bird in flight

BlakevoX prepara “Ensayo del vuelo”, que si sale, debe acompañar al poemario del mismo título y cuyos contenidos ya algunos de ustedes conocen.

El segundo corte del experimento se encuentra aquí: “Segundo vuelo”. Mezcla lounge-blues electro-acústica.

Después de siete libros escritos y unos ciento y tantos editados, tener un e-book reader es como volver a un Kindergarden.  Es un Kindle-garden, para ser más exacto.

Ya antes en la semana, el pasado miércoles 23 de diciembre, El Vocero de Puerto Rico corrió el segundo de una serie de reportajes firmados por Ana Teresa Toro en los cuales la escritora y periodista daba un vistazo a la situación literaria actual en Puerto Rico. “La era de los libros sin páginas” (página 17 de la edición impresa) contó con diversas opiniones en torno al creciente mercado del libro digital. Entre los consultados, tuve la oportunidad de expresar la postura a la cual me he adscrito desde que comencé a estudiar el cambio de paradigma: el libro digital no cancela al libro de papel, sino que “amplia el universo de posibilidades para acceder los contenidos” del producto objeto, que es el texto literario.

La palabra de orden es: selección. Poder consumir el texto de la manera que le plazca a uno, sea como audiobook, en MP3, en papel, en digital, en Braille y hasta escrito en papiros. El medio no altera el texto, aunque el texto a veces puede requerir del medio.

Así pues, dos días más tarde, me han obsequiado el Amazon Kindle como regalo de Navidad.

¿Primeras impresiones? Me gusta el juguete.

Tal vez sea por la novedad o por la facilidad que provee para la lectura, en sus aspectos técnicos. Lo primero que me bajé fueron las novelas completas de James Joyce, por noventa y nueve centavos de dólar gringo. Luego transporté El pozo de Onetti y Firmin, de Sam Savage. Y así, espero unir nuevos títulos a mi jardín digital.

Como buen geminiano, a lo mejor me aburro pronto y me canso del aparato. Pero eso no lo puedo adivinar.

Entonces, ¿que qué será del futuro?

No sé. Tal vez, en cuatro generaciones, mis descendientes presencien, en algún museo, la primera máquina ridícula que intentó suplantar el libro impreso. Y esto lo dirán, tal vez, con nostalgia, quizá hasta con interés, luego de bajar directamente a sus cerebros el brochure donde se explica la historia del libro digital.

Escuché esta historia de Paul Auster a quien a su vez le fuera relatada por Auggie Wren, pese a que ese no es su nombre. La idea es que a un escritor le solicitan una historia de Navidad como encomienda para un diario de preponderancia mediática, la cual el escritor acepta, lo que se le convierte en un problema cuando decide que no escribirá una historia de Navidad sentimentalista. ¿Entonces? Va a comprar cigarros a la tienda de su amigo (Auggie, por supuesto), a quien le cuenta su dilema. ¿Eso es todo?, dice Auggie. Si me pagas el almuerzo, te contaré la mejor historia de Navidad que jamás has escuchado.

Publicada en el New York Times el Día de Navidad de 1990, “Auggie Wren’s Christmas Story” se ha convertido en un clásico de las celebraciones navideñas pese a que no contiene renos a los que le encienda la nariz, ni arbolitos decorados con dulces y bastones, y ni siquiera sale Santa Claus.

El video es la versión del cuento según apareciera en el filme “Smoke” (1995). La canción de Tom Waits.

Feliz Yule a todos.

philip-roth2 El tamaño sí importa cuando la brevedad no conviene.

Si uno es Philip Roth, el asunto puede sonar tan certero como mezquino, puesto que en la más reciente novela del laureado escritor, The Humbling, predomina el tema de la impotencia ante la violencia del tiempo. Para los que conocen a Roth, esto no es nada nuevo. Es más, todo el espectro temático de las novelas de este escritor queda activado en apenas unas 140 páginas que comprenden su trigésima obra. Pero para el protagonista Simon Axler, la tercera edad también reclama la certidumbre sexual. Axler entonces despierta su infatuación hacia Pegeen Mike, una despampanante lesbiana de cuarenta años y que pertenece al mundo de la academia.

El problema de Axler se torna en símbolo del conflicto principal: es un actor teatral que ha perdido la gracia de su arte. Dildos, dedos y deslices cruzan la comunicación de un lado a otro hasta que una noche, Axler y Pegeen recogen a Tracy en un bar y se conforma un triangulo de interesantes excesos y perversiones. Demasiado para 140 páginas, creo yo.

Ahora, cualquier novela que proponga las aventuras sexuales de un viejo verde pudiese ser considerada obscena –yo mismo escribiré una si llego al menos a los 60-, o tal vez pudiese ser tomada como indicio de que la gran mente creativa de Roth también se cansa. En efecto, en The Humbling la debilidad, a mi entender, parece ser que Roth ha caído en la trampa de la novela corta y se ha quedado a medias, como un coito interrumpido por un repentina baja del flujo sanguíneo.

The Humbling es parca en los rasgos vitales de la caracterización y de la función agencial de los personajes, dejando el entramado argumental en manos del nivel temático o de la significación, o peor, en las facultades adivinatorias del lector. Incluso, hay partes de la trama que padecen de hiatos secuenciales, muchos de los cuales se pierden sin explicaciones. Aparte de los aciertos estilísticos que se le atribuyen a Roth, la novela vaga en escenas eróticas que más bien parecen remediar una carencia que justificar una gana.

Al parecer, Roth ha pasado por alto que una novela corta no consiste precisamente en que sea de pocas páginas, sino en cómo se acortan, se tensan y se controlan las proposiciones narrativas que a la larga dispondrán del rumbo de la novela. Por tanto, hay demasiado sexo sin sentido, carente de función propia dentro del desarrollo de la novela, como si hasta el propio Roth perdiera la noción de la coherencia y simplemente quisiera ser un viejo verde y nada más.

Que conste: este es el mismo Roth que publicó en 1972 una novela de corte kafkiano titulada The Breast, en la que un hombre se levanta convertido en una enorme teta de mujer.

Algo loco, ¿eh? Wicked.

