cien mil generikans

Y fue en febrero del 2006 cuando entonces dije, “¿Un blog?” Y un blog fue. Personal, dije, donde yo puda ser yo lejos de los tribalismos buona fide que se suelen generar en torno a este medio. He agradado a alguna gente, he recibido lodo de otra, pero sobre todo, me he acercado a buenas amistades que comenzaron a leerme aquí y han seguido conmigo.

Hoy, a las 7:45 p.m., el visitante número 100,000 llegó desde Cánada.

En el mismo día, mi hija ganó el campeonato de ajedrez de las Escuelas Católicas y mi novela se fue para España, cosa que no le importa a nadie, pero si convenzo a mi editor de que 100,000 personas podrían querer leerme, pues mi hija pudiese seguir ganando campeonatos de ajedrez. Así que cuando venga por mi blog, señor editor –que yo sé que sí vendrá–, piense en esa posibilidad.

(Bueno, al menos lo intenté, ¿no?)

ilusionismo2 Dado el hecho de nuestra consecuente notoriedad por los alrededores de la ciudad colonial, decidimos refugiarnos ciudad adentro, en la vejiga de la posmodernidad: el San Juan nuevo pero podrido. En específico, nos dirigimos hacia Río Piedras. Esa pobre parcela urbana es una ciudad de muertos y fantasmas que son la misma gente de siempre en las mismas esquinas y en los mismos bares. Lo que cambia son los nombres y las ocupaciones. Pero en Río Piedras también vivía Pepo Watson, un venezolano dueño de circo que pasaba gran parte del tiempo en Puerto Rico. Eso cuando no lo estaban buscando por piratería circense en México, Chile, Colombia o cualquiera de esos países por donde él llevaba su espectáculo: el Gran Cirque Du Luneil.

Iggie, por supuesto, no conocía hacia dónde nos dirigíamos.

Él viajaba pegado a la ventana como pez en pecera rodante.

Aquello debía ser como una pintura de Dalí para él: tanto surrealismo arquitectónico, tanto edificio en ruinas, tantos carros en las avenidas y tanta gente a pie a la misma vez.

El muchacho ni pestañeaba.

Tenía los ojos llorosos y enrojecidos.

Yo le dije que podía pestañear en confianza, que aquí no se cobraba por eso. Aquí se cobraba por todo, especialmente si uno era de clase media. Aquí existe toda clase de impuestos, Iggie, le dije. Ya verás que hasta al precio de los condones le van sumar un arbitrio especial, dije. La gente se va a tener que conformar con frotar la lámpara para que salga el genio, si me entienden, porque de lo contrario, entre el espectro del SIDA y la sobrepoblación, tener sexo pronto se convertirá en un lujo, por lo que cabe la posibilidad que el gobierno le incorpore un arbitrio también, añadí. Iggie me miró sin entender un comino de lo que yo le hablaba.

La realidad para él era una cosa inasible en aquel momento, una cosa demasiado grande, como un piano cuyas teclas nunca acaban. Pero, ¿para qué hablarle de un país en bancarrota, sin empleo, sin educación, pero con muchos funcionarios públicos dándose la vida de un pachá?

A la llegada al corral de autobuses, divisamos un enorme cartel publicitario que anunciaba la llegada de los Hermanos Watson a San Juan.

—¿Ves ese regordete con cara de Porky Pig con bigotes que está en ese anuncio? —le pregunté a Iggie—. Pues ese es mi amigo Pepo Watson.

—Parece una caricatura.

—Lo es. No sé a qué caricaturista demente se le escapó del tintero. Ahora, ¿ves a esa hermosa doncella que se ensucia sus tersos y níveos brazos postrándolos sobre el puerco de Pepo?

—Sí, la veo.

—Pues esa es Venus.

—¿La diosa?

—Sí. ¿No está buena?

—No sé.

—Impío. Deja que la veas en persona.

Ah, Venus, Venus, Venus...

La contorsionista del Cirque Du Luneil.

Una frágil chica venida desde la Grecia misma y nacida desde el ramalazo divino de Zeus.

Su boca era una rebanada de fresas jugosas cortadas justo a la medida de mis labios. Sus ojos prometían grandes promesas color índigo y era como zambullirse en un cielo y nadar hasta el comienzo de esa cúpula bajo la cual los planetas y los astros rotan. Su rostro era un lienzo de pétalos que perfumaban miles de poemas en noches de sublime oscuridad y distancia de los cuerpos. Su cabello era negro y aromático como el café acabado de colar en una tranquila y suave mañana de domingo. Pero su voz era menos que un susurro que apenas alcanzaba a los registros del mundo de los demás humanos, porque no podía hablar.

Tanta belleza no podía ser perfecta y yo la deseaba así, callada. Como el poema de Neruda. Me gustas cuando callas, y como callas todo el tiempo, me traes de cabeza, nena.

Ah, Venus, Venus, Venus... sirena que cambió las palabras por piernas.

En fin, llegamos a una oficina en el primer piso de un edificio que, por mi madre santa, parecía un palomar de ratas. Ya sé que en los palomares sólo viven palomas, y que un ratón con alas sería un murciélago, pero por concesión de la famosa licencia poética, yo digo que aquello era un palomar de ratones y arriba el posmodernismo, que todo lo aguanta, aunque sea más bien una cosa de mundos caídos.

Y allí estaba el enorme Pepo Watson, con su barrigota llena de kilómetros infinitos de intestinos, sus pantalones sujetos por tirantes, porque no existía correa que pudiese rodear aquel perímetro de panza. Para variar, estaba hablando por teléfono, su gran fetiche. Siempre tenía un auricular cerca al roce de sus labios y asomado a sus oídos. Cuando me vio me indicó que pasara y me sentara, sin quitarle los ojos de encima a Iggie.

—Sí, sí, sí... no hay problema, señor de la Guarda— continuó al teléfono—. Comenzaremos puntualmente. Será una gran gala. Sí, señor. No se preocupe. Venus estará allí. Sí, si quiere. Puede firmar autógrafos, por supuesto. Como no, señor de la Guarda. Y sobre aquel asunto de campaña. Será un placer aportar a la elección de nuestro futuro líder. Buenas tardes. A usted también.

Colgó el teléfono repentinamente, dio dos palmadas y luego se levantó para saludarme.

—¡Simón, Simón! ¿Qué te trae en tan dichoso día por mis oficinas?

—Vengo a saludar a un viejo amigo, que parece que está muy contento hoy.

—Es que acabé de hablar con Ángel de la Guarda.

—¡Ah, dulce compañía! No me desampares ni de noche ni de día...

—No seas gafo. Ángel de la Guarda es el ayudante especial del candidato a la gobernación Enrique Posadas.

—¿Ya es candidato oficial?

—Todavía no. Lo será después de la función de gala privada que presentaremos esta noche para recaudación de fondos para el partido.

—Es un oportunista. Como todos. Primero, que no,no, no tengo ambiciones; segundo, que haré lo que el pueblo me pida. Claro, el concepto de “pueblo” son dos o tres igual que él que le venden a uno la imagen de que, en efecto, el “pueblo” lo quiere. ¡Pero es todo un constructo!

—Lo que sea, vale.

—¡Es una impostura!

—Ni modo.

—¿Quién carajos les empodera para hablar “por el pueblo”? Aquí hay gente que ni lee ni escribe y votan, por tanto, no deberían ni estar inscritos. ¿Cómo me van a decir que ese voto inculto vale lo mismo que el mío?

—Se llama democracia, creo.

—Y tu, gordo amazónico, no me hables de lo que tu país carece.

—Pues vete a vivir a él. Te lo regalo.

—No, gracias.

—Bueno. ¿Ya te vas?

—¿Esta noche es la cosa?

—¿Qué cosa?

—La función para el candidato a gobernador.

—Correcto, así que no tengo tiempo que perder. ¿Se te ofrece algo? Ya ando con prisa.

—Andas con dificultad.

—Pero tengo más dinero que tú, vale.

—Bah. Ni que lo quisiera.

—¿Entonces? ¿No vienes a pedir prestado ahora?

—¿Yo? ¿Yo? No, no, Pepo. Te has equivocado conmigo. ¿Yo? ¿Venir a pedirte dinero prestado?

—¡Sí, tú! Total, no sé por qué me preocupo si nunca me lo devuelves.

—¡Calumnia de las calumnias calumniosas! No le hagas caso Iggie. Así son los capitalistas.

—No sé de qué hablan —dijo Iggie.

—Qué bueno —comenté.

—Pues para perder el tiempo, mejor me voy que tengo cosas importantes que hacer —dijo Pepo mientras desplegaba su inmensa humanidad en la reducida oficina.

—No, espera —dije—. Me acompaña Iggie. Iggie Valparaíso.

—Ajá. Mucho gusto —dijo el gordo saludando amablemente a Iggie. Luego añadió—: ¿Y?

—Pues Iggie es un gran mago.

—Ya tengo mago.

—No como Iggie.

—Tal vez no, tal vez sí; pero es el que tengo.

—¿Todavía estás enredado con Katano? Ese mago de tercera que sólo saca conejos de su sombrero, y hasta los conejos tienen sarna. Iggie no; Iggie es especial.

Pepo miró a Iggie. Encendió un habano. Expulsó un tornado de humo de aquel par de hoyos negros que eran sus pulmones, y dijo:

—¿Bromeas? Este tipo tiene cara de quién se comió mi queso.

—Vamos, las apariencias engañan. ¿Cómo te atreves? Insolente serás, Pepo, y no quiero decir ignorante. ¿Te engañan las apariencias? Pues, por eso, más que mago, es... ¡el gran Iggie Valparaíso, el Mago Ilusionista!

Pepo se quedó tan inmutado como una enorme estatua de granito.

—Deberías ver lo que hace —continué—. ¡Puede desaparecerse y todo, Pepo!

—¿Ah, sí? Pues que haga puf y que se vaya de aquí. Y si te desaparece a ti también, mejor. Simón, no tengo tiempo para novatos.

—Conque novatos, ¿eh? Iggie, dale una demostración.

—¿Qué quieres que haga? —dijo Iggie inocentemente.

—Pues, un acto. Cualquier cosa. Lo que quieras con tal de cerrarle la boca al gordo este. Después comeremos.

—¿Comeremos?

—Sí. Lo que quieras. Pepo invita.

—Yo no he dicho nada —aclaró Pepo molesto.

—No le hagas caso, Iggie. Es muy modesto. Sólo haz algo de magia para que él vea.

Iggie pensó. Miró a su alrededor. Miró por la ventana. Salió a la calle. Miró en todas las direcciones que sopla el viento. Se rascó la cabeza.

—¿Qué hace? —preguntó Pepo.

—¡Sshhh! No puedes desconcentrarlo —dije.

—Vale, ni que me fuera a escuchar. Hay más ruido allá fuera que mil canteras trabajando al unísono.

Iggie se tornó hacia nosotros.

Nos sonrió ampliamente y nos mostró su dedo índice como quien de pronto es abrazado por una gran idea.

Cruzó la callé.

Puso sus manos sobre un bote de basura que estaba repleto de desperdicios.

Cerró los ojos.

Hubo un gran destello que llamó la atención de los que concurrían por la destrozada plaza de recreo de Río Piedras.

Entonces, a medida que la gente comenzaba a acercarse a ver qué sucedía (porque en Puerto Rico cualquier cosa llama la atención y provoca una conmoción), Iggie comenzó a extraer hamburguesas, papas fritas, malteadas, Coca-colas y helados, en fin, el reino de la basura que la gente promedio consume diariamente en este país revividos desde el reino de la materia descompuesta.

Un intenso olor a comida rápida se apoderó del centro de Río Piedras, y la gente comenzó a peregrinar hasta el bote de basura desde donde Iggie extraía la comida.

La gente comenzó a empujarse para abrirse paso y tener acceso a lo que fuera. No era que estuviesen tanto muertos de hambres, que no lo estaban porque en este país el que se muere de hambre es porque es pendejo o algo así, sino porque era comida gratis, y en la meca del vacilón se dice que if it’s free, it’s for me.

El cigarro de Pepo se deslizó lentamente desde la caverna de su boca y cayó al suelo, de donde yo tuve que recogerlo porque la barriga del dueño del circo apenas le dejaba ver la punta de los pies, menos le permitiría inclinarse a recoger un puro.

—¡Qué maravilla! —dijo.

—¿Verdad que sí?

—¿Cómo logró que la gente se comiera los desperdicios? Digo, ustedes los vagabundos están acostumbrados a eso, pero ahí hay gente de toda clase comiéndose la basura.

