libros-pipaDe los escritores que mayor impacto han tenido en mi escritura, Paul Auster es seguramente uno de los que más admiro. Entre toda su obra como libretista, poeta y novelista, uno de los cuentos que más atención me merece es “El cuento de Navidad de Auggie Wren”, escrito como secuencia final del filme “Smoke”.

Aquí no hay Santa Clause, ni renos voladores, ni siquiera un arbolito de Navidad. Tal vez lo que hace la historia un relato navideño es la ficción misma que cuenta Auggie a su interlocutor: es un dar y recibir espontáneo, casi sin quererlo, donde la metáfora de una mentira se intercambia por una común satisfacción con el fin de apaciguar el alma. En fin, el texto íntegro sigue a continuación. La secuencia fílmica la acceden aquí. Feliz Noche Buena.

 

“El cuento de navidad de Auggie Wren”, por Paul Auster

Le oí este cuento a Auggie Wren.

Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre.
Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.
Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años.Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo.


Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.
Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros.


Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.
Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente.
En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:
- Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.
Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada.
Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente.
Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones.

Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos).Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.
Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos.

Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.
- Mañana y mañana y mañana - murmuró entre dientes -, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.
Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Eso fue hace más de dos mil fotografías.
Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos.
Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.
A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico.¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo? Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras "cuento de Navidad" tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza.Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas. No conseguía nada.

El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.


- ¿Un cuento de Navidad? - dijo él cuando yo hube terminado-. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.


Fuimos a Jack's, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes.
Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.


- Fue en el verano del setenta y dos - dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda.Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético.Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.
Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara.
Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba.Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor.


Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?
Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes.
Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina.
Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.
La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies.
Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.
- ¿Eres tú, Robert? - dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.
Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.
- Sabía que vendrías, Robert - dice -. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.
Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme. Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.
- Está bien, abuela Ethel - dije-. He vuelto para verte el día de Navidad.
No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella. No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.
- Eso es estupendo, Robert - decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.
Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas.
Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.
Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.
No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.
- ¿Volviste alguna vez? - le pregunté.
- Una sola – contestó-. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.
- Probablemente había muerto.
- Sí, probablemente.
- Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.
- Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.
- Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.
- Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.
- La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.
- Todo por el arte, ¿eh, Paul?
- Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.
- Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?
- Sí - dije -. Supongo que sí.
Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.
- Eres un as, Auggie - dije -. Gracias por ayudarme.
- Siempre que quieras - contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos.
Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?
- Supongo que estoy en deuda contigo.
- No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.
- Excepto el almuerzo.
- Eso es. Excepto el almuerzo.
Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.


Esta revolución no será televisada. De todas maneras, mientras Río Piedras ebulle en tensión y violencia, los canales de televisión transmiten talk shows hispanos y repeticiones de CSI. La revolución vendrá por internet. Es una premonición Wachowski. Pero la revolución no tendrá red carpet. Tampoco vendrá con cantos ni consignas que se vienen pregonando desde hace cincuenta años. La revolución dejará de ser una narrativa confinada como antípoda a los intereses del poder. Che Guevara es una marca de jeans y el Che Guevara Club un diseñador de ropa urbana. La revolución será cerebral. Racional. Y vendrá por Internet. La guerra tecnológica ha pasado su estadio de guerra fría.

A la altura de la segunda década del siglo XXI, los autos todavía no vuelan y las aceras no se deslizan hasta nuestros lugares de trabajo, pero el futuro se ha convertido en crónica. Acostumbrados a los foros sociales donde compartimos con miles de desconocidos separados unos de los otros en el espacio físico real y a las salas de charlas, donde somos cuerpos de palabras representados por un screen name, ya podemos hablar de rebeldes cibernéticos e insurrecciones virtuales. Y todo con una inmediatez cotidiana, como la de leer un correo electrónico, informarse por medio de un diario cibernético o leer un e-book. Y como toda historia necesita un héroe, hablo de la aventura de ser Julian Assange.

Assange es todos y nadie y sobre él se publicará un artículo de mi autoría para la Revista Otro Lunes de enero 2011, y cuya idea central anticipo en esta entrada.

Assange es el elegido y es legión. Es la voz de las sombras. Es un hombre y es una idea. Aquí hay un héroe de los que prescribía Joseph Campbell. Neo y el Matrix son reales. La batalla necesita otras armas.

Assange es un conspirador post-colonial. Australiano de nacimiento, sabe lo que es desprenderse del padre: pasó su niñez sin la estabilidad de un hogar fijo, situación propiciada por los tres divorcios de su madre, que a su vez enfrentó batallas de custodia legal del hermano de Assange y las que la obligaron ocultarse de las autoridades por cinco años. Alejado de su esfera simbólica (que es la relación del padre), es casi una condición natural que Assange, antes de su entrega a las autoridades internacionales en Londres, viviera plenamente en el clandestinaje. Así nace un mito.

Desde que WikiLeaks subió al espacio cibernético, Assange y su junta editora (compuesta por la mesa redonda de nueve miembros anónimos y sin paga) han dado a conocer las operaciones ilegales en la Base de Guantánamo en Cuba, el contenido de los correos electrónicos de la charada del “Climategate”, los asesinatos de civiles sin derecho a juicio en Kenya, masacres en Bagdad y hasta información privilegiada de la cuenta de Yahoo de Sarah Palin, entre otras informaciones reveladoras. Es el ciber-jihad. Se ha cruzado el umbral. La guerra queda declarada.

Nada de misiles nucleares ni visión infrarroja; aquí, los Stealth no son aeroplanos de alta velocidad y subrepticia presencia: son ladrones robotizados dirigidos desde un servidor que a su vez es apoyado por un ejército de ordenadores dispersos geográficamente por el planeta. El Pentágono, el gobierno de China, las empresas bancarias y hasta Google son algunos de los objetivos que diariamente reciben ataques de terrorismo cibernético de los que Assange se ha convertido en el caudillo máximo, un Neo en el Matrix, un patriarca José en Egipto, un Bolivar cibernético, si se quiere.

Así, no queda Goliat sin un David.

Esto no es ficción especulativa. El héroe se encuentra en este momento en el estómago de la ballena, en su visita al inframundo, del cual debe emerger más sabio y con el elixir de la vida en mano. El final no ha llegado.

Pero a la larga, una cosa no cambia: la Verdad siempre nos hace libres.
noam-chomsky_bigSer un intelectual requiere de cierto rigor afable, cierta apatía de los grupos sociales o masas, ser en cierto sentido una suerte de anacoreta de la academia que le gana el respeto de aquellos que no transitamos a seis grados de separación del sujeto en cuestión. También está el otro tipo de intelectual, el pop-idol en que se ha convertido Zizek, o como Noam Chomsky, cuyo viaje al estrellato fuese catapultado cuando el presidente venezolano, Hugo Chavez, mientras se dirigía a la Asamblea General de las Naciones Unidas, invitó a su diplomática audiencia a leer Hegemonía o supervivencia, obra que se disparó al primer lugar de las listas de libros al día siguiente.

Desde entonces, Chomsky, que es uno de los padres de la psicología cognitivista, ciencia que se ocupa de descifrar como piensa, percibe, recuerda y aprende en la mente, es una estrella.

De su más reciente contribución, el intelectual ha puesto a circular una lista de diez estrategias de uso frecuente y resultados efectivos sobre las cuales operan las llamadas “agendas ocultas” con el fin de ejercer el dominio y sugestión de la opinión pública y sobre todo, determinar la forma de pensar de una población que conduce sus ideas por lo que lee en los medios de comunicación.

No es nada nuevo que los medios publicitarios moldean y falsifican la opinión pública de la misma manera que los medios de comunicación e interacción social como Facebook y Twitter lo han logrado recientemente. Se recrea la sensación de una realidad que se impone ante el voyerista, quien observa, lee, mira, y plasma impresiones más o menos pasajeras que almacena a manera de información, nunca de conocimiento. Toda la artillería mediática que viene atenuada al medio se convierte en falsa propaganda de la misma manera que la prensa escrita y la televisiva se prestan para producir y reproducir realidades que afecten la conciencia colectiva y mantengan a la audiencia cautiva.
Sencillamente, nos creemos que si aparece en Facebook es cierto, y sobre todo, efectivo. Pero
Facebook es un universo pequeño.