Pero en The Humbling no hay mucho más qué decir. Sólo que uno espera que exista algo así como una Viagra para levantar el estímulo literario.

firmin2 Lo siento. Una vez imbuidos en la maniobra de anticipar mi escrito, tendré que arruinarles el chiste y, no, no se trata de mi autobiografía (y casi escucho decir: “Don’t flatter yourself. Ni que fueras tan literario”). La rata es Firmin, el protagonista de la novela de Sam Savage, publicada en 2006 pero editada hace poco en traducción al español por Seix Barral.

Me atrae le hecho de que, siendo la rata narradora y protagonista, la historia recupera la mala maña Beckettetiana de focalizar sobre la escisión entre el sujeto y el objeto. No es debatible el hecho de que, siendo un animal generalmente repulsivo y grotesco, Firmin exhiba profundad de pasiones humanas, sobretodo, en cuanto a su formación literaria, domeñada por el entorno espacial: vive en una biblioteca.

La novela tiene sus antecedentes en las Memorias del subsuelo, de Dostoievsky, perturbadora y perturbada novela escrita por el maestro ruso durante uno de los momentos de mayor incomprensión de la realidad externa del mencionado novelista. Firmin es, como Memorias del subsuelo, la novela del fracaso de los humanos, cuya invención más grande ha sido el lenguaje, la materia de la que se componen la ficción de la vida. Baste entender de plano que la rata aborrece a los de su propia especie (incluyendo a Mickey Mouse y a Stuart Little), imagina que baila como Fred Astarie y que toca el piano como Gershwin.

De Memorias del subsuelo, se extrae que en el segundo capítulo de la primera parte (titulada “La ratonera”), el narrador nos dice: “Ahora voy a contarles, señores (quieran ustedes o no), por qué ni siquiera he conseguido llegar a ser un insecto. Lo declaro ante ustedes solemnemente: muchas veces he intentado convertirme en un insecto, pero no se me ha juzgado digno de ello.”

No hay duda que la condición humana, reducida en su indigencia existencial, circunvala lo escatológico y lo locústido, una visión solamente manejable en los contornos de la literatura. El fracasar hasta en el fracaso se reconstituye en la cucaracha de Kafka, o en la garrapata de Süskind. Pero si Gregor Samsa muere inefablemente cucaracha, y Jean Bapiste Grenoille termina como bocadillo de sacrificio caníbal, la rata Firmín se humaniza en la literatura. Nuevamente, su triunfo es su fracaso, porque entonces vive el mundo que sólo existe en su imaginación, pero que se convierte en el único mundo posible- ese mundo del cual el Molloy de Beckett se siente renegado.

El triunfo del libro es la postura de que la materialidad de la lengua –en su grafía y en su sonido- constituye el modo de que la humanidad se entienda a sí misma. Si embargo, el resultado es, muy a lo Beckett: “Una rata culta es una rata solitaria”, dice Firmin, quien, por supuesto, ha leído a Dostoievski.

Nos hace pensar, como comentara Savage durante su entrevista con William Baldwin, si Fermin lee porque es una rata solitaria o si es una rata solitaria porque lee mucho.

Francis Ford Coppola produjo en 1993 la animación con muñecos de arcilla “The Junky’s Christmas”, de William S. Burroughs, en voz del propio Sacerdote. La parte II y la conclusión la acceden al final del video, así que aquellos que dispongan de tiempo, quedan invitados a verla.

El texto completo aparece en el siguiente enlace:

http://www.interpc.fr/mapage/westernlands/junkyschristmas.html

Jingle bells.

gaby 2 copy La tarde fría de noviembre comienza a helar el aire y el cielo parece lavado tras la intensa lluvia del día, cuando llega Padre Lyon a procurar a Gaby. Es un acto caritativo, dice el clérigo luego de bendecir a la recia mujer ya entrada en su tercio de vida. ¿No hay dinero entonces?, inquiere Gaby con desencanto. El Señor te lo pagará, Gaby, dice Padre León, mientras se rasca el mentón con su sortija masónica. El Señor ya me debe demasiado, insiste ella. No fío más, Padre. Pero tras la sonrisa verde irlandés del hombre de Dios, asiduo consumidor de tabaco y al mabí, no había más que decidir.

Alguna gente dice que Gaby es tan hábil en el rezo a los muertos, que puede implorar por la salvación de dos pecadores a la misma vez, así, muerta de la risa, cosa que no parece improbable si están uno al lado del otro, pero que impresiona si, por el contrario, se encuentran en habitaciones distintas. Por ello, Gaby, mujer de intensa tradición oral y archiconocida por su destreza con el santo rosario, es la rezadora predilecta del párroco para situaciones donde las maneras misteriosas de Dios ya no podrían manifestarse. Por eso todo el mundo sabe que al muerto que ella le reza, llega más pronto al cielo. Y es por esta razón que Padre Lyon insiste en que Gaby le rece a Bombo, un pobre infeliz sin familia que tendrá que ser sepultado en una agujero en la tierra sin la decorosa protección de una lápida.

Si en la corporación celestial honran las bonificaciones por comisión de todas las almas –conocidas o no- por las cuales Gaby ha orado en su vida, seguro tendrá V.I.P. en el lounge celestial, porque cuando el Padre Lyon le ofrece café, galletas, queso de bola holandés y una conversación teológica la casa parroquial, las facciones mediterráneas de la mujer, ahora rígidas por el tiempo, se enternecen. Padre Lyon esperaría a Gaby en la iglesia del pueblo.

Gaby, que camina todo el pueblo mientras tuviese su paraguas en mano, avanza entre la lluvia por las despobladas calles hasta llegar al cementerio, donde le recibe el velo fangoso que corre desde lo alto de la colina que sirve de asentamiento a la necrópolis. Desorientada, y utilizando su instinto ancestral, advierte a tres hombres con palas en mano y decide que, efectivamente, allí entierran Bombo. Como sabe que continuará lloviendo y, honestamente, piensa en el café y las galletas de la casa parroquial, apresura el paso, saluda con distancia a los hombres y mira hacia el interior del hoyo, donde un toldo azul aparentemente cubre el cadáver. Así, Gaby extrae su instrumento de trabajo y comienza a rezar.

—Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.… — dice mientras se persigna y yada yada yada.

