mermaid 2 “Yes, there were mermaids… sweet little mermaids”- Duncan Sheik, Sad Stephen

La brisa traza el contorno de nuestras siluetas cuando su boca encuentra la mía. El beso caliente lacrando el silencio. La mira cerrada sobre mis ojos áridos. La luna abraza con su candor plateado como un velo de azogue y la arena caliente mantiene los pies ocupados en una danza ritualista al pie del mar. Mis ojos se pierden entre rostros borrosos y sombras que se hacen el amor al ritmo de una música de congas, y yo pido aire, silfos de vida por mis fosas nasales, un despertar de la sangre.

La mar ataviada en un traje de aire salino ruge con su voz inmortal mientras su lengua de espuma lame la cómplice playa. A sus pies, la mujer y yo devenimos el tiempo entre besos y abrazos, un responso al sinuoso espiral que se dibuja en los caracoles, en los remolinos, en las galaxias, como las sortijas abiertas que ella luce y cuyo metálico frío abre surcos de fuego en mi piel. Sus labios tajan vena adentro. Su boca en la mía conjura regresiones imprecisas a un dónde y a un cuándo en los que la vida encuentra su origen.

La vida. Sí.

Yo no espero milagros en mi existencia, porque los milagros no son otra cosa que la percepción desplazada de un hecho común que en nuestra vida insipiente y monocromática toma ribetes de fenómeno, pero entonces un miedo insidioso provoca que me hunda más en su carne, en su cuerpo que se amolda al mío y que yo arropo como si me aferrara a una boya en medio de un naufragio, y pienso que podría, por fin, salvarme.

A nuestro alrededor, la gente baila y se pierde en una amnesia colectiva, como si quisiera borrarle el rostro a Dios, como si quisiera castrarlo y arrojar sus testículos a la mar para que los convierta en espuma. Sudor y fricción. La noche quema como si fuera la última noche del mundo. Pero entonces ella y yo somos invisibles.

Su aroma levita en poemas. Sus movimientos telúricos de mujer tierra ondulan sobre mí, su gemido fino e infinito se adentra en el reino del para-siempre como la luz muerta y milenaria de las estrellas. Somos la discontinuidad en función de alargarse, desplazarse, prolongarse, al menos durante las horas que ella navega entre mis brazos. Somos dos barcas gemelas cruzando un mar oscuro y salvaje en la misma dirección, y que inevitablemente se encuentran en la decadencia de aquella ceremonia de olvido, el extático carnaval de las historias caribeñas. Un telar de estrellas nos acompaña durante el trayecto mientras la luna bruja ríe por haber imantado tantos destinos. Destinos que ahora son uno mismo.

¿Quién es quién para quitarle el calor a la sangre? ¿Quién es quién para silenciar el corazón? ¿Quién es quién para revertir los relojes? ¿Quién es quién para renunciar al instinto?

El momento es un elixir embriagante y nos basta. No existe el pasado y no existe el futuro. Es como...

¿Alguna vez has estado en alta mar en medio de la noche?

Es la misma sensación. Un punto en medio de una nada, donde la distancia hacia el punto de procedencia se nos aparece en congruencia al punto de llegada. Uno puede trazar una circunferencia perfecta y no tocar nada excepto agua y viento y cielo, si los ojos llegan suficientemente lejos. El firmamento te arropa, te traga, te humilla, te recuerda tu minucia, te dice cuán solo estás, pero en la soledad podemos escuchar la infinitud crecer.

Así es. Es así.

Bien pudiese pasar todo esto como una celebración de muertos, pero cuando la toco y la miro, siento extrañas infusiones de vida. Lo sé por la profundidad oscura de su mirada, por la manera que su cabello se cuela en mi boca, y por su tibia saliva que se diluye en la mía. Lo sé por el sexo caliente que se adhiere al mío. Mi vientre revuelve en leves espasmos que ella provoca con esa capacidad luminiscente de un sol, como una ola tropical, como un silbido vaporoso, provocando una sed que asfixia levemente, como si me tragara la arena y me sofocara con su granulación térmica, así, como si me hundiera, como si la luna y el sol celebraran un infernal novilunio y me fuesen calcinando poco a poco, poco a poco, hasta que me arrase la piel, abrasando el aliento— una conflagración en mis venas, una combustión que me hace sudar hasta desposeerme del aire por completo y dejarme ir como en una muerte, una muerte que viene, que viene y me lleva, me toma, me posee, me destruye, mientras evocamos la lava.

Tanto esperar por esta muerte...

Y ahora mi corazón vuelve a latir.

