El padre muerto: Barthelme revive

top_gr_1140 El padre muerto es una de esas novelas donde prima el uso del lenguaje con claridad semántica y con todo y eso, no es una novela fácil. Acapara mi atención la aparición a fines del año pasado, pero recién descubierta por mí, de la traducción de esta extraña obra bajo el sello Sexto Piso de México. La sorpresa estriba en que es una de esas novelas que, luego que uno las lee, ni imagina jamás su traducción. Claro, luego de ver una traducción del Finnegan’s Wake de Joyce, uno debe esperar cualquier aberración bajo este bosque inmenso que es el mercado de las traducciones, uno de los efectos positivos de la globalización.

Donald Barthelme (1931-1989) es un total desconocido para la mayoría de las personas a las que les he hablado del sujeto. Pero uno no puede hablar de postmodernidad sin él, sin Thomas Pynchon y sin John Barth.

Los relatos y novelas de Barthelme siempre son retos al lector, ante el cual el texto trabaja como un ente que le hará saber al receptor del mismo que es una suma de artificios. Es un autor que se levanta contra la exposición, el punto de vista y otros patrones de la representación, como los llama John Zerzan. Barthelme, epítome de la posmodernidad, crea una literatura sin suaves contornos ni texturas iluminativas. Se levanta indómito ante la complacencia de servil de entregarse al destino de ser un mero producto cultural.

El padre muerto es, como se infiere del título, una historia sobre la necesidad de matar al padre.

Juan Gelpí nunca pudo estar tan acertado.

Los personajes, una familia donde predominan los hombres, se encargan de arrastrar el cuerpo de su padre a través de una miríada de paisajes en ruta a su sepelio. Su longitud es la de una gran avenida. Una de sus piernas es ortopédica pero, a pesar de que es un cuerpo sin vida, conserva el dominio patriarcal sobre su familia, a la cual trata inmisericordemente. Así, rehusa a morir, y encarga a su hijo mayor, Thomas, que junto a su esposa Julie encuentre el Vellocino de Oro, objeto mítico o Holy Grail que le dará la vida eterna. Es un padre egoísta: no quiere dejar el poder.

Surrealista, absurda, indómita, El padre muerto presenta un mundo distante que se encumbra en la artificialidad. El sentido se nos va de las manos. Es una novela que lucha contra sí misma en la medida que se pierde y se recupera la la voz narrativa y el punto de vista, como metonimia de la pérdida de ese topos histórico que se nos hace tan necesario para localizarnos en tiempo y espacio.

Para Barthelme, esta pérdida representa cierta liberación, igual que salir del padre muerto.

El padre es todo nuestro pasado: Estado, historia, Dios… “A son can never become, in the fullest sense, a father”.

Así que para aquellos que piensan que leer en inglés y/o especializarse en tal literatura es un acto de traición a la patria, pues la traducción de The Dead Father va dirigida a la otra Metropolis y los coloquialismos han sido españolizados, pero logra capturar el espíritu irreverente de Barthelme.



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