Inherent-Vice-Pynchon Entre mis libros fascinantes de este verano, Thomas Pynchon regresa con una nueva novela, Inherent Vice, la cual se alega viene escribiendo –como se dice de casi todas sus novelas – desde hace cuarenta años. Típico Pynchon. La prueba inherente en este caso es que el más reciente trabajo de este enigmático escritor se desarrolla en plena década de la caída de las utopías, los años sesenta.

Pynchon es uno de esos escritores cuyo descubrimiento se lo debo a Dianne Accaria, mi maestra y colega, quien me hizo leer Gravity Rainbow en uno de sus cursos pero nunca logramos terminar de discutir la obra de más de mil páginas.

No hard feelings. El esfuerzo, a la larga, se conjugo como ganancia.

Ya antes la doctora Accaria nos había remitido a Pynchon por medio de The Crying Lot of 49. Más tarde, me encontré con Vineland, y ambas obras constituyen, a mi entender, dos de sus trabajos más accesibles, si por accesible entendemos de extensión moderada. Siempre de incógnito, a Pynchon pocos le han visto el rostro o le han conocido en persona. Es un escritor fundamental al margen de los medios, mas, sin embargo, ha logrado manejar cierta notoriedad como ícono pop desde su aparición en un episodio de The Simpsons, donde aparecía con una bolsa de papel cubriendo su rostro y hacía del amor platónico de Marge durante escuela secundaria.

Inherent Vice, una distopía californiana, se considera como un homenaje y, a la vez, un lamento por la década del Flower Power. En el contexto narrativo, todo está intacto: la guerra en Vietnam, las pastillas anti-conceptivas, Hendrix, The Grateful Dead, Charles Manson y cualquier sustancia que obre a favor de la expansión de la conciencia. Todo esto compactado en una serie de conflictos, tramas y subtramas que conforman una polifonía rabelaisiana a manera de novela negra intelectual en el linaje de Raymond Chandler.

Sexo, drogas, psicodelia y un crimen que resolver.

Las expectativas son claras: es la novela más coherente y legible del más modernista de los novelistas posmodernos.

  movie Anoche, mientras quería mirar algo de tele educativa con mi hija , llegamos , por la condición precedente de tener tantos canales y no encontrar nada interesante, al Animal Planet. A pesar de que tanta veces he escuchado que los padres deben condicionar lo que sus hijos consumen visualmente, no podría decir menos: la experiencia fue peor que sentarse en un overkill de Saw y Friday the 13th.

Animales que se camuflan para atacar a sus presas. Arañas que le roban las presas a otros animales que se dedican a trabajar y a guardar lo que les costó trabajo –bueno, sí, cazar es un trabajo-. Peces que simulan que su lengua es un gusano para atrapar a los peces más pequeños. Anemonas marinas que se hacen pasar por plantas para devorar, de un golpe a su presa. Pulpos que asumen formas de belleza marina para fascinar a sus víctimas y comérselas con sutil facilidad.

Y así, nos entretuvimos con toda una gama de animales que supuran babas, membranas, venenos y cuanto remedio la naturaleza le da para logar su objetivo de supervivencia.

Y así, hasta que llegó la parte de los parásitos que atacan el cerebro y llegan a controlar la voluntad de sus víctimas.

Todavía de pensarlo siento el latigazo de sangre helada correrme desde la cabeza, camino espalda abajo. Es más, ante aquellas imágenes, cualquier película de terror parecería menos que un episodio de Plaza Sésamo.

Habría que evaluar toda esa violencia y depredación mutua y constante que se suscita en el reino animal y vegetal, y dar gracias a la evolución de que las arañas no sean tan grandes como las vacas, y que los pulpos no hayan aprendido a salir del agua, porque de lo contrario, seríamos sus bifes y, además, dominarían el mundo.

Oh, no. Esto no es ciencia ficción.

Y yo no soy el príncipe Hamlet, diría Eliot. Esto es animalismo puro y real y en este momento alguna serpiente se está engullendo un sapo.

El documental, educativo en principio, en realidad era toda una sádica gama de criaturas infligiéndose dolor, desmembrándose, luchando unas contra otras, sólo para que al final viniera otra especie y acabara la matanza.

Como espectadores, sentimos asco, estupefacción, maravilla y terror, todo en sensaciones sucesivas que hacían quedar en ridículo a cualquier peli de terror, pero que hacía más creíble a cualquier B-movie.

Y lo peor de todo: aquel horror me parecía tan humano. O tal vez sería que la humanidad me pareció tan animal. No importa.

