hope La siempre búsqueda. Destensar la prisa. Palpar un vacío. Siempre truncos, siempre incompletos, requerimos de dimensiones espaciales alternas para domesticar la imperfección. Creamos metáforas ingentes para sabernos volubles.

Esperanza sobre miedo, dijo Barack Hussein Obama al dar verdadero inicio al siglo XXI.

Una abstracción más una abstracción no hacen una materialidad. Sólo comprueba que, en efecto, persistimos en el plano anímico de la vida.

Esperanza sobre miedo.

La posibilidad benigna sobre la posibilidad calamitosa.

Quién lo diría. Nuestro presente –la suma exacta de la memoria– siempre es vivir en el litoral de lo subsecuente. Como maniobrar el efecto antes que nos cunda la causa. Y todo lo que manifestamos no es otra cosa que la necesidad y el deseo de referirnos a nosotros mismos por dentro.

Esperanza sobre miedo. Speaking words of wisdom, let it be.

Let-it-be.

lesdemoisellesdavignonDesde nuestra concepción y gestación de la vida, que comienza con la batalla del espermatozoide por fecundar el óvulo, los humanos transitamos por un mundo construido en violencia.

Llegamos entre sangre y dolor. Nos transformamos físicamente de manera continua a medida que crecemos. Nuestros cuerpos se transforman con impetuosidad silente. Y luego nos concursamos con una biología en la que prevalece aquel que con más capacidad se enfrente a la adversidad. Nos producimos y reproducimos para preservar nuestra existencia y la de aquellos que nos completan.

Escuchamos los estribillos de canciones populares que perpetúan el movimiento de la vida, como “amar o morir”; “I will die for you”; “Si tú intentaras volver conmigo, te mataría”, y entendemos que la violencia es, más que un concepto, una acción.

En un día en que las tropas israelitas se lanzan a acabar con lo que queda de la franja de Gaza, El Nuevo Día publica dos artículos (edición del domingo 11 de enero de 2009) acerca de la cultura de sangre y violencia que predomina nuestra sociedad. Ambos artículos se concentran en citar a estudiosos del tema que plantean la situación de maneras obvias –la televisión, los videojuegos tienen parte de la culpa- o, en el peor de los casos, casi a la usanza de Perogrullo (¿es un puño o es la mano cerrada?), pues según exoneran la responsabilidad de la familia en inducir a los hijos en la enseñanza de valores también dice que al gobierno no se le puede dejar toda la responsabilidad.

El tema, aunque pertinente, no queda muy bien tratado desde su eje filosófico-conceptual, puesto que vivimos en una sociedad codificada dentro de la ley y el orden, lo que casi obliga a la presencia de un cuerpo o aparato adecuado para la vigilancia de los códices. O sea, la fuerzas armadas municipales, estatales y militares. Por tanto, o lo aceptamos como la inevitabilidad circunstancial, o pasa a ser doble moral. Curioso es que uno de los ‘expertos’ que cita el artículo es abogada.

El problema con la violencia, simplemente, se desvirtúa en su calibración semántica. Como pensar que la energía nuclear puede ser utilizada para iluminar y propulsar el mundo igual que para destruirlo.

Y es que la violencia, como intensidad, es una forma de energía que puede ser canalizada de maneras creativas, efectivas, satisfactorias. La violencia es un dragado del impulso innato hacia la creación (destruir es crear también) que persiste en todos los humanos Aquellos que han vivido a Goya o a Picasso; inclusive, a Warhol o a Basquiat, sabrán cuán agresor puede ser el arte. En la poesía, Whitman y Martí, Neruda y Machado, Palés y Corretjer: todos poetas sublimados en cuyos versos resuena el trueno del verso. La violencia es esa energía original que nos mueve. “…Si los pechos/Se rompen de los hombres, y las carnes/ Rotas por tierra ruedan, no han de verse/ Dentro más que frutillas estrujadas”, dice Martí en “Amor de ciudad”, para luego añadir: “muere la flor que nace”.

