La voluntad para escribir hasta el último segundo

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Tomás Eloy Martínez descansa en paz. En torno a su vida, Jorge Fernández, de La Nación, publica el siguiente artículo sindicado en El Nuevo Día de hoy (página 61 de la edición impresa, de la cual se extrae el artículo), al final del cual se incluyen unas expresiones mías junto a la de Kalman Barsy y Arcadio Díaz Quiñones.
***
Ya no tenía sonrisas. La parálisis muscular no le impedía todavía hablar, aunque es cierto que lo hacía lenta y apagadamente. El tumor cerebral con el que luchaba desde hacía tres años atacaba su motricidad y le había ido anulando como en un perverso juego de compuertas que lo iba dejando sin salida. Primero le inutilizó un brazo, luego le entorpeció las piernas.

Tomamos el té una tarde de enero. Nos acompañaban su hijo Gonzalo, un excelente fotógrafo, y Florencia, una de las nietas de Tomás Eloy.

Tomás me había invitado hacía dos semanas, cuando me contó por teléfono que el deterioro ya era irreversible y también que, consciente de todo, estaba disponiendo dolorosamente las últimas cosas.

“¿Qué necesitás, Tomás?”, le pregunté al final de aquella conversación, puesto que nada se le puede decir a un hombre que va a morir y lo sabe. “Te necesito a vos”, me respondió.

En un llamado aparte, Gonzalo me ratificó que su padre ya no tenía chances y que
se estaba despidiendo de sus amigos. También que quería reparar a último momento algunas diferencias que habíamos tenido en el fragor del parto de la revista “adn Cultura”, hacía dos años, cuando discutimos, más de una vez, por cuestiones periodísticas y metodológicas. Nuestro afecto, a pesar de esas broncas momentáneas, nunca se había alterado, y poco después ya nuestra vieja amistad había retomado las rutinas de siempre. Pero Tomás se empecinaba en cerrar por completo un capítulo que ya estaba cerrado y en darme, como toda la vida, sus consejos literarios.

Al llegar a su departamento de la avenida Pueyrredón lo abracé y le di un beso y me senté, simulando, con verborragias optimistas, que su postración no me impresionaba.

Apenas podía utilizar su mano derecha, tenía que dictar sus columnas quincenales, y había un libro de tapas rojas abierto en un costado: estudiaba la cultura narco en América Latina. No quería abandonar ese artículo que alternaba cada dos semanas en la sección Notas de La Nación con su amigo Mario Vargas Llosa, pese a la tremenda presión y fatiga y las dificultades motrices que lo acechaban. Hacía esfuerzos sobrehumanos para no incumplir. Dormía cuatro o cinco horas y “se arrastraba” hacia la computadora, los libros, los apuntes, la libreta.

“Escribir es la única razón para seguir vivo”, me dijo. “Pero siempre fue así, Tomás”, le respondí, exagerando. Asintió brevemente. No podía sonreír, ni siquiera con los ojos. A lo largo del té, lanzó ironías e hizo chistes, pero sin abandonar esa tristeza profunda, abismal, esa sombra en el ceño, ese velo de oscuridad en la mirada. No era un problema muscular: estaba rodeado de muerte; lúcido en un cuerpo inmóvil. Circunspecto, lúgubre, atrapado en una cuenta regresiva que nadie podía detener.

Una línea más
Su hijo había tratado en vano de reconfortarlo con el más allá, pero, ni aun en esos durísimos trances, el autor de “Purgatorio” -un agnóstico consumado- había cedido al chantaje del cielo ni del infierno, como decía Borges.

Era de una conmovedora valentía, y allí estaba con nosotros, tomando el té, sabiendo que le quedaban días de vida. Y que sólo le restaba pelearle a la muerte un día, una página, una línea más de aquella novela que seguía escribiendo contra esa bomba de tiempo.

Con Carlos Fuentes estaba en contacto permanente. Con Gabriel García Márquez últimamente no hablaba, pero sí con Mercedes, la mujer del premio Nobel, que lo llamaba de tanto en tanto. De Paul Auster se despidió en Estados Unidos, antes de regresar definitivamente a la Argentina. Auster le había enviado “Invisible”.

Luego charlamos un rato largo acerca de “El Olimpo”, una novela corta que escribía por encargo de una prestigiosa editorial inglesa. “Las historias se entrelazan hasta el final”, susurró. Luchaba todos los días, en medio de su tempestad, para poner el punto final antes de morir.

Los escritores no miden su futuro por la cantidad de viajes, mujeres, ratos o adquisiciones, sino por la cantidad de libros que no podrán escribir. “¿Qué vas a hacer después de ‘El Olimpo’?”, le pregunté con ingenuidad.

Quería hacer un ensayo sobre todo lo que había aprendido alrededor del difícil arte de escribir. Y me narró, como tantas veces, el libro pendiente por dentro. Cómo tomaría de base varias clases que había dado en distintas universidades norteamericanas a lo largo de más de 30 años y cómo contaría allí que Borges era un periodista de alma aunque no lo sabía.

El periodismo como arte
“¿Será sobre el oficio de escribir novelas y cuentos, o sobre las crónicas?”, pregunté. Me respondió con su clásica declaración de principios: “Para mí la literatura y el periodismo son exactamente lo mismo”.

Me di cuenta, de repente, de que por primera vez me estaba relatando un libro que no llegaría a escribir. Él y yo sabíamos, aquella tarde última, que la lección del oficio quedaría huérfana, que aquel legado de Tomás Eloy Martínez tendría que ser escrito por otros. Que todo se trataba, esta vez, de ilusiones vanas.

Nos abrazamos y nos dijimos, ya sin pudores, que nos queríamos. Nos prometimos, con hermosas mentiras, cosas para un futuro que no existía.

Bajé luego con Gonzalo hasta la planta baja. El hijo me explicó que su padre no podría seguir escribiendo las columnas de los sábados y me relató cómo sería la secuencia ineludible del adiós. Me ratificó, ya en el umbral y sin adornos, que aquel encuentro era una despedida.

Hacía un calor tremendo en la calle, pero yo sentía frío. Me acordé, en la niebla del taxi, de una idea recurrente de Tomás Eloy: “Nos pasamos la vida buscando lo que ya hemos encontrando”.

Él se pasó la vida buscando la gloria literaria sin darse cuenta de que ya la tenía. Esa búsqueda seguiría hasta el último minuto. Con el último aliento escribiría lo de siempre: una línea más. Una más.

Kalman Barsy
Su análisis del fenómeno peronista es central a toda su obra desde todos los ángulos posibles. Era un gran escritor de la realidad e historia argentina. Me parece extraordinaria “El cantor de tangos” en la que hace una especie de historia mítica de la Argentina y su proceso de formación a partir de la inmigración europea.

Arcadio Díaz Quiñonez
Lo admiré como narrador, tanto en sus crónicas periodísticas, como en “La novela de Perón”, libro con el que contribuyó a la comprensión de una figura compleja y una tradición política. Era una persona cordial, comprometido y apasionado en todo. Admiré su capacidad para borrarse de sus entrevistas”.

Elidio La Torre Lagares
“Poseía una imaginación comprometida con la historia de su país. Mucha de la literatura contemporánea quería apartarse de la novela política, pero él continuó elaborando textos con tensiones contextuales, memorias, deseo e historia, hilados en novelas con un estilo impecable”.


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