Precisamente, en estos tiempos es que se nos hace pertinente volver al Chomsky de Hegemonía y supervivencia y de Armas silenciosas para guerras tranquilas,  obras de las cuales extrae las “Diez principales estrategias de manipulación mediática” que promueven la idiotez, la cultura de la euforia y el halago mutuo como formas de distracción,y hasta enfatizan en la asuntos frívolos, chismes y otras nimiedades que detentan poder sobre nuestro déficit de atención.

Aquí van:
 
1- La estrategia de la distracción.
El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. Entre aquí Maripili, Ricky Martín, La Gárgola, Chemo Soto, las peleas de boxeo y el artículo semanal en el periódico que prescribe nuevas maneras de tener orgasmos.

2- Crear problemas, después ofrecer soluciones.
El método es mejor conocido como “problema-reacción-solución”. Se revienta un huevo, sale el grito de alarma y se termina por buscar un mapo. Así de fácil. Más gravemente, la situación que domina la Universidad de Puerto Rico, donde se la estrategia ha sido la de crear una situación de guerra en el recinto sitiado para que luego el Gobernador aparezca con sus soluciones, como dejar que el fuego conflagre para que cuando entre fuera de control, el público exija acciones que incluso irán en detrimento de sus libertades personales y derechos civiles. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.
3- La estrategia de la gradualidad.
Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Los impuestos, el IVU, los aumentos en la matrícula de la UPR, aumentos en los comestibles y mi clavazón favorita, que es el aumento constante a la gasolina, son algunos ejemplos.

4- La estrategia de diferir.
Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Esto es tan reciente como la promesa de “medicina amarga” que hizo el gobernador Fortuño hace dos años bajo la promesa de que “todo será mejor mañana” y que el sacrificio de todos es un acto patriótico.

5- Dirigirse al público como criaturas de poca edad.
O sea, tratar al pueblo como estúpidos, a los que se le puede mentir y manipular por medio de la palabra imprecisa –with a little help from the media-. Es la instalación de la narrativa de la infantilidad social, tan popular desde los tiempos de Muñoz Marín, quien se convirtió literalmente en el Padre de la patria. Sólo hay que ver los anuncios de servicio público y degustar el tono infantilizante. ¿Por qué?  Dice Chomsky que “si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad”.

6- Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión.
La emotividad siempre es más fuerte que la razón, porque somos criaturas de instinto que deben aprender a racionalizar la realidad. Es más fácil ser apasionado que racional, porque va más con nuestra naturaleza animal, por supuesto. La emoción procede de una reacción nerviosa y subjetiva, como la de los animales cuando se sienten acorralados, amados, perseguidos o aceptados.

7- Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad.
Hacer distante el conocimiento es parte de la labor: la literatura, la ciencia, el pensamiento crítico y creativo son tachados por juicios valorativos que les desmerecen como atributos de un ciudadano productivo. La crisis en la educación y el deseo de muchos de desaparecer la UPR no es casualidad: mantener al pueblo dócil es mantenerlo sumido en la conformidad de la mediocridad y en constante aspiración del imposible Boricua Dream. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

8- Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad.
Ser idiota, inculto, estúpido, o todos los anteriores, es característico del conformismo mediático. Ver Maripili, La Gárgola, etc.

9- Reforzar la autoculpabilidad.
Fomentar un sentido de culpa en el sentido general de los ciudadanos es muy eficaz para que el pueblo se descualifique a sí mismo de sus propias facultades creativas y se sientan incapaces de transformar socialmente su entorno. La inacción es la respuesta natural, y por ende, el ennui, la inercia, que son la concepción de William Blake sobre la existencia del Diablo.

10- Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen.
El Estado nos hace creer que dada nuestras limitaciones financieras, nuestra baja escolaridad y nuestra inmovilidad política y social, nos hace falta un poder superior que se pueda hacer cargo de todo, porque nos “conocen mejor”, saben qué queremos y dónde padecemos. El estado impone un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.
La lista es verificable en The Compulsive Liar.com.
Nada de esto, como verán, es casualidad. Mucho menos que no tenga diversas aplicaciones, o que funcione en varias direcciones.

LeonardoEn medio de la aflicción que padece la Universidad de Puerto Rico en torno a su futuro como institución, escuché a un analista de política sugerir en su programa radial que, ante la crisis, la Administración universitaria y el gobierno debían dirigir esfuerzos hacia una universidad más reducida y concentrada en los programas técnicos y profesionales como la Escuela de Leyes y la Facultad de Ciencias Naturales. Las Humanidades y las Ciencias Sociales debían ser, por tanto, eliminadas, porque “no producían nada”.

El planteamiento no es una idea original ni mucho menos novedosa. El pasado 11 de octubre del año en curso, el New York Times publicó el artículo “The Crisis of the Humanities Officially Arrives”, de la pluma de Stanley Fish, profesor de Humanidades en la Universidad Internacional de Florida. El escrito revelaba que la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY, por sus siglas en inglés) procedía a cerrar sus departamentos de estudios humanísticos con especialidad en Teatro, Clásicos, estudios franceses, rusos e italianos. Quedaban a salvo los estudios del español, sus culturas y literaturas.

La propuesta del analista político concurre con el reciente debate propagado por la academia estadounidense que cuestiona la utilidad social y/o económica de las Humanidades, un renglón de los estudios universitarios que sus detractores han venido a reducir a un campo de estudios inconsecuente, sin efecto o funcionalidad en el mercado laboral. En otras palabras, una pérdida de tiempo y dinero para aquellos que buscan una carrera humanística, porque no prepara al individuo para el mundo real ni contribuye al progreso del país. En cambio, los programas científicos no sólo gradúan ciudadanos productivos, sino que también atraen inversores, estipendios y otros modos de respaldo financiero.

Las Humanidades, al parecer, se han convertido en estorbo para las universidades como DeSales, que ha comenzado a limitar la oferta de cursos, estrategia que implica reducción laboral de profesores y mayor hacinamiento en los salones de clases. Situación similar experimentamos en la hoy sitiada Universidad de Puerto Rico, en cuyo futuro se vislumbra, en efecto, la desaparición de los cursos formativos en artes liberales y filosofía.

En términos generales, por un lado, se mantiene la creencia en que los estudios humanísticos capacitan mejor al individuo; por otro, los escépticos atacan la utilidad de las disciplinas asociadas a las humanidades, puesto que no encuentran nada de práctico ni nada de lucro en sumirse en estudios literarios, filosóficos o culturales.

Las Humanidades, en fin, se vinculan con lo caduco, con el pasado, puesto que residen, estudian y se convocan en la memoria.

Y digo yo: ¿no es todo lo que somos parte del pasado? ¿No somos una suma de experiencias, anécdotas, constructos y narrativas convenidas por medio del lenguaje? ¿No es el lenguaje, su aprendizaje, su uso y su dominio la memoria? ¿Acaso nacemos hablando o aprendemos a hablar?

Y en todo caso: ¿no es el lenguaje lo que utilizamos para construir las ideas, la cultura y el concepto de pertenencia que es de sentido común a las disciplinas profesionales? Digo, ¿qué es el estudio de las leyes sino un ordenamiento escritural para convenir un sentido?

¿No son las leyes, sin distinción de materia o forma, códices escritos? ¿No es en la Summa Theologie de Santo Tomás de Aquino donde se define la ley como “ordenación de la razón dirigida al bien común” y “dictada por el que tiene a su cargo el cuidado de la comunidad y solemnemente promulgada”? ¿Y qué son la razón y la lógica sin el lenguaje? ¿No son, entonces, jerarquía de la memoria?

¿Y acaso no es ese el sentido de los estudios humanísticos?

El bien común, el progreso del país y el orden social nunca son científicos, porque no son biológicos, sino que son creaciones de la mente de la humana que provienen del mismo plano de la abstracción donde se construye la cultura, el arte y la filosofía.

