porque el halo de misterio que la absorbía era un mapa a un mundo maravilloso, un mundo silencioso y tierno, callado, un mundo donde los poetas serían muertos de hambre (aparte del hecho de que ya lo son) porque no habría signo posible que denominara aquella paz que habitaba en Venus.

Yo la conocí un día en que me ofrecí de voluntario para repartir hojas de promoción para el Cirque Du Luneil. Para entonces, Pepo Watson, que no me conocía, aceptó que yo repartiera la propaganda siempre y cuando estuviese acompañado de un delegado del circo.

¡Ah, por las barbas de Neptuno, si es que no es lampiño!

La hermosa Venus apareció en su leotardo negro y su chaqueta de mezclilla, maquillada como si fuese un caramelo para el día de los enamorados, toda rosada y violeta, con su melena larga y rizada y negra y sus ojos indigo y yo queriéndome morir de amor a primera vista y morir bueno y sano y santo y no en vano.

Aquel día no me perdió a pie ni a pisada, pero como no me hablaba, yo me iba descomponiendo poco a poco, y mis piropos se estaban melcochando al sol sin recibir reciprocidad ni respuesta, ni siquiera desprecio, que me hubiese bastado, pero no; la Venus se veía lejana y aquella pequeña sonrisa no me bastaba para saciar mis ganas de que me hiciera caso, y ya para el final del día, yo tenía vómitos y mareos y sudaba como caballo en hipódromo, y no podía quitarme la imagen de la chiquilla aquella que sólo me miraba y me miraba y me angustiaba con su silencio. Pepo Watson, asustado, pensando que me había cogido una insolación o algo peor, asumió la responsabilidad de cuidarme por lo menos hasta que recobrara el ánimo y pudiera salir de allí caminando.

A medida que pasaban las horas, una extraña fiebre me apresaba.

Yo me quería morir voluntariamente, porque aquello era una injusticia para mi corazón, una carga demasiado pesada para tolerarla, una aplastante humillación para mi hombría.

¡Ay, cómo vivir si la amapola de mi jardín ni siquiera se dignaba en regalarme migajas de palabras!

Comencé, entonces, a convulsionar. ¡Llévame, llévame, Señor!, yo decía a los cuatro vientos para que el universo se enterara de aquel vil crimen. ¡Mátame, Pepo, mátame! ¡Termina este suplicio! ¡No aguanto más!, yo declamaba como poeta romántico con hemorroides.

Vinieron todos los empleados del circo, me dieron agua por si era un sofoco, miel por si era un bajón de azúcar y aguarrás por si era un demonio que se apoderaba de mi cuerpo. Con el estómago revuelto de tanta porquería, no tuve más remedio que comenzar a vomitar y ya sí dije que aquel era el fin, porque apenas había ingerido alimentos sólidos durante el día. Entonces, cuando lograron estabilizarme, no fue Katano quien pronunció las palabras mágicas, sino Pepo, quien le dijo a Venus:

—Tú te quedas con él toda la noche. Si se muere, es tu culpa; pero si sobrevive, me llamas y yo mismo lo saco a patadas del circo; pero recuerda: si él opta por dejar de respirar, tu darás testimonio. Y como eres muda, no habrá quien te haga cantar.

¿Muda? ¿Muda?

¡Pero por qué carajos no me dijo que la espía rosada era muda!

Tonto que fui, por no decir pendejo.

Venus asintió a las órdenes de Pepe y luego inclinó su mirada sobre mi frente, por donde pasaba una esponja helada.

Aquella noche, mientras me recuperaba de mi instantáneo mal de amores, le declamé versos de Machado para melar su corazón.

Por días salimos, ella se comunicaba conmigo a su manera, y yo, pues, a la mía. Nos besamos y un día hasta casi hicimos el amor en la caseta de la mujer con barba, quien nos sorprendió y nos reprendió y luego nos acusó ante Pepo Watson, quien determinó que yo nunca más me acercara a su querendona, Venus, con quien él mantenía una relación muy extraña, a pesar de que le decía a todo el mundo que la quería como a una hija.

Así, con el polvo malogrado, me he conformado por años con sólo ver a Venus, hablarle, saber que me escucha aunque no hable.