Los hombres se conmueven y Gaby hasta hace que se unan a ella en los responsos.

Al terminar, Gaby se despide con elegancia y se retira complacida. Ha realizado otra maravillosa ejecución del poder de la palabra y el conjuro para añadir al cielo otra alma más. Tras ella, la voz de uno de los trabajadores parte la tarde:

—Yo he trabajado en la limpieza de pozos sépticos toda mi vida, pero esto es nuevo para mí.

Gaby, soberbia, como de costumbre, no mira hacia atrás.

Gabina Conrada La Torre me llevaba a los rosarios y novenarios por los que ella era conocida, hasta el día que me quemé la lengua con chocolate caliente en la casa de uno de sus ‘clientes’. Entonces, ya no volví.

sussex Sobre la entizada tierra de Sussex del Este, la bruma peina el verde del valle sobre el cual se acuesta la mirada enrojecida de Coenred. Le ha sido difícil acudir al sueño durante las últimas horas y su cuerpo se apresa en una suerte de calambre que lo aletarga. Se acomoda el grueso saco a manera de caparazón y cruza los botones cuando siente, a sus espaldas, los movimientos lentos de Hilda. Se torna. La mira entre la oscuridad retorcida que se empantana en la ordenada casa. Parecería que el tiempo se había detenido y que la única trabajosa faena fuese respirar a través del dolor de haber perdido, apenas unas horas antes, a Max, su niño de cinco años, y cuya presencia aún habita como una aura en los juguetes que ella abraza. Hilda se desploma en llanto. Ya, ya, le consuela Coenred, mientras intenta quitarle los juguetes de la mano para colocarlos en un par de morrales que yacen sobre la mesa.

Hilda siente que la desgarran a jirones. ¿Habrá juguetes al otro lado?, pregunta ella entre gimoteos. No sé, contesta el hombre. Llevémosle, pues; uno nunca sabe. Afuera apenas el sol se insinúa cuando Coenred asegura la puerta y, con uno de los morrales en sus espaldas, le indica a su mujer que es tiempo de partir. Hilda toma el segundo morral, que descansa sobre la mesa, y lo carga como si llevara su vida adentro.

La caminata es larga y silente. Son varios kilómetros que deben obliterar con las suelas de sus zapatos mientras van salando en el viento la crudeza de las memorias. Abanicaba desde el Este un viento taciturno que cargaba las risas de Max, durante las tardes en Passies Pond, o mientras observaba la miniatura de tren de vapor de Eastbourne. Luego el accidente de cinco años atrás: la bruma, la lluvia, el pavimento, el camión fuera de control y, entonces, la oscuridad. Como resultado, Max sufrió una lesión severa en su espina dorsal y quedó sin movimiento de sus extremidades. Prisionero de su cuerpo, la mente del chico no podía hacer otra cosa que soñar cosas como «¿Verdad, mamá, que voy a caminar?», o, «Papá, pronto jugaremos al fútbol», oraciones que resuenan en estos momentos traídas por medio de la voz y los labios de Coenrad e Hilda. El dolor ya no aguanta más vacío. Mejor no digamos más, dice la mujer mientras su esposo, sin inclinar la mirada, piensa que tanto vivir y luchar para que el chico caminara, y tenía que perderlo ante una meningitis.

Al llegar al final del camino, los espera el acantilado y un faro que aún no se ciega, dada la intensa bruma mañanera. El sol destella como un cuchillo de luz que se abre entre el horizonte gris.

Coenrad toma la mano de Hilda. La besa. Sus labios húmedos de lágrimas y secreciones nasales engranan en la perfección de lo incompleto. Luego, en un movimiento acordado con la sencillez de la mirada, saltan al vacío.

En pleno vuelo, Coenrad e Hilda sueltan sus respectivos morrales y, justo antes de golpear las porosas rocas en el asentamiento del acantilado, flotan los juguetes en medio de la nada, seguidos por el cuerpo tieso de Max.

El 3 de junio de 2009, Neil and Kazumi Puttick se lanzaron al vacío junto al cuerpo sin vida de su hijo Sam, al que le habían dedicado toda su vida tras el niño haber perdido movimiento del cuerpo en un accidente de automóvil.

20091120-fresan%20port Rodrigo Fresán es un escritor al que le he seguido desde los 90 a raíz de la visita de Ray Loriga, entonces con melena heavy metal, a San Juan. Ni uno ni el otro son autores de alto consumo en Puerto Rico, pero por muchas razones me identifico con ellos. Particularmente, Fresán es un escritor al que conocí con Esperanto (1997) y La velocidad de las cosas (1998), y con quien comparto al menos dos cosas: una es su gusto por la banda de rock The Talking Heads y la otra por el respeto al lector. Con respecto a lo primero, pues ni pienso consagrar tiempo con explicaciones; en cuanto a lo segundo, en La velocidad de las cosas, Fresán dice:

Con el paso de los libros y la sostenida práctica de esa imprecisa ciencia que, a falta de otro mejor, responde al nombre de literatura, he comprendido, no sin algo de esfuerzo y bastante sorpresa, que en el fondo y en la superficie de todas las historias existen tan sólo dos categorías de escritores y, por lo tanto, dos categorías de lectores. Están aquellos que al final de un cuento suspiran “¿por qué no se me habría ocurrido a mí?”; y están los que optan por sonreír “¡qué suerte que se le ocurrió a alguien!

Eso es todo, añade.

Todos somos lectores de un modo o de otro, y pronto, en el viajar de las lecturas, nos damos cuenta que nos sumamos como un monto de cosas pasadas, hasta llegar, como la revelación de un códice ancestral y apocalíptico, al último develamiento de esa suma: el principio de un libro también puede ser el fin del mundo.

No es casual que en la presentación de su más reciente novela, El fondo del cielo (Mondadori, 2009), nos reciba con un “Bienvenidos al fin de los finales del mundo”.

La novela es un tríptico episódico que semiotiza la proposición narrativa de la cual desprende la trama: es la historia de un triángulo amoroso que el desafío del tiempo y su inevitable paso agota en su insuperable destino: el final del mundo.

