La isla voladora, o el triste caso de Tato Laviera

tato laviera La historia de Tato Laviera es la de muchos boricuas que una vez se partieron desde Puerto Rico hacia los Nova Yores y ahora no son ni de aquí ni son de allá.

Laviera, voz primigenia de la poesía niuyorican y hacedor de caminos para muchos otros artistas que le siguieron, se enfrenta a los embates de la edad, la diabetes que lo deja ciego y un padecimiento cerebral que le ha dejado con movimiento parcial de su cuerpo. Sin dinero y autoexpatriado, se lleva toda su gloria al albergue Casita Esperanza, en el Bronx -“the Mainland”, como él lo llama- donde único ha logrado encontrar posada ante la falta de un lugar fijo para vivir ante la falta de casa propia.

El titular del New York Times lo dice todo: Poet Spans Two Worlds, but Has a Home in Neither.

Curiosamente, a raíz de un ensayo de Judith Ortiz Cofer, titulado “A Partial Remembrance of a Puerto Rican Childhood”, se suscitó recientemente una discusión muy animada en mi salón de clases. Ortiz, natural de Hormigueros y criada en los Estados Unidos, comenta que cuando estaba en la Isla, era la ‘gringa’, y cuando estaba en el norte, era ‘la boricua’. A fin de cuentas, Ortíz se reconoce como un producto híbrido, dos mitades que conforman en su suma algo mayor que la totalidad misma. Laviera, que se describe así mismo AmeRican (título de uno de sus más comentados poemas), lo conjuga de mejor manera: AmeRícan includes anything unimaginable/ You name it.

Entre casi cuarenta estudiantes divididos en dos secciones, la mayoría acordó que para ser boricua, era requisito hablar español. Punto.

No obstante, al ser confrontados con el hecho de que viven más puertorriqueños que en la diáspora que en la Isla, y que no dominan la lengua de Cervantes, los estudiantes admitieron que, en efecto, los de allá son tan puertorriqueños como nosotros.

Excepto por J-Lo, a quien la mayoría repudió por no ser representativa de la ‘verdadera mujer puertorriqueña’, y porque “no nació aquí”.

Pero, a fin de cuentas, ser puertorriqueño era también un estado del alma, una manera de pensar y sentir que son, a su vez, muchas maneras de pensar y sentir. Incluso, en inglés.

Parecería, entonces, que una definición de la identidad puertorriqueña, en pleno siglo XXI, es tan ambigua y paradójica como la de los marroquíes en España o los chicanos en el South-West estadounidense. Sin embargo, a través de toda la discusión en clase, y luego del rapto de romanticismo migratorio y momentáneo que los llevó a admitir que todos éramos puertorriqueños, los estudiantes sentían que acá lo éramos más que los de allá.

Una colega me dijo un día que ella compadecía a los boricuas porque “no eran allá, pero tampoco de aquí”.

Por eso, el caso de Tato Laviera es la metonimia del aborto de nuestra historia. Poeta entre poetas. Gran Scop. Shaman Urbano. Bohíque Mayor: y olvidado.

Mucho hemos escuchado sobre las islas que se repiten. Tal vez sea tiempo de hablar de las islas que vuelan y que, en efecto, no son de aquí ni son de allá: son de todas partes.



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