Las ciencias son otra forma de poesía y humanismo, ¿por qué segregar entonces a las humanidades en lugar de integrarlas? ¿Por qué la insistencia en regresar a una condición animal de la cual hemos venido evolucionando paulatinamente? Eso sí: las humanidades no nos harán más ricos monetariamente, pero siempre nos salvan como seres humanos. Sin ellas, nos reducimos a imitar la conducta de los virus.

mix tape 4Un casete TDK es un objeto que preserva una memoria particular: la de mi adolescencia estridente, rebelde, rota. Un casete era una muestra de aprecio a un pana, un regalo barato en el día de cumpleaños de alguien o la manera de hacerle saber a una jeva que le gustaba a uno. Nostalblues.

Muchos fueron los que grabé, cuidadosamente escogidos, mezclados, balanceados y medidos con la obsesión de un relojero. Treinta minutos por un lado y treinta por el otro (los de noventa minutos se enredaban con facilidad, y los de ciento veinte ni se diga). El espacio pronunciaba la necesidad del contenido preciso: tono y volumen para semantizar un mood.

Ya no grabo casetes: ni siquiera CDs. La música que escucho es un contenido dentro de un contenedor abierto, que es el iPhone. Las canciones no tienen forma particular, no tienen significante, son un ordenamiento de data dentro de una unidad reproductora de sonidos digitales. Es la otra abstracción de la música.

Pues la revista .Crudo se ha dado la tarea de crear mix tapes virtuales, y ya tienen cuatro volúmenes, entre los cuales he sido invitado a participar del más reciente. Igual que a los otros cuatro V-Jays,  me pidieron que seleccionara dos cortes musicales en video para agruparlos en la edición reciente de .Crudo en Internet. Además, debía acompañar mis selecciones con un breve texto.

¿Mis dos selecciones en tiempos turbios y difíciles? Aquí van (El video mix completo lo acceden aquí):

1. Massive Attack: “Karmacoma”

Deflowering my baby. Un coma que descarga como un karma. I am a… dangerous person. Catatonismo cultural o high inmaculado. Whatever. Esta pieza de Massive Attack cuenta con quince años de existencia multiplicados exponencialmente por sus referentes cinematográficos: The Shining (las gemelas en el vídeo), Pulp Fiction (el personaje de Mia Wallace) y algunas escenas que parecen extraídas de un filme de los Coen Brothers. All those guys I killed… nothing personal. En cualquier caso, es una suma visual de los elementos de mi propia escritura, particularmente en mi reciente novela, “Correr tras el viento”, que si tuviera banda sonora, Massive Attack seguro estaría en ella. Pero como pieza musical, hay algo más que narcisismo literario, y es que “Karmacoma” logra crear texturas atmosféricas sobre un beat jazzy/hip hop, acompañado de percusión oriental, un loop de la ópera “Prince Igor” del compositor ruso Alexander Borodin y el ritmo de reggae: Karmacoma… jamaica aroma. Se me avienta como un nuevo planteamiento de la música como espacio multicultural. Nada sale de la nada. Todo lo que somos es memoria. Who’s gonna be a bad girl, then? Incluso, la propuesta de coexistencia entre los instrumentos de percusión acústicos con el ensamblaje electrónico me parece que habla por sí misma. I am. I want to be free… and I am free.

Massive Attack: Karmacoma: “Who’s gonna be a bad girl?”

 

2. Radiohead: “Weird Fishes” (Video animado por Tobias Stretch)

Al final de la tierra, donde solemos caer irremediablemente abismo abajo, se encuentra Radiohead. Your eyes… they turn me. Sorprendentemente popular, la agrupación viene huyendo de su propio éxito como banda de rock alternativo en los ’90, viajando por un sinnúmero de álbumes experimentales que me han colmado de fieles satisfacciones: OK Computer, Kid A, Amnesiac y su más reciente, In Rainbows. En “Weird Fishes”, la banda en la que vocaliza Thom Yorke expone lo mejor de su arte: poesía surrealista matizada por ritmos de rock progresivo, capas de música ambient marca Brian Eno, arpegio de guitarras, electrónica ambiental y melodías exuberantes como entonadas por un ángel enfermo. Es una melodía de sueño o resaca en recesión. I get eaten by the worms.Todo dentro de un minimalismo complejo que engaña a los oídos de los no iniciados. I’ll be crazy not to follow. El video es un magistral complemento a la pieza. La música de peces voladores. Weird fishes.

Radiohead: Weird Fishes: “I get eaten by the worms”.

427-6157-a-pinchos[1]Babilla. Corazón. Hígado. Estómago. Las vísceras completas. Cojones. Todo eso tiene Willie Pincho.

En momentos en que la economía del país se desmoronara, cuando la razón ha abandonado el primer recinto universitario del país y la cultura se disuelve en ornamento semántico, Willie Ortiz no se ha sentado a entonar lamentos borincanos mientras aún huele los fantasmas del incendio que consumió su negocio. Willie Ortiz se ha autoconvocado a comenzar a trabajar mañana mismo, cuando la pérdida material de su negocio seguramente arda todavía en su memoria.

Su afamado restaurante, Willy's Pincho, localizado en Guaynabo, se consumió en llamas luego de una presunta explosión en la cocina. Shit happens. Pero Willie Pincho no se da por vencido.

El objeto del deseo, el pincho –el pintxo vasco–, pariente aboricuado del shish kabob árabe y del siskebabiu turco (de eso deben saber Dalila y Pablo), es el fast food nacional. En cualquiera de los puntos de la Rosa de los Vientos uno puede encontrar algún carromato de venta de hot dogs, hamburguers o papas asadas, pero nada como la rusticidad de un puesto de pinchos, el olor a carbón pernoctando en el aire, la carne jugosa y bañada de salsa de barbacoa, picante o dulce, no importa mientras el pincho venga coronado de su rodaja de pan criollo –y si viene embadurnado de ajo, mejor. A las dos de la madrugada y con una cerveza en mano: priceless

Comer pincho –que, por supuesto, no es un invento boricua– es una actividad culinaria de interés antropológico: es el acto de comerse un animal muerto, ensartado en una espiga de madera. Nos debe recordar que, a pesar de todas las comodidades del progreso, la ciencia y la tecnología, algunas cosas en nuestras vidas siguen siendo tan antiguas que incluso preceden a la invención del lenguaje. Comer pincho nos pone en contacto con nuestro lado salvaje.

El escritor realista Sinclair Lewis (autor de Oil!, llevada al cine como There Will Be Blood) los hizo literario en la novela Our Mr. Wrenn (1914), en la que se introduce el término y el concepto. Y aunque nuestra literatura carece de una oda al pincho, seguro que no existe una persona que no los haya probado, aunque sean pinchos “vegerarianos”.

Mas, sin embargo, el elogio del pincho se debe a el coraje demostrado por el entrepeneur de Guaynabo City como un ejemplo de saber crecerse ante la adversidad.

La carencia imanta otro tipo de hambre, que es el hambre de trabajo. En lugar de quedarse a llorar su desgracia, Willie Ortiz regresa a lo básico del oficio: una carpa y una parrilla, de la misma manera que levantó su reino comestible hace 20 años.

En un momento en el que se nos derriba el cielo, la lección de Willie debe tatuarse en nuestro imaginario, como tomar todas nuestras frustaciones particulares o comunes, y espetarlas en una vara para comer de ellas…

El fuego consume y purifica. Es el único elemento que no engendra vida, sino que la consume para que todo emerja de nuevo. Y no es new age: es nuestro lado salvaje.

gargoylesPrecisamente, un día en que se conmemoraba el Día de Concienciación del HIV, los estudiantes de la UPR se convocaban en asamblea de frente a una posible huelga y el Senado de Puerto Rico planteaba el residenciamiento de Iván Rodríguez Traverzo como legislador electo democráticamente. Nada más ese día se conmemoraban 55 años de la rebelión de Rosa Parks; el cólera en Haití cobraba su víctima número 1,571; el Dow Jones subió 249.76 puntos; y China le advertía a los Estados Unidos que no intervinieran con el conflicto entre las dos Coreas. Nada de eso fue titular para el periódico El Vocero de Puerto Rico, que publicaba en su titular de portada: “La gárgola sobre Guánica”.

Lo de la Gárgola es natural: los monstruos encierran todo lo que es peligroso y horrible en la imaginación humana. La enriquecida variedad y poder primitivo de la criatura demoníaca ha sido manufacturada como metáfora cultural, e incluso como artefacto literario, en el folclore de los pueblos. Sin embargo, aparte del divertimiento que propone la noticia, como noticia titular de un diario de amplia circulación tiene la misma relevancia como decir que el Hombre Lobo existe y vive en un resort de lujo en Rincón.