Como Junot Díaz en su The Brief Wondrous Life of Oscar Wao, o Andrés Neuman en El viajero del siglo, Rodrigo Fresán retoma el registro de la literatura de ciencia ficción y escribe una novela que no es puramente ciencia especulativa ni fantasía, sino que se ampara en estas modalidades para traernos una historia de amor como posibilidad de salvación del mejor mundo posible, pero que se muere.

En efecto, cargada de J.G. Ballard, Vonnegut, Lovecraft, Phillip K. Dick y Arthur Clarke, El fondo del cielo se conforma en torno a la pasión de los personajes por la ciencia ficción, un elemento especular tanto en la manera misma en que se maneja la caracterización como en los juegos de tiempo y espacio. Pero sobre todo, es una historia de ciencia ficción que plantea al género como filosofía o sistema de convicciones hacia la vida.

No sé si fue García Canclini –antropólogo argentino, como Fresán, aunque el segundo reside en España- quien cuestionaba por qué habríamos de hablar sobre post-modernidad en una Latinoamérica donde apenas la modernidad se había manifestado, pero podríamos cuestionar si la literatura hispanoamericana se encuentra apta para la ciencia ficción cuando todavía existen países donde la ciencia y el progreso (la modernidad en sí) son signos del mal, y cuyos ciudadanos apenas cuentan con los servicios básicos de agua potable y electricidad para sobrevivir.

La respuesta en sí misma es otro debate.

Pero en cuanto al proyecto de la novela de Fresán, sólo puedo sonreír y decir a la vez: “¿por qué no se me habría ocurrido a mí?” y “¡qué suerte que se le ocurrió a alguien!”

origami_jedi_20061202 Una de las más antiguas polémicas entre las ciencias nomotéticas pertinentes a la literatura es si el escritor nace o se hace. Ahora, si bien uno podría resolver esto diciendo que uno puede aprender la técnica, pero no el talento, cuando se trata de las artes editoriales la respuesta es más tajante. Es decir, uno no nace editor; uno simplemente se hace.

Yo comencé, profesionalmente, a hacer libros en 1994, primero con el Grupo Santillana, luego dirigí el Departamento de Edición de la Editorial UPR, y en el 2003 decidí fundar, para bien o para mal, a TerranovA.

Cuando TerranovA comenzó, sólo existían Isla Negra y Callejón como editoriales de las llamadas “alternativas”. Por supuesto, estaba la Editorial UPR, Plaza Mayor, Editorial Cultural y Huracán como las principales publicadoras, si eliminamos a las multinacionales como Alfaguara (que ya no está en Puerto Rico) y Norma. A partir de entonces, han surgido las siguientes editoriales (sin ningún orden particular): Tiempo Nuevo, Vértigo (fuera de operaciones ya), Ediciones El Sótano, Publicaciones Gaviota, Editorial Tres iii, Letra2, Aventis, Pastiche, Agentes Catalíticos, Pasadizo, Preámbulo, Atarraya Cartonera, Editorial Dictatorial, Concepción 8, y otras que eluden al momento mi mente, sin intención de ignorarlas.

Por eso, encuentro particularmente interesante el hecho de que en la más reciente edición de la revista Tonguas (la cual dirigiré en la Universidad de Puerto Rico por el próximo año), el joven escritor Daniel Pommers, autor del libro El Esqueleto presenta, y en respuesta a la pregunta de la entrevistadora, Naida García Crespo, sobre qué opina el autor acerca del mercado actual de la literatura en Puerto Rico, dice lo siguiente:

“Es cuesta arriba. La crisis económica, cómo se mercadea un libro, termina quedándose solo en el sector universitario, en el intelectual. Queda en manos del escritor poder llevar al público su situación actual. Pero la producción de los escritores no puede parar aunque haya un montón de cosas (como la TV) que promueven que no se dé esa producción literaria”.

Pommers afirma en la entrevista que decidió publicar por su cuenta de forma independiente porque “primero que nada, las casas editoriales se tardan mínimo un año en sacar el libro”. Y añade:

“También hay que pasar por un proceso extenuante. Más aun si el libro va a estar condicionado a un costo de producción de la casa editora que puede ser más de lo que el público pueda costear”.

Otra de las razones que presenta Pommers para auto-gestar su libro es, probablemente, la que incita mi comentario:

“No siento que haya oportunidades para nadie. Es más difícil para los jóvenes porque no tienen un nombre establecido, pero es difícil para todo el mundo”.

Yo no he leído el libro de Pommers, ni mi intención es pasar juicio sobre el mismo ni sobre lo que dice, pero me parece que me escucho a mi mismo en 1993, cuando probablemente Pommers asistía a la escuela primaria. De hecho, mucho de lo que dice el escritor me ha llevado a pensar en la manera en que percibimos la realidad, en particular cuando se trata de un sector cultural tan reducido y fácil de detectar, como lo es el mundo del libro. Y digo esto porque, en Puerto Rico, si descontamos las librerías cristianas y las educativas, sólo queda un puñado de puntos de venta, generalmente concentrados en la ciudad universitaria de Río Piedras.

Para mí, con todo y eso, que hay editoriales para largo y tendido, cada una con su cosa.

El enemigo no es el sector editorial.

El enemigo es la analfabetización, la pobreza de cultura editorial, la desarticulación de políticas culturales y un sistema de gobierno que, como me dijo un senador una vez, prefiere hacer cosas que "la gente vea; piedra, brea y cemento, no libros”.

El enemigo somos nosotros mismos.

Agua, agua, agua, dice el náufrago de Coleridge, y ninguna que se pueda tomar.

circus01 Hay algo mágico y a la vez trágico en eso de la vida del circo. Es algo que se esconde como entre líneas, entre los intersticios que habitan los rugidos de los tigres, el olor a aserrín, la melodía del organillo, el olor a palomitas de maíz y la peste rutilante de los monos, elefantes, caballos y perros.

La aberración es el Todo, la suma de lo dispar y disímil, sin contar la peste humana, que es la yema del circo.

En fin, lo mágico es para los asistentes a la función, que asisten allí con la ilusión de ángel caído a vivir la grandeza en un par de actos de singular proeza humana, pero lo trágico es para los actores, trapecistas, magos y malabaristas, cuyo tiempo se mide en once meses de trabajo al año, a su vez dividido en los días que el circo presenta sus funciones, y las funciones se miden en número de personas, y las personas se traducen a dinero, y el dinero va a parar a los bolsillos de Pepo Watson, quien después reparte el bacalao, como dicen por ahí, ¿verdad?

