La escritura como performance

alg_clowns La palabra siempre es metáfora. Transposición de significados y sentidos. Impostura. Performance. Celebrarla es un modo de refractarla. Espéculo y espectáculo.

La escritora Ana Lydia Vega, en El Nuevo Día de ayer domingo 2 de mayo, hace una muy válida apreciación del registro de la palabra en el contexto del Festival de la Palabra, organizado por iniciativa de la también escritora Mayra Santos Febres como presidenta del Salón Literario Libroamérica. Nuestra siempre querida Ana Lydia, a quien le debo todo mi respeto, sostiene que, dentro del endeble y desarticulado aparato editorial existente en Puerto Rico, el festival, más que venerar la palabra, endiosa la figura de los escritores casi de modo fetichista, una especie en sí mismos de invocadores de otros poderes divinos. El escritor se convierte, según ella, en ‘performero’.

El comentario ha incitado diversas reacciones desde diversos vórtices del plano topográfico de nuestra clase literaria. De templado modo, concuerdo con Ana Lydia, en tanto “tras el glamour festivalero, se ocultan las duras verdades del oficio. Cada vez hay menos librerías, menos lectores, menos posibilidades de publicación y difusión”. Si bien por un lado es cierto que la escritura es un oficio bastante trabajoso, por otro lado sostengo lo que ya anteriormente había comentado en este blog: en nuestra isla-archipiélago, aunque proliferan los proyectos editoriales de diversas intensidades y que sostienen, hasta ahora, la literatura nacional, carecemos de puntos de venta y difusión pública (de ahí que se le llama “publicar”, ¿no?). Pero dicha realidad, merece el esfuerzo aclarar, no es autóctona de Puerto Rico. Sucede lo mismo en los grandes países productores de libros como México, España, Argentina y Estados Unidos, incluyendo el fenómeno reciente del Premio Pulitzer, otorgado a Paul Harding por su obra Tinkers, publicada por Bellevue Literary Press, una editorial independiente que incluso opera desde un piso en un centro médico.

El carácter político del Festival sobra. Pretender una actividad de tal proposición –con auspicio o sin auspicio del establishment- es un acto político en sí mismo. Nadie tiene que convencerse de que realizar una actividad de esa ambición en un país que adolece –todavía- de cerca de un cuarto de millón de analfabetas y otro medio millón de analfabetas disfuncionales es un acto político, puesto que la escritura y su consumo –a través de la lectura- inciden en el avance de las sociedades, en tanto confieren el progreso y capacitación del individuo para entender los medios de producción del código escrito. La lectura –que no se limita a representarse en libros- es la comida de la mente y el aeróbico del cerebro. Pretender atraer aunque sea a una persona es un intento de cambio del orden actual, que, de paso, se desordena de una de dos maneras: de afuera, o desde adentro.

Que conste: mi participación en el festival no es protagónica y es voluntaria. Y sí, el Festival adolece todavía de ajustes organizativos y de emisión del mensaje del festival (hoy mismo alguien me preguntó si es un festival cristiano, pues lo entienden como “la palabra de Dios”).

Pero, a mí parecer, la palabra escrita es, en efecto, un performance. Hay quien se dedique a un instrumento musical; otra gente, baila; muchos cantan, pintan, esculpen; y como en cualquier otro arte, existen los que articulan y habitan la palabra como ejecución artística. El espectáculo se transfiere, siempre, en alguna palabra, porque se sirve de ella, incluso en aquellos casos que depende del signo no lingüístico (yo veo la imagen no fumar y aunque no lo dice, pienso en “no fumar”).

El escritor, en fin, sí es un perfomero, un impostor, showman, un agente de movimientos –en la dirección que quiera–.



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