***

Al abrir los ojos, un desierto de desechos y una que otra figura que pasea al pie de la playa al momento que el sol rompe el horizonte. Mi aliento todavía sabe a ron de especias, pero me siento en plenitud. El cielo, la playa, los mangles, las palmeras, todo parece sincoparse en unicidad y norma. Sin esta calma, la tierra se hubiese hundido, pensé. Ella no está.

La mañana se amantequilla silentemente. Los perros vagabundos buscan por algo de desayuno en los botes de basura y alguno que otro trotador mañanero afila la orilla de la playa. El viento duerme y las nubes parecen estar pintadas sobre el firmamento mientras mi cabeza gira a destiempo entre breves pero acelerados recuentos de la noche anterior.

¿Quién era ella? ¿Qué veneno aliciente había depositado en mi boca? ¿Qué serpigo había tatuado en mi aliento?

Las palabras no son otra cosa que una danza de sombras con lo verdadero, con lo que aún humea por los escondrijos de mi cuerpo amasado en verbo.

Cierro mis ojos y reposo justamente bajo aquel parapeto de uvas de playa.

El secreto de morir está en no tenerle miedo a la muerte, pienso.

¿Qué podrían quitarme si la palabra miedo fuese desterrada de mi mente? ¿Quién podría matarme si la muerte para mí no existiera como el final de un acto, sino como el comienzo de otro?

—Despierta —escucho una voz decir.

—¡Sa-a-a-alllll! —dice otra voz, con cierta melodía en la entonación.

Mis párpados ceden a la luz y allí están ellos: Leo y Margarita.

—¿Qué hora es? —pregunto un tanto desorientado.

—Las seis de la mañana.

Me estrujo el rostro con las manos, como si pretendiera cambiarme el semblante.

—¿Y tu amiga? —pregunta Margarita.

—No seas imprudente —advierte Leo.

—¿Amiga? —digo, el sabor de su boca de alguna manera añejado en mi memoria.

—Vamos, que nos hiciste la noche a muchos voyeristas —dice Leo.

Yo aún siento su cuerpo como un vacío sobre mí.

Entonces, sucede lo inentrañable: la extraño.

—Mira, ¿estás en condiciones de conducir? —inquiere Leo.

—Claro.

—Pues mejor vete ahora, que el tráfico aún no endurece.

—Lo que endurece es signo de muerte.

—Pues anoche se te endureció bastante y no me parecías nada muerto —dice Margarita.

Ella y Leo rieron. Ambos son mis mejores amigos: inseparable trío desde nuestros días universitarios, cuando queríamos ser revolucionarios que revirtieran el orden imperante en el mundo. Entonces Leo era estudiante de leyes y Margarita estudiante de drama. Yo ambicionaba una carrera como escritor. Pero La Bestia –así llamábamos al Status Quo-, nos devoró. Ahora Leo era periodista policial de un diario regional, Margarita secretaria en un bufete de abogados, y yo revisor de manuales de instrucción para una farmacéutica. Pero los tres éramos gajos de una misma fruta podrido.

—¿Quién era ella? —curiosea Margarita.

—No sé.

—Vaya. Hombres. Bim, bam, thank you, ma’am.

Grand Slam, pienso...

—Bueno, entonces, ¿cómo se llamaba?

¿Cómo se llamaba?

Se llamaba viento, tierra, aire y agua. Se llamaba sol y se llamaba luna. Se llamaba de todas las cosas con que se nombra la vida.

Ante mi silencio, Margarita y Leo ayudan a que me incorpore. Sacuden la arena de mi ropa. Me comentan que me veo espectralmente bien. Dulcemente maltratado. Decido marcharme, con la promesa de encontrarme en la noche con mis dos amigos, que pertenecen al Thursday Club, el autodenominado club de aburridos que recién hemos constituido. Nos llamamos el Thursday Club porque ese es el imprescindible día de la semana en que nos reunimos para articular el curso de nuestros desorganizados destinos, y sentirnos menos solos.

Me despido de mis amigos. Ya ellos se irán a encargarse de sus propios asuntos.

Camino descalzo hasta mi vehículo. Es hora de volver al mundo, que aúlla en el horizonte, tras los palmares, con la insistencia dolorosa de las bocinas de los carros.

Antes de emprender la marcha, vuelvo a buscarla, pero no la encuentro.

Se me hace en la memoria: sus múltiples prendas como signos de un ritual. Su traje de algodón negro entallando su figura. Su cabello largo ondeando en el viento. Su piel blanca como la espuma del mar que la trajo. Sus pies descalzos enterrados en las doradas arenas, como si se enraizaran en ellas. Desde algún punto de la playa, Lola Downs canta a Jaime Sabines y retribuye la suavidad con que se esmalta el cielo:

Mi corazón me recuerda que he de llorar/ por el tiempo que se ha ido/ por el que se va”, dice un verso acompañado de guitarras bohemias.

