la honestidad brutal de luis negrón en /mundo cruel/

cruel Nada más verdadero en el oficio de escritor que escribir desde la cercanía de la experiencia, que no sólo es insuperable, sino intransferible. Y podremos entrenarnos y ensayar con convencimiento un performance de escritor erudito, intragable, difícil, postizo y cerebral, pero uno nunca logra fingir la honestidad narrativa en el nivel fáctico del escrito. De aquí que el libro de relatos Mundo cruel, del escritor Luis Negrón, comprometa sus nueve relatos de corte queer con la facilidad del decir. En efecto, si algo tiene este libro es que Negrón escribe para que lo lean, y no podía esperarse menos de un individuo que también es un profesional del libro.

Negrón es escritor de hace mucho tiempo aunque esta sea su primera colección publicada. Y eso lo sé por la manera en que se estructuran cada uno de los cuentos, reflejo de una mente en acierto, dada a la faena del montaje narrativo. Si Mundo cruel se nos hace apetecible por la manera en que comienzan sus cuentos, la satisfacción serotonínica secreta en los finales, en tanto obra de arte escrito. Estos cuentos, en fin, son experiencias fragmentarias de un mundo mayor que se nos revela como un micromundo de otro y así sucesivamente. El escenario es urbano, predominantemente en Santurce, y los actantes primarios se desplazan por la marginalidad dentro de otra marginalidad, como por efecto prolepsis.

Y es precisamente en el manejo de los personajes donde Negrón logra sus relatos. Los protagonistas –Adanes sin Edén posible- gravitan con delectable veracidad y convicción de carácter que les hacen saltar de la página con furia de vida. Se debe esto al dominio magistral de Negrón sobre los diálogos, que en cuentos como “Por Guayama” y “Muchos” se elevan a registros teatrales, prescindiendo de la voz narradora casi en su totalidad. En “La Edwin” y “Junito”, la narración toma un aire derridariano (así, sin quererlo) en la medida que se alucina un interlocutor al que nunca vemos, escuchamos o conocemos, pero que es el recipiente de los textos de los que nosotros, los lectores, somos meros voyeristas. Pudiese haber una simbología implícita y complicada aquí: los narradores, en sus monólogos, subrayan la soledad de la marginación y el rechazo. Son, por tanto, narradores no confiables -nos manipulan según sus intenciones-, sometidos al beneficio de las dudas e iluminados en la imperfección. Las voces emanan desde sus puntos de enunciación particulares, mas sin embargo, todas son una misma, en tanto relación espacial con el entorno.

Es por ello que, al prescindir de los ornamentos, cuentos como “El elegido”, “El jardín” y “Mundo cruel” impactan como finas piezas donde, si bien por un lado nos construye la sensibilidad gay, el trayecto de la traslación narrativa nos conduce a conocer la humanidad de los personajes, tratados con una belleza agridulce que es la materia misma con la que se construye la buena literatura, sea queer o no.



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