Sin duda que la vida en el circo no es pellizco de ñoco.

Yo no tengo una prostituta idea de lo que es un pellizco de ñoco, pero eso no lo decía mi madre; lo decía mi padre, que apenas conocí, aunque vivió conmigo toda la vida y siempre fue un desconocido. Pero sí sé que la vida de circo se nutre de cierto arte de oscuro potencial humano.

Allí, en el estacionamiento, había carruseles, concesionarios de comida rápida, artesanías y otros recuerdos costosos de un día en el circo.

Y como el centro a la circunferencia, se levantaba una gran carpa de lona con los colores del arcoiris, ramilletes de bombillas que encendían y apagaban en serie y una gran boca de payaso que hacía de entrada principal. Daba la impresión de que el carapintada se tragaba a uno al entrar. Y es que el circo es un espectáculo orgánico donde el espectador es digerido lentamente por los jugos gástricos de la ilusión y el entretenimiento. Es el aroma a etiércol de elefante, a sudor de chimpancé, a las sobras de la comida de los leones lo que aromatiza la experiencia circense, que es aventarse al vacío de un micro-mundo eterno y repetitivo, como las malas memorias que pretendemos sofocar en el olvido momentáneo. El circo, en fin, es como una ciudad nómada, una suerte de vecindario improvisado en cuya periferia se concentran las viviendas de los habitantes, adjuntas a las asquerosas jaulas de los animales, incluyendo la del pobre oso polar al que le hacían el favor de colocarlo bajo ventiladores eléctricos, como si un vaso de agua al pie de una celda le quitara la sed a un prisionero encadenado a una pared. Pero, no los juzgo. Los tigres tenían pulgas, los caballos tenían anomalías en la piel y los perros lucían roñosos.

Pero ese era el circo pirata de Pepo Watson.

—Vaya, vaya —dijo una voz como ardilla con ataque de sinusitis. Era Vitellio, uno de los enanos del circo, que venía vestido en atuendo de piel negra, con cadenas perforándole sus tetillas y un látigo en la mano—. Conque el gran Simón vuelve por aquí.

—Déjame quieto, niño —dije, sin detener mi paso, y con Iggie siguiéndome fielmente.

—¿Niño? Yo podría ser tu padre, filósofo de mierda.

—¿A ver? ¿Qué es ese ruido tan agudo? Ah, pero si es Vitellio —dije, fingiendo no haberlo reconocido antes—. Es que con esa indumentaria de motociclista marica, no te reconocía. Por lo de ciclista, digo.

—La economía anda mal. Con algo hay que empatar la pelea. Así que estaba en una despedida de soltera anoche. Ya sabes. Dinero extra.

Proseguí mi camino y encontré a Bolita, el payaso, que de payaso sólo tenía la cara, porque jamás había conocido un ser más infeliz de estar vivo.

—¡Bolita! —grité con entusiasmo.

—¡A coger por el culo! —contestó.

—¡Soy yo! ¡Simón!

—¡A coger por el culo!

Miré a Iggie.

—Está borracho —le dije—. Siempre está borracho.

—¡A coger por el culo, todo el mundo!

—¿Sólo sabe decir eso? —le preguntó Iggie.

—¡A coger por el culo!

—Entiendo —dijo Iggie, y continuó su camino junto a mí.

Saludamos al resto del elenco.

Al fortachón Herculito, quien a pesar de su intimidante apariencia de héroe épico y su impresionante musculatura, tenía una debilidad por el color rosa y por correr con el baúl abierto, si me entienden.

También vimos a la increíble mujer de goma, a dos o tres infelices malabaristas practicando con botellas de cerveza (la única manera de asegurarse de que no se les caería nada), más enanos extraídos de la fábrica de chocolates de Willie Wonka y a los quíntuples trapecistas haciendo calistenias.

Pero, como orquídea en medio de un antro, apareció toda delicada y algo tímida la Dulcinea de todos mis sueños, Venus.

Oh, que los dioses decidieron un día hacer una belleza perfecta, pero al parecer, para que fuese perfecta tenía que mantener la boca cerrada, por aquello de que en boca cerrada no entran moscas.

Las mujeres que me disculpen, pero no lo digo porque ando en un Neruda-high, ni porque mi Venus era mujer, sino porque el silencio es sabio. A veces es mejor no tener ni voz, y si tampoco tenemos sentido auditivo ni visual, mejor.

No obstante, ella era un verso, un poema, y sus ojos guardaban miles de historias, las que uno quisiera.

Ella podía inventarle a uno el sol o la luna, el mar o la cordillera.

Ella era una geografía, y no por lo detallado de su firme y atlético cuerpo, sino porque el halo de misterio que la absorbía era un mapa a un mundo maravilloso, un mundo silencioso y tierno, callado, un mundo donde los poetas serían muertos de hambre (aparte del hecho de que ya lo son) porque no habría signo posible que denominara aquella paz que habitaba en Venus.

Yo la conocí un día en que me ofrecí de voluntario para repartir hojas de promoción para el Cirque Du Luneil. Para entonces, Pepo Watson, que no me conocía, aceptó que yo repartiera la propaganda siempre y cuando estuviese acompañado de un delegado del circo.

¡Ah, por las barbas de Neptuno, si es que no es lampiño!

La hermosa Venus apareció en su leotardo negro y su chaqueta de mezclilla, maquillada como si fuese un caramelo para el día de los enamorados, toda rosada y violeta, con su melena larga y rizada y negra y sus ojos indigo y yo queriéndome morir de amor a primera vista y morir bueno y sano y santo y no en vano.