Agua del tiempo que corre, muerte.

Mi recuerdo es un presente: mi corazón deambula por las riberas de un sueño. Camino la manera el cielo. Mis pies se entierran en el negro lienzo de esta noche sin estrellas. Brinco nubes. Salto vientos. La siento cerca de mi cuerpo. Siento su calor, sus formas, sus contornos perderse entre los míos. Siento su aliento cerca de mis labios. Su cabellera rojiza interrumpe en mi boca. Me sabe a madera mojada. Sus dedos remueven las hebras intrusas, imantadas a mi hambre, tal vez. Siento su mano acariciar mi rostro. Es una mano cálida y suave, una mano de la cual han de nacer muchos mundos, una mano desde donde se verterán las galaxias. La aproximación es inevitable. La colisión es certera. La rebelión de la sangre se ha alzado en gritos y pide de un beso. Nos fundimos lentamente en el crisol de la eternidad. El fuego vive. El fuego quema. El fuego aviva.

Y entre resaca y memoria, se me escapa una leve sonrio.

Leo y Margarita me escoltan en dirección de mi auto. Estás hecho un desastre y debes ir a trabajar, me dicen. Claro.

Arrastro los pies por la arena. Avanzo poco. Me pesa el mundo. Me torno hacia el mar.

En la distancia , una cola de pez plateada se levanta y rompe las olas.

¿O no?

[Foto: Michael Dweck]

lalengua Las librerías Borders en Puerto Rico informan entre sus libros de mayor popularidad dos títulos de Carlos Ruiz Zafón: El juego del ángel y El Príncipe de la Niebla, que ocupan los primeros dos puestos en ventas. Ambos libros son de la editorial Planeta de España.

Ya chole chango chilango.

El tercer puesto pertenece a la otrora ama de casa mormona y ahora novelista, Stephenie Meyer, con su novela The Host.

Que chafa chamba te chutas.

Meyers, autora de la exitosa novela juvenil Twighlight, que fuese llevada desastrozamente al cine, goza de su mejor momento promocional.

Y luego, en cuarto lugar, la editorial puertorriqueña Terranova se cuela con la obra La lengua y otros dialectos, de Luis Saldaña, la cual constituye el primer libro del autor.

No checa andas de tacuche.

Y chale con la charola.

La lengua se convierte en el libro número uno entre todas las editoriales locales. Y es el tercero que produce la Terranova, luego de Tatuajes de Amir Valle y Corsario de Luis Asencio Camacho. Es el segundo en tres meses.
La obra se presenta el viernes 27 de febrero de 2009 a las 7:30 de la noche en el Salón de Actos del Colegio de Abogados, en Miramar, Santurce.
El maestro Antonio Martorell y la escritora Mayra Montero tendrán a cargo las palabras preliminares de rigor.

Pachucos cholos y chundos. Chinchinflas y malafachas. Aca los chompiras rifan. Y bailan tibiritabara.

pop-art

¿Qué puedo argumentar? Rock’n’ roll never gets old.

mueros de soldan copy Nota: El admirado escritor y colega de Otro Lunes, Edmundo Paz Soldán nos anticipa el primer capítulo de su más reciente entrega editorial, Los vivos y los muertos (Alfaguara, 2009), a ser puesta en circulación el 30 de marzo del año en curso. Como le dijera al autor, la novela lleva un dejo de la American Pastoral de Philip Roth escrita en guaraná y cafeína. Claro, todo en base a un capítulo. Pero sea como sea, el novelista está en su mejor momento. Paz Soldán estará en San Juan de Puerto Rico del 13 al 20 de marzo del 2009.

Capítulo I

La luz del semáforo está en rojo. El cielo gris, encapotado, opresivo, parece a punto de deshacerse sobre nuestras cabezas. El frío llegó hace un par de días a Madison y no se irá hasta dentro de seis meses. Ocurre cada año, la segunda semana de octubre, el sol que de pronto desaparece, el aire sombrío que se instala en el pueblo, las calles que se vacían, la escarcha en la madrugada. Uno debe, ahora, buscar calor donde pueda.

Amanda dijo que quería mostrarme algo. Qué, le pregunté. Y ella se rió con esa risa que invita a pensar en la forma en que se revienta un durazno cuando está maduro y uno hiende los dedos en su piel. Ven, dijo, estoy sola, y colgó.