Ahora, titular aparte, el resto de la edición del diario boricua me pareció completamente inconsecuente, primero, porque todas las noticias me llegaban con el aburrimiento familiar de lo caduco –me había enterado de las mismas a través de mi teléfono el día anterior o las había escuchado en la radio-; y, segundo, por la preponderancia de un estilo periodístico en desuso. Política editorial, agenda manipuladora o mero desacierto a destiempo, la impresión que sustraje del ejercicio de lectura de El Vocero ese día fue la de leer un periódico de ayer.

El medio, inefablemente, ha dejado de ser el mensaje, y en su lugar, el mensaje ha creado cierta vitalidad autosuficiente como medio mismo. Por eso, Alex Grijelmo, escritor y periodista, ha comentado recientemente que la supervivencia del periodismo no estriba en capacitar aplicaciones para el iPad o el iPhone, sino en el planteamiento de la crónica como vehículo informante.

En efecto, y de cara a la segunda década del siglo XXI, las noticias principales me llegan por otros medios. En mi teléfono, por ejemplo, recibo -a través de Twitter- las noticias más importantes de El País, New York Times, La Reppublicca, Le Monde y CNN, entre otros. Las mismas noticias que seguramente leeré uno o dos días más tarde en la prensa escrita del país.

La prensa que se limita simplemente a ofrecer la noticia está frita. Dice Grijelmo que hoy en día conocemos las noticias por la radio, el celular y el teletexto y cuando los periódicos remiten la misma información, ya la conocemos. “Cuando uno compra el periódico es difícil que encuentre una noticia a la que no haya tenido acceso ya”, concluye el director de noticias EFE.

Por ello, la crónica es la nueva posibilidad, porque “profundiza, favorece que el público se forme juicio y en ese sentido tiene que ser el género que más se practique”.

Y mientras no entremos en la sincronía evolutiva, seguirá apareciendo La Gárgola.

fernando-vallejo

A Fernando Vallejo hay que amarlo y hay que odiarlo. No tiene madre: literalmente. Nació por generación espontánea, así, como un gran supernova en algún centro cósmico de Colombia. Y como no es humano, odia la raza humana, de la que siempre ha dicho que es lo peor que le ha sucedido al reino animal.

Recuerdo hace unos años en México, durante la FIL Guadalajara 2002, cuando presentó La virgen de los sicarios, a manera de conversatorio junto a Marisol Schultz y Alberto Ruy Sánchez, y en medio de la lectura de uno de los pasajes viscerales de su novela, una dama del público asistente interrumpió la actividad muy indignada y con aire de soberbia, y dijo: «Señor, ¿por qué usted no escribe cosas lindas de la vida? ¿Por qué tiene que escoger temas que ponen a uno triste y hablar de cosas feas?», y Vallejo simplemente contestó: «Señora, yo soy un viejo que le gusta comerse los nenes. Eso no es nada bonito para usted. Así que mejor déjeme tranquilo». La dama abandonó la sala en medio de aplausos y risas.

Un tipo que se defeca en el nombre de su propio país no sólo es non-grato en su patria, sino que al publicarlo, tiene un fino sentido de la identidad como performance, del saberse en vitrina, del shock value de la palabra soez. Y entretiene.

Por ejemplo, al ser invitado a una conferencia convocada bajo el título de “La función social del editor”, confesó que ni le interesaba hablar del tema, porque pronto todos los editores estarían desempleados con la llegada del e-book. También dijo que el barrio mexicano “Tepito, la capital de la piratería, tenía sus días contados”, dado que el iPod es “la madre de todas las piraterías”; y que los libros digitales van a erradicar al libro impreso –lo que hace pensar que una conferencia de editores en una feria de libros parecería una futilidad-; y ante la incomodidad de los presentes, cuestionó el futuro del libro, si quien “no tiene futuro es la humanidad”.

Ah, sí: Vintage Vallejo…

Y como si fuera poco, Vallejo estremeció a su público –adora hacerlo, casi morbosamente-, cuando declaró, según informa El Economista, que:

“el español es un desastre, es un idioma en bancarrota. Perdimos desde dentro lo más elemental: se perdió la concordancia gramatical entre género y número; el idioma está totalmente anglicado; en las cartas ya no escribimos, como en el pasado, ‘Querida tal’ y luego dos puntos (:), sino coma (,), a la francesa; cuando algo nos causa sorpresa decimos ‘wow’, como perros; usamos la voz pasiva porque la usan los gringos siendo que la voz del español es activa. Hemos perdido la esencia de la lengua. Los gringos nos colonizaron hasta el alma”.

Podrán imaginarse la magnitud de la indignación que han causado sus manifestaciones.

Finalmente, ante la falta de opciones y soluciones –no le gusta darlas, dice-, concluyó con una recomendación: “No tengan hijos. Total, no van a perdurar en ellos”.

Ah, claro: no nos alarmemos. Pura tura. Performance. O whatever.

Puede que parezca que Vallejo es la persona que más feliz es siendo infeliz, pero tras esa piel de piedra, hay un viejo tierno que le gusta comerse los nenes.

Stephen-HawkingLa poesía, he llegado a pensar, contiene propiedades que la asemejan a la física. El lenguaje es desplazamiento, movimiento; nace de la entropía a la que, por necesidad de nombrarla, hemos dado forma y unidad. Así, la poesía contiene su propio Big Bang, de manera similar a la presentada en el libro The Grand Design, el más reciente de Stephen Hawking, quien establece que «la creación espontánea es la razón de que exista algo, de que exista el Universo, de que nosotros existamos» dentro de un proceso de constante transformación y expansión.

Por trabajar con terrenos textuales, me es inevitable pensar en el espacio-tiempo de esos desplazamientos de la palabra. El lenguaje es sonido en el espacio que progresa matemáticamente en el tiempo. Y esa que la palabra, en su carácter de imagen, “ondula y se desvanece sino se dirige, o al menos logra reconstruir un cuerpo o un ente”, diría Lezama Lima. Por ello, lo que expone Hawking en su nuevo libro, escrito junto a Leonard Mlodinov, me parece menos física que poesía filosófica.

Ya lo había dicho Heráclito de Éfeso: «Todo cambia, nada permanece».

Si Slavoj Žižek es el Elvis de la teoría cultural, Stephen Hawking bien podría ser el Jim Morrison de la cosmología. El primero, en La monstruosidad de Cristo, nos habla de las condiciones de negación intrínsecas al cristianismo; y el segundo, en tono dionisiaco, afirma que provenimos de la nada, que todo lo que nos antecede se compacta de un universo autocontenido en el que Dios queda excluido. Y vamos bien, hasta que nos confrontamos con la otra declaración que hace Hawking en el libro: la muerte de la filosofía.

Hawking afirma que "dado que existe una ley como la de la gravedad, el Universo pudo crearse a sí mismo -y de hecho lo hizo- de la nada ". También se pregunta cuál es la naturaleza de la realidad y de dónde viene todo lo que nos rodea. Y aquí es que Hawking pudiese entrar en una de esas contradicciones que a la postre no tienen explicación, puesto que preguntarse el origen de las cosas es mera actividad ontológica, que es el terreno primigenio tanto de la filosofía como lo es de la poesía.

Si ha muerto la disciplina filosófica se debe a que, según Hawking, "no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento”. Aquí pudiese haber un error en el cálculo semántico, porque, en otras palabras, lo que hace Hawking es exponer que el científico se ha convertido en filósofo, o tal vez, quizá, quién sabe –nunca se sabrá–, se trata de que los filósofos siempre han sido científicos.

¿Por qué hay algo en lugar de no haber nada? ¿Por qué existimos?, se pregunta Hawking. Y con toda su sabiduría, sólo especula la respuesta.

Apenas me parece un Heráclito mirando al río.

descartesAl devastar las hojas de la rama donde vivía, la oruga decidió ser crisálida, y mientras dormía, soñó que filosofaba –pensaba; luego era–, y toda una civilización se erigía sobre dicha idea como una incontestable verdad; mas al despertar, salió volando, y encandilada por el pensamiento de tan absurdo sueño, no vio el camión que venía en su dirección.

in_newspaper5En la misma semana que Sony ha anunciado la muerte del Walkman, surge como hecho claramente perceptible que el siglo XXI ha dado ya sus primeros pasos asincrónicos, particularmente en lo concerniente a la manera que el mundo se comunica y accede la información.