Aquel día no me perdió a pie ni a pisada, pero como no me hablaba, yo me iba descomponiendo poco a poco, y mis piropos se estaban melcochando al sol sin recibir reciprocidad ni respuesta, ni siquiera desprecio, que me hubiese bastado, pero no; la Venus se veía lejana y aquella pequeña sonrisa no me bastaba para saciar mis ganas de que me hiciera caso, y ya para el final del día, yo tenía vómitos y mareos y sudaba como caballo en hipódromo, y no podía quitarme la imagen de la chiquilla aquella que sólo me miraba y me miraba y me angustiaba con su silencio. Pepo Watson, asustado, pensando que me había cogido una insolación o algo peor, asumió la responsabilidad de cuidarme por lo menos hasta que recobrara el ánimo y pudiera salir de allí caminando.

A medida que pasaban las horas, una extraña fiebre me apresaba.

Yo me quería morir voluntariamente, porque aquello era una injusticia para mi corazón, una carga demasiado pesada para tolerarla, una aplastante humillación para mi hombría.

¡Ay, cómo vivir si la amapola de mi jardín ni siquiera se dignaba en regalarme migajas de palabras!

Comencé, entonces, a convulsionar. ¡Llévame, llévame, Señor!, yo decía a los cuatro vientos para que el universo se enterara de aquel vil crimen. ¡Mátame, Pepo, mátame! ¡Termina este suplicio! ¡No aguanto más!, yo declamaba como poeta romántico con hemorroides.

Vinieron todos los empleados del circo, me dieron agua por si era un sofoco, miel por si era un bajón de azúcar y aguarrás por si era un demonio que se apoderaba de mi cuerpo. Con el estómago revuelto de tanta porquería, no tuve más remedio que comenzar a vomitar y ya sí dije que aquel era el fin, porque apenas había ingerido alimentos sólidos durante el día. Entonces, cuando lograron estabilizarme, no fue Katano quien pronunció las palabras mágicas, sino Pepo, quien le dijo a Venus:

—Tú te quedas con él toda la noche. Si se muere, es tu culpa; pero si sobrevive, me llamas y yo mismo lo saco a patadas del circo; pero recuerda: si él opta por dejar de respirar, tu darás testimonio. Y como eres muda, no habrá quien te haga cantar.

¿Muda? ¿Muda?

¡Pero por qué carajos no me dijo que la espía rosada era muda!

Tonto que fui, por no decir pendejo.

Venus asintió a las órdenes de Pepe y luego inclinó su mirada sobre mi frente, por donde pasaba una esponja helada.

Aquella noche, mientras me recuperaba de mi instantáneo mal de amores, le declamé versos de Machado para melar su corazón.

Por días salimos, ella se comunicaba conmigo a su manera, y yo, pues, a la mía. Nos besamos y un día hasta casi hicimos el amor en la caseta de la mujer con barba, quien nos sorprendió y nos reprendió y luego nos acusó ante Pepo Watson, quien determinó que yo nunca más me acercara a su querendona, Venus, con quien él mantenía una relación muy extraña, a pesar de que le decía a todo el mundo que la quería como a una hija.

Así, con el polvo malogrado, me he conformado por años con sólo ver a Venus, hablarle, saber que me escucha aunque no hable.

Iggie y Venus se entendieron muy bien. Ella le hablaba por señas y él le contestaba de igual manera. ¡Por Dios! Por un momento pensé que me la convertiría en gallina o en conejo o, peor, que la desaparecería como le había hecho al doctor Genenstein, por lo que lo alejé de ella con un empujón. Que qué haces, chico loco. ¿Qué te crees? Aléjate de ella antes de que hagas algo de lo que te vas a arrepentir todo lo breve que te vaya a quedar de vida a partir de entonces. Debo admitir que lo que me dio fue un leve arranque de celos que Venus supo calmar con tan sólo colocar su mano sobre mi mejilla.

No te preocupes, me pareció escuchar la voz de sus ojos. Mi corazón es sólo tuyo.

Y ya con eso, desde entonces, se me acabaron los malos pensamientos.

Pepo apareció y nos asignó un espacio junto a Katano, el mago oficial del circo. Katano no nos habló mucho y todo el tiempo se dedicó a acariciar su gato negro mientras nos miraba con resentimiento, ira u odio, o todas las cosas a la vez. Era una mirada de cuervo, fija y misteriosa. Llevaba un gran sombrero de copa negro inclinado siniestramente sobre su frente, como una torre de Pisa. Iggie cada vez que lo miraba le sonreía como un girasol, y Katano le devolvía aquel gesto de desprecio asesino que era sintomático de una gran envidia encubándose en su alma, cual un súper virus gusano nieztcheano. Iggie, un tanto nervioso, comenzó a silbar, a lo que Katano reaccionó con sus ojos abiertos como dos garras y abalanzándose sobre el joven mago.

—¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!— gritó exasperadamente Katano, y colocando su mano sobre la boca de Iggie, le dijo—: No silbes en el camerino. Es de mala suerte. Profanas el oficio de mago.

—¿Escuchas algo, Iggie?— comenté en soberano acto de soberbia.

—Sí, al mago. Me dijo que no silbara.

—Idiota —dije—. Se supone que me digas que no, que no escuchas nada.

—Ah, pues no. No escucho nada.

—La voz de la sabiduría nunca puede ser ignorada, Simón de los infiernos —dijo Katano.

—No, ¿verdad? Por eso yo nunca me callo la boca.

—Insolente. La casta de los magos no debe ser mancillada.

—Bueno, por eso nosotros somos el acto de magia esta noche, porque hemos redimido al mundo de un charlatán más que se llama Katano.

Katano se acercó lentamente a Iggie, se zambulló en su mirada y allí estuvo nadando por un rato. Pero el rostro de Katano se fue transfigurando del granito de su facciones a una tierna y gelatinosa vulnerabilidad pálida que hasta le quitó años de encima, porque por mi madre que yo juraba que estaba rejuveneciendo.

—Por todos los Astros —susurró Katano—. Ve a demostrarles a todos que nuestra raza vive. Sólo un par de cosas: nunca mires hacia atrás cuando estés en la parada de entrada. No te sientes al borde de la arena ni silbes mientras te estas preparando para tu función. Es de mala suerte.

Luego Katano buscó en uno de sus bolsillos y le entregó a Iggie un montón de pelos que se asemejaban a los residuos que quedan en la bañera cuando uno se lava el cabello.

—Toma— dijo.

—¿Qué son?— preguntó Iggie.

—Son cabellos de la cola del elefante.