—No es basura. Y yo no recojo comida de los basureros, ¿eh? Lo que sucedió fue que Iggie convirtió la basura en comida, so pendejo. ¿No lo viste?

—¿Cómo cuando Cristo revivió a Lázaro?

—Exacto, pero aquí el truco es más práctico, porque a Lázaro no se lo podían comer.

—Ah, es un ilusionista.

—Te lo dije.

—Y de los buenos.

—Claro. Si no, yo no estaría aquí.

—Le ha hecho creer a todos que esa comida es digerible.

—¿Qué dices?

—Pues que es una ilusión. Sabrá Dios qué cosa se están comiendo.

—Gordo con corazón forrado de grasa. Por eso es que no sientes, los triglicéridos y el colesterol no dejan tu corazón en paz. ¿Cómo se te ocurre pensar que es un engaño y que esa gente come materia descompuesta? No tienes corazón. Mira sus caras. Se están dando el atracón del siglo. Y si no me equivoco, aquel que casi no puede tragar es el mismo Iggie. ¿Comería Iggie alimentos podridos?

—No sé. Cara de estúpido tiene.

—¡No le digas estúpido al chico! Lo que es, es... que es... inocente. Carece de maldad.

—Perfecto —dijo Pepo—. Le pagaré lo que me dé la gana y comienza a trabajar hoy mismo en el circo. Quiero que convierta aserrín en palomitas de maíz o algo así. La función es a las ocho de la noche. ¿Estamos?

—Y, ¿qué por ciento hay para su manejador, que soy yo?

—Lo que haré contigo es que me olvidaré de todos los favores que me debes; favores que terminan con la “S” de dólares.

Quedó acordado, por supuesto, y por mutuo acuerdo, que yo no cobraría un centavo por el momento, y que nos desplazaríamos de inmediato hacia el campamento circense que se establecía, como todos los años, en el estacionamiento del Estadio Hiram Bithorn, en el corazón de la ciudad.

Ilusionista La Nana se persignó, cogió las maletas y se marchó. Dijo “Busquen las respuestas en Dios” y después, pesé a mis constantes preguntas de último minuto, no dijo ni ji. Ustedes saben, que qué voy a hacer con el bambalán; que si ella tenía idea lo difícil que era mendigar para uno, imagínese para dos; que la calle estaba dura y la competencia era atroz; que si ella estaba consciente de lo que hacía. La Nana sólo dijo: “Busquen las respuestas en Dios”.

Para Platón, la dialéctica daba paso a las formas y a las ideas, las cuales se supone que fuesen racionales y eternas, pero para la Nana, al parecer, en su mejor derivación de Hegel, la verdad conceptual, residía inmanentemente en todas las cosas.

Pero esto es un mundo en constante cambio, ¿no?

Nada es estático, porque, para comenzar, no hay centro.

Llámese posmodernidad a este berenjenal de ideas, donde nada es permanente y, por tanto, pregunto yo, ¿no estaría la verdad eslabonada a ese constante cambio de las cosas, y, por ende, a la idea de Dios? O sea, que la muy sabia lo que nos estaba diciendo en buenas palabras era “resuélvanselas como puedan”, y yo gustosamente la hubiese enviado tomado a tomar por las sentaderas, pero ya era tarde.

De ella sólo quedaba el eco de su sombra.

Iggie, demás está decir, no se daba por enterado. Su origen era desconocido, porque, según la Nana, hasta su nombre era inventado por el Dr. Genenstein. De lo contrario, sería Ignavo Genenstein, pero no, se llamaba Ignavo Valparaíso. Eso de por sí ya era un enigma.

La Nana no tenía datos de la madre del niño o si simplemente este había nacido en un platanal. Me contaba que ella tuvo la suspicaz idea de preguntarle al doctor Genenstein, en un momento que éste gozaba de una afable borrachera, por la madre de Iggie. La Nana pensaba que las marejadas de alcohol en la sangre del doctor provocarían una apertura de las compuertas que contenían los secretos y que las verdades saldrían en bancos de incontenible chisme, pero no. El doctor comenzó a hablar de cómo un día la mamá de Iggie salió de paseo por un monte de Adjuntas, donde abundaban bellas aves y flores, cuando una suntuosa enredadera le ató por los pies y le subió por las piernas, le circundó la cintura, le apretó los pechos, se enroscó en su cuello y bajó lentamente hacia la pubis, y ya la mujer no pudo huir porque una sesión de espasmos correntosos tomó posesión de su piel y tuvo un orgasmo tal que ese día nacieron miles de nuevas estrellas. Tiempo después, al pie de un sauce, la mujer tuvo contracciones y cuando abrió las piernas para dejar que su criatura viniese al mundo, una gran enredadera gris salió de su vientre y se arrastró por todo el prado hasta cubrir el campo, las montañas y toda la geografía que la vista podía recorrer. Enredado en la planta llegó Iggie.

La Nana, al escuchar dicha historia, se le quitaron las ganas de seguir preguntando y prefirió pensar que el doctor, sumido bajo algún encanto dionisiaco, hablaba incoherencias que no le ayudaban a conocer el verdadero origen del niño, pero sí la asustaban.

Yo, a pesar de lo maravillado del relato, insistía en que si no hay hijos sin padre, menos hijos sin madre, aunque haya mucho hijo de puta cuya madre no tenga culpa de la suerte escogida por el hijo.

Iggie tenía que tener a alguien y ese alguien era mejor que apareciera, porque mi misión en la vida no incluía hacer de niñero a un mago. Para colmo, no tendríamos derecho a dormir bajo el techo que había visto a Iggie crecer porque la propiedad era alquilada, y ya la Nana había entregado las llaves y el derecho a disponer de todos los muebles y pertenencias de la mejor manera que el casero estimara.

Esa primera tarde en que Iggie comenzaba a estar bajo mi tutela, no hablé mucho. Yo soy un hombre de palabras, de hablar profuso y ameno. Yo hablo con las palomas, con las paredes, con los barrenderos, con los turistas, con todo y todo el mundo. La timidez no es problema conmigo. Pero aquella primera tarde con el Iggie a cuestas, no tenía ganas ni de cagarme en mi propia madre. Yo viajaba en el tiempo arreando mis pensamientos hasta llegar al sofisma kármico que me había ganado aquel indeseable bulto.

El chico no era malo, que conste y no me malentiendan. Hasta aquel momento, su único defecto era que comía como una llaga y no había manera de explicar como tanta comida podía ser almacenada en aquel esquelético cuerpo. Simplemente era un barril sin fondo, como dicen por ahí.

Muchos limosneros pierden la limosna.

El problema era, primero, como conseguir comida para satisfacer dos bocas, y, segundo, como deshacerme de él sin cometer filicidio.

—Oye, Iggie, ¿tienes hambre? —resolví por preguntarle a eso de las once de la mañana de aquel día calurosamente tropical.

—Sí. Mucha —contestó, como yo esperaba.

—Pues la gente acá afuera trabaja para comer y vivir.

—Sí, entiendo que eres un vagabundo —dijo Iggie.

—¿Quién te dijo que yo era semejante barbaridad?

—La Nana lo dijo, ¿recuerdas?

—La Nana no tiene derecho a opinar aquí. Mírala a ella. Te abandonó.

—Ella siempre vuelve para prepararme la comida.

—Pues siéntate a esperarle esta vez. Y, para que te quede claro, no soy vagabundo, soy un errabundo. Como Apolonio, que era un errabundo.

—¿Errabundo? ¿Y en que se diferencia de un vagabundo?

—Sencillo. El vagabundo es de clase baja. Yo tengo caché. Me cepillo los dientes y todo eso. No hay nada peor que una persona con una letrina por cavidad bucal. Los vagabundos desconocen la existencia de los dentífricos, de los enjuagadores bucales y del hilo dental. Eso, entre otras cosas, porque yo soy filósofo; y ellos son vividores.

—Para mí no hay diferencia. Barco varado no gana flete.

—Primero: no me hables con refranes. Segundo: ¡Nadie pide tus opiniones, señorito mago! A ver para que te sirve la magia si no puedes ver lo obvio, que es que yo pienso, y ellos no, ¿viste? Mejor dejemos el tema, porque no entiendes nada de nada.

—Eso decía Nana.

—Y razón tenía la vieja gansa esa.

—Pero yo sé muchas cosas.

—¿Ah, sí? ¿Cómo cuales? ¿A ver?

—Como hacer que los animales me obedezcan, controlar el clima, hacer y desaparecer objetos. Cosas así.

—Hacer y desaparecer científicos locos, ¿verdad? —dije con característico cinismo que característicamente Iggie no absorbió.

—¡Sí! —dijo riendo, como alimentado por una alegría muy dentro de él y a la vez muy distante en la memoria—. El doctor debe estar donde quería estar, aunque no creo que estaba loco.

—¿Y dónde queda eso?

—En 1935.

—¡En medio de la gran depresión! Pero que sí eres mala fe.

—En medio de la plenitud científica de Einstein. Quería hacerle unas preguntas para poder confirmar la posibilidad de poder regresar al presente si llegaba a viajar al futuro. Ese es problema de viajar al futuro, ¿sabes? Hay que tener claro como volver, porque él no utilizaba máquinas ni computadoras ni cosas así.

—Utilizaba, por supuesto, tu magia, ¿no?

—¡Sí! —dijo con quien se siente orgullo de ser útil con lo único que sabe hacer.

—Pero supongo que él sí sabía como viajar al presente.

—Supongo.

—¿Supones?

—Sí, porque si viaja al pasado, entonces regresar sería como viajar al futuro, cosa que Einstein y él sí sabían.

—¿Estás seguro?

—No.

—Oh, Dios.

—Pero a él no le molestará quedarse por allá. Además, Einstein lo puede ayudar a regresar al presente, porque sabía como viajar al futuro. Él sabrá cómo, ¿no crees?

En verdad, ya ni sabía en qué creer, así que me di por vencido.

Aquella conversación no podía entenderse por lógica porque estábamos hablando de cosas tan abstractas e inexistentes físicamente como el pasado y el futuro. Eso sí, el chico había pronunciado más palabras en los últimos cinco minutos que todo lo que había hablado en dos días que llevábamos juntos. Sin duda, la falta de interlocutores había hecho al muchacho sumamente introvertido, pero ahora, muy cándidamente, se soltaba como un soplido en el viento.

—¿Cómo pudiste vivir encerrado tanto tiempo? —persegui una lógica, pero Iggie no me contestó.

Sólo sonrió.

—Mi raza está acostumbrada a eso. Es designio del destino.

—¿Tú raza? Ay, no, que ahora te me acomplejaste y te me pusiste con la paranoia étnica. Ser estúpido no es una raza, corazón.

—No, no. Yo provengo de un tiempo dorado donde los sueños eran signos que simbolizaban una realidad por nombrarse. Yo provengo de las mismas tribus de los magos medos.

Abrí los ojos así, bien grandes, como si me hubiesen halado la misma punta de los nervios ópticos., que empiezan donde termina el sistema digestivo.

Ahora sí que la cosa se ponía buena.

El muchacho tenía episodios de perdida de la identidad que se difuminaban en lo recóndito de lo imposible. No obstante, recordé que Heródoto escribió sobre los medos, aunque fue muy tacaño con sus datos.

—Cuenta la historia —narró Iggie—, que un hombre llamado Astiages, rey de los medos, tuvo un sueño en el que un ave de luz le devoraba el corazón. Al llamar a sus magos intérpretes de sueños, estos concluyeron que el sueño era un augurio de muerte y destronamiento del rey. Los sabios coincidieron que se trataba del hijo de Mandane, la hija del rey. En aquel entonces, el rey decidió casar a Mandane con un hombre persa llamado Cambises. Cambises era de clase media alta, y al no ser de la misma alcurnia que Mandane, cualquier hijo que tuviesen no podría heredar el trono. Pero llegó el nacimiento del nieto de Astiages, y el rey volvió a tener el mismo sueño. Astiages resolvió por ordenar la matanza del niño, que respondía al nombre de Ciro. La persona encargada de cometer el asesinato no tuvo corazón para deshacerse de la criatura, y optó por dejarla en manos de un pastor persa.

»Ciro se hizo rey entre su gente, y cuando Astiages se enteró que su nieto vivía, llamó a los magos para confrontarlos. Por supuesto, los magos se defendieron, y dijeron que la profecía se había cumplido, pero no en contra de él. Ciro, en efecto, ya era rey, y ya no podría destronar a Astiages. Los magos convencieron al Astiages de que ellos no hubiesen podido fallarle, porque ello representaría poner en riesgo el poder y el prestigio del que los magos gozaban. Ciro se levantó en armas contra su abuelo y lo destronó. Ese fue el comienzo del Imperio Persa.