Hace unos días, leí que los rotativos chilenos han perdido lectores convencionales –los que consumen la información en la edición de papel- y esto, aunque varios críticos lo toman como un abandono de la lectura, se sobreentiende que se debe al privilegio en crescendo de adherirse a los medios electrónicos. En cierto modo, nos dirigimos a un clasicismo digital en el que, gracias a las innovaciones del iPhone, iPad, HTC y Blackberry, un periódico puede ser tan amplio como la pantalla del aparato de lectura, sin contar los innumerables lectores que, como yo, recibimos el mundo en la laptop. Es decir, los periódicos, tal como los conocemos hoy, van destinados a reducirse

Por mucho tiempo hemos estado acostumbrados a las políticas editoriales de los principales diarios en Puerto Rico en la que apuntan a una supuesta alquimia de noticias light, comentario farandulero y noticia de impacto en la que la punta de lanza ha sido “cosas que la gente quiera leer”. Pero a veces a la gente no se le da lo que quiere, sino lo que necesita. Aún así, tras renovaciones, cambios de imagen y lay-out del diario, los directores de los rotativos se rompen la cabeza tratando de responder a las decrecientes cifras en sus lectores. Y puede que ya los diarios no vendan los tirajes de antes, pero la razón para ello pudiera aludirse al hecho de que la gente en realidad no ha dejado de leer los periódicos: simplemente ha cambiado de plataforma. Lo que no se hace ya es pagar por ellos, y esto sí puede constituir una crisis.

Si asumimos como cierto que un número amplio de lectores ha modulado hacia algún medio electrónico para mantenerse informado, debemos admitir también que la facilidad que tengan esos lectores a las diversas plataformas electrónicas –o en su defecto, la ausencia de ésta- traza una nueva frontera para el analfabetismo. Queda claro que aquellos que no tengan contacto inmediato y directo con los nuevos recursos de lectura digital quedarán, ipso facto, enajenados del flujo constante e inmediato de la información. Si es cierto que la manera en que accedemos la información se dirige hacia variantes de los hábitos de lectura, se creará una nueva estirpe de ciudadanos excluidos de los nuevos medios. Y si consideramos que hoy día los productos de lectura tienden ramificaciones que se expanden por Facebook y Twitter, no podemos quedar menos que convencidos de que, en efecto, el mundo se ha convertido en un hipertexto.

Como ejemplo reciente, la creación reciente de 80grados.net, una comunidad que, como fija su misión, “comparte el gusto por la cultura, el pensamiento y la información”, no sólo es ejemplo de un certero grado de conciencia con respecto a estos cambios, sino que la publicación ofrece lo que los diarios principales han abandonado. La revista electrónica se presenta como “un experimento que aspira a juntar en un mismo espacio varias tradiciones o prácticas: el periodismo profesional, tan volcado hacia la actualidad y los sucesos; la revista intelectual, por lo general vinculada a la filosofía, las artes y la política, y el periodismo ciudadano, un esfuerzo muy reciente por reconducir el diálogo público a un nivel más trascendente y humano”. El proyecto no compite con los medios tradicionales, porque, primero, los supera; y, segundo, no existe nada ni remotamente parecido a la revista digital. Hoy por hoy, es el acontecimiento periodístico de mayor importancia de los últimos diez años, mas sólo llegará a manos de aquellos que tengan las facilidades para accederlo.

Se estima que entre el 2020 y el 2040, los periódicos convencionales desaparecerán. Hemos de pensar, por tanto, que toda transformación social, de aquí en adelante, debe considerar el empoderamiento tecnológico del ciudadano. El efecto debe ser el mismo que tuvo aquel invento de Gutenberg que, posterior a los 1440, abriera el acceso a otros conocimientos.

repeating

Repeating Islands es un blog cuyo título no sólo sirve de homenaje al concepto divulgado por ese gran caribeñista que fuera Antonio Benitez Rojo, sino que también se encarga de representarlo por medio de la divulgación de noticias y comentarios de cultura, literatura y arte en el Caribe con toda su heteroglossia. Moderado por Ivette-Romero Cesáreo y Lisa Paravisini-Gebert, el blog se ha encargado de poner una nota relacionada al lanzamiento de /Correr tras el viento: nirvana de chocolate, un violín y una mujer/. La nota me alegra porque, como ya sabe el que me conoce, el libro no tiene bendición papal, padrino ni madrina. Es un simplemente un libro. Una novela. Aunque sea de amor.

El enlace lo acceden si pulsan aquí.



Si somos la suma de la memoria, no me sorprende encontrarme hoy aquí, trasplantado de propósitos y remontado en el recuerdo de quien supusiera ser una suerte de agente inductor en muchas de mis primeras cosas. Mi primer reloj, mi primer crucifijo, mi primera guitarra y hasta mi primer cigarrillo llegaron de la mano de Gaby, mi abuela paterna.

De aquellos momentos, pues muchos me llegan como un holograma en el tiempo, directo desde un entonces en el que yo era muy niño e incapaz de comprender que mi abuela me iniciaba en la noción del tiempo, en la necesidad de los mitos, en la matemática del sonido, y en los vicios que nos hacen descubrir el lado de las virtudes. En cierto modo, aquellos primero cuatro regalos –otorgados a destiempo a través de diversas etapas de mi vida– han llegado a alcanzarme. Del tiempo he aprendido que es la cronometría del conocimiento; de los mitos he comprendido que todos somos padecemos de la necesidad de la invención para travestir el desencanto; en la música –incluso, la que es natural a las palabras– se ha manifestado la urgencia de comerciar sensibilidades con el mero propósito de sentirme menos solo; en los placeres repetidos he aceptado la indómita imperfección que hila mi carne. Y hoy, después de tantos años de su muerte, mi abuela Gaby me revela otro poder: el del rezo, que para mí, que me creo poeta, se manifiesta como el poder evocador de la palabra.

Mi abuela Gaby era rezadora profesional. En los años setenta del siglo pasado, llegó a recibir hasta veinte dólares por una sesión de rezos para un fiel difunto. Dios bendiga el purgatorio, solía decir ella, porque de lo contrario, no había necesidad alguna para que ella orara en intercesión de las almas. De todas tantas veces que le serví de acompañante, crecí en familiaridad con la muerte, entre el dolor que queda entre los que sobreviven al difunto, y sentado en iglesias y funerarias. Alguna gente decía que Gaby era tan hábil en el rezo a los muertos, que podía implorar por la salvación de dos pecadores a la misma vez, así, muerta de la risa, cosa que no parecía improbable si estaban uno al lado del otro, pero que impresionaba grandemente si, por el contrario, se encontraban en habitaciones distintas. Por ello, Gaby, mujer de intensa tradición oral y archiconocida por su destreza con el santo rosario, era la rezadora predilecta del párroco para situaciones donde las maneras misteriosas de Dios ya no podrían manifestarse. Todo el mundo reconocía que al muerto que ella le rezaba, llegaba más pronto al cielo. Rezar es más que un ejercicio de piedad, me decía Gaby; rezar es hacer que la palabra transforme. Como los magos, pensaba yo.

Y de momento, mientras escribo, comienzo a rememorar la tarde fría de noviembre cuando el aire helaba y el cielo parecía lavado tras la intensa lluvia del día. Estoy allí –es un viaje en el tiempo y Einstein se confirma– cuando llega Padre Lyon a procurar a Gaby. Es un acto caritativo, dice el clérigo luego de bendecir a la recia mujer ya entrada en su tercio de vida. ¿No hay dinero entonces?, inquiere Gaby con decepción. Un profesional debe cobrar por su trabajo, Padre, agrega. El Señor te lo pagará, Gaby, dice Padre Lyon, mientras se rasca el mentón con su sortija masónica. El Señor ya me debe demasiado, insiste ella. Se le ha agotado el crédito, Padre. Tras la sonrisa verde irlandés del hombre de Dios, prosiguió una pausa. Dios te recompensará en su Gloria, dice finalmente. Y entonces, no hay más que decidir.