Iggie y Venus se entendieron muy bien. Ella le hablaba por señas y él le contestaba de igual manera. ¡Por Dios! Por un momento pensé que me la convertiría en gallina o en conejo o, peor, que la desaparecería como le había hecho al doctor Genenstein, por lo que lo alejé de ella con un empujón. Que qué haces, chico loco. ¿Qué te crees? Aléjate de ella antes de que hagas algo de lo que te vas a arrepentir todo lo breve que te vaya a quedar de vida a partir de entonces. Debo admitir que lo que me dio fue un leve arranque de celos que Venus supo calmar con tan sólo colocar su mano sobre mi mejilla.

No te preocupes, me pareció escuchar la voz de sus ojos. Mi corazón es sólo tuyo.

Y ya con eso, desde entonces, se me acabaron los malos pensamientos.

Pepo apareció y nos asignó un espacio junto a Katano, el mago oficial del circo. Katano no nos habló mucho y todo el tiempo se dedicó a acariciar su gato negro mientras nos miraba con resentimiento, ira u odio, o todas las cosas a la vez. Era una mirada de cuervo, fija y misteriosa. Llevaba un gran sombrero de copa negro inclinado siniestramente sobre su frente, como una torre de Pisa. Iggie cada vez que lo miraba le sonreía como un girasol, y Katano le devolvía aquel gesto de desprecio asesino que era sintomático de una gran envidia encubándose en su alma, cual un súper virus gusano nieztcheano. Iggie, un tanto nervioso, comenzó a silbar, a lo que Katano reaccionó con sus ojos abiertos como dos garras y abalanzándose sobre el joven mago.

—¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!— gritó exasperadamente Katano, y colocando su mano sobre la boca de Iggie, le dijo—: No silbes en el camerino. Es de mala suerte. Profanas el oficio de mago.

—¿Escuchas algo, Iggie?— comenté en soberano acto de soberbia.

—Sí, al mago. Me dijo que no silbara.

—Idiota —dije—. Se supone que me digas que no, que no escuchas nada.

—Ah, pues no. No escucho nada.

—La voz de la sabiduría nunca puede ser ignorada, Simón de los infiernos —dijo Katano.

—No, ¿verdad? Por eso yo nunca me callo la boca.

—Insolente. La casta de los magos no debe ser mancillada.

—Bueno, por eso nosotros somos el acto de magia esta noche, porque hemos redimido al mundo de un charlatán más que se llama Katano.

Katano se acercó lentamente a Iggie, se zambulló en su mirada y allí estuvo nadando por un rato. Pero el rostro de Katano se fue transfigurando del granito de su facciones a una tierna y gelatinosa vulnerabilidad pálida que hasta le quitó años de encima, porque por mi madre que yo juraba que estaba rejuveneciendo.

—Por todos los Astros —susurró Katano—. Ve a demostrarles a todos que nuestra raza vive. Sólo un par de cosas: nunca mires hacia atrás cuando estés en la parada de entrada. No te sientes al borde de la arena ni silbes mientras te estas preparando para tu función. Es de mala suerte.

Luego Katano buscó en uno de sus bolsillos y le entregó a Iggie un montón de pelos que se asemejaban a los residuos que quedan en la bañera cuando uno se lava el cabello.

—Toma— dijo.

—¿Qué son?— preguntó Iggie.

—Son cabellos de la cola del elefante.

Inmediatamente intercedí en la conversación.

—¡Alto, alto! ¿Qué te sucede, mago de confeti y espanta suegras? Eso es un foco de infección. Esos elefantes son torres transmisoras de enfermedades que todavía no se conocen en la Tierra, ¿y tú le regalas a mi muchacho pelos del culo de uno de ellos?

—No son pelos del ano— dijo con su característica morbosa tranquilidad—. No son pendejos, por lo que no hay razón para sentirte aludido.

—Dije culo, culo; no ano.

—Son pelos de la cola. Y son signo de buena suerte.

No dije nada, por aquello de que discutir con un loco es como tirar puños por una ventana abierta.

Katano se retiró lentamente y sin darnos la espalda, y ya no hubo más con el testigo.