Me metí dos Starburst a la boca. Eran las tres y cuarto de la tarde. La noche anterior había prometido no volver a hacerlo. Pero en ese instante, sin darme cuenta, con el celular en la mano, creyendo que todavía no sabía si iría, que era capaz de tomar decisiones contrarias a las que Amanda había tomado por mí, me dirigí hacia el cuarto de Jeremy, a cerciorarme de que estaba distraído, de que no saldría detrás de mí, no me seguiría.

Mi hermano se encontraba frente a la computadora, guiando a su avatar en uno de los mundos de Linaje. Una valkiria caminaba por la pantalla, la espada en la mano, toda pixel y convicción. Siempre me había parecido extraño que, a la hora de elegir otra identidad con la cual pasar un par de horas en la pantalla, Jeremy eligiera a una mujer. Me pregunté qué dirían nuestros compañeros en el equipo. Un poco raro, quizás, pero nada del otro mundo ya que su hombría estaba bien probada: Jeremy era el que más hablaba de mujeres y sexo en los vestuarios, el de la colección de revistas y DVDs porno, el de las interminables conquistas. Más extraño e imposible de justificar hubiera sido encontrarme con fotos de Jem vestido con ropa interior de mujer (como las fotos de papá que descubrí y rompí años atrás).

La luz del semáforo ha cambiado al verde; continúo mi camino, acelero. Algunas hojas otoñales se posan en la ventana delantera del Corolla. Por la acera caminan en fila india los niños de una guardería, uno agarrado de la mano del otro. Los hay rubios, latinos, negros, de rasgos asiáticos: podrían servir para un afiche de Benetton. Hay incluso uno retardado, conmovedora la forma en que camina, como si la pierna izquierda no supiera lo que hace la derecha ni tampoco le interesara. Las dos señoras que los acompañan están excedidas de peso. Se me cruza por la mente la imagen de Jenny, regordeta, sonriente, en esa casa invadida por termitas que fue mi primera guardería. Jenny tenía siempre el televisor encendido y dejaba que sus sobrinos, mayores que nosotros, nos enseñaran juegos violentos en su Nintendo y con sus Power Rangers. Por eso todos los niños la queríamos; por eso nuestros padres no la toleraban más de lo necesario.
Amanda, espérame, ya llego.
Desde el umbral de la puerta de su cuarto observé a Jeremy sin que él se diera cuenta de mi presencia, o acaso hacía como que no se había dado cuenta, solía ocurrir, no debía ser difícil cansarse a ratos del hermano menor –dos minutos menor--, querer algo de independencia.
Estoy saliendo, dije, usaré el auto.

OK, dijo sin verme.

Qué intensidad para esos juegos; decía que lo ayudaban a desarrollar un pensamiento estratégico, le servían para ser un mejor quarterback. Una excusa sofisticada, había pensado cuando lo escuché, típica de Jem. A mí sólo me interesaban los juegos de deportes. Madden, por ejemplo. O Winning Eleven.

¿Sabía? No, pero acaso lo intuía de una manera que no podía explicarse en palabras. Era así entre los dos, yo creía adivinar lo que él pensaba o sentía aunque me costara decir de qué se trataba.
Había sido culpa suya. Hacía cuatro años él ya era popular y yo, más bien tímido, no me animaba a hablar con las chicas. Un día me pidió un favor. Estábamos en las duchas después de una práctica; él tenía el pelo mojado y había espuma en su pecho, yo me secaba con una toalla roja con el logo de los Madison Bears. Jem había quedado en visitar a Lucy pero no tenía ganas de hacerlo. Me dijo que fuera en su lugar, Lucy no lo notaría, nadie lo notaba, éramos dos gotas de agua, teníamos el mismo tono de voz, el mismo corte de pelo, los mismos gestos. Nos confundían en el colegio, en las fiestas. Sí, le dije, pero mi carácter es diferente. Sí, dijo Jeremy, pero me conoces de memoria, no te costará nada responder como lo haría yo.