Cuando Soph me preguntó porque el mundo era así, me entendí que lo que habíamos visto en realidad era un infomercial para una primera lección de lo que es la vida.

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Si piensas que la información es poder, piensa en lo que se puede lograr con la belleza.
Así opina la narradora de la novela de Chuck Palahniuk, Invisible Monsters, que trata acerca de una reina de belleza que pierde su atributo físico principal –su bello rostro- en un accidente.

Y tiene razón.

El concepto de belleza ha sido legitimizado, por centurias, dentro de una serie de órdenes restrictivos, estáticos y generalmente uniformes. Susan Sontag, en un ensayo titulado Women’s Beauty: Put Down or Power Source?, expresa la ineluctable realidad que vivimos hoy día: se ha separado la belleza interna de la belleza externa.

Y es más: hay una belleza para medir los hombres y otra que compromete a la mujeres. Es claro: los hombres son guapos, pero las mujeres son bellas 7-24-365, más el día adicional del año cuando es bisiesto. Suicide_Girls

Sea como sea, desde Platón, la estética humana es una forma sensual y formal de la virtud de excelencia humana como también se ha convertido en parte de una narrativa del ejercicio de poder. O sea, la belleza y la política se parecen.

Pero los tiempos cambian y los órdenes se revierten. Ante el concepto de la belleza convencional –que siempre es el concepto que alguien piensa para nosotros- ha surgido un nuevo parámetro de apreciación del cuerpo femenino.

Enter the Suicide Girls, un grupo de chicas que ha decidido aunar el arte del erotismo, el tatuaje y los pin-ups de principios de siglo pasado para elaborar una nueva estética de la mujer.

Aclaremos: no es el deseo de ser bello lo malo, como dice la Sontag, sino el deber que sentimos hacia ello.

Para las Suicide Girls –término acuñado por el propio Palahniuk en Survivor, otra de sus novelas– la belleza se inscribe de maneras creativas y exigentes en el arte de la piel, la vestimenta, el maquillaje, los adornos y el propio cuerpo. Piercings y tatuajes sobre pieles al natural. Es el performance de la seducción, destellando desde la marginación de lo gótico, punk y étnico. Son tanto un cambio de paradigma en el concepto de belleza como son un fenómeno social y su llegada al mainstream cultural les ha ganado elogios en respetables publicaciones que van desde el New York Times a Newsweek.

Si su concepto de belleza proviene de un catálogo de Avon, pues puede que todo esto le perturbe o dis-guste. Pero el gusto, a fin de cuentas, es hábito y costumbre, ¿no?

A terrible beauty is born, digo, por tomar un verso de W.B. Yeats.

Es una belleza que mete miedo.

Claro. ¿Que la belleza es poder? Intenten con el sexo a ver…

wtf_big_time-copy Decir malas palabras resulta ser un mecanismo tan antiguo como los tiempos en que apenas los humanos teníamos lenguaje. Steven Pinker, psicólogo de la Universidad de Harvard y autor de The Stuff of Thought, dice que maldecir equivale a una reacción tan natural como el maullido de un gato al que se le pisa el rabo.

Maldito por naturaleza con la insidia de la duda, le pregunté a mi gata y dijo: “Miau”, que debió significar algo así como @#*%, o !@#*.

Resulta que con la evolución de nuestras cuerdas vocales y, sobre todo, con la necesidad de crear un lenguaje para explicarnos el entorno, llegó la palabra soez en sentido degradado –palabra obscena, pero poderosa que, incluso, según un estudio reciente realizado entre 64 estudiantes de la Universidad de Keele, en Inglaterra, es el analgésico natural para sobrellevar el dolor.

Maldecir, sacarse un &%* o un #!#% cuando el cuerpo te lo pide, alivia.

Hace la situación menos angustiosa o tortuosa. Te empodera. Te iguala ante la adversidad. Hace, sin duda, llevadero el dolor. Porque, claro, es la palabra: siempre la palabra, como el verbo que se hace carne, el encantamiento, hechizo o conjuro que se invoca cuando se dice.

De algún modo, todos somos brujos al final.

Por eso, yo digo: ¿les tomó tanto a los científicos y psicólogos averiguar algo que mi madre sabía desde los primeros síntomas de parto antes de yo nacer?

Yo creo que los humanos, luego de descubrir el fuego, también formulamos otra manera de creación: la maldición. No vamos, claro, a especular que diría Adán a Eva cuando los expulsaron del paraíso por culpa de la última, ni lo que ésta pensaría cuando le dijeron: “Parirás con dolor a los hijos”, y mucho menos lo que ella dijo, como mi madre, cuando le tocó parir. El asunto al que quiero llegar es que es el lenguaje lo que nos sostiene, nos hace y deshace, nos crea y recrea. En fin, siendo el lenguaje una ficción en sí mismo, podemos concluir que ese poder que nos reafirma en la palabra también fortalece nuestras carencias. Toda palabra debe ser algo así como ausencia de algo.