Dos horas después, ya el espectáculo había comenzado. Era una función especial en la que estaría presente Enemesio Miranda, hasta entonces el seguro candidato a gobernador por el PAN (Partido de Amistad y Nación), la colectividad política que había renacido como sustrato de los tres partidos principales del país. No había surgido nadie que retara su candidatura, y por tanto era casi la opción para morir en la papeleta. Lo generado en entradas sería a beneficio del partido.

Pepo Watson mismo se encargaba de dirigir las amenidades, en su tradicional sombrero de copa y frac hecho a la medida para sostener su gran depósito de mierda, que era su panza. Una banda compuesta por cinco borrachos irlandeses amenizaba la noche tocando las marchas tradicionales de John Phillip Sousa. La rutina sería la misma de siempre: iniciaba con una gran parada de criaturas buscadas por la sociedad Protectora de Animales, acompañados por los malabaristas, los acróbatas, los trapecistas, los enanos, los payasos liderados por Bolita y, al final, sobre un fino corcel blanco, adornado con púrpuras y rosados destilados de una pintura de Boticelli, llegaba Venus, la contorsionista que se enredaba en las válvulas de mi corazón con la facilidad de una boa constrictora y me asfixiaba las ilusiones. Tras de ella, iba, sobre un gran elefante cancerado, Iggie Valparaíso, la atracción de la noche. En fin, era un elemento de unificación tal que daba la impresión que el circo era una sola familia. Disfuncional, claro, pero una familia al fin.

Pues para resumir, luego de que cada cual hizo lo suyo, le tocó el turno a mi Iggie.

—Damas y caballeros, ante ustedes, y en exclusiva participación con el Cirque Du Luneil, desde la Bielarusia...

—¡Desde la Bielarusia!— comenté en voz alta y tras bastidores, mientras le daba apoyo moral a Iggie, quien se encontraba muy nervioso.

—¡...el Gran Ilusionista y Mago, Iggie Valparaíso, el Magnífico!

—¡El magnífico!— dije, despedazado por el asombro.

Así, Iggie hizo su presentación, con los pelos de elefante bajo el sombrero de copa que Venus le consiguió, para que se viese digno.

Una luz púrpura caía desde algún punto de la carpa sobre Iggie.

A saber si no era la misma estrella de Belén colándose por los agujeros del techo.

Pero allí el chico se veía digno.

E Iggie se lució.

Tuve que admitir: el chico tenía talento.

Primero, como que no sabía qué hacer, y sólo miraba a la gran boca de los espectadores sumidos en la oscuridad que quedaba tras las grandes y deslumbrantes luces. Iggie primero se quedó como falto de dirección.

Yo hablaba en voz alta como si él me pudiese escuchar, cosa que no era posible, pero yo decía: «¡Anda, chico! Haz que aparezca el Titanic, que se eleve la carpa, pero no me defraudes!».

Venus, a mi lado, fiel y solidaria, le enviaba mensajes telepáticos, asumo yo, porque su cara sí decía algo así como «No te amilanes. Tú puedes hacerlo. Ve en la dirección de tus sueños».

De pronto, Iggie levantó sus brazos, entrelazó sus manos para que todos pudiesen verlo y colocó los pulgares mirando hacia abajo.

El truco era hacer que los pulgares miraran hacia arriba, girando las manos.

Y no sé cómo demonios, pero Iggie lo logró.

Sus pulgares rotaron de una manera impresionante y sin explicación.

—¡A coger por el culo! —denunció Bolita.

—¿Sabías que tienes una fijación anal, Bolita? —le dije de mala gana—. Ya cállate.

El payaso ni siquiera me miró.

—Eso es un truco de David Copperfield —dijo Herculito.

—De Copperfield o no, la cosa es que lo logró —defendí a mi púgil.

Luego Iggie escogió al azar dos personas del público y los sentó sobre un sofá que pidió al momento y que fue suministrado por un par de enanos que seguían órdenes estrictas de Pepo, quien neurasténicamente observaba el acto.

Levantó sus brazos al aire nuevamente y dijo unas palabras que nadie entendió, pero que lograron que el mueble se levantara y levitara por el escenario.

Yo me temí lo peor, porque no pude evitar pensar en la pobre infeliz que se había quedado suspendida en el aire en plena Calle Cristo.