Y es por esta razón que Padre Lyon insiste, en el presente de mi memoria, en que Gaby renuncie a sus honorarios por rezarle a Bombo, un viejo olvidado por su familia y que tendrá que ser sepultado en tierra rasa, sin la decorosa protección de una lápida.

Si en la corporación celestial honran las bonificaciones por comisión de todas las almas –conocidas o no– por las cuales Gaby había orado en su vida, de seguro tendría un pase V.I.P. en el lounge celestial, porque cuando el Padre Lyon le ofrece café, galletas, queso de bola holandés y una conversación teológica la casa parroquial, las facciones mediterráneas de la mujer, entonces ya rígidas por el tiempo, se enternecen. Padre Lyon esperaría a Gaby en la iglesia del pueblo. Y como su único nieto varón, gira en dirección mía y sentencia: Tú vienes conmigo.

Asido de su mano, voy con Gaby, a través del pueblo y entre la lluvia, por las despobladas calles hasta llegar al cementerio, donde nos recibe el velo fangoso que corre desde lo alto de la colina que sirve de asentamiento a la necrópolis. Desorientada, y utilizando su instinto ancestral, advierte a tres hombres con palas en mano y decide que, efectivamente, allí entierran Bombo. Ven conmigo y no te separes, que te ensucias los zapatos, me advierte. Como sabe que continuará lloviendo y, honestamente, piensa en el café y las galletas de la casa parroquial, apresura el paso, saluda con distancia a los hombres y mira hacia el interior del hoyo, donde un toldo azul aparentemente cubre el cadáver. Así, Gaby extrae su instrumento de trabajo, hace la señal de la cruz, sigue el acto de contrición y se enuncia el misterio.

Yo, acostumbrado a acompañarla a los rosarios que ella oficiaba en hogares particulares, funerarias y sepelios, me aburro de inmediato y abro la boca en un intento de pescar algunos gruesos goterones de lluvia y sentirlos diluirse en mi lengua. Los hombres, sin embargo, se conmueven y Gaby hasta hace que se unan a ella en los responsos. Los trabajadores se miran unos a otros sin decir palabra alguna y hasta se notan tímidos, probablemente con algo de aprehensión circunstancial. Al terminar, Gaby se despide con elegancia y se retira complacida. Ha realizado otra maravillosa ejecución del poder de la palabra y el conjuro para añadir al cielo otra alma más. Tras ella, la voz de uno de los trabajadores parte la tarde:

—Yo he trabajado en la limpieza de fosas sépticas toda mi vida, pero esto es nuevo para mí.

Gaby, soberbia, como de costumbre, no mira hacia atrás.

No sé si los rezos de Gaby habrán ocasionado algún tipo de transformación en la materia en desecho por la cual ella había orado, pero en mí deja una gran historia en el tiempo, un mito –quizá tiene más de alegoría, a saber–, que me conforta en la idea de que el mundo no es perfecto. Pero sobre todo, cuando lo cuento, es como si rezara a la memoria de Gaby. Y no me canso de hacerlo.

de diego padroJosé Isaac de De Diego Padró sigue siendo una figura enigmática de nuestra literatura. Apenas unos cuantos trabajos publicados sobre su obra (que son unas cuantas monografías y cuatro tesis, entre las que se encuentra la que dará pie a mi primer libro de crítica literaria), yo me he creado la idea de que En Babia: manuscrito de un braquicéfalo, es la gran novela puertorriqueña del siglo XX. De ahí parte mi ponencia “Los dobles complementarios de En Babia: los vínculos dialógicos e intertextuales entre

Poe, Caroll y Joyce en la novela de Diego Padró” para el V Congreso Internacional Escritura, Individuo y Sociedad en España, Las Américas y Puerto Rico, que se celebrará en Arecibo del 18 al 20 de noviembre del 2010, donde compartiré con distinguidos panelistas de Puerto Rico y Estados Unidos.

Tengo entendido que alguien ha logrado los derechos de En Babia, la cual veremos publicada en algún momento. Pero mientras tanto, comparto el enlace del programa “En Babia y José I. De Diego Padró”, transmitido por La Voz del Centro, que modera don Ángel Collado Schwartz, y al cual fui invitado para conversar sobre los alcances de la novela.

El audio lo acceden en el siguiente enlace:

http://www.vozdelcentro.org/?p=1941

correr
Al menos quinientas personas puede que hayan errado al adquirir Correr tras el viento como libro electrónico, pero lo importante antes de llegar a esa cifra era que la novela no saldría en papel hasta que se cumpliera la cuota impuesta –si se cumplía– por AnaIve, de Terranova. Bueno, cumplida en menos de un mes, pues queda por consiguiente, luego de alcanzar algún posicionamiento en la lista de los primeros diez thrillers en español de Amazon (#4 al momento de redacción, #34 entre todos los libros en español), Correr entra a la segunda fase de su lanzamiento, que es hacerse disponible como paperback a través de la librería cibernética, con la finalidad de que, en algún momento, pueda salir en la edición de Terranova. Así que les hago saber que ya está disponible, aunque sea través de compras en línea, por el momento, para los que le interese:
http://www.amazon.com/Correr-tras-viento-nirvana-chocolate/dp/1935163574/ref=sr_1_2?ie=UTF8&s=books&qid=1288411153&sr=1-2


De Correr tras el viento, ha dicho el laureado novelista cubano Amir Valle: «Esta es una novela profundamente humanista: Brad Molloy tendrá que resolver un enigma mientras descubre sitios oscuros de su existencia, quita las telarañas de problemas existenciales que lo han aplastado, huyendo de algunos fantasmas que le rondan, entre ellos el amor de Aura Lee, la mujer de su vida. Tras las huellas de un misterioso violín y tras las pistas europeas que dejó el cubano Brindis de Salas, llamado el “Paganini negro”, se arma una seductora urdimbre de intrigas y estrategias de contrabando de arte: claves que, aderezadas por una prosa seductora, precisa, marcada por el humor, la ironía, el dolor y las peripecias de los personajes, dan a esta novela la singularidad de lo alucinante».


De la nota de contraportada, extraemos lo siguiente:


Brad Molloy nunca pensó que estaría tan cerca de reencontrarse con el Aura Lee, el amor de su vida, el día que entró un hombre cae muerto por envenenamiento a causa del Chan Su, un afrodisíaco disfrazado en chocolates que Brad trafica y ha hecho popular bajo el nombre de San Juan Sour. El hombre deja un Stradivarius tras el cual vienen un coleccionista de piezas de arte robadas, un director de museo corrupto, un inescrupuloso agente de la inteligencia del DEA, la mafia rusa y hasta el FBI. El valioso instrumento perteneció al virtuoso cubano José Claudio Brindis de Salas, conocido en su tiempo como el Paganini Negro, y carga un mito: el violín debe ser tocado ante una mujer amada. El Stradivarius es eje de una complicada operación criminal de intercambio arte robado por drogas y armas en la cual Brad y su socio, Dolo Morales, son simplemente ejecutores de una circunstancia.


Toda esta apasionada intriga queda relegada por un motivo mayor: el ardiente deseo de Brad por recuperar a Aura Lee, ahora esposa del coleccionista y filántropo Paco Juárez. Esta novela de errores desencadena de manera tragicómica con un final sorpresivo. Sueño, paraíso o nirvana desvanecido, Correr tras el viento es un juego con El Gran Gatsby de Fitzgerald.

arundhati-royEn verdad que un escritor es más peligroso que un ejército.

Arundhati Roy, autora de El dios de las cosas pequeñas (1997), ha sido acusada de sedición por el gobierno de India tras las manifestaciones de la activista y novelista en torno a la situación en Kashmir, un estado bajo tensiones socio-geopolíticas y que tanto Pakistán como India reclaman como suyo. «Kashmir nunca ha sido parte integral de India», manifestó la escritora. «Es un hecho histórico». El estado indio considera que las manifestaciones de Roy inducen al desafecto y a la violencia contra el gobierno, acusación que, de probarse en corte, le ganaría el encarcelamiento.

