La jaula colgante: vigilancia y castigo en la UPR

jaula colgante Desde el Medioevo hasta finales del siglo XVIII, la tortura ha sido un modo cobarde de hacer imponer la razón de aquellos que, a falta de facultades intelectivas, no la tienen. Toda una industria de aparatos torturadores se puso al servicio y patronato del Estado. Uno de esos populares y nefastos artificios en la Europa urbana se conocía como “La jaula colgante”: una suerte de cajón de hierro y madera, adosadas al exterior de edificios y lugares públicos en las que los reos eran mantenidos en condiciones infrahumanas ante los ojos de la ciudad. Allí, a los penalizados se les negaba la comida, el agua y otras necesidades básicas elementales, como la ropa. Expuestos a las condiciones de la intemperie, terminaban muertos de hambre, sed o cansancio.

El gobierno de Puerto Rico y la administración universitaria han configurado en los predios del recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a su modo, su versión de la jaula colgante.

Impedir el suministro de agua y comida con el propósito de reprimir una lucha, justificada o no, o el derecho a expresión por una causa que de ir voz de la llamada insipiente minoría se ha apalabrado como verbo de la mayoría (ante el mutismo de la alegada mayoría silente), me parece un acto de bestialismo cuya semiótica es a la vez su paradoja: el acto incitado por el poder ejecutivo y reafirmado por la rama judicial es una manifestación de carácter violento y físico en el principal centro de intelectualidad del país.

En el artículo 25 de la Declaración de Derechos Humanos, según establecida por las Naciones Unidas, esablece que "toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure [...] en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios". Cualquier acción adversa al estatuto supone una violación de tales derechos.

No hay duda: la violencia siempre aflora cuando la razón acalla.

Inanemente, en pleno siglo XXI, atestiguamos esta manera primitiva y cruel con la que el gobierno de Luis Fortuño se ha acercado a la huelga de los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, ante la cual se ha enfrentado con esas tecnologías de castigo monárquico de las que habla Foucault en Vigilar y castigar.

Como si fuera “the next great idea”, ahora el gobierno y la administración de la UPR se aprestan a ensayar un intento de asesinato por inanición, ese eufemismo frecuentemente utilizado para encubrir la muerte por falta de nutrición.

El hambre, ese otro modo de depravación y perversidad, es un mal para ser erradicado, no para utilizarlo como manera desesperada de represión.

El hambre, en fin, es una palabra que se pudre en mi boca.

Escupo.



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