Lucy era morena y tenía los ojos color miel. Su sentido del humor la había hecho popular, era de las que les ponía apodos a los profesores; la de Química, con sus faldas apretadas y andar felino, era la Tigresa. El Principal, Mister Tibbits, la nariz con una pelota en la punta y esa risa exagerada fuera de lugar, una risa que no iba con el mal humor que revelaba su ceño fruncido, era Rusty the Clown. Su columna semanal en el Believer me hacía reír, trataba de las desventuras de una quinceañera en un mundo cada vez más dominado por… mujeres. Lo que me pedía Jem no era un sacrificio.
Nos fue tan bien que se convirtió en una tradición. Jem las seducía, y luego de un par de meses, cuando la relación mostraba señales de agotamiento, me ofrecía que lo reemplazara. Me acostumbré a no iniciar nada por cuenta propia, a esperar a que Jem decidiera con quién me tocaría salir. Yo no duraba mucho con ellas, ya la relación había ingresado en la recta final, pero al menos me divertía un par de semanas. Hubo sospechas, pero no las suficientes como para descarrilar nuestro arreglo. Había estudiado los manerismos de Jem, la forma en que gesticulaba con las manos al hablar, los Starburst y Raisinets que no cesaba de meterse a la boca. Incluso le copiaba la forma de vestirse, las ajustadas poleras grises de Abercrombie o Hollister, los jeans negros Banana Republic (boot cut!), los shorts Puma holgados y hasta la rodilla. A veces me miraba en el espejo y me decía, yo soy él, ¿o es él yo? ¿O somos uno los dos?

Katja, la holandesa de intercambio, nos descubrió, pero por suerte se iba pronto. Ella era avezada en ciertas materias, y la noche antes de su partida compramos su silencio haciendo realidad su fantasía: acostarse con los dos hermanos al mismo tiempo. Jem y yo, desnudos, nos mirábamos en la cama del cuarto de Katja, vigilados desde el techo por una gigantografía de la selección holandesa de fútbol, tan naranja su destino, y nos esforzábamos por contener la risa.

Todo siguió igual hasta que me enamoré de Amanda, la hija menor de nuestro popular coach. Tenía quince años, estaba un curso menos que nosotros. Había llegado al colegio como un chica con pechos planos, frenillos y faldas largas. Me había fijado en ella, en su rostro redondo y agraciado, en la forma en que caminaba por los pasillos en línea recta, como en una pasarela imaginaria; había intercambiado un par de miradas intensas y continuado mi camino. A los seis meses, su cuerpo explotó. Fue aceptada como cheerleader y todos los del equipo nos alegramos. El problema era que Jem todavía no le había dado su sello de aprobación. Y yo, incapaz de tomar la iniciativa, esperaba a que Jem lo hiciera.

¿Se animaría? Había que tener mucho cuidado, portarse bien con ella. El coach, mister Walters –you can call me Don--, era unos de esos seres extraños que no se inmutan ante casi nada –“no se preocupen muchachos, perdimos 23-0 aunque pudo ser 23-3, la siguiente les ganamos”--, pero tenía un punto débil: era un enfermo de celos a la hora de lidiar con los pretendientes de sus hijas. Sólo hablar de ellas hacía que se pasara la lengua por los gruesos bigotes, como relamiéndose ante la posibilidad de salir a la defensa de sus niñas. Circulaba una historia desagradable acerca de un novio de Christine, la hija mayor (bueno, no tan mayor: le llevaba apenas diez meses, de hecho estaban en el mismo curso).

Jem se animó. Salió con Amanda y me alegré, aunque intenté no pensar mucho en la forma en la que él trataría, en el auto, en la puerta de su casa, al despedirse, de acariciarle los pechos como al descuido, maniobra que le había dado tantos resultados positivos que hablaba de patentarla algún día. ¿Y si te dice no, qué te crees?, le preguntaba yo, miedoso. Está bien si te dice no, contestaba, you have to get the nos out of the way. Debía convertir derrotas en posibles triunfos. Puertas cerradas en horizontes que se abrían, infinitos. Yo tartamudeaba y trastabillaba ante tanta verdad incuestionable.

Ocurrió lo de siempre. A la segunda semana, ya me había pedido reemplazarlo para que la llevara a tomar helados a Sundae Inventors. Pero luego no me volvió a pedir ayuda. Yo esperaba impaciente, recordando la conversación que ella y yo habíamos tenido mientras compartíamos un batido de chocolate, algo sobre estrellas que nos guían desde la inmensidad del cielo, almas gemelas que vagan en el ancho mundo, extraviadas, pero que saben reconocerse al instante.

Pasaron tres meses. Le pregunté a Jem qué había pasado con nuestro trato. Hermano, me dijo, creo que Amanda es the real thing. Estuve de mal humor durante un par de días.
Voy llegando a la avenida Dewey, una canción de Snow Patrol en la radio, Please don’t go crazy if I tell you the truth. El semáforo está en verde. Acelero. Pasan a mi lado, fugaces, SunTan --donde las cheerleaders se broncean--, una tienda de juguetes y comida para perros –Virginia Woof--, una Rite Aid que siempre está vacía, una desangelada sucursal de Wells Fargo.