A pesar de que en 1947 las Naciones Unidas recomendaron resolver el conflicto por medio de un plebiscito, Kashmir se ha mantenido como territorio en disputa etno-religiosa que la república de China observa con detenimiento, ya que ella posee un tercio del territorio. Por mucho tiempo, Kashmir ha venido reclamando su derecho a la libre determinación y a formularse como estado independiente, un asunto sobre el que la novelista Roy se ha manifestado en apoyo abierto.

Sin embargo, por otro lado, a la señora Roy se le ha señalado un deseo de disgregar a la India secular, que no es reconocida por ella. Un delineamiento selectivo de la historia, ha dicho Venkatesan Vembu, un analista político independiente que ha saltado al escenario de opiniones políticas tras declarar en su blog que la activista se equivoca en su postura.

Seguramente, la suma de las partes es mayor que la totalidad cuando se trata de culturas ancestrales. Quizá nadie tiene razón y todo el mundo está en lo correcto. Lo que sí es inadmisible es la criminalización de una libertad legítima de expresión política.

«Cualquiera que hable en contra de India debe ser colgado», ha dicho el secretario general del partido de gobierno, Ananth Kumar. Tanto que se dice por la democracia, ¿no?  Pero ya lo ha dicho la propia Roy: «Compadece a la nación que acalla los escritores que dicen lo que piensan».

Y así me remito a la situación en mi país, donde no sólo hay que copar con los esfuerzos de unos que desean sobresalir en la medida que entierran los méritos de otros, sino que a ello le supera la política de un gobierno que se encarga de mantener en relativo estado de mutismo a su cultura literaria. Es un modo de violencia pasiva: un ensayo de la intolerancia o una incapacidad para aceptar las diferencias. Por eso, para ellos, hasta convendría implosionar el pasado: para convertir la memoria en un extenso páramo de narrativas acomodaticias.

Pero nada detiene la voz: la libertad comienza con la palabra sin grilletes.

tara_moss_20080105_0726 La cultura literaria pública es uno de los aspectos más reducidos a ataques, teorías, mitos y desdenes, lo que podría sorprender a uno de pensar que el placer de consumir el texto, y toda su abstracción, tome su forma en la figura del autor. En más de una ocasión he escuchado el proverbio: “nunca quieras conocer a un autor cuya obra admiras, podrías desilusionarte”. La escisión teórica entre el autor y su obra se conforma entonces como una relación social física. Tal vez el precepto de que la literatura puede ser disfrutada sin conocer a su creador la separa de otras artes, como la música, el teatro y el cine, por ejemplo, donde el actor ejecutor hace y constituye el performance.
En todo caso, son modos de la manera de consumir la cultura: la participación física (aún cuando el autor se esconde, su ausencia es una presencia, a lo Thomas Pynchon) en el consumo del producto.
Por eso, dos palabras: Tara Moss.
Gracias a la impresionante rubia, recién descubro un caso donde el producto en realidad no me importa tanto como su productora, que es tanto creadora como su propia obra.
Okay. Llámenme lo que sea: perro, macharrán, sucio, machista… no importa. Yo, tranquilamente, miro a Tara Moss y lo menos que pienso es que la escritora canadiense asentada en Australia, y quien fuera una Top Model internacional exquisita, es una de las novelistas del género policíaco y de suspenso de mayor venta en el mundo. Mas, si escribe como luce (favor de ver la foto de promoción para una de sus novelas a la izquierda), debe ser una excelente novelista.
Como belleza e inteligencia a veces conforman un inaceptable oxímoron, en el 2002 surgió una polémica en torno a la autenticidad de sus textos, por lo que la escritora accedió a someterse a una prueba de polígrafo para satisfacer a los incrédulos (¡Oh, que la salvación será para los que tienen fe!). Tara_Moss_Discusses_9f58
Y resulta que Tara Moss no escribe novelas de crímenes viendo documentales en History Channel, sino que se lanza a la investigación, pues ella cree firmemente que es “imprescindible pasar mucho tiempo en cárceles, patrullando las calles, o en depósitos de cadáveres; en definitiva, con todo aquello relacionado con la industria de la muerte”.
¿La industria de la muerte?, dijo. Uff. Mujeres así son de temer.
Un dato relevante es que las novelas de Tara Moss han sido traducidas a 14 idiomas y se ha coronado como la escritora de mayor popularidad en la isla continente donde vive.  Actualmente, se llevan dos de sus libros al cine. Los temas de sus novelas siempre cargan una dosis generosa de sexo, sangre, misterio y suspenso. Casada con el poeta y filósofo australiano Berndt Sellheim (some guys have all the luck, huh?), sus novelas han sido elogiadas por su artesanía argumental y por las cualidades poéticas de sus escritos, según la crítica especializada en el género policíaco.
En fin, que el placer de leer a Tara Moss no tiene necesariamente que encontrarse en el texto. Es más, no he leído ninguna de sus novelas, en cuyas carátulas ella suele posar –quién mejor para eso que una Top Model-. El placer estriba en saber que el mundo de la literatura puede tener gente bella.
Ya lo escribió el Wild (Oscar, quiero decir) en El retrato de Dorián Gray: «la Belleza es la maravilla de las maravillas. Solamente la gente superficial es la que no cree en juzgar por las apariencias».
O no.

vargas llosa Nada de lo que se pueda decir de Mario Vargas Llosa en estos momentos podría sonar poco lisonjero después que el escritor peruano ha ganado el Premio Nobel de Literatura, tras muchos años de ostentarlo y de saberse a voces que no haberlo obtenido le colocaba en cierta desventaja cuando lo comparaban con Gabriel García Márquez. «Cuentas iguales», ha publicado finalmente el Gabo en Twitter. En fin, ya Vargas Llosa no tiene nada que envidiarle al Gabo, excepto, tal vez, la poesía.

Cuenta la mitología literaria que, durante el tiempo en que vivían en París, el Gabo y su esposa habían tratado de mediar en la crisis matrimonial en que  se sumía Vargas Llosa con su mujer, Patricia, quien tenía a los primeros por confidentes. Gabo le recomendó el divorcio, pues Vargas Llosa andaba tras la reducida falda de una modelo estadounidense. Y entre macharranes, eso es violar el código de silencio. Así, una vez salvada la relación entre Mario y Patricia, y durante la gala del filme "La odisea de los Andes” en México, Vargas Llosa se enteró del papel de García Márquez en su vida personal y le pidió cuentas al respecto. Luego del reclamo verbal, vino el refuerzo físico: un jab de derecha que le dejó un “moretón” sobre el ojo izquierdo a Gabo.

Pero Vargas Llosa se ganó el Nobel, y no la faja de los pesos pesados, aunque de pesado le han atribuido mucho por haber dicho que era abiertamente “de derecha” y “capitalista”, algo que en la etiqueta de los escritores del boom no es muy decoroso tampoco. Por mucho tiempo entonces la obra de Vargas Llosa fue vista por lecturas predispuestas por el rechazo hasta que llegó la generación del McOndo. Creo que fue Alberto Fuguet a quien primero escuché decir: “Hay que leer a Vargas Llosa”. Edmundo Paz Soldán lo proclama un modelo para la promoción de la última década del siglo XX.

A Vargas Llosa yo le recuerdo en aquella magnífica conferencia que pronunciara en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico, recinto donde fue profesor visitante, a mediados de los 80 y cuyos contenidos se suponía terminaran en un libro a ser publicado por la Editorial UPR, y que nunca se concretó por oposición de su agente, Carmen Barcells. El texto de aquella conferencia terminó en un libro de ensayos, La verdad de las mentiras, y otra parte en Cartas a un joven novelista, en donde Vargas Llosa establece que «la literatura es lo mejor que se ha inventado para defenderse contra el infortunio».

De la relación entre Puerto Rico y Vargas Llosa subsiste un texto: Conversación en la catedral, el cual Edgardo Rodríguez Juliá informa que terminó de escribir, en 1969, en la Calle de Diego (cuando en esa calle se podía escribir, supongo). Muy a tono con nuestra realidad, "La Catedral" es el bar de mala muerte donde la conversación de dos personas se va tejiendo como una historia cargada de pesimismo y frustración bajo los efectos de un régimen militar (o sea, republicano) que se distingue por la corrupción gubernamental y la incapacidad de manejo de una crisis económica. «Si tuviera que salvar del fuego una sola [de las obras que he escrito], salvaría ésta», ha escrito Vargas Llosa en el prólogo de la edición de Alfaguara (1998).