—Increíble. ¿Tú estás medicado o algo así?

—Medicado, no. Pero queda más. Ciro tuvo dos hijos, Esmerdis y Cambises. Esmerdis era el primer heredero al trono y para asegurarse de que no fuera así, Cambises ordenó el asesinato de su hermano. En consecuencia, Cambises se convirtió en el rey. Los medas, que aún tenían presencia social, quisieron deponer a Cambises, a manera de venganza contra el desprestigio y humillación que les había provocado Ciro. Uno de los medos, Paticites, que fungía como gobernador en ausencia de Cambises, le pidió al mago Gautama que se disfrazara como Esmerdis un día que el nuevo rey se encontraba en Egipto. El mago Gautama, quien guardaba un parecido muy singular con Esmerdis, hizo su entrada al palacio reclamando el trono y acusando a su hermano Cambises de intento de asesinato. El pueblo, indignado, lo apoyó. Cuando Cambises se enteró de los sucedido, le pidió cuentas al verdugo de Esmerdis, y el asesino le confirmó que sí, que había matado al hermano mayor del hasta entonces rey. Cambises partió de inmediato para resolver el asunto, pero debido a un extraño accidente que le ocurrió en el camino, nunca logró llegar al palacio. Entonces, el verdugo, único testigo de lo que realmente había sucedido, declaró en corte que él nunca había cumplido las órdenes de Cambises y que el mago Gautama era, sin duda, Esmerdis.

»Así Gautama rigió por mucho tiempo, hasta que, atormentado por su conciencia, el verdugo confesó la verdad en público y luego se suicidó. Entonces, un príncipe persa de nombre Darío, hijo de Histapes, entró a corte con otros seis nobles y reclamó el trono de vuelta para su pueblo. Paticites y Gautama sufrieron ejecución pública, y ello inició una oleada de persecución contra los magos, quienes a pesar de que perdieron el prestigio social y político de una vez por todas, conservaron su gran fama de conocedores y detentores de un poder oculto, que les permitió que, al menos en ese sentido, fuesen respetados y consultados. Desde entonces, los magos, aunque llegaron a dispersarse por toda Grecia, China e India, han aprendido a vivir en marginación.

Boquiabierto y patidifuso, las babas inundaban mi boca ante la maravillosa historia que Iggie acababa de hacer.

—¿Quién te ha envenado la razón de esa manera, muchacho?

—Eso me lo contó el Dr. Genenstein, que era mi maestro —respondió muy orgulloso el mago, y luego añadió—: Tengo hambre.

Aprovechando la coyuntura para salir del tema, le dije que tenía un plan para conseguir comida, porque a la Dulcinea ya no podíamos ni asomarnos, así que había que buscar la manera alterna de incitar a la caridad humana. Iggie dijo, muy dispuesto, que me ayudaría en lo que fuera y que haría lo que yo le pidiera. Inmediatamente le solicité que materializara algo de plata, pero me dijo que no, que para lucro personal la magia no mediaba, que así era de seria su vocación. Así, pues, nos fuimos de allí caminando en silencio Calle Cristo abajo, pero yo no podía dejar de pensar en que en la historia de los medos que había narrado Iggie se encerraba el misterio y la respuesta de por qué nunca se supo mucho de los sabios de Oriente que fueron tras el rastro de la estrella de Belén, y de los que, aparte de mencionarlos en la crónica del nacimiento del niño Jesús, nadie dijo un carajo de nada.

El sol se acoplaba en pleno firmamento como el gran bulbo soberano que es y sus tentáculos de fuego calentaban las calles del Viejo San Juan, llorosas de historia, vómitos y orín, que era a todo lo que se habían reducido las pintorescas callejas de tantos años de suelo sin patria, cuando Iggie se plantó en medio de la calle Cristo, frente al Bar María’s. Centenares de turistas poblaban las aceras, maravillados ante la magnífica ingeniería caótica —manifestación del fracaso de la modernidad— de poder albergar tanto automóvil en tan reducidas calles, cuando se sintieron atraídos por la presencia de Iggie con sus brazos extendidos paralelamente con el horizonte. Otro que se hace pasar por un loco más del pintoresco San Juan, debió pensar la gente, porque eso era lo que parecía, pero luego Iggie, como poseído por un demonio, abrió aquella bocota de maestro de ceremonias de un circo y dijo:

—Damas y caballeros, ladies and gentlemen, el Gran Ignavo Valparaíso les va a obsequiar con lo mejor del arte más antiguo del mundo.

—¿Prostitución? —preguntó un turista que se había interesado en el singular protocolo, quien sabe si haciéndosele la mente agua y fermentándose los pensamientos con fantasías homoeróticas donde Iggie era el protagonista.

—¡Ay, qué bueno! ¡Prostitución gratis, darling! —dijo una sueca entrada en edad a su marido, quien probablemente estaba muerto hacía tiempo y ella no se percataba.

—No, no es prostitución, damas y caballeros, ladies and gentlemen —aclaró Iggie—, se trata de un acto de magia.

—Hijole —comentó otro turista mexicano—, pues yo como que ya me afilaba los dientes.

—No los voy a decepcionar —dijo Iggie, con aquel tono de voz ficticio y pendejo que me arrebolaba las pelotas de una manera descarada. Digo yo, nadie hablaba así. Ni siquiera Gómez de la Serna cuando se subía al trapecio a recitar sus greguerías. Qué va. Semejante ridiculez. Ya yo comenzaba a arrepentirme del plan maestro, que consistía en que una vez el público del restaurante se distrajera y abandonara sus sillas, yo comenzaría a saquear las mesas y a llevarme todo lo apetecible a mi paladar, y que cupiera en mis manos y brazos.

Debo aclarar en este momento que mi manera de proceder no constituía un robo.

La comida es una cosa sagrada.

Por eso uno va a misa y le dan un aperitivo de hostia, aunque no de vino.

Gansos curas.

Se lo quieren todito para ellos.

Pero la comida no, ¿ven?

Si vamos a ver, deberían regalar el vino también, que viene de las uvas, ¿verdad?, y mi punto aquí es que la comida es la parte que aporta la Tierra en este acuerdo de subsistencia donde nos toca compartir del mismo aire. Se supone que nosotros, a cambio, cuidemos de ella, y tarde o temprano, por desencadenamiento y circunvolución intestinal, le devolvemos a la tierra lo que es de la tierra, y así, por los meses de los meses, los años de los años, hasta que saldamos la deuda y le devolvemos nuestros cuerpo, que la mayoría de las veces llega a esta fase flojo de carrocería, y eso está bien. Hace que uno salga ganando en el acuerdo.

Ah, pero el ser humano es muy insolente, ven.

Y entonces quieren que la tierra y los animales le den de comer sin dar nada a cambio, lo que es una demagogia en principio, porque pensando en que nos salimos con la nuestra, la tierra se queda con su parte del acuerdo, y de pronto ella se pone de acuerdo con el resto de los socios inversionistas, el cielo y el mar, quienes se quedan con el agua, y si no les da la gana de mearnos el panorama, no hay paraíso y no hay Dios que valga.

Nos secamos como flores desarraigadas.

Bueno, todo esto para hacer claro que uno no roba lo que le toca por orden de vida, que es la comida. Así que aquello se trataba de reclamar nuestra porción alimenticia de aquel día.

—Voy a exponer este paquete de cartas— dijo Iggie, extrayendo de su bolsillo el objeto indicado—, y voy a adivinar la carta que cualquiera de ustedes elija.

That is an absolute manifestation of unbelievable nonsense —dijo un turista inglés.

That’s bullshit, you mean —le dijo su compañera, que por su acento debía ser americana.

—Joder. Vaya tío este gilipollas —dijo un turista español—. Cuatrocientos años perdidos, ¿para esto?

Unos japoneses tomaban fotos.

Iggie procedió a hacer el viejo truco de las cartas, pero noté que el mismo no era muy del agrado de los presentes. La gente se quedó en sus mesas. El plan no estaba funcionando, por lo que me le acerqué al señorito Gran Mago, y le dije al oído:

—Mira, pan para hoy y hambre para mañana. O te dejas de mariconerías, o no comes.

—Ah. Entonces voy a tener que hacer algo diferente.

—Ay, que parece que al fin te llega el oxígeno al cerebro.

Iggie de pronto volvió a cambiar el tono de voz.

—Damas y caballeros, ladies and gentlemen —vociferó como si su garganta fuese un viejo megáfono , y cómo me rejodía aquel tonito de voz tan poco cuidado—. Para el próximo acto, necesito un voluntario o una voluntaria.

—¿Y voluntario para qué? —preguntó el turista mexicano—. Si tú solito haces el ridículo muy bien, ¿no?

Todo el mundo rió.

No obstante, una puertorriqueña que observaba la supuesta función se ofreció como conejilla de indias para el acto que Iggie quería realizar. Dijo que había que apoyar a los del patio, a los de aquí, y que ella ayudaría a su compatriota a demostrarle a todos aquellos turistas que en Puerto Rico hacíamos cosas mejores que jugar béisbol, boxear, desfilar por una pasarela o cantar música pop con sabor a goma de fresa. Luego vomitó el cliché: pondría el nombre de Puerto Rico en alto.

¿Alto en dónde?

¿En las astas de La Fortaleza?

¿En el último piso del edificio más alto de la Milla de Oro, el feto bastardo de Wall Street?

¿En la punta de El Yunque?

Maldita sea la frase, pensé. Pero el espectáculo debía seguir.

Iggie cerró los ojos.

Tocó la cabeza de su voluntaria.

Palpó su cuello.

Caminó hasta detrás de ella.

Le colocó la punta de los dedos sobre sus sienes.

Separó las manos.

Se colocó entres de frente a la chica y volvió a colocarle los dedos sobre las sienes.

Get on with it, for God’s sake! —gritó otro turista americano.

—Meta mano, que usted es boricua —dijo un puertorriqueño presente.

—¡Silence, s'il vous plaît! Ceci est une chose sérieuse —dijo una dorada francesa.

Mi temor era que Iggie le fuese a degollar a esta mujer también, pero él dio dos pasos, atrás inclinó la cabeza, levantó los brazos y, como por arte de, pues, coño, de magia, ¿de qué más?, la chica comenzó a elevarse y a flotar en el aire.

La gente exclamó al unísono en medio del sereno silencio que se montó sobre la Calle Cristo.

Hasta yo mismo me sorprendí embelesado con aquel acto maravilloso, admirando como Iggie hacía que la chica fuese oscilando desde un ángulo de 90 grados perpendicular a la calle, hasta postrarse sobre el aire que dejaba de soplar entonces.

Cuando me percaté que todo el restaurante se había vaciado, acudí a las mesas como si fuese ese buffet único en que uno se sirve a gusto y gana. Tortillas, carnitas, nachos con queso, filet mignon, salmón ahumado... todo lo iba colocando sobre mis antebrazos de la misma manera que lo hace el más diestro de los meseros. De más está decir que ese fue mi oficio por un tiempo durante mi juventud, y esa habilidad es como correr bicicleta: nunca se olvida.

Bueno, pero, claro, la falta de práctica traiciona a cualquiera.

Y ante la falta de práctica, pues, algo se me tenía que caer.

Y lo que se deslizó de mi antebrazo y se estrelló contra el suelo fue un gran plato de hierro rebosante de fajitas de carne de res que aún hervían con la misma capacidad del metal para guardar el calor del fuego.

Entonces, Laria, la propietaria del restaurante, se percató de mi inocente acto en beneficio de los menos privilegiados, y alertó a los presentes con un grito que reverberó en la mismísima Capilla del Cristo donde acaba la calle.

—¡Ladrón! ¡Devuelve esa comida! ¡Deténganlo! —dijo.

La gente tornó su mirada hacia mí, y no hacía falta un sexto sentido para adivinar que venía por mí, por lo que emprendí mi fuga en dirección de la Calle Fortaleza.

—¡Corre, Iggie, corre! — alerté a mi eficiente compañero, por quien, luego de tan exitoso acto, no iba a abandonar en medio de aquellos chacales malhumorados y con hambre.

Iggie emprendió la carrera, me alcanzó, me rebasó, y se perdió en la lejanía como si se fuese desvaneciendo poco a poco hasta que no quedó nada de él.

Yo, luchando por salvar algunos platos, aceleré para alcanzarlo, pero el muy cabrón debió invocar a algún demonio o ángel que lo ayudara en la escapada, porque no lo volví a ver hasta que llegué a mi guarida en el Ejército de Salvación, donde él me esperaba pacientemente sentado sobre el catre.

