La fábula de Fulini de Tales

funambulista(2) Y de un tiempo para acá, pensaba en lo ridículo de su acto, sí. El mero propósito. La función. Exacto. Eso. La función. ¿Qué más? De alturas más o menos convincentes, como lo eran el tendal de la ropa y las sogas amarradas entre los brazos de dos árboles, Fulini de Tales se daba a los menesteres difractantes de soliviantar el tedio del pueblo. Las noches se sumaban al espasmo del silencio en el cual Fulini se daba a enhebrar el zumbido de las estrellas.

Para Fulini, nada más inútil y satisfactorio que retar a la gravedad. El desasogante vértigo colectivo se liberaba en el cada vez que su creciente auditorio –tres primeros, luego siete; más tarde, todo una multitud–. Su caminata sobre el cable era una danza entre la desigual partitura de equilibrio y viento, ese dios invisible y sibilante que, a expensas de su omnipresencia, constituía el único obstáculo en el acto del funambulista. Fulini, a falta de mejores talentos, había decidido un día caminar las alturas como modo de expresión.

Unos se ganaban la vida horneando pan; otros construyendo casas. Había los que se dedicaban a codificar las leyes, los que planificaban las dimensiones físicas del pueblo, los que mercadeaban y vendían lo que el pueblo no producía, y hasta los que vigilaban por la salud y por el bienestar de todos, entre otras tareas. Fulini de Tales, bueno para nada, encontró que, aunque vivía de conducir una camioneta escolar –llevaba y traía los niños de la escuela–, lo de él era caminar sobre una cuerda o cable tensado a determinados metros de altura.

De por sí, en el pueblo mucha gente le admiraba. Allá va Fulini, el caminante de las alturas, decían con agrado muchos de los que, al verlo, pensaban que al menos alguien podía hacerlos soñar y olvidar el mundo por unos minutos. Los niños corrían a su lado al verlo pasar. Las mujeres susurraban secretos que, aunque él nunca escuchaba, le hacían consciente de su presencia. El día que Fulini pensaba que había logrado algo en su vida, alguien del público le gritó algo que de niño escuchaba en boca de su padre: «No sirves para otra cosa que no sea nada», lo que, si bien al artista de las alturas en su momento le ocasionó frustración, ahora le infundía de rabia.

Entonces, decidió caminar desde la torre de la alcaldía hasta el campanario de la iglesia. Y desde el campanario de la iglesia al balcón de la casa del alcalde. Y desde el balcón de la casa del alcalde, hacia el techo del teatro. Y del techo del teatro, decidió algo más arriesgado: caminar hacia el edificio más alto en medio del pueblo: el banco.

Fulini nunca había caminado tanto ni a tal altura, pero un domingo cualquiera en el pueblo, decidió llevar su acto a nuevos rumbos antes de abandonar el pueblo para ir a la ciudad en búsqueda de mayores retos. Así, sobre un tramo que recorría la amplia plaza del pueblo, y bajo la mirada de asistentes, vendedores ambulantes y las palomas, Fulini aceptó su destino.

Aquel domingo cualquiera, Fulini de Tales fue asaltado por una ráfaga inoportuna que le hizo temblar en el cable tensado, y sin mayor insistencia, cedió a la impropiedad de la naturaleza para dejar el cráneo estrellado sobre la superficie de la plaza.

De la multitud silente, tras los gritos de espanto, los suspiros exclamativos, los ays y los ohs, sólo se escuchó una voz que dijo: “Ya lo sabía. No servía para nada”.

La multitud se alejó con la muerte de la tarde que trajo consigo el olvido.



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