De mi tres obras favoritas de Vargas Llosa, Catedral es una, La ciudad y los perros es otra. Pero de todas, y para mi gusto, ¿Quién mató a Palomino Molero? ha sido fundamental en mi conciencia de escritor. Es literaria, política, ágil, Palomino Molero es un despliegue de inteligencia disfrazado de novela policial. Publicada un año después de otra obra similar, Ciudad de cristal, de Paul Auster, Palomino Molero se obsesiona, en su mejor rasgo filosófico, con la búsqueda de una verdad en medio de un mundo de mentiras. Y de todo esto se aprecia en mi novela reciente, Correr tras el viento (Anuncio literario no pagado).

Puede que muchos piensen que la obra de Vargas Llosa se ha emblandecido con los años –incluso, la erótica de Vargas Llosa no es de mi entera satisfacción-, pero lo distinto y diferente no es necesariamente malo. Si quedaba alguna duda, pues, venga: en efecto, debemos leer a Vargas Llosa.

granta La función poética, nos decía Jakobson, proyecta el principio de equivalencia del eje de selección al eje de combinación. Seleccionar y asociar confieren otra operación, que es la de discriminación. Pero como el mensaje es el medio (McLuhan, anyone?), cuando evaluamos quién hace el escrutinio, quién ejecuta los procesos de selección y asociación, quién discrimina, entonces surge, casi por semiótica deconstructivista, la gran interrogante: ¿cuál es el fin? Y de ahí a lo demás, pues la narrativa de la cultura. ¿Quién produce? ¿Quién consume? Pues digamos que el aspartame, que aunque sabe a azúcar, lo no es.

Así, de la relación espacial que se ambienta internamente en los campos literarios (Bordieu, for dessert?), de ese «estar dentro-estar fuera» foucaultiano, nos refiere bien la publicación de habla inglesa Granta acaba de moverse hacia lo que será el futuro de la literatura iberoamericana para la segunda década del siglo XXI y publica, a partir de noviembre, en su primera edición de habla española, la lista de «Los mejores narradores jóvenes en español». La edición, por supuesto, también saldrá en inglés y se espera que su impacto sea similar a la edición de hace veinticuatro años donde anunciaban los mejores narradores británicos.

Que conste: de Granta han surgido Salman Rushdie, Ian McEwan, Paul Therox, Sherman Alexie, Rodrigo Fresán y Jonathan Franzen, que, de existir un juego tipo Fantasy Baseball para escritores, estarían en mi selección de cartas.

El conjunto de jóvenes narradores propuesto desde Granta “busca refrendar un pacto de reconocimiento previo, de señas de identidad, que en diez años podrán corroborar la vigencia de este arsenal de referencias consensuadas”. O sea, que a menos que le hagan un boicot a alguno de ellos o los pongan en la lista negra, los veintidós autores seleccionados muestran en su escritura el tejido de las obras que retan el tiempo.

El seleccionado incluye a Andrés Barba, Oliverio Cohelo, Federico Falco, Pablo Gutierrez, Rodrigo Hasbún, Sonia Hernández, Carlos Labbé, Elvira Navarro, Matías Néspolo, Andrés Neuman, Alberto Olmos, Pola Oloixarac, Antonio Ortuño, Patricio Pron, Lucía Puenzo, Andres Ressia Colino, Santiago Roncagliolo, Samanta Schewblin, Andres Felipe Solano, Carlos Yushimito del Valle y Alejandro Zambra.

¿Los culpables? Un oráculo compuesto por Edgardo Cozarinsky, Francisco Goldman, Isabel Hilton, Mercedes Monmany, Valerie Miles y Aurelio Major, quienes constituyeron el comité de selección por el año que les tomó llegar al consenso.

¿Y de seleccionar y asociar? Pues, según los editores, el escogido se conforma en torno a proyectos del autor como figura artística -no de obras sueltas- de al menos cuatro nodos regionales (Barcelona-Madrid, Buenos Aires, Lima-Bogotá y México).

¿El resto de Latinoamérica? Como siempre, no existe –en particular el Caribe, que es el «estar fuera» inconcluso–, porque los autores andan ocupados mirándose el ombligo, adobando el ego, planificando asesinatos literarios, en Facebook o esperando que les sirvan cócteles. O, en el peor de los casos, con su manuscrito en espera de ser descubierto.

correr portada finalFinalmente, al cabo de seis años desde mi última novela, me acerco al momento en que Correr tras el viento: nirvana de chocolate, un violín y una mujer salga de prensas. Su aparición aparenta ser a mediados de octubre. La novela significa el cierre de un ciclo y el comienzo de otro. Para los dos estudiantes que andan estudiando mi narrativa, es una pesadilla, porque se tendrán que beber las 272 páginas que sirven de crisol para la novela negra, el suspense literario y la novela histórica. En fin, que al final es una historia de esperanza y desencanto, de amor y traición, del deseo y la memoria.
La novela se la dedico a tres amigos lectores: a Amir Valle en Alemania, a Gean Carlo Villegas en Borinquen, y a Rossana Cabrera en Uruguay, quienes me motivaron a publicarlo.
El adelanto, para que lo asuman a su propio riesgo, se los facilito aquí:
http://www.scribd.com/doc/38109262/Correr-Tras-El-Viento

pre_raphaelites_largeEl 23 de septiembre es, en un cuento de un libro titulado Septiembre, que este mes cumple 10 años de su publicación,  “El día que llovió dinero en Adjuntas”. También es el día del Grito de Lares, el mismo día que mataron a Filiberto Ojeda.

El mabón es la fiesta del equinoccio de otoño, momento de igualdad entre el día y la noche, o tiempo de darle el respeto a la oscuridad que se aproxima.

La oscuridad que se aproxima. Cuando deje deje de escribir, será también en septiembre.

Y el cuadro, aunque parece goth-pop de DeviantArt, en realidad es de Gabriel Dante Rossetti, de los Pre-Rafaelistas.

[mabón]

flamboyán de ceniza, eco del fuego,
leso misterio de la despedida::
flama boyante del viento que es viejo::
simetría inválida de mi cuerpo::
lacra mutuante del agua pasada::
la impedancia entre el entorno y el alma::
el fuego encrestado encora el canto
y en mi piel se apagan viejos luceros::
aquí se acaba la carne; se acaba,
pero la voz se criba entre los versos
avejigada en las grutas del tiempo::
el maná falaz desecho en mi boca
como mentiras de azúcar y hojaldre
se imposibilita entre las estrellas//

las constelaciones son jedas vacas::
las constelaciones, mi verbo en gueto::
piedra de sílice, alúmina y flúor;
amarillo alfeñique del mismo sol::
baile ritualista por los desiertos
de las palabras pronunciadas muertas
y arrojadas con estolidez fatal
para estiomenar el centro del pecho
como un responso clavado al aliento::
los días se ensanchan hasta reventar
como muertos solos a la intemperie,
el bilioso amargo de la imperfección::
el tiempo geminado en noche y día,
su gas desgastado en el largo viaje//

el mar embiste y desgasta la isla::
la isla se encoge, degusta el espacio::
el espacio se reduce y te ahoga::
la fe de despertar sostiene al hueso::
la niebla fecunda la curiosidad
y de pronto el corazón tiene alas::
mañanas irisadas por la ilusión,
como la blanca ceguera en los ojos//
por los fines y confines del sinfín
por donde se encenaga un hambre buena,
la misma hambre de las rosas//
el camino es largo y no, no se acaba::
pasos y versos, marcha y poema::
me levanto de un recuerdo, emerjo::

innominable encuentro con mi sombra::
bajo una ingente lucerna de cometas,
por donde pasea el otoño vago
mientras deshija la mansa arboleda,
como quitarle el vestido a una mujer
inoculada con tersas palabras,
a quien se le versan dulces encantos
para regalarle el temblor glorioso//
mi rostro intrágico no desfigura
sólo busca la serpiente de agua::
mi mirada navicular se arrastra::
la luna equinoccial se pluraliza::
la fiesta del maíz y el vino empieza::
revivo en la ánfora de una musa.

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