—Tengo hambre —dijo él, al verme llegar.

Simplemente eso dijo.

Me dieron ganas de tirarle los platos en la cara, de hacerle tragar los nachos sin masticar.

—¿Tienes hambre? ¿Eso es lo único que se te ocurre decir después que arriesgué mi vida por ti?

—Del plato a la boca se pierde la sopa.

—¡Que no me imites! Deja los refranes.

—Lo siento, vagabundo.

—¡Errabundo! ¡Te he dicho que no soy vagabundo! ¡Soy un errabundo! ¡Y no diluyas el tema!

—Es que no sé cómo te llamas.

Por supuesto. Yo no me había presentado en momento alguno y me sentí muy mal.

—Mi nombre es Simón.

—Ah, Simón. Como el hechicero.

Al mirarlo con detenimiento, percibí que el muchacho en realidad tenía hambre, así que, sin más, le ofrecí de aquello que pude salvaguardar y me senté junto a él a compartir.

Mientras procedíamos a degustar aquel almuerzo prestado, le pregunté:

—Oye, ¿cómo hiciste para hacer levitar aquella chica?

—Un buen mago no revela sus secretos, Simón.

—Bueno, se habrá pegado fuerte cuando saliste corriendo. Digo, la chica estaba, ¿cómo a cuanto? ¿A nueve metros de altura?

—Más o menos. Pero no te preocupes, que no se hizo daño.

—¿Te dio tiempo a descenderla?

—No.

—¿Entonces?

—Pues allí debe estar todavía.

Sobresaltado, me levanté de un brinco.

—¡¿Cómo?! ¡¿Cómo dices?!

—Que la chica debe estar levitando todavía.

—¡Por Dios! ¿Y qué vas a hacer, muchacho endemoniado?

—Nada —dijo, mientras disfrutaba su comida.

—¿Y quién la va a hacer bajar?

—Nadie, a menos que aparezca otro mago con un poder superior al mío.

—Por supuesto, de los cuales hay miles por ahí, supongo.

—No te preocupes, Simón. Ya pondrá los pies en la tierra.

Sin abundar más sobre el tema, terminamos nuestro almuerzo, y yo pensaba que el talento, don o magia de Iggie podría ser tan peligroso como beneficioso. Sólo había que saber canalizarlo. Así que yo lo llevaría a dónde pudiera ser de provecho: en el circo de Pepo Watson.

CrissAngel-Float-4 Yo estaba más salado que un arenque. Sabrán que no como arenque, porque a mi paladar le sería imposible degustar un plato tan apestoso. Y cuando se fríen los arenques es peor, porque es como pegarle fuego a las axilas de Satanás y sentarse a tocar la lira mientras el mundo se intoxica. Pero en verdad que yo no pegaba una, pensé. Estaba más salado que un arenque.

Mientras yo me cuestionaba la manera en que mi vida había girado, observaba a Iggie devorarse su segundo desayuno, esta vez consistente de omelet con queso, champiñones, tocino y cebollas, con sus rebanadas de pan tostado y jugo de naranjas. En cambio, yo, con tanto desaliento, y sin mencionar los golpes recibidos en el estómago, había hasta perdido el apetito, por lo que me dedique a mirar alrededor.

Aquella gente era gente rara.

Había que descifrarlos a tiempo antes que me lavaran el cerebro, me disecaran o me utilizaran para alimentar los cerdos. Pero en lo que Iggie comía, lo cual parecía ser un acto litúrgico o algo parecido, porque la Nana se mantuvo de pie junto a él todo el tiempo, así, sin decir palabra, pues me puse a apreciar la lúgubre decoración de la casa.

Aquel Dr. Genenstein tenía el gusto en el mismo orificio por donde expelía los desechos de su cuerpo.

El apartamento era una depresión de piedra y madera. Aquello era un inducidor natural de suicidios. El interior del apartamento estaba decorado muy a la americana, con esos tonos graves de madera de cedro tragándose las posibilidades de la luz. En una de las paredes colgaban decenas de relojes de diversos tipos y tamaños, muchos dando la hora exacta, otros inservibles, otros bastante adelantados, aunque otros bastante atrasados.

Mientras tanto, la Nana mantenía la mala cara.

Tenía el pelo recogido en un rígido moño que daba la impresión de que se halaba el cuero cabelludo, frente y todo para tratar de estirar las arrugas.

Claro, al tiempo no hay quien le gane, y menos con tanto reloj de panorama en la misma sala de estar.

Yo no decía ni que lindos ojos tienes, porque no tenía los ojos lindos. Lo que tenía eran dos orbes que me querían rebanar como a pata de jamón.

—Debería darle vergüenza —me dijo finalmente, acuchillándome todo el tiempo con aquellos ojos de estilete.

—Y a mí, ¿por qué?

—Aprovechándose de la inocencia de los demás.

—A mí el chico no me pareció tan inocente. Además, lo que hice fue un favor.

—¿Un favor al pervertir su inocencia y hacer que me dijera cosas?

—Yo no sabía que usted era su madre. Yo...

—No soy su madre.

—Bueno, lo que sea. Yo pensé que...

—No hace falta que me diga lo que pensó. Lo que usted piense no me importa. Usted es un vividor de gente. Lo he visto por las calles de San Juan pidiendo limosna.

—¿Vividor yo? ¿Vividor yo? Señora, con su permiso. Me insulta. Me voy de aquí.

—Que no va a ninguna parte. Siéntese donde estaba.

Así lo hice, no por sentirme amenazado, claro, sino por decencia y respeto a los mayores.

—Oiga, abuela, ¿la frase restricción de la libertad no le dice nada? Es como tomar a uno de rehén.

—Ignavo se escapó. Se fue por voluntad propia. Y usted, genialmente, me lo trae de vuelta. Esto sólo me ocurre a mí.

—Al perro flaco, todo es pulga.

—¿Ah, sí? Pues sepa que zapato viejo que boto, no recojo.

—La culpa es tan fea que ahora no quiere cargar con ella.

—Palabras de burro no llegan al cielo.

—Precisamente...

—¡Suficiente! ¿Por qué tenía usted que aparecer en mi vida? Yo tenía todo planificado, pero usted no me va a echar a perder la cosa.

—Conque quería deshacerse del muchacho, ¿eh? —dije en tono amenazante—. ¿Estás escuchando eso, Iggie?

Iggie, mientras seguía comiendo, asintió como si no le importara.

—Se llama Ignavo. Ignavo Valparaíso —dijo nuevamente con aquel tono de voz de exquisita soberbia diez grados bajo cero.

—Es que nos hicimos panas. Cuates. Carnales. Tíos.

—Él no entiende lo que está sucediendo.

—Ni que fuera una tabula rasa —dije con acostumbrado cinismo—. Por favor, llamen a Hobbes, que hemos encontrado al buen primitivo.

—Yo sé lo que le digo. Yo crié al muchacho. Jamás había salido de los confines de este apartamento. Él no conoce la maldad.

—¿Ah, no? Y yo soy Johnny Depp.

—Usted lo que es un estúpido.

—Y, ¿cómo le sienta que lleve su caso a las autoridades, eh? Pues por lo que me dice, el muchacho era rehén suyo y del tal Dr. Genenstein, a quien no le he visto el pelo todavía.

—Elmmm doftor ehjjj uehjno conjmigohjjjj— dijo Iggie.

—¿Qué? —le pregunté con el rostro plegado por lo ininteligible de aquella lengua extraña.

—Dice que el doctor es bueno con él —tradujo la Nana.

—Ah, bueno. Yo no hablo alemán.

—No es alemán, estúpido. Es que tiene la boca llena de comida.

—Oiga, pues para haber estado enclaustrado tanto tiempo como usted dice, ustedes han perdido el tiempo enseñándole modales.

—¡Suficiente! —dijo la Nana encolerizada.

Iggie continuó degustando su desayuno y después dijo que quería irse al balcón a mirar El Morro en la distancia. Asomarse al balcón le era permitido a Iggie, me dijo la Nana al yo reprocharle cómo era que lo dejaban otear la vida desde allí sin haberle dado la oportunidad de interactuar con la gente. Esa siempre fue la voluntad del doctor, me dijo Nana. Y aquí se hacía lo que el doctor dijera.

Fue la voluntad, dijo.

Fue. Pasado preterito passé.

Fue.

Como lo que ya no es.

Un cambio de estado de la materia o de plano de la existencia. Entonces no pude contener más mi curiosidad y pregunté por el doctor, que cuando regresaba, que me moría por conocerlo, y que me ofreciera un trago de aquel brandy Napoleón que descansaba virgen sobre el recibidor. La Nana me dijo que el doctor había desaparecido. ¿Desparecido? ¿Así no más? Puf. ¿Y ya?, cuestioné en legítimo derecho. La Nana entonces me sacudió con un pensamiento que me paró todos los vellos de mi cuerpo: ella sospechaba que Iggie había asesinado al doctor y había dispuesto del cadáver de alguna manera diabólica.

—Por eso me marchaba y por eso me marchó, vagabundo entrometido —me dijo—. No voy a ser la próxima. Esas cosas de lo malo existen. No voy a ser experimento de nadie.

—Pero si la asesina ya no le queda nadie más, y eso sería muy paradójico, pues el chico aparentemente vive para comer y, ¿quién le cocinaría?

—Él no tiene cabeza para pensar en esas cosas. Es como un animalito, digo yo. Vive a la buena de Dios, con el día a día.

—¿Y qué le hace pensar que fue Iggie quien se deshizo del doctor?

—El chico me dijo que se encontraba practicando un truco de magia, con la asistencia del doctor, cuando... ¡Jesús, María y José!

—Se le quedó el burro y la vaca.

—No sea payaso. A lo que quiero llegar es que hubo como una explosión, como si desatarán una gran fuerza que estremeció las paredes de la casa. Cuando acudí al estudio del doctor, porque me sospeché que me necesitarían para limpiar algo, de seguro, encontré a Ignavo envuelto en una nube de humo, con una sonrisa amplia y sus ojos muy brillantes. No había rastro del doctor. Entonces, al pedir explicaciones, Ignavo me dijo lo que había hecho. ¡Ay, San Judas Tadeo!

—Y dígame, Nana, ¿doctor en qué es el doctor Genenstein?

—Doctor en física en la Universidad de Puerto Rico.

—Porque si era un hombre de ciencias... ¿el doctor se prestaba para trucos de magia?

—El doctor fue quien le enseñó los trucos. Él era profesor de física, sí, pero también era un aficionado a la magia, en particular los actos de ilusionismo. Acá entre nos, siempre pensé que eso eran cosas del diablo, pero el doctor decía que un ilusionista genuino era alguien que dominaba las propiedades de las dimensiones, a saber usted lo que eso significaba. Yo sólo repito lo que escuchaba. Y ya no sé más. Yo no entiendo de esas cosas, sabrá. Siempre me encargué de la limpieza de esta casa, de que Ignavo durmiera en un lugar limpio y cómodo, de que comiera bien, pero nunca me metí con los experimentos del doctor. Ahora tengo que quedarme sola con el muchacho y verá, no es fácil. Yo soy cristiana, ¿usted entiende? El chico tiene dones. Y como usted ha descubierto su secreto, usted es tan responsable por él como lo soy yo.

—¿Yo? ¡Pero si nunca lo había visto en mi vida! Mire, a ustedes lo que le falta es sarna para rascarse, así que yo mejor me voy.

—Usted conoce el secreto de Ignavo, así que eso lo hace responsable. El chico no tiene malicia, ¿comprende? No sabe nada de nada. Todo su mundo ha sido lo que ha leído en libros y revistas. Y lo que ve desde el balcón, claro. Yo no estoy capacitada para comenzar a encaminarlo por el mundo. Mucho menos cuando él no controla el alcance de sus poderes.

—Bueno, ¿y que le parece si nos escabullimos usted y yo ahora mismo y nos olvidamos que nos conocimos?

—Eso sería irresponsable, además de que con usted yo no voy ni de aquí a la esquina.

—Pues si piensa que me lo voy a quedar, está más loca que una cabra.

—Usted no parece ser iletrado.

—No, ¿verdad?

—Tiene cara de vagabundo vividor, de vago y de hijoeputa, pero no de iletrado.

—Oiga...

—Tal vez pueda entender mejor si le dejo ver los documentos que dejó el doctor.

—Pues, después de usted, my lady.