Para trabajar el problema de la llamada violencia, tendremos que adecuarnos para aceptar que todos los objetivos de nuestra realidad física condicionan el objetivo de congraciarnos con una satisfacción interna, espiritual e inmaterial. Ese es el reino o plano de la producción cultural de los seres humanos. Necesitamos inventarnos (ya sea en mito o poesía) para encontrarnos. Por tanto, ninguna iniciativa hacia la revitalización de una sociedad y la búsqueda de su futuro puede darse sin una materialización del plano intangible de nuestra existencia. Ese es el trabajo del arte –pintura, baile, actuación, música, literatura, etc.-. Completarnos.

Mientras esa realidad no sea admitida, seguiremos preguntándonos sobre si el puño es una mano cerrada, o la mano cerrada un puño.

suicide duckie Adolorido y preocupado, luego que la enfermera certificara que yo aún tenía signos vitales y que me cobijaba un plan médico y que, por tanto, no iba a enredar al hospital con otra deuda echada a pérdida, me mantenía alerta en la sala de espera cuando llegó un médico a llamar al próximo paciente. “Jaime Vas”. Entonces se levantan dos individuos que se quedan mirando el uno al otro y el doctor con cara de cuál es la broma. “¿Jaime Vas?” repite el doctor, cuyo acento y aspecto general me decían que era hindú (además, su carné leía Dr. Srivastava, lo que bastaba para deducir su procedencia étnica, cosa que, en casos como la medicina, sí importa). “Voy entonces”, dijo el primero, gordo bajito y empleado de gobierno, como el mismo se había encargado de hacer conocer. “Yo soy Jaime Vas”, dijo el segundo, quien caminaba un tanto jorobado y así, arrastrando ambos pies, como un muñeco de cuerdas. “Y usted, ¿también es Jaime Vas?” pregunta el médico al primero. “No, yo soy Jaime Pérez, pero como usted dijo ‘Jaime, vas’, pues pensé que iba después”.

No tengo idea sobre hasta qué punto se trataba de una verdadera confusión o de un mero ejercicio de jaibería.

Srivastava entonces hizo pasar a Vas, le atendió y le dejó ir para atender al próximo paciente, que era yo. Pero Vas no quedó complacido. “Si yo sé, mejor me hubiese ido a la funeraria”, dijo a viva voz. “Allí por lo menos dan queso y galletas”. La gente lo ignoró. Miraban, anestesiados, un programa de juegos en Univisión.

Entonces, Vas se reinstaló en la sala de esperas y comenzó a quejarse. Como en una letanía, invocaba la ayuda de los médicos. “Ay, doctora Ortíz… ¡Ortiz! ¡Me duele!”; “Ay, doctora Rosario… ¡Rosario! ¡Me duele!” “Ay, doctor Srivastava … ¡Srivastava! ¡Me duele!”. Nunca dijo qué o dónde le dolía.

A todo esto, varios trabajadores del hospital, entre los que se incluían enfermeras, recepcionistas, guardias de seguridad, escoltas y empleados de mantenimiento sanitario, le saludaban con familiaridad. Intercambiaban palabras y luego Vas retomaba sus mantras.

Al poco rato, y como todos le ignoraban, decide entrar a la sala de emergencias por su cuenta y darle golpe de estado a uno de los consultorios. Toma como rehén a un esfigmomanómetro, que no tiene nada que ver con proctología y sí con la medición de la presión arterial. “Me voy a matar”, anunció. Y una de las enfermeras le hace un reality check con aquello que qué es lo que tú dices, y Vas, decidido, repite que su autosentencia. “¿Con una máquina de medir la presión arterial?” dijo la enfermera. “No, con 12 pastillas”.

Tal vez, una por cada mes del año, pensé. Puerto Rico es un país que de algún modo inevitable se hace inhabitable. Sufrimos 3,800 suicidios en los últimos 10 años, a más de uno por día.