Inmediatamente intercedí en la conversación.

—¡Alto, alto! ¿Qué te sucede, mago de confeti y espanta suegras? Eso es un foco de infección. Esos elefantes son torres transmisoras de enfermedades que todavía no se conocen en la Tierra, ¿y tú le regalas a mi muchacho pelos del culo de uno de ellos?

—No son pelos del ano— dijo con su característica morbosa tranquilidad—. No son pendejos, por lo que no hay razón para sentirte aludido.

—Dije culo, culo; no ano.

—Son pelos de la cola. Y son signo de buena suerte.

No dije nada, por aquello de que discutir con un loco es como tirar puños por una ventana abierta.

Katano se retiró lentamente y sin darnos la espalda, y ya no hubo más con el testigo.

Dos horas después, ya el espectáculo había comenzado. Era una función especial en la que estaría presente Enemesio Miranda, hasta entonces el seguro candidato a gobernador por el PAN (Partido de Amistad y Nación), la colectividad política que había renacido como sustrato de los tres partidos principales del país. No había surgido nadie que retara su candidatura, y por tanto era casi la opción para morir en la papeleta. Lo generado en entradas sería a beneficio del partido.

Pepo Watson mismo se encargaba de dirigir las amenidades, en su tradicional sombrero de copa y frac hecho a la medida para sostener su gran depósito de mierda, que era su panza. Una banda compuesta por cinco borrachos irlandeses amenizaba la noche tocando las marchas tradicionales de John Phillip Sousa. La rutina sería la misma de siempre: iniciaba con una gran parada de criaturas buscadas por la sociedad Protectora de Animales, acompañados por los malabaristas, los acróbatas, los trapecistas, los enanos, los payasos liderados por Bolita y, al final, sobre un fino corcel blanco, adornado con púrpuras y rosados destilados de una pintura de Boticelli, llegaba Venus, la contorsionista que se enredaba en las válvulas de mi corazón con la facilidad de una boa constrictora y me asfixiaba las ilusiones. Tras de ella, iba, sobre un gran elefante cancerado, Iggie Valparaíso, la atracción de la noche. En fin, era un elemento de unificación tal que daba la impresión que el circo era una sola familia. Disfuncional, claro, pero una familia al fin.

Pues para resumir, luego de que cada cual hizo lo suyo, le tocó el turno a mi Iggie.

—Damas y caballeros, ante ustedes, y en exclusiva participación con el Cirque Du Luneil, desde la Bielarusia...

—¡Desde la Bielarusia!— comenté en voz alta y tras bastidores, mientras le daba apoyo moral a Iggie, quien se encontraba muy nervioso.

—¡...el Gran Ilusionista y Mago, Iggie Valparaíso, el Magnífico!

—¡El magnífico!— dije, despedazado por el asombro.

Así, Iggie hizo su presentación, con los pelos de elefante bajo el sombrero de copa que Venus le consiguió, para que se viese digno.

Una luz púrpura caía desde algún punto de la carpa sobre Iggie.

A saber si no era la misma estrella de Belén colándose por los agujeros del techo.

Pero allí el chico se veía digno.

E Iggie se lució.

Tuve que admitir: el chico tenía talento.

Primero, como que no sabía qué hacer, y sólo miraba a la gran boca de los espectadores sumidos en la oscuridad que quedaba tras las grandes y deslumbrantes luces. Iggie primero se quedó como falto de dirección.

Yo hablaba en voz alta como si él me pudiese escuchar, cosa que no era posible, pero yo decía: «¡Anda, chico! Haz que aparezca el Titanic, que se eleve la carpa, pero no me defraudes!».

Venus, a mi lado, fiel y solidaria, le enviaba mensajes telepáticos, asumo yo, porque su cara sí decía algo así como «No te amilanes. Tú puedes hacerlo. Ve en la dirección de tus sueños».

De pronto, Iggie levantó sus brazos, entrelazó sus manos para que todos pudiesen verlo y colocó los pulgares mirando hacia abajo.

El truco era hacer que los pulgares miraran hacia arriba, girando las manos.

Y no sé cómo demonios, pero Iggie lo logró.

Sus pulgares rotaron de una manera impresionante y sin explicación.

—¡A coger por el culo! —denunció Bolita.

—¿Sabías que tienes una fijación anal, Bolita? —le dije de mala gana—. Ya cállate.

El payaso ni siquiera me miró.

—Eso es un truco de David Copperfield —dijo Herculito.

—De Copperfield o no, la cosa es que lo logró —defendí a mi púgil.

Luego Iggie escogió al azar dos personas del público y los sentó sobre un sofá que pidió al momento y que fue suministrado por un par de enanos que seguían órdenes estrictas de Pepo, quien neurasténicamente observaba el acto.

Levantó sus brazos al aire nuevamente y dijo unas palabras que nadie entendió, pero que lograron que el mueble se levantara y levitara por el escenario.

Yo me temí lo peor, porque no pude evitar pensar en la pobre infeliz que se había quedado suspendida en el aire en plena Calle Cristo.

—¡Qué hombre! —exclamó Herculito.

—¡A coger por el culo! —dijo Bolita.

—Es uno de los escogidos —dijo Katano.

El público deliró y, literalmente, alucinó con el acto.

El candidato a gobernador, Enemesio Miranda, se puso de pie.

El spotlight lo alcanzó y entonces fue que notamos a su acompañante, Aurora Borealis, quien deslumbró a todos con su impactante traje perlado de escote pronunciado, que la hacían ver mejor de lo que estaba. Ella había sido una Miss Puerto Rico Universe de quien se decía que el partido le pagaba para que acompañara a Enemesio a todas sus activiades públicas.

Pude notar en Iggie una expresión de embelesamiento con la beldad.

Luego de eso, mi chico fue tomando confianza en sí mismo.

Tomó el micrófono y comenzó a hablar sobre la influencia de la luna sobre la marea en el mar, lo que provocó que Herculito lo viese como un poeta, Katano como un hechicero milenario y Bolita simplemente lo mandó a coger por el culo. Luego de hablar sobre los efectos de la luna, Iggie pidió un vaso con agua, el cual fue suministrado por mi cuchi-cuchi Venus, y lo cubrió con un pañuelo.