El estudio del doctor Genenstein, dijo la Nana, estaba idéntico a como había quedado desde la última vez que Iggie y el físico estuvieron allí. La Nana se había rehusado limpiar por aquello de no envilecer la escena del crimen. Había libros por doquier, microscopios, modelos a escala del sistema solar, frascos sellados con cosas en su interior, telescopios que apuntaban al espacio sideral que se asomaba por una ventana en el mismo techo y otras cosas alusivas al estudio de la materia y el universo. Yo me sentía ridículo caminando con tanta precaución, como si al respirar muy profundamente fuera a derribar todo a mi alrededor.

La Nana no me perdía a pie ni a pisada.

Me miraba con una desconfianza que no le daba la gana de disimular. Me condujo hasta el lugar donde asumidamente se había llevado a cabo el mágico acto de desaparición. En el piso había una mancha negra, como de tizne, que tenía la forma de un sol estrellado.

Estrellado de derribado, no de lleno de estrellas.

Sobre el escritorio había una libreta de apuntes. “No hay nada más rápido que la velocidad de la luz, A. Einstein”, decía un epígrafe en la primera página. Aquella libreta voluminosa contenía, a partir de entonces, cientos de anotaciones, fórmulas matemáticas, gráficas, tablas y otros garabatos que aún un hombre de mi alcurnia no podría descifrar.

Verán, yo soy filósofo y posmoderno.

Soy arqueólogo de los actos del hombre a través de los siglos.

El mero hecho que haga de vagabundo no quiere decir que lo sea.

No, señor.

Yo soy de los que cuestiona y busca la diferencia entre la realidad y lo que es la apariencia superficial.

Y viviendo en este país, un día me decidí a comprobar si el mundo en que yo vivía era real; si las calles, las tiendas, la congestión de tráfico y los siempre tardíos autobuses eran de verdad; si la gente que puebla las aceras, se monta en aviones, si los mismos aviones eran real; si lo real era solamente lo físico, lo tangible, lo material; si la realidad era una propiedad de otra cosa, algo así como una regla dorada o la sabiduría y propósito de Dios. Claro, metido en aulas desérticas de alguna universidad, escribiendo monografías que deslumbrarán a mis colegas, para mis colegas, cuestionadas por mis colegas, y a veces, derrocadas por mis colegas mismos, no iba a llegar al fondo de la gran pregunta: ¿Qué es la verdad?

Y la verdad en aquel momento era que yo no entendía un carajo de lo que leía, puesto que, aparte de una terrible caligrafía, tanto número y tanta variable no me decían nada.

Allá los cabalísticos, pero para mí lo que nombra la realidad son las palabras, aunque ellas mismas sean altamente cuestionables sobre su misma existencia.

No obstante, había intersticios de luz entre todo aquella madeja de fórmulas y dibujos. “Cada vez que recordamos algo, viajamos en el tiempo a un lugar y momento del pasado”, decía, por ejemplo, uno de los pasajes en la vetusta libreta. “Pero, ¿no sería grandioso poder hacer el viaje en presencia y consistencia física?”, añadía. Sin dudas, que el doctor tenía afición por retar las rotaciones de la Tierra. Minkowski, Einstein, Newton, Feynman, Gödel, Tipler, entre otros, eran constantemente aludidos y citados, dejando entrever que el Dr. Genenstein consideraba todo desde la física tradicional hasta la física cuántica, que no admitía una sola espiga de razón, sino un ramillete de verdades que pudiesen estar todas en lo correcto como que equivocadas. Porque Genenstein, evidentemente, quería dominar las propiedades de la materia para viajar en el tiempo. Eso se caía de la mata. Pero su recurso indispensable iba más allá de meros campos electromagnéticos, protones, electrones, positrones, antimateria o cualquiera de esas cosas en su carácter particular, sino que el científico buscaba canalizar la potestad sobre la constante del cambio a través del principio de la inteligencia: la palabra.

Genenstein postulaba en sus escritos que alguien que dominara los estados de la materia, sus posibilidades de cambio y transformación, podría viajar libremente a través de una línea de tiempo. Ese alguien tendría que estar dotado de un poder o don especial, legado por generaciones a los primeros historiadores y poetas de los pueblos, los brujos o curanderos, magos o hechiceros, llámeles como sea. Genenstein los nombraba “ilusionistas”. “El espacio, por sí sólo, y el tiempo, por sí sólo, están destinados a desaparecer en la agonía de las sombras”, decía una nota al pie de una de las páginas, “y solamente la unión de ambas perpetuará sus respectivas independencias”.

Tiempo y espacio unificados en matrimonio para toda la vida. Genenstein exploraba las teorías de la curvatura tiempo-espacio en donde ésta le indica a la materia como moverse y, en reciprocidad, la materia le dice al tiempo-espacio como curvear. Que si eso hace posible retar el tiempo. Que si eso hace que la luz se encorve. Que si eso hace que uno pueda viajar al pasado.

Al leer la última página escrita de Genenstein, encontré un pasaje que leía:

Si un ser yo pudiese encontrar su línea del tiempo, y viajar en ella siempre a una velocidad menor a la velocidad de la luz, yo podría ver todo a mi alrededor sucediendo de manera normal en su orden causal. Entonces llegaría el momento que la línea misma se cerraría, y esa sería la manera de viajar físicamente al pasado. Existen diversas maneras de lograrlo, pero todas ellas requerirían una gran cantidad de energía que, en la mayoría de los casos, no poseería medida posible, porque su magnitud tendría que ser infinita. La única manera de lograr acceso a esta energía infinita es tocando el infinito mismo por medio de lo que los religiosos llaman poder de Dios, pero que los paganos llaman magia. ¿Cómo lograrlo? Irónicamente, todo lo que requiero es tiempo... pues el tiempo no se detiene... me desgasta y me degenera... quiero tiempo para entender al tiempo...”

¡Por las barbas de H. G. Wells, que el demente del doctor le había pedido a Iggie que lo transportara al pasado!

Mientras le comentaba todo esto a la Nana, quien tenía cara de entender menos de lo que entendía al principio, se escuchó un tumulto en la calle. Cuando acudimos para ver de qué se trataba, vimos a Iggie suspendido en el aire, sin ayuda de sostenedores ni tensores ni nada por el estilo.

Iggie flotando sobre la Calle San Sebastián como dirigible en la Parada de Macy’s.

La gente se maravillaba y exclamaban que hasta se parecía a Chris Angel. Iggie, con sus ojos cerrados y en posición de Buda bajo el árbol en que le desperdigó la iluminación, ni se enteraba. De lo que sí se enteró fue de un botellazo que alguien le arrojó desde algún lugar de la acera, al reconocer que quien flotaba era la misma persona que había decapitado a una mujer el día anterior. ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Desmembrarnos a todos?, gritó la voz. Y luego vino el botellazo. El muchacho, al caer en la festiva calle, fue celebrado a patadas por la breve muchedumbre que allí se había aglomerado y que, en efecto, habían reconocido a Iggie. Quién sabe si hubo hasta quien le dio por solidaridad o por aburrimiento, pero le dieron hasta que la Nana y yo lo fuimos a recoger.

—Eso es lo que le pasa a los que viven de ilusiones —dijo sabiamente la Nana—. La caída siempre es dolorosa.

Y a mí me comenzó a doler el ánimo cuando supe que había caído en una trampa de conmiseración humana, y que no podría abandonar a Iggie, al menos por el momento.

2cm433 Las reacciones a esta novela por entregas han sido una verdadera sorpresa. Pero aclaro: es solo diversión. Aquí les dejo el tercer capítulo.

Iggie y yo llegamos en nuestra carrera a la Plaza San José y, al parecer, al socio se le oxigenaron los recuerdos, porque cuando nos sentamos al pie de la estatua de Ponce de León, con su dedo apuntando al incierto horizonte infinito y fantasmagórico de esta isla bendita de nadas, dijo las palabras claves:

—¡Nana!

—¿Ahí vive tu nana?

—Sí, ahí es.

—O sea, que ahí también vives tú.

—Sí, eso es correcto —me dijo con una alegría que no podía disimular.

—Vaya, pues hágame el honor que yo le entregue personalmente a tan irresponsable persona que ha dejado salir a una bestia tan peligrosa. Ah, pero mi hermano, yo no me muevo de aquí hasta que usted me explique qué cosa fue eso que hizo en la cocina de la Dulcinea, que aparte de llenarle de humo la cocina a Don Peyo, probablemente le ha costado el trabajo a Lalo.

El chico sólo sonrió y me dijo que un buen mago nunca revelaba sus secretos. ¿Mago? Mago de mierda, dije yo, y maldije y blasfemé, como usualmente hago cuando la gente me quiere correr la máquina, y le dije que a mí no me viniera con cuentos chinos, que ya yo estaba grandecito para esas pendejadas, y que acabara y me dijera a qué demonio él le rendía culto, porque aquello sólo podía tener una de dos razones irracionales: o habíamos escapado por santa leche divina de Aquel que dirige la corporación del cielo, o habíamos escapado por algún truco sulfurado de aquel que reina en el cuarto de máquinas de la tierra.

A mí que no me viniera con aquel rollo de que un mago no revelaba sus secretos, porque los magos no son imbéciles, y aquel Iggie, de imbécil tenía hasta la manera rígida en que caminaba, como si se hubiese almorzado una varilla de hierro. Si se infla la llama, se quema el quinqué, y el mío ya estaba achicharrado. Sin más decir, le propuse a Iggie ir a buscar a su Nana, quien debía estar preocupadísima por la desaparición inexplicable del chico.

Llegamos al portón de entrada e Iggie llamó a su Nana. La voz subió por las escaleras arrastrándose como una serpiente buscando el árbol de la vida en medio del paraíso y regresó clonada en ángeles plomizos expulsados del cielo que se estrellaban contra nuestros oídos. A lo mejor no hay nadie, pensé yo en voz alta, pero Iggie me dijo que nadie nunca salía de la casa del Dr. Genenstein, quien quiera que fuera el sujeto.

Iggie volvió a llamar, esta vez secundado por mi voz de barítono natural. El eco fue terrible, como el de una terrible soledad que se alberga por las paredes y escaleras y que sólo puede reproducir un eco solitario y terrible. No obstante, se escuchó el chirrido de una puerta seguido por el sonido de pasos que descendían la escalera y una voz diciendo: «Ya, ya. Es que cuando una más prisa tiene, más se le complican las cosas».

Iggie sonrió y me miró. Esa es Nana, me dijo. Era lo menos que esperaba yo, pensé. Digo, entre tanta aparente desolación de aquel edificio lo menos que uno podía esperar era que alguien llamado Nana respondiese al llamado de “Nana”. Pude distinguir, entre los intersticios de hierro que posaban de ventana en la hermética puerta de madera, que una mujer negra vestida de negro se acercaba a recibirnos. Cuando finalmente abrió la puerta, la mujer abrió los ojos como gato que le pisan la cola y gritó: «¡Jesucristo en un portal!». Intentó cerrar la puerta, pero Iggie, que tenía pies muy grandes, o tal vez era que calzaba zapatos que no eran de él, ya tenía, como dicen por ahí, un pie adentro. Literalmente. La señora hizo presión sobre la puerta, pero todo lo que logró fue apachurrar el pie de Iggie, quien gritó: «¡Nana, Nana! ¡Que me dejas sin pie!». Mi reacción fue liberar al muchacho, claro, y comencé a forzar el portón en su dirección natural de entrada. Dos son más que uno, y más si el uno ya está en el ocaso de la vida, así que logramos abrirnos paso por la fuerza. La señora cayó al suelo, pero con la misma naturalidad se levantó y emprendió carrera atlética escaleras arriba.

—¡No, no, no! ¡Ya se acabó! ¿Oíste? ¡Se acabó todo!

Mientras la seguíamos, pensé que lo que se había acabado era la comida, porque desde que conocía al Iggie lo único que había demostrado ser capaz de hacer era comer. Ah, y hacer trucos fatulos de magia. Eso era razón para salir como había salido la Nana, corriendo erizada como alma propulsada por el pecado. La nana, al llegar al apartamento, hizo tronar la puerta. Yo pensé: Esto es raro. ¿Y si el “se acabó todo” se refiere a una relación amorosa? ¿Y si ambos tenían una depravada relación donde la edad no era requisito para que dos cuerpos y dos almas se unieran en la cosmicidad de un beso? Ah, esto se ponía bueno. Ni en el peor de los culebrones se daría algo igual.

—Dile que no, que no se acabó —le instruí a Iggie, como quien le hecha combustible a un pequeño fuego.

—¡No, no se acabó! —obedeció el chico.

—¡Sí, sí, sí! —dijo Nana escaleras arriba.

Luego cerró la puerta que daba acceso al apartamento.

—Dile: No, no, no —motive a Iggie, arrimándome a la puerta.