Entonces, con suma delicadeza, la escolta del hospital le dice que a Vas que ya es hora de que se vaya. “Yo siempre me estoy yendo”, dice el paciente, que me parecía más solo que enfermo. Vas sale hasta las afueras del hospital. Mientras camina, se va despidiendo de todo el mundo. “Nos vemos mañana”, dice.

“Hasta mañana, Vas”, le dicen todos.

Cuando el médico me preguntó que me aquejaba, no supe decirle de inmediato.

Desde que el caos reina, ya queda poco interés en la validez del misterio. Pero yo le voy a que no, que aún quedan cosas cuyo conocimiento en pleno nos es vedado, al menos en vida. Todavía no sabemos nada de las civilizaciones mesoamericanas desaparecidas en Chichen Itza, igual que sucedió en Macchu Pichu; o de la esfinge egipcia; del paradero del Santo Grial; o de Excalibur; o del presupuesto del gobierno de Puerto Rico.

Todos estos mitos, de alguna manera, sostienen una ficción perdida en nuestra existencia terrenal. Como, por ejemplo, ¿por qué razón oscura los santos patrones del pueblo de Adjuntas son San Joaquín y Santa Ana, los supuestos padres de la Virgen María, y quienes, contrario al Cameo que hace su hija en la Biblia, ellos ni siquiera son mencionados? Sobre esto, ya hablaremos en otro momento. Pero el punto aquí es que todavía quedan misterios que sobrepasan el caos. Y prueba de ello la tengo frente a mí en este momento sobre mi cama: cinco medias sin su correspondiente pareja complementaria.

¡Alás! Aquel que nunca haya perdido una media en la lavadora, que dé un paso adelante y arroje la piedra de la solución, ya que no le voy a creer nada más porque lo diga. Lo siento. Las medias son pares idénticos, ruedas de un mismo eje, y no opuestos binarios que se cancelan, en tanto la ausencia de una ratifica la presencia de la otra. Por eso, aquella canción "Where Do The Children Go?" (¿Se acuerdan de The Hooters? La banda, quiero decir, no la cadena de restaurantes del mismo nombre.) debe ser reescrita como "Where Do Socks Go?"

Debe existir algo así como una ciudad de las medias perdidas, porque tantas medias cojas, medias divorciadas, medias separadas de su otredad significante carecen de fundamento empírico y/o racional. Nincycle, le llaman, por la capacidad ninja de desaparecer, entre los ciclos de lavado, sin dejar rastro alguno.

Y es peor: ¿De qué sirve una media sola? Digo, las medias timbran en rima par consonante. Aquí no hay media libre. Ah, pero yo no soy el Príncipe Hamlet, y la gran pregunta no es esa, no, sino, ¿adónde fueron a dar? Nada en la medianía.

Medianamente, pudiera tratarse de un caso de estudio en física cuántica, dado que los giros de la lavadora automática de ropa genera, en sus infinitas vueltas, una especie de centrífuga, que seguramente abre un espacio inacabable en el vacío, a manera de hoyo negro, por donde escapan las medias como un alma que se eteriza al Nirvana. ¿Y qué si Bukowski dice que eso (el Nirvana) no es posible? Él no usaba medias.

En el espacio sideral, si la masa de una estrella que estalla es mayor que ocho veces la masa del Sol, el resultado del colapso será un hoyo negro. Y todo lo que se le acerque queda succionado. Algo parecido, pero en sentido inverso, debe suscitarse dentro de la maldita lavadora.