—¡Qué hombre! —exclamó Herculito.

—¡A coger por el culo! —dijo Bolita.

—Es uno de los escogidos —dijo Katano.

El público deliró y, literalmente, alucinó con el acto.

El candidato a gobernador, Enemesio Miranda, se puso de pie.

El spotlight lo alcanzó y entonces fue que notamos a su acompañante, Aurora Borealis, quien deslumbró a todos con su impactante traje perlado de escote pronunciado, que la hacían ver mejor de lo que estaba. Ella había sido una Miss Puerto Rico Universe de quien se decía que el partido le pagaba para que acompañara a Enemesio a todas sus activiades públicas.

Pude notar en Iggie una expresión de embelesamiento con la beldad.

Luego de eso, mi chico fue tomando confianza en sí mismo.

Tomó el micrófono y comenzó a hablar sobre la influencia de la luna sobre la marea en el mar, lo que provocó que Herculito lo viese como un poeta, Katano como un hechicero milenario y Bolita simplemente lo mandó a coger por el culo. Luego de hablar sobre los efectos de la luna, Iggie pidió un vaso con agua, el cual fue suministrado por mi cuchi-cuchi Venus, y lo cubrió con un pañuelo.

—Esto es lo que hace la luna con la marea —dijo Iggie—. Esto es lo que los poetas dicen que le hace al corazón de un hombre.

La luna se asomó por uno de los boquetes de la carpa.

Cada vez que Iggie levantaba el pañuelo, el vaso se vaciaba; cada vez que colocaba el pañuelo sobre el vaso, éste se llenaba. Finalmente, mostrando las manos vacías, hizo aparecer sobre ellas unos peces tropicales que vaciaba en la copa como un arcoíris vivo.

Acto seguido, Iggie le pidió la corbata al candidato a gobernador, a lo que él primero se negó.

—Es Armani —dijo.

Pero Aurora, muy sutil y sugestivamente, le fue quitando el nudo hasta que lo desposeyó de la colgante tela y se la entregó a Iggie.

El momento fue mágico.

Iggie y Aurora no podían dejar de mirarse.

Al recibir la corbata, Iggie sujetó las manos de Aurora y se quedó como congelado, prendado de aquella belleza de amaneceres por descubrirse.

Pepo vino hacia mí alarmado.

—¿Qué se cree que hace?

—Nada.

—¡Es la mujer del candidato a gobernador! ¡Que se busque otra, que muchas hay! Esa no.

El gobernador se levantó muy serio y ya procedía a interrumpirlos cuando de pronto la corbata se levantó como encantada por un flautista y comenzó a bailar. La banda, barata y narcómana, comenzó a tocar, por designio de quién sabe quién, la Novena Sinfonía de Beethoven.

Sobre los pechos de aquellos hombres que las vestían, las corbatas comenzaron a bailar sincronizadamente, Lo mismo sucedió con las faldas de las mujeres. Y en todo caso, el público general quedó sumiso ante un incontralable impulso de mover las piernas, como si un titiritero invisible tuviese dominio sobre ellos.

El acto, ridículo por demás, era una maravilla que a la misma vez anunciaba el clímax del espectáculo: Iggie, envuelto por una misteriosa nube de humo, se elevó sobre la multitud, y ascendió hasta los cielos perforados de la putrefacta carpa, la cual él, en su levitación maravillosa, atravesó y rompió y se perdió ante la vista, sorpresa y ovación de todos, como un Chris Angel autista o algo así.

Pepo aprovechó para hacer que todo el elenco del circo saliera a la arena y concluyó al momento el acto con Iggie reapareciendo montado sobre un elefante.

—¡Bravo! ¡Bravo! —gritaba eufórico el candidato a gobernador.

—¡Genial! —gritaba Aurora, con sus ojos magnetizados en Iggie.

Una lluvia de hojuelas de azúcar bendijo al auditorio como maná caído de los cielos.

Yo, muy orgulloso al lado de Iggie, sospechaba que una magia mayor había ocurrido allí mismo, frente a todos nosotros, y nadie, excepto yo, Iggie y Aurora, se había percatado de su poder.



You may also like

Blog Archive

Search This Blog

Loading...