—¡No, no, no! —repitió él, mientras empujaba fuerte con sus dos manos, pretendiendo derribarla.

—¡No me hagas esto! ¡Te lo suplico! —dijo Nana.

—Ya ves. La soberanía del macho se impone. Ella cede. No te rindas— le dije a Iggie, con el entusiasmo de un second que anima a su púgil al pie de un ring de box.

—¡Que no me rindo! —dijo Iggie.

—No me atormentes más. No quiero seguir a tu lado. Que tengo una vida por delante, ¿me oyes? —reclamó Nana.

Vaya optimismo. ¿A los sesenta años esa señora creía que iba a comenzar su vida?

La escena, patética por demás, se acunaba entre el dolor provocado por un amor frustrado y el horror de enfrentarse a una realidad que uno viene eludiendo ante la traición del tiempo. Le dije a Iggie:

—Dile que ella será tuya toda la vida.

—¡Serás mía toda la vida!

—Tu cuerpo, tus respiros, tus pensamientos... toda mía.

—¡Tu cuerpo, tus respiros, tus pensamientos... toda mía!

Un silencio embargó el momento y la puerta se abrió lentamente.

Nana, con su mirada llorosa, se mantuvo frente a nosotros con sus brazos colgantes como enredaderas secas. Su cara estaba desprendida de todo signo de emoción, como quien no sabe qué sentir. Sin duda, habíamos ganado.

No pude estar más equivocado.

De pronto, como un Jasón en Viernes 13, Nana se aferró con una de sus manos a la oreja de Iggie, mientras que con la otra mano le abofeteaba la cara como plenero a su pandero. Pum, pum, cata pum pum pam.

—¡Desvergonzado! ¡Depravado! ¡Irrespetuoso hijo ‘e puta! ¡Ahora es que yo te voy a arreglar! —decía la Nana.

Me costó trabajo separarlos. En el esfuerzo, como en todo intento de mediar entre dos bandos hostiles, me cogí mis propios sopapos personalizados en la boca del estómago.

Me dieron de arroz y de masa.

Me dieron bofetadas en ambas mejillas, sobre todo un barrecampos que me estremeció la oreja, provocando un aguijoneante zumbido que me taladró el tímpano y me dejó aturdido por unos minutos. Para rematar, recibí otro par de golpes en la boca del estómago, el cual, al estar en aquella condición de completa vacuidad (por culpa del Iggie, claro), ocasionó un tremendo regurgitar que me hizo terminar en una esquina de la casa vomitando una suerte de biliosidad amarilla. Para colmo, Nana me dio par de escobazos por devolver semejante porquería en pleno piso acabado de pulir.

Nos tomó un rato recuperarnos a Iggie y a mí. Iggie lloraba como un niño y preguntaba que qué él había hecho. Nana pronto se dio cuenta que el chico simplemente había fungido de marioneta.

—Y éste, ¿quién es? —preguntó, mientras me miraba con furia de gladiador.

Iggie le explicó que yo le había salvado la vida y le había dado un lugar dónde comer y hasta le había llevado a comer.

—Ah, sí —dijo ella—. Después de lo de la mujer que decapitaste.

—¿Se enteró? —intercedí.

—¿Que si me enteré? Todo el mundo se enteró. Y precisamente dije: «Este ya no regresa». Y, ¿sabe qué? Ya estaba lista para marcharme, y ahora esto, apareces nuevamente como por arte de magia. Lo siento. No voy a dar marcha atrás a lo que ya está decidido. Me largo de aquí.

—¿Me harás comida cuando regreses, Nana?

La Nana se deshizo emocionalmente, y hasta en un momento temí que se desvaneciera en la nada. Lo miró con toda la pena que puede infundir una persona idiota que no se da cuenta que lo están abandonando. Acudió a él y lo tomó muy maternalmente en sus brazos, muy tiernamente, como si de pronto la embarazara un deseo de protegerlo de todo el mal del mundo.

Lo acurrucó. Lo besó sobre la cabeza. Acarició su corto pelo rizo. Lo apretó contra sus pechos y cerró los ojos, como cuando se acerca el barrunto del dolor de una separación inevitable.

—No entiendes nada de nada, Ignavo. Nada de nada.

Iggie sollozaba entre sus brazos, y el cielo colapsó sobre mí con toda la carga posible del sentimiento de culpabilidad, porque, en aquel momento, la imagen de la Nana se transformó en mi madre, y yo, en el desamparado hijo que una vez no sé cuándo vi perderla entre unas últimas caricias y unos besos que, probablemente, todavía están viajando perdidos por el espacio, como muertos que no saben que ya han sido sepultados.

Entendiendo que mi misión había concluido, procedí a retirarme de la escena, dejando a la Madonna y a su hijo a solas, cuando una gélida voz congeló el aire.

—Usted no va a ninguna parte— dijo la Nana.

GenerationA_IntoTheArticle Recuerdo las tardes de ocio, la incertidumbre, la desilusión y la manera en que el mundo se expandía ante mis ojos a la velocidad del pulso por la fibra óptica. Yo ni tenía la más mínima distancia de lo que era un futuro, pues aunque en 1991 todo parecía abrirse a un nuevo mundo, en algún sentido había un sinsaborcito persistente en aquello de graduarse de un grado de universidad especializado en literatura para terminar trabajando en una compañía de seguros de salud.

Entre MTV, la corbata y el VW, la primera generación globalizada inauguraba el siglo XXI (De acuerdo a Lukács, el Tercer Milenio comenzó con la caída del Muro de Berlín). Debo reafirmar que me refiero específicamente a una generación demográfica y sin aplicación literaria consecuente. Se incluía en la Generación X a todo aquel nacido entre 1960 y 1980, los hijos no deseados: el margen de error de la píldora anticonceptiva.

El título provenía de la novela del mismo título del canadiense Douglas Coupland, la cual recogía el peregrinar de Andy, Claire y Dag, tres renegados de la historia que vivían del salario mínimo de los “McJobs”.

Veinte años más tarde, Coupland escribe una secuela que no necesita de su predecesora para entenderse, al menos no en términos argumentales: Generation A.

En esta ocasión, cinco extraños se convierten en sensaciones mediáticas cuando son atacados por un enjambre de abejas y separados del resto de la humanidad. La acción toma otro giro cuando, al ser devueltos a la sociedad, encuentran que el mundo los ha olvidado, por lo que se retiran a una isla lejana y solitaria a consolarse unos a otros por medio de las historias que cada uno de ellos imaginarán.

Douglas Coupland, el gurú del individualismo capitalista posmoderno en Generation X, madura. Generation A es una historia de la vida como experiencia colectiva. Del solipsismo de los ’90, Coupland es capaz de ficcionalizar un modo de espiritualidad regenerativa.

Esta es la novela de los nuevos comienzos, aunque sea para enfatizar la vigencia de los finales.

 700En la mañana pasé el susto de la vaca. Yo no sé en realidad cuál es ese susto, pero mi madre siempre que se asustaba decía que había pasado el susto de la vaca y por eso yo digo lo mismo. El asunto es que yo vivo acostumbrado a mi monástica soledad, ¿verdad? A acostarme solo y a levantarme solo, con excepción de la compañía de alguna que otra rata que me ronda el sueño, pero ese día encontré un bulto de lona verde y polvorienta bajo el cual, al descubrirlo, encontré a Iggie. Dormía profundamente en posición fetal y no sé por qué me recordó la osamenta de un conejo. De todas formas, pasé el susto de la vaca porque entre el vino y el cansancio de la noche anterior ya hasta se me había olvidado que me había llevado aquel premio gordo que no sabía el camino de vuelta a su casa.

Luego de un enjuague bucal, por supuesto, desperté al pobre infeliz. Dormía como un angelito, en verdad. Parecía sumido en el más dulce y placentero de los sueños. Ni siquiera yo mismo creo que yo haya logrado una paz tan profunda en mi perra vida. Pero yo no he de quejarme. Yo sólo hablo de que el Iggie estaba remontado en la nube nueve de su divina paz, imperturbable como la serenidad que reflejan los bebes al dormir. No me atrevía a despertarlo, pero de pronto él abrió los ojos en automático, como cuando se le encienden las luces a un auto, y cuando me vio tan cerca de él pegó el grito de Garito.

Yo no sé ni conozco a ningún Garito. Eso también lo decía mi madre en aquellas placenteras tardes de domingo en que me llevaba a las fiestas patronales, y cuando nos acercábamos a las máquinas de diversión y escuchábamos los gritos despavoridos de la gente, ella decía: “Ese es el grito de Garito”. Y, pues, el Iggie, pegó el grito de Garito cuando me vio. Ya sé que no soy un Adonis, y menos bajo esta barba demacrada de asceta en pleno desarrollo, pero es parte de mi idiosincrasia.

Luego de desearle buenos días, Iggie me dijo que tenía hambre. ¿Ah, sí?, le dije. ¿Y quién crees que vive en mis entrañas? Él me miró con cara de incomprensión absoluta, como al que le hablan en una lengua ininteligible. No sé por qué, pero el muchacho de pronto irradió cierta ingenuidad de todo lo que estaba sucediendo que hasta me provocó ese sentimiento traicionero que socava muy por debajo de la piel y sobre la superficie de la sangre, que es la compasión. Sus ojos fulguraban con extraño brillo, como el de las canicas cuando son nuevas y nadie las ha usado todavía. Una mirada así podría pasar por un par de ojos sin estrenar, como si no hubiesen visto mucho o nada durante su existencia. La mirada enternecía, porque si uno se quedaba admirando la complexión de las facciones de su rostro, podía pensar que los ojos no le pertenecían, porque eran muy puros para aquel rostro que, aunque limpio y lozano, tenía la ilusión del tiempo que pasa marcada.

Se me ocurrió ir a la Dulcinea, restaurante donde yo conocía al cocinero, y quien ocasionalmente me guardaba algo de comida siempre y cuando su jefe no estuviese por allí. Su jefe, don Pello, tenía una política en contra del mantengo, y yo estaba de acuerdo con él. Caramba, que eso de siempre vivir de la caridad de los demás es un eufemismo para la vagancia en este país de iletrados y desempleados. Y esta bendita tierra de 500 años no había tenido iniciativa ni para afeitarse las axilas. La noción de discontinuidad, como dice Foucault, ocupa un lugar mayor en las disciplinas históricas, y uno no tiene que haber vivido cronológicamente el momento para darse cuenta de estas cosas. Sólo hay que afinar los ojos y verlo.

Pues allí fuimos a dar, a la Dulcinea. Lalo al principio se molestó porque llevé compañía. ¿Qué crees que es esto? ¿La Posada de Jesús, donde alimentan a los indigentes? Ay, que no me ofendas tú, hombre. ¿Indigente yo? Yo vivo de la Maestra Vida, como la llama Rubén Blades. A mí me alimenta en canto de los pájaros, la caricia del viento, al arrullo de los coquíes, el sol que se rompe todas las mañanas como un huevo frito en la sartén celestial...

—Pues puedes irte por donde mismo viniste, porque lo que tengo aquí es pan viejo y algunos chorizos. No hay huevos fritos.

Acepté la ofrenda bajo protesta, en completa indignación, porque en ningún momento yo impliqué que se me antojaba un par de huevos fritos con jamón y patatas fritas. No, señor. El hecho que yo le hubiese llevado allí un alma en necesidad caritativa no era asunto para enojarse tanto. Que son mi arroz y habichuelas los que están en juego, me reprochó Lalo. Y luego continuó profiriendo insultos a mi dignidad humanista como que aquello que yo había hecho era un abuso de confianza, que me daban pon y que luego quería guiar, que me daban así y yo tomaba asao. Claro, hasta que le enseñé las monedas que Iggie había extraído mágicamente, y que eran, en efecto, mágicas, porque tuvieron un efecto encantador en Lalo.

—Tomaré esto para ajustar las cuentas que tenemos pendiente—dijo amablemente.

—Borrón y cuenta nueva— dije contento.

—Perfecto. Y dime. ¿Quién es el ternerito?

—Pues no sé realmente.

—Su cara me es familiar.

—¿Ah, sí? Qué bueno, porque a lo mejor me puedas decir dónde rayos vive.

—¿Y él? ¿Para qué tiene boca?

—Para comer, coño. No ves que está atragantado con el jodido pan ese que nos diste.

Lalo me miró como el que pierde un debate intelectual de gran altura y categoría.

—Claro… — comentó mientras nos servía un zumo de parchas.

—¿No tienes algo más consistente por ahí?

—¿Cómo qué?

—No sé. La cerveza lager tiene bastante cuerpo y...

