Sexo y fútbol: las posiciones en el Mundial 2010

condon De acuerdo con Donato Villani, médico de la selección de Argentina al Mundial de Futbol en Sudáfrica 2010, ha publicado el más humano de los pronunciamientos: a ningún humano se le puede negar por más de un mes un asado, una copa de vino, un poco de dulce de leche o sexo. No, por supuesto que no: eso es sería una afrenta equiparable a la más vil violación de los derechos inalienables del ser humano.

Se dice que al séptimo día, Dios descansó, pero que veinticuatro horas después, seco de aburrimiento, inventó el futbol. Luego, asó un cordero, convirtió el agua en vino (truco con el que luego su hijo se haría famoso) y se sentó a vitorear el alcance de su creación, hasta que fue expulsado de la cancha por lenguaje soez y conducta poco sociable. Dios, que siglos después acabaría la humanidad con un diluvio universal –un error que Él mismo aceptó y por el que luego dispuso un arcoriris como promesa de que no volvería a destruir la existencia, al menos con agua-, no podía anticipar que al animal ponzoñoso no se le dan alas. Por eso, no se puede instigar una fiebre sin consecuencia. Así, la escuadra albiceleste tendrá derecho a tirar canas al aire, mechones, trenzas y la peluca completa si así el deber lo reclama, siempre y cuando no haya intervención de “aditivos” o que se suscite en los calendarios de reposo.

Villani, como un Moisés acabado de bajar de El Aconcagua, asegura que "el sexo forma parte de la vida social de todos y en sí no es un problema".

Es el Maradona Effect.

Bueno, si usted es Frank Rivery, Karim Benzema (que ya no va al Mundial) o Sidney Govou, estrellas del equipo de Francia, sí lo es, en tanto se meta uno con prostitutas menores de edad. O, por el contrario, como ha hecho voluntariamente el equipo de Portugal, que, a pesar de habérseles concedido el mismo privilegio que al Argentina, ha decidido abstenerse del sexo por las semanas que dura el Mundial. Brasil reclama respetar “la convivencia social” mientras Chile, Inglaterra y España le han ceñido güeveras de castidad a sus jugadores.

En todo caso, cada quien asume la posición (no pun intended) de su predilección.

Al final, el asunto es que gana el que meta más goles. Dios, como quiera, va a estar cerca.



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