La terrible necesidad de destruir

100701madrehija-t De la violencia que desarma la fortaleza del espíritu podríamos articular terribles y elocuentes tratados de espantosa veracidad. A nuestro alrededor, todo se deshace y se rehace en un texto que leemos y no entendemos por su aparente ininteligibilidad. Pero de todas las formas de la violencia, la de mayor torque es esa violencia pasiva que nos mueve en direcciones desesperadas de desamparo e incertidumbre. Los despidos en masa, la insostenible economía, la opresión educativa, la transgresión al derecho de libre expresión y la mutilación cultural no son sino manifestaciones de una violencia constante que carcome las ansias, colma la paciencia y, sobre todo, nos pega como una bota en plena cara.

Nos pegan duro. El Estado, ante su incapacidad de gobernar con razón, necesita intimidar. Tan perturbador como pueda parecer, sólo nos queda admitir que la agresión engendra más agresión.

Una lección sobre la violencia la ha conformado Hannah Arendt, en su libro aptamente titulado Sobre la violencia, donde comenta que son el medio de ejecución del poder y su justificación hacia la consecución de una finalidad lo que da corporalidad a la acción violenta. Por tanto, nunca hay violencia inconsciente o, en su defecto, objetiva. La violencia, agresiva o no, siempre es arbitraria, consciente e intencionada. Los recientes disturbios suscitados en el llamado Palacio de las Leyes no fueron, por tanto, fortuitos. Estudiantes universitarios y manifestantes fueron sofocados por un ejercicio de brutalidad policiaca que, como expresa Arendt, siempre se presta a la continuidad política de un proceso que recurre a tácticas de coerción y resquebrajamiento para establecerse como poder. Nada para expresarlo mejor que las palabras de Mao Tsé-tung: «el poder procede del cañón de un arma».

Es, por decir poco, una respuesta a la manera en que los estudiantes universitarios, esa llamada «“minoría» que hoy transita del recinto universitario autónomo al espacio social abierto, han pasado a ser el temido “Uno contra Todos” capaz de enunciar un malestar generalizado ante el claro estado de negación en que la mayoría, en su inercia, se imposibilita a poner en función la voluntad del verdadero poder. Añade Arendt: “La mayoría simplemente observadora divertida por el espectáculo de una pugna… es ya en realidad un aliado latente de la minoría”.

En fin, la última e incontestable manifestación de poder es la violencia, pero requiere de una condición: la obediencia.

Creo que aún no lo hemos visto todo.

 

Foto: Primera Hora



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