—Pues lo único consistente aquí es la punta de acero de mis botas.

—Ah, bueno. En ese caso me quedo con el juguito de parcha. No quiero crearte un desaire.

—Claro. Mira, sabes que don Peyo llega pronto. No me busques problemas. ¿Por qué no se van al mismísimo carajo, o prefieren que yo mismo los lleve?

—Qué modales tan burdos. Mira, como eres mi amigo y te aprecio, asumiré que nada de esto ha ocurrido y que de tu boca jamás han brotado semejantes barbaridades.

—Vete mucho a la mierda. Tú y tu ternerito.

—No es mi ternerito. El chico padece... tú sabes...

—No, no sé.

—Sí serás sopla gaitas. ¿Cómo pretendes que te diga que el chico padece de sus facultades mentales frente a él?

—A mí me parece de lo más normal.

—¿Sí? Pues padece de algún tipo de amnesia, porque no recuerda donde vive.

Lalo reculó como si dudara de mis palabras, y luego clavó aquella mirada que él sabía guardar bajo la sombra de su follaje de cejas, que más bien parecía una sola que dos. Era una mirada gorda y pesada, como el mismo Lalo, y cuando la dejaba caer sobre alguien era muy asfixiante y opresora. Iggie tupió su masticar como si lo hubiesen colocado en modo de pausa. Reciprocó la mirada de Lalo con aquellos ojos de animal perdido, aquellos ojos que cantaban ángelus si uno se sumergía lo suficientemente en ellos. Me atinó una ráfaga de mirada que me preguntaba, sin duda, quién es este y que quiere. Luego se fue acerando lentamente hacia el rostro de Lalo, mirada contra mirada, el espacio entre ellos acortándose. Ninguno de los dos pestañeaba. Lalo remallaba su rostro para hacerlo ver más fiero e intimidante de lo que en realidad era; Iggie se mantenía con sus ojos engrandecidos y hasta parecía que se agrandaban más a medida que se dilataban sus pupilas. Yo alternaba mis ojos del uno al otro para determinar quién era el primero que cedía, pero ya cuando se tocaron frente con frente, supuse que sólo podían ocurrir dos cosas: o se besaban, cosa que era improbable, conociendo a Lalo, o que éste último le arremetiera un sopapo de esos que muchas veces me había obsequiado y que yo, como hombre de paz que deplora la violencia, no había querido contestarle, mucho menos viendo aquella mole de grasa de casi 250 libras.

—No puede ser —dijo Lalo finalmente.

De la misma parsimoniosa manera que se acercó a Iggie, retrocedió.

—¿Qué no puede ser? —inquirí lleno de curiosidad y desubicado de todo lo que estaba aconteciendo ante mis propios ojos.

—Sus ojos...

—¿Qué tienen?

—Me vi en ellos...

—Se llama refracción, Lalo. Gordo inculto.

—¡No, no! Lo que vi fue mi imagen, pero de cuando yo era niño.

—¿Ah, sí? —dije, perdiendo interés en lo que decía Lalo y concentrándome en los chorizos que quedaban olvidados en el plato.

—Sí. Era la escena del día que mi padre se fue de la casa. Y yo lloraba...

Miré fijamente a Lalo y su rostro estaba cubierto por un velo de melancolía que yo nunca le había conocido al gordo.

Para mí Lalo era insensible, cosa que era como un oxímoron, porque un cocinero insensible es como un fuego frío, como decía Donne, un algo imposible, pero ya ven. Cualquiera se equivoca.

Y allí estaba el Lalo totalmente conmovido y descompuesto por la imagen que supuestamente había encontrado en los ojos de Iggie, quien no había dicho ni jota, pero tampoco había dejado de comer, como si se tratara de una competencia donde el que hablara mientras engullía perdía.

—Llévatelo de aquí — dijo suavemente Lalo—. Tomen todo lo que les queda por comer y váyanse de aquí.

—¿Adónde, Lalo? — pregunté, mi boca repleta de comida para que se quedara lo menos posible.

—No me importa a dónde. Ese es tú problema. Tú andas con él.

—A ver si recuerdas. ¿No te dije que el chico padece como que de amnesia?

—Tiene que tener algún lugar donde dormir.

—Anoche durmió conmigo.

—Depravado.

—No, me refiero a que se quedó en mi casa.

—¿Qué casa? Tú no tienes casa. Lo que tienes es un cuarto en un almacén en el que te dejan vivir para que espantes las ratas.

—Mira, Lalo, te aprecio y te estimo y no voy a discutir esas nimiedades contigo. Aquí el punto es que no sé qué hacer con él.

—Pues aquí no lo quiero. Y si tan difícil es deshacerse de él, llévalo a la calle y dile que camine. Si él sube, tú bajas; si él baja, tú subes. Así de simple.

—Oye, Lalo, no eres tan bruto como pareces.

Justamente cuando recogíamos lo que quedaba por comernos, hizo una entrada repentina Don Peyo, quien tenía referentes míos no muy agradables en su memoria, y estalló en ira, diciendo que si no soportaba a un mendigo menos iba a soportar dos, que ese era el mal del país, que les gustaba el cachete y la cosa gratis, que éramos unos vividores, una lacra, un lastre, un cáncer social que condenaría la isla como un Prometeo encadenado, per secula seculorum.

Don Peyo luego miró fijamente a Iggie y dijo:

—¡Conque tú eres el payaso que por poco mata del corazón a mi mujer! ¡Hideputa! Ya vas a ver cómo Peyo Fernández resuelve sus disgustos.

Don Peyo tomó un rodillo y en verdad se disponía a demostrarnos empíricamente la validez de su tesis, cuando entonces Iggie, que no había hecho otra cosa que comer, levantó sus brazos y con la acción surgió una gran humareda que nos arropó como un ángel con unas alas bien grandes, y lo próximo que supe es que estábamos afuera, en la Calle San Francisco, corriendo como putas en redada, calle arriba, pero sin rumbo.

Imagen: Bernie Stephanus. La Couleuvre.

gian paolo tamasi 2 tomar
con visión definitiva

la falla movediza
de todo

cuanto
nos falta

la manera
atropellada

del sonido
al atardecer

amable
en la mirada

violento
en el ruido

querer
tenerte

a veces
culmina

como la futilidad
de un pájaro

de mármol
bajo

el cielo
célibe

comprendemos
la dimensión

de la
añoranza

una práctica
a fin

con el
placer

sumiso
de la soledad

 

el tremor
es asesino

como
sólo

lo inaprehensible
es duradero

foto: Gian Paolo Tamasi

tonguas flyer 2 Y cuando yo pensaba que mi vida de editor profesional estaba dada, llega Tonguas, revista de artes literarias y expresión estudiantil de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, que celebrará el lanzamiento de su más reciente volumen el próximo miércoles 18 de noviembre de 2009 a las 5 p.m. en el Seminario Lewis C. Richardson, localizado en el Edificio Luis Palés Matos de la Facultad de Humanidades del mencionado recinto.

Durante el próximo año, y en sustitición de mi hermano poeta ghanés Dannabang Kubawong, estaré coordinando y editando la publicación que originalmente concibiera la doctora Loretta Collins, y me complace porque me devuelve al concepto que me llevó a crear a Terranova: fomentar los nuevos talentos.

En la presente edición, la revista cuenta con las colaboraciones de Karen Sevilla, Ricardo Martín Marrero, Ana Yarí Feliciano Chico, Joel Morales, Mayra P. Osorio, Amanda Jayne McIntosh, Angelica María Minier y Enrique Olivares, entre otros cincuentas escritores participantes de los cursos de creación literaria del Departamento de Inglés. La presentación contará con el joven escritor James R. Cantre, creador de Letra Y Pixel, como poeta invitado.

La revista, de carácter multilingüe, se publica anualmente y cuenta con colaboraciones en poesía, cuento, ensayo y fotografía.

La actividad es abierta tanto a la comunidad universitaria como al público general.

illusionist La novela Ignavo Valparaíso tiene como seis o siete años olvidada. Como desistí hace tiempo de publicarla, la voy a sacar a tomar aire por capítulos. Es toda para no tomarse en serio. 

1. Pues como les decía, el día que conocí a Valparaíso, el Ilusionista, esta isla pedía un milagro. Y yo, que por bien tengo que las cosas vistas u oídas no vayan a parar al olvido, aunque tengamos la memoria corta, he escuchado que los milagros ya no ocurren y yo estoy de acuerdo porque lo real es lo racional y lo racional es lo real. Ah, pero aquel sábado en la tarde, allí, en plena Plaza de Armas, apareció aquel joven que demostraba un talento particular para realizar trucos de ilusión óptica, aunque yo, que lo he visto todo, no me sentía para nada impresionado. A decir verdad, el chico exhibía elegancia en la ejecución de sus movimientos, ¿no? Como si hubiese hecho esto profesionalmente toda su vida, pero ahí fue que me di cuenta que tenía que se trataba llanamente de una habilidosa impostura, porque tenía cara de pendejo en falta de teta y a los tipos así el talento no le es natural. El chico tomaba una moneda con su mano izquierda y la desaparecía para extraerla de su boca. Luego extrajo, del bolso de una dama que presenciaba el espectáculo, una infinita cadena de coloridos paños amarrados unos de otros como un desfile de elefantes. La cosa más paquiderma del mundo. Otro bufón más, pensé. Pan comido. El viejo truco. Qué aburrido. Otro buscón más, reafirmé. Seguramente, al final se ganaría un par de dólares que por orden social, se suponía que me pertenecieran. Después de todo, este era mi territorio. Y, ¿adónde irá el buey que no are? Pues como el pájaro se conoce por la pluma, entonces pregunté vociferando:

—¿A que no haces ver a un ciego o divides la bahía de San Juan para cruzar a pie hasta Cataño?

Varios de los presentes liberaron sus carcajadas al viento en solidaridad risas con mi despliegue de sátira inteligente y avispada, fina y de buen gusto, un gesto que me motivó a instigar al muchacho con otra pregunta:

—No, no; mejor aún: ¿por qué no revives a un muerto? ¡Anda! Uno sólo, ¿sí? ¡Tienes cuatro millones para escoger!

Las risas se silenciaron como se asfixia una llama cuando se priva del aire, pero era de esperarse: no toda la gente posee mi humor culto. No te pases, vagabundo apestoso, me gritó uno, que, no conforme con insultarme en escala mayor, se fue en tono sostenido con aquello de llamarme vividor y charlatán. Yo le pedí, amablemente, que se introdujera el dedo índice entre los festones de su esfínter porque el vividor y el charlatán era otro. Entonces, el joven me miró y fue cuando sentí como si lo hubiese conocido de siempre.

No obstante, esa posibilidad quedaba cancelada, porque yo soy filósofo de la calle, posmoderno hasta los dientes, que me son desiguales y discontinuos, y aquel muchacho era un sacamuelas, un pobre diablo sin nada productivo qué hacer frente a la mezcla de turistas, locales y visitantes, que se arremolinaba bajo el intenso sol del eterno y lineal verano portorricensis. Y juraría que ya había logrado mi propósito inicial de interrumpir la atención que tan inmerecidamente se había ganado el mandulete, y ya casi me podía imaginar tomándolo por el brazo para hacerle un torniquete y darle dos o tres buenos sopapos en plena cavidad bucal con tal de, primero, hacerle aprender la lección de no meterse en mi territorio, y, segundo, evitar que tuviese con facilidad para comer, por lo que tendría que dejar de pedir dinero en mi barrio. Pero en aquel instante, con movimientos ágiles y delicados, como si se tratara de un Tai Chi espectacularmente coreografiado à la Cirque du Soleil, simuló crear una apertura en el aire, como si hendiera una vejiga fantasma en el medio de la nada, y de cuyo interior extraía magníficas flores de todos los matices, texturas y aromas posibles: margaritas, rosas, azucenas, gladiolas, jazmines y otras flores que por sus nombres me recordaban aquel tiempo en que los nombres de las mujeres eran jardines. Muy impresionante, dije. El chico es bueno.

Luego se quitó el ridículo sombrero de copa y vertió agua de la fuente en su interior. Habló en cierta jerigonza que nadie descifró y finalmente vertió el líquido en un vaso. El agua ahora era vino.

Para muchos, la broma se pasó de las demarcaciones de la mesura y, más que impresionarse, se ofendieron.

Vamos, que sólo Chuito tiene derechos de autor para semejante proeza. Copyright 33 d.C.

—¡Eso es obra del diablo! —observó con estruendo una muy fina dama de esas que van a misa con mantilla y que se encontraba entre los espectadores.