Por eso, el divorcio de lo que se dice y lo que se quiere decir es inevitable. Un buen %*&^ puede ofender a alguien, pero quien lo dice lo articula más como un acto de liberación (la impotencia es una cárcel) que como ofensa misma.

Somos así.

Por eso, no hay palabras malas, sólo la posibilidad de decirlas con malas intenciones.

n100989363252_4324El Jefe regresa. Y lo de Jefe no es broma, ¿eh?

Ya pronto sabremos más. Por el momento, los dejo con la siguiente nota:

"El silencio de Galileo" es la nueva novela de Luis López Nieves publicada en América Latina y en España en verano del 2009. Durante más de cuatrocientos años la paternidad del telescopio, el instrumento que transformó nuestra visión del universo, ha estado en disputa. ¿Lo inventó el italiano Galileo Galilei? ¿El alemán Hans Lippershey? ¿O los holandeses Zacarías Janssen y Jacobo Metius?

Una presunta descendiente de Galileo le encomienda a la doctora Ysabeau de Vassy, profesora de historia de La Sorbona en París, la urgente tarea de resolver esta controversia histórica. Tras una larga aventura que la lleva a varios países europeos, la profesora hace una serie de descubrimientos que cambian para siempre la historia de la ciencia occidental.

En "El silencio de Galileo", la nueva y apasionante novela de Luis López Nieves, su autor vuelve a darles vida a varios personajes entrañables de "El corazón de Voltaire". Concebida en la tradición de grandes series de novelas como "La comedia humana" de Honoré de Balzac y "Los Rougon-Macquart" de Émile Zola, esta obra de López Nieves regresa al fascinante mundo cibernético-epistolar en el que habitan sus personajes.

Sniff, sniff…

Huelo éxito…

mt1156112322 El más reciente objeto de heroificación estadounidense es Steve McNair, hoy recipiente de halagos, homenajes y servicios religiosos para la salvación de su alma. McNair fue deportista estrella de los Titans de Tennessee y de los Ravens de Baltimore y condujo a ambos equipos al punto de mayor proximidad en tanto al Super Bowl, el Holy Grail del deporte americano, aunque, como buen rey Arturo, nunca lo obtuvo.

Pero el ‘si tan sólo’ a veces puede ser muy poderoso…

Como mariscal de campo –quarterback-, fue un determinado líder en la cancha y realizó proezas, pues, heroicas que fueron muy celebradas por la fanaticada.

El pasado 4 de julio, día de los héroes de la revolución americana, McNair fue asesinado, como informa la prensa estadounidense, por su “novia” de veinte años de edad, Sahel Kazemi, quien cometió suicidio tras el crimen.

El mundo del deporte, desde ESPN hasta la NFL, se olvidó de la pose de macho cabrío para llorar la pérdida de la estrella del futbol americano. En Tennessee, y a lo largo de la conocida “Bible Belt”, ese frente sureño de fundamentalismo protestante y conservadurismo social, el nombre de McNair fue enaltecido en alabanzas. Un héroe, dijeron muchos.

El acto de heroificar, si bien trata de resaltar las hazañas de una persona, es más un modo de percepción subjetiva. Se construye al héroe y se mitifica.

No me alzo en puritanismos consustanciales, pero McNair no fue asesinado por su “novia”; era su amante. La prensa, claro, ha observado muy bien el lenguaje con el que se refieren al caso.

El futbolista, casado y con hijos, llevaba tiempo en andadas poco auspiciosas para su imagen. En algunos medios noticiosos, se ha vendido la idea de que Sahel, quien conoció a McNair en el restaurante donde ella trabajaba como mesera, perseguía a la estrella deportista.

Como en toda caída heroica, la presencia de una mujer fatal es necesaria.

No obstante, el apartamento que ambos compartían y la Escalade que él le obsequió a ella apuntan a que aquí existía una relación formalizada.

Días antes que fuera asesinado, McNair y su amante fueron detenidos por la policía. La chica conducía bajo los efectos de sustancias embriagantes, y fue arrestada, multada y citada a corte. A McNair, líder cívico conocido y admirado, le dejaron ir, a pesar de un dudoso historial policíaco que nadie quiso resaltar. Luego, él mismo se encargó de fiar a su chica.