En los entrenamientos había visto que Amanda, desde el borde de la cancha, en su minifalda roja y polera blanca, me sonreía, me seguía con la mirada, mis ojos perdidos en el casco, mi cuerpo escondido entre los paddings que utilizábamos para amortiguar los golpes. Yo me acercaba al borde con alguna excusa, secarme el sudor del rostro con una toalla, tomar un sorbo de mi Gatorade. ¿Me estaba comparando con Jem? O quizás se acordaba de aquella vez en la heladería. Se había dado cuenta que algo diferente había ocurrido, que esa tarde no había salido con su novio sino con el hermano.

Una tarde en que Amanda llamó a Jeremy, contesté el teléfono y me hice pasar por él. Me dijo que su mamá había salido, me esperaba en su casa. Fui.

En la cama destendida yo todavía miraba el techo y saboreaba los temblores que remecen el cuerpo después del terremoto, cuando ella, sentada en el suelo mientras se abrochaba el sostén, me dijo que sabía que yo no era Jem. Desperté de golpe. En el estéreo del cuarto sonaba un compact de The Magic Numbers, a Amanda le gustaba el Britpop, a mí me gustaba lo que le gustaba a ella.
No importa, dijo con esa mirada tan seria, intimidatoria, el pelo suelto como no lo estaba cuando hacía sus saltos y piruetas al borde de la cancha de fútbol, allí siempre se trataba de una cola de caballo.
Puede ser nuestro secreto, dijo.

Dirigí la mirada hacia los posters de Colin Farrell y Ricky Martin en las paredes, papeles coloridos inventados para la descarga de devociones y hormonas. Mis ojos se posaron en el estante de libros. The Kite Runner, Jane Austen, Dickens, George Sand… Tantos libros gruesos, pensé, ¿los habría leído todos? Amanda era conocida como parte del grupo de las Amazing Girls, esas chicas que en la escuela hacían de todo sin el menor esfuerzo. Eran excelentes alumnas, líderes en su campo, hacían voluntariados, visitaban hospitales, aprendían piano, se dedicaban al teatro o a algún deporte, y de paso eran lindas. Había cada vez más de esas Amazing Girls que algún día serían mamás y ejecutivas de empresas, y al mismo tiempo había cada vez más hombres idiotas e inmaduros. Las mujeres estaban preparándose mejor que nosotros, pronto las universidades crearían sistemas de affirmative action para aceptar a los hombres.

Busqué una salida.
Si mi hermano se entera me mata.
No será así toda la vida. En unas semanas se lo diremos. Tú eres con el que quiero estar.
Le pregunté cómo podía distinguirnos. Cómo podía ser posible, entre dos personas tan semejantes, que me eligiera a mí.
No lo sé, pero lo sé. Mi corazón late de otra manera cuando estoy contigo.
Esa frase era suficiente para aventurarse a un pacto de sangre. La besé y desabroché su sostén. Ella se rió y me dijo que nos apresuráramos.
El semáforo comienza a cambiar y yo todavía no he llegado a la esquina de la Ruta 15, una confusa intersección a la que llegan autos de tres direcciones diferentes.
Amarillo. Apreto el acelerador con más fuerza.
Amanda: la vez en que fuimos a un hotel en la Ruta 15 y sólo hicimos la siesta y luego me hizo ver una película francesa en su laptop. Cuando me dijo, qué ojos más verdes que tienes, y yo le dije para verte mejor. Cuando me dijo, qué nariz más recta que tienes, y yo le dije para olerte mejor. Cuando me dijo, qué labios más grandes que tienes, y yo le dije para comerte mejor, y me dijo qué esperas, esta Caperucita Roja está lista para que se la coman, y dejamos de ver la película.
Rojo. Ahora es más peligroso frenar que continuar la marcha. Lo peor que puede pasar es que un policía me dé un ticket.
Un Honda azul inicia la marcha al otro lado de la avenida.
Amanda: la vez que estábamos en la ducha de su casa y ella se arrodilló y…

(El segundo capítulo lo pueden leer en el grupo de Facebook Los vivos y los muertos.)

boombox Es ese día del año nuevamente. Parejas danzando en una caminata siamesa por los parques, cines y calles, vestidos iguales –generalmente de rojo y blanco-. Él, orgulloso, con el osito Teddy bajo la axila; ella, con ojos de alcoba, y el globo platinado que lee: “Te amo”. O su equivalente en inglés.

So kitsch. So Jeff Koons.