En efecto, afirmó el gentío, el muchacho era un brujo, apóstata, hereje y yo no sé que otra atrocidad medieval más. La multitud lo acorraló y, con entusiasmo inquisidor, la emprendió a golpes con el muchacho. El chico, al parecer, no comprendía el provocativo grado de la ofensa, y entonces lo compadecí, porque si todos los días se tira un mamao a la calle, los demás ya nos podíamos marchar a dormir en confianza, ¿eh?

Y, claro, el escándalo atrajo a los demás transeúntes que poblaban la Plaza de Armas y ya tenían al chico atenazado por brazos y piernas cuando una narcómana intervino en su defensa.

—¡Déjenlo quieto! —dijo con lengua plúmbea—. Tiene derecho a buscarse el peso como todo el mundo.

—¡Quítate del medio, que esto no es contigo! —le dijo la señora elegante y con mantilla.

—Es sólo un truco, chorro de bobos. ¿Qué? ¿Todavía creen en Santa Claus? — insistió la narcómana.

—¡Sí! —dijo el chico, abriendo la boca por primera vez—. Y puedo hacer otras magias... como esta...

Acto seguido, el tontuelo posó su mano derecha sobre la cabeza de la narcómana, y con la izquierda la tomó por el pelo. Y bajo no sé qué artilugio, el mago de pacotilla dijo unas palabras en un idioma ininteligible, y con un movimiento sigiloso, ¡zas! Desprendió la cabeza del cuerpo de la desgraciada mujer.

El tupido silencio fue breve pero profundo, y parecía que el tiempo se detenía, y que lo único que tenía moción eran las orbes iluminadas que le servían de ojos al maguito.

Un grito partió la tarde como un cuchillo acústico y el chico, del susto, dejó caer la cabeza. Unos salieron corriendo despavoridos; otros se desmayaron; el resto decidió tomar la justicia en las manos mientras el cuerpo degollado buscaba ciegamente por la cabeza perdida. La señora elegante y de mantilla se desplomó y comenzó a brincar como pez fuera del agua.

El tránsito en las angostas callejas del Viejo San Juan se detuvo.

Un vendedor de billetes de la lotería entonces clamó por justicia:

—¡A ese hay que matarlo!

Y entonces creo que la condición existencial de aquel pobre idiota pasó del sombrío anonimato a la iluminada notoriedad que le ganó decenas de perseguidores, todos tras él con el deseo magnánimo de arrancarle su soberbio cuello.

Para un jíbaro, otro jíbaro, y para dos, el diablo. Ilusión óptica o no, la cuestión me hubiese parecido una escena mágico realista si no fuera porque yo mismo vi la cabeza rodar por toda la plaza.

Sin embargo, aquellos lobos traían pelos.

Con razón el alma siente, dicen por ahí, y yo, tocado por la compasión bendita y traicionera, sentí que debía ayudar al infeliz. Así que corrí en sentido contrario a la turba, pues como yo conocía bien las calles de la milenaria ciudad, sabía que el hombre tendría que doblar a la derecha por la Calle del Sol si quería escapar con vida. No van lejos los de adelante sino los que corren bien, y aquel insolente joven se desplazaba con velocidad de corredor olímpico. Aceleré el paso por una de las callejas y me escondí en uno de los edificios abandonados, de esos que abundan en la ciudad colonial. Llegué justamente pisándole las bolas a Kronos para lograr agarrar al fugitivo por la camisa, la cual se desgarró pronunciadamente, pero evitó que se me escapara. El muchacho me miró con ojos llenos de pánico e inocencia, como quien le prende fuego a la cama de sus padres cuando recién descubre el uso de los cerillos. Le dije que todo estaba bien, que yo sólo quería ayudarlo, que se callara la boca y me siguiera. Comenzamos a correr calle abajo en dirección del puerto de San Juan. Como cuando dan el anillo, uno pone el dedillo, el chico me obedeció.

El tránsito estaba detenido aún y nosotros brincábamos como perritos de circo sobre las estáticas olas del mar de hojalata. Ya a varias cuadras de la escena de los hechos, la turba se había extraviado entre su propia densidad, por lo que decidí que era seguro refugiar al hombre en mi pequeña guarida, justamente detrás de los almacenes del Ejército de Salvación.

Allí estuvimos en silencio, para cerciorarnos de que alguien más listo o más rápido que nosotros no nos hubiera seguido hasta aquel cabujón gratuito en el que yo vivía por la caridad del administrador del edificio.

Entonces tuve la oportunidad de observar al chico de cerca.

Su rostro terso y juvenil resplandecía, y guardaba cierta candidez de niño, aunque era un hombre entrado en sus treinta años de edad. Sus manos eran blancas y suaves, lo que denotaba que el tipo probablemente no había dado un tajo en su vida ni en defensa propia. La manera en que él miraba a su alrededor me parecía salvaje, primitiva, casi animal, como la de un ciervo que se esconde en una cueva desconocida. El hombre tocaba las paredes y miraba hacia el techo como si nunca hubiese visto ninguna otra cosa. Claro, podría ser que el tipo admiraba el nivel de asquerosidad de aquel lugar, pero, jey, era mi casa y yo se la ofrecía como guarida para que decenas de seres humanos indignados y malhumorados no se festejaran con su trasero, así que inmediatamente se lo hice saber. Él simplemente me miró con ojos de sentirse como un pez en medio de un gimnasio.

Al cabo de unos minutos le dije que ya el peligro había pasado, le facilité una camisa nueva, y lo felicité por su impresionante acto. ¿Era un truco, verdad?, pregunté. El chico, que vestía buena tela, me dijo que, en efecto, se trataba de un acto de ilusionismo, que la señora nunca perdió la cabeza y que quienes la perdieron fueron los que se creyeron lo que sus ojos vieron. Interesante, le dije. Acabas de comprobar que el Matrix funciona. Él me miró como si yo hablara en afrikáans. Cuando le pregunté su nombre, me dijo, con mucha timidez, llamarse Ignavo Valparaíso, que vivía en la Calle San Sebastián y que tenía hambre. Odia el pecado y compadece al pecador, le dije. Él me miró como si no comprendiera un comino de lo que yo decía. Y yo me preguntaba, ¿necesitaba el mundo un nombre como Ignavo Valparaíso? ¿Por qué no Sapiente Vapalcarajo?, dije. Reí como un verdadero comediante ególatra que se ríe de sus propios chistes cuando a nadie más le hacen gracia. El hombre me miró con cierta incomprensión en los ojos y me dijo:

—Mi nana me dice Iggie.

¡Su nana le dice Iggie! Pero, ¿qué pedazo de bambalán insulso había cruzado mi camino? Salir del trueno para caer en el relámpago. Yo pensaba que el tipo era un burlador social, un insurrecto, un mago del terrorismo sutil de pasarse a la gente por donde no le diera el sol, pero no, ¡el tipo a su edad tenía una nana! Digo, ¿qué más se podía criar en un país cuya historia había sido escrita con la insufrible pasividad del servilismo? ¡Una nana a estas alturas!, le dije a quemarropa, por citar a Arjona. Le pregunté si tenía otra familia, algo así como hermanos inútiles, hermanas materialistas, padre de chaqueta y corbata y madre de lino, pero me dijo que sólo tenía a su nana. Pobrecito, pensé. A lo mejor es el heredero de una rica fortuna cuya condición es tragarse a una vieja decrépita que lo viene cuidando desde que él estrenó pañales desechables y sin la cual el derecho a la herencia quedaría nulo. Claro. Uno de esos testamentos enfermizos y perversos, producto de una mente enfermiza y perversa. Así que le dije que, ya que yo había resuelto su casi desgracia, él era libre de marcharse cuando quisiera, que le regalaba la camisa y que si me veía por ahí, me podía pagar un café o algo así, pero que era mejor que se fuera ya que había pasado el peligro.

—No sé cómo regresar— me dijo tímidamente.

Las desgracias, está probado, no vienen solas. La broma me sentó un tanto fuera de calibre, en absoluta incompatibilidad con la realidad aparente que se desplegaba ante mis ojos. Digo, a un tal Ignavo Valparaíso que no sabía regresar a su casa —humilde, supongo— donde su nana —humilde, también supongo— le estaría esperando con la merienda de la tarde lista para ser engullida y sucedida por el sencillo acto de echar la siesta, ¿se le podría perder el camino de ladrillo amarillo? Este huevo quería sal, recelé.

—Pues a tu casa se llega de la misma manera que llegaste aquí, sólo que al revés.

Ignavo perdía el sentido de mis palabras. Sólo se quedo con su cara de niño mirándome y sonriendo, lo que incitó un hálito de compasión en mí y entonces comencé a preguntarme si en realidad este tal Iggie era algún tipo de retrasado mental, o, en todo caso, un niño en cuerpo de hombre, porque su candidez me pareció genuina, como las flores que crecen al pie de una muralla carcomida por el musgo.

Recordé que me había dicho que tenía hambre, así que busqué entre mis cosas por algo de pan. Duro y viejo, por supuesto. Y que no protestara, que mi cabujón privado no era repostería ni panadería ni cosa que se pareciera; era una trinchera para refugiarme del despiadado tormento de la existencia entre los seres humanos, la más imperfecta de todas las bestias imperfectas posibles. A Iggie pareció no importarle la condición del pan. Debe ser que al caballo regalado no se le mira el colmillo, y menos si el caballo se come y hace hambre. Luego busqué por un envase para compartir algo de vino que yo guardaba para ocasiones especiales, como que alguien me diera un dólar, o que algún empleado de restaurante se compadeciera de mi condición y me convidase a un plato de comida caliente. No es que yo sea vividor, no señor; en este país hay muchos de esos. Lo que yo soy es un científico en continua experimentación del alcance de la caridad humana. Así como lo oye. Yo soy vagabundo por elección, repito, no por defección. Pero el asunto es que siempre guardo un poco de vino para ocasiones especiales y aquella, a mi entender, no era tan especial, aparte del hecho que me visitaba alguien, cosa que nunca ocurría, y que ese alguien se llamaba Ignavo Valparaíso y no recordaba el camino de vuelta a casa.

Entre mi baúl de inservibles cosas útiles, como la mayoría de mis recuerdos, encontré un grial de plástico que había recogido del basurero de un pub irlandés. El grial era de lo más mono, verde y todo eso, el mismísimo grial de San Patricio, porque hasta San Patricio debió tener algo en que tomarse su ale. Así que me lo traje, y en aquel momento por fin le encontraba uso, porque yo siempre bebía de la botella, pero yo no soy de los que dejan que extraños pongan sus labios donde poso los míos. Eso es antihigiénico. Por lo tanto, le serví a Iggie su poco de vino y brindamos por el olvido.

Iggie, al parecer encandilado por el primer trancazo del néctar de Baco, se acercó a mí muy lentamente y colocó su mano detrás de una de mis orejas. Mi sorpresa fue tal que al principio no supe cómo reaccionar, pero luego pensé que el tipo era un malamañoso que estaba picando fuera del hoyo, y no tuve otra cosa mejor que hacer que empujarlo. El infeliz cayó sentado sobre sus nalgas y me miró muy asustado.

—Yo sólo quería extraer esto —dijo, y me mostró una moneda de circunferencia algo irregular, la cual yo le arrebaté de las manos, palpé, observé y mordí, todo para comprobar que no solo era un doblón de oro muy viejo, sino que era de verdad.

—¿Cómo hiciste eso, muchacho del demonio? —exigí que me explicara.

—La gente tiene lo que su corazón desea.

Caramba, que aquellas palabras me sonaron muy ciertas, pero muy desatinadas, porque yo era vagabundo, como dije, por elección y no por defección. Yo no deseaba riquezas ni palacios porque de ser así no sería vagabundo. ¿O sí?

Bueno, la cosa es que lo dejé terminar su acto. Iggie extrajo monedas de oro de detrás de mis orejas, del bolsillo de mi chaqueta y hasta de mi boca. Las monedas eran reales, sí, pero yo aún así no le daba mucha credibilidad a aquel nuevo acto por aquello de no complicarme la vida con explicaciones racionales en un mundo que para mí no hacía nada de sentido entre las ideas y las formas. Así que, muy animado, invité a Iggie a tomar más vino, pronto le sentó tan bien como un soporífero y quedó tan agarrotadamente dormido como un tronco derribado.

Yo me dediqué a acabar la botella, con la resolución de que olvidaría todo lo acontecido ese día y que llevaría Iggie de vuelta a su casa mañana, convencido que se trataba solamente de un pobre infeliz sin infancia y, quién sabe, hasta sin malicia.

Y como pájaro de una sola enramada no hace nido, al otro día me encargaría de él.

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