McNair impartía clases bíblicas en Nashville. Su pastor, Joseph Walker III, exaltó el compromiso del atleta con Dios e invitó a aquellos que hoy lo critican a arrojar la primera piedra. No era un hombre perfecto, agregó. Todo fue culpa del diablo, dijo su madre. Fanáticos, compañeros de equipo y otros conocedores del deporte lo declararon finalmente héroe, un ejemplo a seguir.

Y me perdí. Lo siento, pero me perdí.

El día de su sepelio, su esposa e hijos no levantaron la mirada en ningún momento.

portada final copy Ensayo del vuelo. Premio de Poesía Julia de Burgos 2008. Equinoccio de otoño, 2009.

Uno sabe que las cosas no pueden ir bien cuando el horóscopo le dice a uno: “Watch it. Uranus [your anus?] is going retrograde”. Fue tan elocuente el astrólogo que escribió eso, que tuve anclar la predicción como status update en Facebook y en Twitter.

Y es que no es fácil vivir en Genérika, ese estado de repetición uniforme, de déjà vus recurrentes y, sobre todo, de inexplicable absurdo. En Generika, todo es recuerdo y olvido.

Investigadores españoles acaban de descubrir que un incremento en la producción de la proteína RGS-14 pudiese hacer que un humano recuerde hasta por dos meses un objeto que vio una hora atrás. Si bien he dicho –y sostengo– que todo lo que somos es pasado, también me pregunto si no sería espantoso que uno quiera recordar por tanto.

Supongo que hacemos nuestra entrada oficial a los tiempos del Matrix, puesto que ya en Inglaterra han desarrollado una píldora para coartar la presencia de los malos recuerdos.

¿La advertencia que vendrá en el frasco de pastillas? “El uso de este medicamento pudiese prevenir el aprendizaje basado en errores o malas experiencias”.

O sea: pudiese terminar con aquello de que uno aprende a palo limpio. De hecho, de ser así, no aprenderíamos nada.

Claro que, dado el rumbo de los acontecimientos en el mundo –sin necesidad de enumerarlos–, la pregunta es si es que, alguna vez, los humanos aprendemos algo.

 

(La foto y el hairdo son de Sophia Angélica La Torre)

  --“En el tiempo de los árabes, sólo el rey, el caballo y la torre se movían como en el ajedrez actual, siendo en el siglo XV cuando definitivamente se instauraron los movimientos de la dama y el alfil. Es por este motivo por el que este mate, que necesita de la acción coordinada del caballo y la torre, se denomina mate de los árabes”—Ajedrez 365

Con la primera edición agotada, Vicios de construcción acaba de recibir la detenida atención del escritor y crítico Mario R. Cancel. Lo que llama mi atención es que el profesor Cancel ha visto algo más que poesía preciosista –como hace poco comentó alguien sobre mi trabajo-. Comienza el escrito:

La escritura de Elidio La Torres Lagares, otra vez, trasciende el ámbito de la poesía fácil y el mero acomodo de palabras. En Vicios de construcción se topa el lector con una valiosa propuesta sobre la naturaleza del ser. El poemario es una reflexión profunda sobre varios asuntos teóricos con una largo historia que nunca envejece. En este caso se trata de la discusión de una naturaleza que ya no lo es puesto que nunca ha estado allí independiente de la reflexión o la acción humana. En ciento modo la discusión que aquí se acomete muestra al lector un ser que es un siendo. Esto sucede porque ser siempre se niega o porque está guiado por una dialéctica inquieta que jamás se resuelve de manera definitiva. Nada queda fijo detrás de esta poética”.

Aparte de don Julio Ortega, Cancel es el único otro crítico que se ha percatado del intento rebuscar en las raíces filosóficas de la poesía. Pero, como siempre digo, le lectura es del que lee. Cada quien verá lo que a su mente acuda. Yo sólo quería escribir un poemario sobre la transitoriedad de la materia y la persistencia de la memoria, esa manera del tiempo de decirse conocimiento.

Que por bajar la intensidad un poco, nos alineamos en la buena jerga boricua al otorgar el máximo elogio que se puede hacer a un persona que alcanza gran habilidad física y conocimiento: Mario Cancel es un caballo.

El mate es al lector.

Nada. Que si desean leer más sobre el comentario de Mario, pueden visitar su enlace en Lugares imaginarios.

 

Dos clips del magistral “Requiem Domesticus”, llevado a escena el pasado 21 de marzo de 2009 en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico.

Arriba, “Me han robado la voz”; abajo, “Lacrymosa”.

La composición es de Carlos Alberto Vázquez, y los poemas de Elidio La Torre Lagares.

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