Por el momento, ni medias a media ni Medias Rojas. Si Moctezuma nunca tomaba de la misma copa o vestía los mismos ropajes dos veces, me daré a la resignación de hacer lo mismo con mis medias, pues para casamientos, un juez o un cura.
Recuerdo, hace tanto poco tiempo, a dos seres que se amaban en demasía con un amor de esos que se le sale a uno por los poros y duele hasta en el aliento. Esto es autoplagio. Mas, ¿qué importa? Ya nadie recuerda lo suficiente como para reconocer la memoria en el fondo del shot de tequila Herrera reposado, de donde sale aquella vez que Roddie me preguntó a dónde yo iba, y yo le dije que a casa, y entonces mi robusto amigo asiduo visitante del gym me dijo que me llevaba. Su cara me lo decía todo, aunque no hablaba nada. Sacó la botella de debajo del asiento del conductor y comenzó el monólogo en Do/Si.

Ministraba un dolor particular. Digo, la imagen de una masa musculosa de seis pies y tres pulgadas no es tan dócil para uno pintársela en lágrimas, y menos cuando me confesaba que estaba enamorado, que su novia lo traía loco, pero que le preocupaba una cosa: que tenía que aplicarle un par de bofetadas, tal vez al cuadrado, para poner a su mujer en condición de acostarse con ella.

Yo no soy muy puritano, pero aquello parecía la letra de una canción de Jane’s Addiction. Total. Qué le vamos a hacer, dije. Hay gente así. Todos tenemos torceduras que nunca se van a enderezar.

El asunto es que no bien recorrido el tramo, Roddie me dijo que acababa de tener una pelea por teléfono con su novia y que era preciso verla. Si no me molestaba, podía acompañarlo. Y yo, qué diablos, sin auto y lejos de casa, no avisaba más opciones, así que acepté.

Una vez frente a la casa, Roddie llama a su novia con voz omnipotente. Como que: «¡Maritza! ¡Puñeta, ven aca!», así, desde el auto. Y ella sale, se posa sobre el cesped en sublime reto. Y le dice: «¿Qué quieres?», a lo que Roddie, naturalmente, responde que desea hablar con ella. Y Martiza dice que no hay nada qué hablar, que se vaya, shooo, hit the road, Jack, y Roddie como que eso no es así, que vas a venir a dónde mi ahora, y Maritza se niega, y yo le digo a Roddie que mejor nos larguemos, y el me dice que me calle la boca, que esto no es conmigo, y yo, como que, say what? Entonces, Maritza se torna camino de vuelta al interior de la casa y masculla un «te puedes ir al carajo». Y yo pienso que la manera de neutralizar un vete-al-carajo es con un “mira-puñeta” y así, santo y bueno, Roddie lo suelta, a lo que Maritza suelta un «cabrón» y hace poker. Game over. Kaput. La casa gana.

Roddie sale como un demonio del auto y salta sobre Maritza. Y allí, bella y bestia comienzan a rodar por el césped. Se escupen. Se golpean. Se muerden. Se halan por los cabellos. Yo trato de bajarme del auto. Roddie me advierte que ni lo piense, que me quede donde estoy, que me llevará a casa. Me doy un trago del Herrera. Y de puños, mordiscos y patadas la escena corre a un beso apasionado, un tranque de lenguas, un derretir de labios. Me doy otro trago en sostenido.

Roddie y Maritza se levantan salpicados de tierra y grama. Él le recoge el pelo de la cara. Ella le pasa las manos por el pecho. Se funden en otro beso y yo bebo. Te espero, le dice ella. Ya vengo, le dice él. ¿Por qué no nos vamos?, hubiese querido decir yo. Otro trago.

Roddie me regala el Herrera. Sonrío. Le doy las gracias en Sol/La.

Antes de bajarme del auto, frente a mi casa, Roddie me dice: «¿Ves lo que te digo? Ahora voy a su casa y no salgo de allí hasta mañana».

Lo felicito.

Recuerdo una vez que intenté algo parecido y por poco me llevan arrestado por Ley 54 –ley de protección a víctimas de violencia doméstica–.

Nada. Que toda la vida nos llenamos la boca de tanta materialidad y queremos darle forma a algo que en sí mismo no la tiene. Y al final, todos tenemos torceduras que nunca se van a enderezar.

¡Feliz 2009 a todos!

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