El reino de este mundo, o si los terremotos tuviesen nombre

haiti Regresaría hacia el poniente con esa cierta melancolía que es el reino de la impermanencia de las cosas de este mundo, si tan sólo habría perdida, más allá de la humana, que lamentar.

Haití maravilloso una vez no se sabe –no recordamos- cuándo, hoy permanece reducido a cascotes por un terremoto.

Escala 7 en el registro de Richmond, 7,000 años después que sus primeros pobladores llegaran a la isla.

Si a los terremotos le pusieran nombres, como ocurre con los huracanes, ¿cómo le llamaríamos a éste? ¿Bouckman? ¿Mackandal? ¿Henri Cristophe? ¿Papa Doc? ¿Duvalier?

Lo único que han ansiado los haitianos, a través de su historia licantrópica y carnívora, es la libertad. Lo conjuga muy bien Carpentier cuando, en El reino de este mundo, narra el día del enjuiciamiento a Mackandal, a punto de que esa “fe colectiva”, como también dijera en su ensayo “De lo real maravilloso americano”, produjera “un milagro el día de su ejecución”.

Nos queda “se inacabable retoñar de cadenas, ese renacer de grillos, esa proliferación de miserias, que los más resignados acababan por aceptar como prueba de la inutilidad de toda rebeldía”.

La noche del martes 12 de enero de 2010, efectivamente, tronaron los tambores radás, los tambores congós, los tambores de Bouckman, los tambores de los Grandes Pactos, los tambores todos redoblados desde otro poder mayor que es más instinto fractal que inteligencia racional.

Haití ha vivido de muertes. De padecer, esperar y trabajar “para gentes que nunca conocerá y que a su vez padecerán, esperarán y trabajarán para otros, que tampoco serán felices, pues el hombre ansía siempre una felicidad situada más allá de la porción que le es otorgada”.

Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es, nos recuerda Carpentier.

En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar. Cierto: toda la miseria –y toda la grandeza– nos corresponde mediarla en el Reino de este Mundo.

Haití, que significa “montañas altas”, ha perdido todo. Ahora, quizá, si la ayudamos, podrá crecer a la altura de su nombre.



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