¡Ah, el amor es como lanzarse desde una montaña muy alta! La radio se inunda de melodías llamadas románticas, para todos los gustos, que de pronto es un solo gusto: un estado catatónico de melancolía al cual, como puros sado-masoquistas, nos entregamos con satisfacción.

Desde Korn hasta Julio Iglesias, desde rancheras al tango, desde música de banda hasta salsa romántica, y el campeón de todos los ritmos, el reggaeton seudo-romántico y desentonado, siempre hay un tema musical o banda sonora para metaforizar ese gran sentimiento abstracto. Sólo se requiere un amor, realizado o irrealizado, y bastante hígado (el poeta Edgardo Nieves Mieles dice que “el amor es una enfermedad del hígado”).

No falta la invitación a la “peña romántica”, la que siempre rechazo, pues, francamente, no me interesa que me pasen románticamente por ninguna peña. Tampoco falta la “bohemia romántica”, que es una frase para convocar a dos o tres para escuchar música corta-venas con la solemnidad de una Misa de Gallo.

En realidad la palabra “bohemia” alude a un grupo de personas o comunidad que se reúne para ensayar prácticas artísticas que generalmente no están aceptadas por la mayoría de la sociedad. O sea, una orgía puede ser una bohemia romántica.

Aquí comienzan los mitos, urbanos o no, acerca del amor. Que si te amaré toda la vida. ¿Cuánto piensa uno vivir? Que si no puedo vivir sin ti ¿Pero qué cosa más ridícula es esa? Que si mi corazón es un fuego ¿Hablamos de combustión espontánea? Que si pégame los cuernos pero no me dejes.

Y usted es la culpable de todas mis angustias y todos mis quebrantos, y por supuesto, la culpa siempre es de otro, no de uno, mientras Luis Miguel engorda la cuenta de banco.

Como marketing viral, el asunto va conflagrando y entonces vienen los temas de sentido inverso. Que si tú intentaras volver conmigo, te mataría y y, oh-oh: huelo crimen pasional. Que si serás para mí, oh, para mí. Digo, un tipo que diga una algo así, es un stalker en cualquier liga y eso puede poner al Romeo sin causa tras las rejas.

Que si bésame, bésame mucho, que tengo miedo de perderte, suena a un complejo de Peter Pan desviado. Que aunque te vayas por otro camino, sigues siendo mía, habla de una fijación obsesiva compulsiva. Que si esta tarde vi llover y vi dos aves besarse y pensé en ti, es una forma aberrada de bestialismo. Que si buscar la luz en el dolor de tu mirar, y no, no es el Marqués de Sade: es Armando Manzanero.

De pronto, las alusiones al amor conllevan experiencias religiosas, metafísicas, surrealistas –como esa canción de la banda irlandesa U2 (y, sí, U2 rules) que dice que “al mirarte, me siento como un pez en un gimnasio” [¿?]– absurdas y ridículas.

Some people fill the world with silly love songs, cantaba Sir Paul McCartney con Wings. So what’s wrong with that?

Oh, sí… nos gusta.

jose-santos-goth Nota: con este escrito de José E. Santos, autor de la novela Los viajes de Blanco White (Callejón, 2006) y del libro de cuentos Archivo de oscuridades, inicio incorporando aportaciones de otros escritores de mi preferencia y selección cuyas visiones me parezcan extensiones de ese continuo imaginario que de algún modo todos perseguimos.

Es curioso que pase el tiempo y que la contundencia de la violencia (contundencia y verdad absoluta, inevitable) nos siga lanzando a pensar en la posibilidad de un mundo en que cese. Quisiéramos. Y eso es todo. Todos pierden en la guerra. Nuestro destino es perder.

Cuando escribo, usualmente llega con suma facilidad la violencia a lo que ejecuto (¡vaya verbo!). Igual es una idea, un personaje, una secuencia vital o acaso marginal.

Está allí.

Enlaza incluso varios de mis relatos, les tiende un puente de sentido. Y según pasa el tiempo me pregunto si ha de ser posible ese mundo sin violencia, o acaso ese mundo en que se decida con mayor sensatez. Me quedo entonces con el convencimiento de que no ocurrirá, y que como lo es el paisaje o lo es la selección de lenguaje, la violencia es parte del espejo, que se supone que sea el texto, de lo que configuramos ante la realidad.

De ahí que nuestro deseo, el que se plasma en el papel, se sumerge en una riqueza desconcertante. Y tal vez ese regocijo estético esté afiliado o haya evolucionado de ese sentido de” euforia demencial” del combate. Así se refería mi padre a esas experiencias que siempre deseó olvidar durante su vida.

