Palabra cedida: El activismo de Moisés Agosto

mo Moisés Agosto Rosario es un escritor al que le guardo todo el respeto del mundo. Hoy domingo 23 de mayo de 2010, el diario El Nuevo Día publica, firmado por la pluma de Ana Teresa Toro, el reportaje “El activismo de escribir” sobre la figura de Moisés. Y esto merece ceder la palabra, por la manera literaria en que el periodismo de Ana Teresa salta de la página.

El activismo de escribir

“La belleza es aún más difícil de explicar que la felicidad”
Simone De Beauvoir

Cuando Moisés Agosto sonríe, el rostro se le convierte en una suerte de terreno arado. Sus arrugas, asomadas en discretas rayitas, revelan las muchas cosechas que han pasado por la agricultura de sus gestos. Ése terreno fértil enmarca y protege el par de pozos azules que tiene por ojos. No se puede esquivar su presencia.

“Moisés no es ese tipo guapo de ojos azules que la gente ve y rápido dice aquí o en Amsterdam: qué bellos esos ojos. Acepto el halago, desde chiquito me lo dicen, pero hay mucho más. Y claro que me gusta verme bien, pero los músculos que tengo tienen que ver con mi salud, porque necesitas masa muscular para tener buena proteína, algo básico contra las infecciones. Verme bien significa que estoy saludable”.

Lo dice un escritor cuya obra no se nutre de abalorios innecesarios. Sus relatos se bastan a sí mismos con la complejidad de sus personajes y la hondura de sus temas. Lo dice un hombre que pronto cumplirá 45 años, diez de los cuales, ni si quiera proyectaba vivir. Lo dice quien hoy por hoy, es el activista en pro de los derechos y la educación de las personas diagnosticadas con HIV más importante del País. Al menos en términos de su extensa trayectoria y notables aportaciones no sólo para ayudar a personas en la Isla, sino alrededor del mundo. De hecho, a Moisés, cuando se le vé por ahí, hay que hacerle dos preguntas obligadas. ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas? Los destinos son varios, pero suelen oscilar entre África, el Caribe o América Latina, regiones con las que trabaja como Gerente de proyectos para  The International Treatment Preparedness Coalition y la Fundación Tides.

Pero antes de que el día caliente o algún avión lo haga amanecer en otro País, Moisés, disciplinado como niño bien, despierta y rápido se pone a  escribir  “por lo menos una horita”.
Todos los días escribe. Su activismo nació de las palabras.
Positivo en los 80

Temprano en sus 20, Moisés  era un estudiante   de literatura en el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, criado en Santurce en una familia que pertenecía a la Congregación Mita -en cuya banda tocaba la trompa francesa- y aspiraba   convertirse en  profesor y escritor. 
“Un día por curiosidad, para sacarme eso de la cabeza, fui a hacerme la prueba del HIV. Yo no sabía lo que era eso, en ese entonces, en los 80, se hablaba de ‘la enfermedad de los gringos’, ‘del cáncer de los gays’. Nadie sabía bien lo que era”, recuerda. Positivo... leyó. 

En ese entonces, sí se trataba de una incomprendida  sentencia de muerte. “Me dijeron come bien, sabes lo que esto significa. No hay nada que hacer. La  gente por lo general dura seis meses”. Eso fue todo. Un año guardó el secreto. Nada pasaba. Es decir, no se moría.

Así las cosas y luego de darse cuenta de que hablar del tema no era una buena idea, a juzgar por la reacción de las personas, decidió irse a Nueva York a estudiar una maestría en Literatura con intenciones doctorales en Stonybrook. La vida de ciudad grande le sentó bien y las naturales conexiones que se dan en esos espacios lo llevaron a conocer a chicos como él que lo reclutaron como traductor de pancartas para la organización ACT UP Latino. Siempre fue puente, siempre se valió de la palabra. Abandonó sus estudios para dedicarse a alfabetizar en las calles de El Bronx, a integrarse más de lleno en el colectivo  y a dirigir la revista Sidahora. Dejó las palabras de biblioteca por las callejeras. Si iba a vivir poco, valdría la pena cada minuto.

“Recuerdo un día dando las clases que llegó una mujer y nos mostró una revista a la cual estaba subscrita hacía muchos años y nunca había podido leer un artículo. Nos leyó el primero en clase”, cuenta el hombre cuyas rutas siempre lo devuelven a la palabra dicha, a la escrita o a la callada.

“Ese activismo no era romántico. Éramos un grupo de amigos que estamos haciendo esto porque nuestros amigos se estaban muriendo. El sida, la epidemia  es algo bien violento. Tenerlo era sentirte que estás en fila, que hoy se murió un amigo y mañana puedes ser tú”, dice toda vez que confiesa que esa violencia -como tantas otras- la manejan muchas veces con humor.

“Hablamos de tener el ‘deadly virus’ entre nosotros con el morbo que conlleva o una frase como ‘you’re working my last nerve’, la convertimos en ‘you’re working my last T-Cell’”, revela el autor que nutre su obra de este tipo de humor. También escribe de carne, de almohadas y de puertas que se abren y se cierran. Se nota en su obra la nostalgia de cómo era antes y se  percibe en  sus textos la rabia de saberse uno de los pocos de su generación que sí sobrevivió. 

