Size matters: los ganadores del Mundial de Cuento Corto

size El pasado domingo 30 de mayo, El Nuevo Día publicó los cuentos ganadores de la quinta edición del Campeonato Mundial del Cuento Corto Oral, celebrado en la Universidad del Sagrado Corazón. De particular agrado me resultó conocer que dos escritores conocidos míos llegaron finalistas: Joel Feliciano y Gean Carlo Villegas. Una tercera finalista fue María Zamparelli. La ganadora fue Raquel Otheguy con su cuento “Noé”.

Ahora: la lectura es del que lee, por supuesto, pero el mini-cuento ganador me parece que radica una lectura un tanto suelta, referencialmente clara, pero dependiente de otros contextos que deja espacio a las especulaciones y a las preguntas. Por supuesto, el criterio de “auto-continencia” del mini cuento es alterado por los por qués. Por ejemplo, ¿por qué es Noé quien controla la lluvia cuando el pobre viejo lo que hizo fue obedecer el mandato, deseo y voluntad de Dios? ¿No le tocaría esa tarea a Dios? O en todo caso, ¿usurpó Noé el agua de Dios? ¿No es eso una insurrección prometeica? Demasiado que resolver o pensar para un texto breve que no es un haikú.

Nada. Que, en todo caso, es lo que yo pienso y no tengo que estar en lo correcto. Cualquiera de los cuatro cuentos pudo haber sido el ganador.

“La Alegría”, por Joel Feliciano

Y caminó hacia la pared de chorros elevados que sonaban como corrientes eléctricas ensordecedoras. Cuando entró en los límites de la fuente, el agua se desvaneció por entre las losas de piedra. Los niños se anonadaron. Corra, sálgase, le gritaron con real preocupación, pues creían que aquel no era el comportamiento adecuado, ni el lugar ideal para un adulto. Hubo un silencio. La mujer no se salió. El estallido de los chorros retumbó en la plaza y los niños sostuvieron la respiración. Ella se rió dentro de la cárcel de agua y así, como si nada, los niños aceptaron su regreso a la infancia.

“Utopía post-retro o o cuando era homosexual”, por Gean Carlo Villegas

Los granos de azúcar negra esparcidos sobre el mantel, además de parecer diamantes acaramelados, fueron un presagio de lo peor. Sabía que mi madre estaba en la cocina aunque no podía verla. La escuchaba. En realidad, el chirrido de sus sandalias de goma era lo único que me ayudaba a ubicarla en esa triste casa que habité cuando niño. Me había prometido a mí mismo, que cuando terminara de tomarme el café le confesaría la realidad sobre mi sexualidad. “Ella entenderá”, pensaba entre cada sorbo. Mijo, ¿quieres galletas? No gracias, Mami, ¿puedes venir acá un segundo? Claro, pero dime rápido que se me quema la comida. Mami, tú sabes que me gradué con honores de la universidad, conseguí un trabajito en una editorial, y ya me mudé a un apartamento en el Viejo San Juan. Sí, Mijo, dime, ¿qué quieres? Pues nada, Mami, quería que supieras que he logrado todo lo que me he propuesto gracias a tu apoyo incondicional. Pero para ser realmente feliz, es importante que te confiese algo. ¡Dime ya, Mijo, qué se me quema la comida! Pensaba que estarías más orgullosa de mí si lograba todo esto siendo abiertamente homosexual. Así es, Mijo, estoy muy orgullosa de ti… Yo no quería que sufrieras el tener que vivir una mentira como cuando estuve casada con tu padre. Mami, los amigos que te he presentado han sido sólo amigos; fuiste tú quien concluyó que eran mis novios. Estabas tan contenta por mi homosexualidad que no quería decepcionarte llevándote la contraria… No más rodeos, Mijo. Mami, quiero que sepas que no soy homosexual… Una lágrima cayó sobre el azúcar negra y los diamantes acaramelados se diluyeron en el olvido. Yo te quiero, Mijo, y tu preferencia sexual no cambia nada. Gracias, Mami, por comprender. De nada, Mijo. Antes de su eterno silencio, mientras caminaba hacia la cocina, lo último que me dijo fue: “déjame apagar la estufa”. Sus sandalias de goma aparentaron sollozar por ella con cada paso que dio hacia la distancia. Pocos días después, mi madre murió por la tristeza de saber que yo no era homosexual.

“Bonsái”, por María Zampirelli

Li Wu se echó la canasta al hombro, agarró la jaula de saltamontes y salió al portal de la choza. Una ráfaga le arrebató el sombrero que cayó como un parasol sobre las cabezas de coles en el huerto de su mujer. Supo entonces que el espíritu del viento le daría batalla. En abierto desafío se ató el sombrero a la cabeza con un bejuco leñoso y caminó durante todo el trayecto hacia el lago con la cabeza baja abriendo con la punta del sombrero una brecha en las malas intenciones del viento.

La mujer miró por la ventana hacia el jardín. La figura del pescador se tambaleaba en la distancia.

Li Wu alcanzó la orilla del lago con la fatua satisfacción de haber ganado la batalla contra el destino. Acomodó sus aparejos junto al árbol solitario, sacó un ovillo con anzuelo de la canasta, pinchó un saltamontes entre los dedos y lo atravesó con el gancho. Se encaramó en el lomo de una raíz y levantó el brazo para hacer girar hilo y anzuelo antes de lanzarlo. Li Wu, en balance precario, escuchó la carcajada oscura del destino que lo levantó por el sombrero y lo tiró quebrándolo en diminutas piezas.

La mujer, intranquila por la creciente turbulencia echó una mirada al bonsái en el jardín. La porcelana del pescador al pie del árbol solitario había desaparecido.

“Noé”, por Raquel Otheguy

Caminaba por mi calle con su ropa desleída por el sol y en sus manos una cajita de madera amarrada con una soga gruesa y despeinada.

Un día, venciendo el miedo que sus ojos desenfocados me producían, le pregunté:

—¿Qué guardas ahí?

Miró en todas direcciones para asegurarse de que nadie nos espiaba, entonces dobló su gastado cuerpo hasta mi altura y me susurró al oído:

—Aquí guardo la lluvia para evitar que se escape otra vez.



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