Hoy me acerco nuevamente al drama palestino-israelí. Y siento que nuestra ficción colonial palidece ante aquella trama, tan abarcadora y tan real. Aquí, nuestro juego kafkiano violenta nuestra psiquis y nos lanza a ese espacio en que nada perturba porque las cosas “siguen su rumbo”.

El borrón continuo, la falta de memoria, y finalmente, la falta de voluntad (política, social, personal).

La violencia ha de reconocerse, entenderse, asimilarse. Fuimos generados por ella, la generamos, la sentimos cerca siempre. Hagamos arte con ella. Verdadero arte. No malas novelas como el drama de nuestro pueblo. Vivamos como podamos las epopeyas que generan sentido, como la reivindicación palestina, y tantas otras.
-José E. Santos

next-publishing2LGEn tiempos de economías endebles, ¿qué nos depara el mundo de las publicaciones literarias? Si la Gran Depresión de los ’30 en los Estados Unidos –y cada vez el déja vú es más patente– despertaron generaron nuevas propuestas para hacer literatura, tanto en su contenido como en la explotación del medio –es decir, los modos de publicación del texto y su oferta y exposición-, los próximos años en este inicio del siglo XXI no serán mejor resueltos. Las grandes editoriales de alcance global ya han declarado el “freeze over”; o sea, menos textos serán aceptados y publicados, en particular si el manuscrito presentado proviene de un escritor desconocido o poco establecido.

No obstante, pese a que todos aspiran salir del blog al estrellato literario internacional, dicho fenómeno será cada vez menos plausible, delegando la posibilidad de ser publicado, más que nunca, sobre las editoriales medianas y pequeñas. Por supuesto, esto no presupone que dichas empresas culturales queden inoculadas del efecto adverso de la desarticulación de las economías nacionales en el mundo. Al contrario, la soga siempre romperá por lo más fino.

De todas formas, hablamos del survival of the fittest entre los escritores.

La publicación, suele decir Juan Gelpí, siempre es el más alto decir de un texto. Por tanto, los escritores tendríamos que afinar nuestra mirada hacia aquellas editoriales que mejor representen sus trabajos dentro de un espectro de opciones muy limitado. Por supuesto, siempre se puede publicar uno mismo y esto es lo que se espera que ocurra con mayor frecuencia a medida que la situación agrie. Lo que todavía no cambia, sin embargo, es el poco rango de credibilidad que tal gesta carece. Se lo digo yo, que pasé por eso.

Queda por cumplirse, entonces, la promesa de la revolución del libro digital. Yo me apunto.

Pero queda por cumplirse la muerte del romanticismo –demonio hecho ángel de luz en nuestra literatura puertorriqueña– y su búsqueda de la gran novela nacional. Es curioso ver cómo nos entregamos a las mismas metanarrativas que creemos, en suma ceguera del tiempo (a.k.a. novatada), erosionar.

Queda la posibilidad de que algún día la literatura pase a ser un mal –o, en su defecto, un bien, whatever, I take it– necesario, y no el código privado que algunos se cargan como a su Lola particular.

Queda la posibilidad de la posibilidad misma, dada, por supuesto, a lo posible.

imagen00 Hoy publica la revista Otro lunes el ensayo La Babia perdida de De Diego Padró, que presenta un breve sampler de mi estudio sobre En Babia: manuscrito de un barquicéfalo, de José de Diego Padró, que no sólo es parte de mi tesis doctoral, dirigida por el doctor Juan Gelpí, sino que será base de una ponencia más adelante en el año.

Y es que en un país de perennes olvidos, no sorprende encontrarse con un signo negado del imaginario puertorriqueño como lo es En Babia: manuscrito de un braquicéfalo (1940), novela de José De Diego Padró, escritor puertorriqueño vanguardista confinado a notas al calce y a percepciones panorámicas de su obra en los libros de historia literaria. Es En Babia… una novela que se desborda a sí misma, incontenible e inacabable, abrumadora y a la vez accesible sin dejar de ser retadora. Irreverente y solemne a la vez, En Babia… se desarrolla desde la fantasmagoría citadina hasta lo onírico subjetivo, desplazándose indiscriminadamente por un texto dispuesto a manera de avenidas y calles en una ciudad que aquí se hace de letras, y la que el lector recorre –lisa y estriadamente– los registros variopintos que van hilvanando la historia de Jerónimo Ruiz y Sebastián Guenard, sus protagonistas.

Para los que gustan de las grandes novelas, sepan que éste trabajo de De Diego Padró es un abrumador esfuerzo por desbocarse en el fracaso, mas no se sale del todo con la suya.

El resto del escrito, lo pueden leer aquí.

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