Vida sin Max

sussex Sobre la entizada tierra de Sussex del Este, la bruma peina el verde del valle sobre el cual se acuesta la mirada enrojecida de Coenred. Le ha sido difícil acudir al sueño durante las últimas horas y su cuerpo se apresa en una suerte de calambre que lo aletarga. Se acomoda el grueso saco a manera de caparazón y cruza los botones cuando siente, a sus espaldas, los movimientos lentos de Hilda. Se torna. La mira entre la oscuridad retorcida que se empantana en la ordenada casa. Parecería que el tiempo se había detenido y que la única trabajosa faena fuese respirar a través del dolor de haber perdido, apenas unas horas antes, a Max, su niño de cinco años, y cuya presencia aún habita como una aura en los juguetes que ella abraza. Hilda se desploma en llanto. Ya, ya, le consuela Coenred, mientras intenta quitarle los juguetes de la mano para colocarlos en un par de morrales que yacen sobre la mesa.

Hilda siente que la desgarran a jirones. ¿Habrá juguetes al otro lado?, pregunta ella entre gimoteos. No sé, contesta el hombre. Llevémosle, pues; uno nunca sabe. Afuera apenas el sol se insinúa cuando Coenred asegura la puerta y, con uno de los morrales en sus espaldas, le indica a su mujer que es tiempo de partir. Hilda toma el segundo morral, que descansa sobre la mesa, y lo carga como si llevara su vida adentro.

La caminata es larga y silente. Son varios kilómetros que deben obliterar con las suelas de sus zapatos mientras van salando en el viento la crudeza de las memorias. Abanicaba desde el Este un viento taciturno que cargaba las risas de Max, durante las tardes en Passies Pond, o mientras observaba la miniatura de tren de vapor de Eastbourne. Luego el accidente de cinco años atrás: la bruma, la lluvia, el pavimento, el camión fuera de control y, entonces, la oscuridad. Como resultado, Max sufrió una lesión severa en su espina dorsal y quedó sin movimiento de sus extremidades. Prisionero de su cuerpo, la mente del chico no podía hacer otra cosa que soñar cosas como «¿Verdad, mamá, que voy a caminar?», o, «Papá, pronto jugaremos al fútbol», oraciones que resuenan en estos momentos traídas por medio de la voz y los labios de Coenrad e Hilda. El dolor ya no aguanta más vacío. Mejor no digamos más, dice la mujer mientras su esposo, sin inclinar la mirada, piensa que tanto vivir y luchar para que el chico caminara, y tenía que perderlo ante una meningitis.

Al llegar al final del camino, los espera el acantilado y un faro que aún no se ciega, dada la intensa bruma mañanera. El sol destella como un cuchillo de luz que se abre entre el horizonte gris.

Coenrad toma la mano de Hilda. La besa. Sus labios húmedos de lágrimas y secreciones nasales engranan en la perfección de lo incompleto. Luego, en un movimiento acordado con la sencillez de la mirada, saltan al vacío.

En pleno vuelo, Coenrad e Hilda sueltan sus respectivos morrales y, justo antes de golpear las porosas rocas en el asentamiento del acantilado, flotan los juguetes en medio de la nada, seguidos por el cuerpo tieso de Max.

El 3 de junio de 2009, Neil and Kazumi Puttick se lanzaron al vacío junto al cuerpo sin vida de su hijo Sam, al que le habían dedicado toda su vida tras el niño haber perdido movimiento del cuerpo en un accidente de automóvil.



You may also like

Blog Archive

Search This Blog

Loading...