—Esto es lo que hace la luna con la marea —dijo Iggie—. Esto es lo que los poetas dicen que le hace al corazón de un hombre.

La luna se asomó por uno de los boquetes de la carpa.

Cada vez que Iggie levantaba el pañuelo, el vaso se vaciaba; cada vez que colocaba el pañuelo sobre el vaso, éste se llenaba. Finalmente, mostrando las manos vacías, hizo aparecer sobre ellas unos peces tropicales que vaciaba en la copa como un arcoíris vivo.

Acto seguido, Iggie le pidió la corbata al candidato a gobernador, a lo que él primero se negó.

—Es Armani —dijo.

Pero Aurora, muy sutil y sugestivamente, le fue quitando el nudo hasta que lo desposeyó de la colgante tela y se la entregó a Iggie.

El momento fue mágico.

Iggie y Aurora no podían dejar de mirarse.

Al recibir la corbata, Iggie sujetó las manos de Aurora y se quedó como congelado, prendado de aquella belleza de amaneceres por descubrirse.

Pepo vino hacia mí alarmado.

—¿Qué se cree que hace?

—Nada.

—¡Es la mujer del candidato a gobernador! ¡Que se busque otra, que muchas hay! Esa no.

El gobernador se levantó muy serio y ya procedía a interrumpirlos cuando de pronto la corbata se levantó como encantada por un flautista y comenzó a bailar. La banda, barata y narcómana, comenzó a tocar, por designio de quién sabe quién, la Novena Sinfonía de Beethoven.

Sobre los pechos de aquellos hombres que las vestían, las corbatas comenzaron a bailar sincronizadamente, Lo mismo sucedió con las faldas de las mujeres. Y en todo caso, el público general quedó sumiso ante un incontralable impulso de mover las piernas, como si un titiritero invisible tuviese dominio sobre ellos.

El acto, ridículo por demás, era una maravilla que a la misma vez anunciaba el clímax del espectáculo: Iggie, envuelto por una misteriosa nube de humo, se elevó sobre la multitud, y ascendió hasta los cielos perforados de la putrefacta carpa, la cual él, en su levitación maravillosa, atravesó y rompió y se perdió ante la vista, sorpresa y ovación de todos, como un Chris Angel autista o algo así.

Pepo aprovechó para hacer que todo el elenco del circo saliera a la arena y concluyó al momento el acto con Iggie reapareciendo montado sobre un elefante.

—¡Bravo! ¡Bravo! —gritaba eufórico el candidato a gobernador.

—¡Genial! —gritaba Aurora, con sus ojos magnetizados en Iggie.

Una lluvia de hojuelas de azúcar bendijo al auditorio como maná caído de los cielos.

Yo, muy orgulloso al lado de Iggie, sospechaba que una magia mayor había ocurrido allí mismo, frente a todos nosotros, y nadie, excepto yo, Iggie y Aurora, se había percatado de su poder.

ode_to_jack_kerouac Saber levantarse a la hora que sea o lo opuesto: acostarse sin hora. Horas frente a la pantalla. Horas frente a la libreta, bolígrafo en mano y sin escribir una sola palabra. O sentado en el inodoro, a la espera de la inspiración divina. Hablo de escritura, claro. De la invocación a los dioses para que nos concedan la luz y la inspiración. La llegada de las musas. Todo siempre afuera y nada por dentro. Ya, de por sí, un conflicto. Nudos argumentales, ¿no?

Y puede que uno se dedique, como es mi caso, a enseñar técnicas de redacción que a la larga serán suplantadas por la manera que a uno le venga en gana para escribir lo que con la misma intensidad se le antoje, pero, a fin de cuentas, siempre se lee de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo.

Yo siempre digo que es más fácil destruir que crear, aunque ambos actos se parezcan. Y cuando se trata de escritura, no pare más. No se puede romper con lo que uno no sabe cómo se construye. Pero lo fácil a veces es anatema si confunde o no se deja entender. La claridad, por el contrario, es una simpleza complicada. Gana lectores, ese otro complemento de todo aquel que se dice escritor.

Y así, el más inaprehensible de todos los géneros, la novela, requiere que uno se adecúe a las exigencias de elaborar el género. Por tanto, escribir un género que de por sí –Bajtín, siempre Bajtín- no se atempera a definiciones, exige que el escritor se acerque al mismo como quien entra en un ritual ceremonioso. Es decir: olvídese de los pájaros embarazados. La novela de un tirón no existe (Mis disculpas a Jack Kerouac, que reclamaba haber escrito En el camino en tres semanas –otras veces decía que en una- sin dormir y propulsado por la bencedrina).

Omar Pahmuk dice –y me entero por el ensayo de Alexandara Alter How to Write a Great Novel- que lo peor es la primera oración. Pero una vez sale –luego de 50, 100 intentos-, el resto es otra ficción. Michael Ondatjee escribe en libretas tamaño carta y luego se dedica, literalmente, a cortar y pegar fragmentos. Isabel Allende se aísla de su familia en su propia casa. Margaret Atwood escribe en todo lo que encuentra, desde servilletas hasta recibos de compras. Colum McCann escribe todo en letra tamaño 14 y luego edita en tamaño 8. Don De Lillo no escribe en computadora pero se adscribe a la maquinilla. Edwidge Danticat, luego de un intricado sistema de fotos y diagramas, se sienta a escribir a mano pero luego se graba leyendo su propio trabajo. Nada más que hacer: Richard Powers utiliza el sistema de reconocimiento de voz y, literalmente, dicta sus novelas a la computadora. Mientras tanto, Junot Díaz necesita encerrarse en el baño.

Luis López Nieves, como Dostoievski, escribe de noche y duerme de día. Rey Andújar no sólo entrena como si fuera para las olimpiadas, sino que, como Sartre, es un grafómano obsesivo.

Ah, ya lo dijo García Marques: escribir y detenerse solamente cuando haya que comenzar de nuevo al otro día, cosa que aprendió de Hemingway.

Y yo digo como Beckett: “Escribe. Si fracasas, vuelve a fracasar. Fracasa mejor”.

Entonces me pongo los pantalones.

Imagen: Ode to Jack Kerouac disponible en Flickr by Olivander.

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