“Nos daba coraje porque si hubiesen sido hombres blancos la maquinaría se habría movido más rápidamente. Ese activismo era bien organizado. Había muchos comités. Yo trabajaba con el que estaba encargado de mirar los protocolos clínicos para que se acelerara el proceso de que se crearan medicamentos. No era ideológico, era estratégico”, explica. “No íbamos a gritar a una esquina porque sí, queríamos impactar desde afuera trayéndolo a la discusión pública, pero también desde adentro con cabildeos”, añade.

  Y  lo hicieron, identificando con quiénes aliarse y sobre todo reconociendo la propia voracidad del virus, tan idéntica a la voracidad humana.

“Nosotros tenemos medicamentos ahora, nos guste o no, gracias a las farmacéuticas. No por alguna inversión que haya hecho ningún gobierno. Pusimos presión en ambos lados y uno respondió. La compañía que encontrara el medicamento efectivo tendría un mercado enorme”, apunta quien gracias a la llegada a finales de los 90 de los inhibidores de proteasas y a su propio conocimiento sobre medicamentos, combinaciones de fármacos y alternativas de tratamientos logró superar la muerte segura que tenía en agenda para el 1995. En ese año recibió todas las condecoraciones posibles, visitas de secretarios de salud, agradecimientos todos y despedida de padres abnegados que nunca condicionaron su amor.

“Fue un bye, bye total. No tenía T-Cells”, dice.

Pero con nuevos medicamentos y uno de esos llamados “cocteles” (mezclas de múltiples fármacos), comenzó a recuperarse hasta atreverse a pensar que alguna vez tendría canas.
De todo eso no le hace mucha gracia hablar. No le gusta contarse a sí mismo como la típica historia de superación. Hay tanto más ahí. Tantas más grietas en su carne.
Lo humano y lo inhumano

“Yo pienso que la epidemia del sida logra develar todas las otras enfermedades sociales que existen. Desde el sida tú vas a asuntos de vivienda, de pobreza, de salud, de acceso a comida, de discriminación, de racismo, de género, de ver quiénes se afectan más... A la larga se trata de  justicia social”, elabora Moisés, quien decidió ser franco al respecto y no ocultarlo. No dejar ninguna capa de cebolla sin pelar. La vulnerabilidad ofrece extrañas libertades.

¿Vale la pena salir a la calle a gritar?

“No sé en estos tiempos”, confiesa.

Hoy la lucha es otra.  Mundialmente se conoce el virus y entidades millonarias se han aliado para ofrecer su apoyo no sólo a la búsqueda de una cura, sino a que se evite la propagación y a que las personas diagnosticadas tengan una vida digna. Pero falta tanto. “No es lo mismo ser positivo en los 80 que ahora, cuando la expectativa, si te cuidas bien, es que vivas 20 años o incluso más. Que vivas una vida”, explica.

“Para mí es inmoral que, en tiempos en que existen alrededor de 17 medicamentos para el VIH, haya  gente que tenga acceso a primera o segunda línea”, denuncia quien trabajó además como asesor   de  la administración del presidente Bill Clinton en el Task Force for AIDS Drugs Development en Washington.

De hecho,  fue uno  los responsables de asegurar un presupuesto para pacientes de sida en Puerto Rico; aquel que se hizo sal y agua en el escándalo de corrupción del  Instituto del Sida.

El organismo para el que trabaja actualmente se encarga de atender los elementos complementarios que son indispensables para que un medicamento sea efectivo. Existe un Fondo Mundial en el cual los países del G-8 hacen su aportación para que los países en desarrollo puedan tener acceso a ellos. Sin embargo, de qué sirve un fármaco sin agua potable y comida; sin educación para que el paciente sepa que si no se toma la pastilla a cierta hora no tendrá efecto.  
“Yo estoy encargado del protocolo de un sitio. Cada año monto y superviso un ciclo de subvenciones y se becan regiones conforme a sus necesidades”, detalla sobre esa labor que muchas veces redunda en historias gratificantes. Como por ejemplo el  que en África se han aliado dos becados -uno musulmán y otro cristiano- para esconder a las mujeres musulmanas que son diagnosticadas HIV positivo, pues si las encuentran correrían el riesgo de ser lapidadas hasta la muerte.

  “El sida ha venido a aliar a estos dos enemigos históricos”, dice quien siempre ha trabajado en esto desde el macro. Pero a su llegada a Puerto Rico le tocó un nuevo rol.

“No me ha pasado poco y me preocupa. Sobre todo porque son muchos muchachos muy jóvenes que me escriben y me dicen, mira, yo no te conozco pero quisiera hablarte. Me piden un café y ya yo sé”, cuenta.

Ahí los orienta como puede. A veces, sobran palabras y se requiere un abrazo. No es lo mismo hablar desde un podio que mirar a los ojos. Pero la mirada de Moisés es pozo que abraza.
Hoy, cuando no viaja, vive en Santurce. Residencia sólo una, su casa de palabras, ésa en la que siempre será inmortal. De la que nunca se fue. De la que no escapa.



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