Lolita Lebrón (1914-2010): de mujer a mito fundacional

lebron-1954 Era la primera mañana de marzo de 1954. El día estaba gris y llovía. Rafael Cancel Miranda, Andres Figueroa Cordero e Irving Flores Rodríguez adelantaban el paso tras Lolita Lebrón. Minutos antes, alguno de ellos había sugerido descartar la misión por el momento, pero Dolores Lebrón Sotomayor, la Lolita de la historia, dijo: “Pues voy yo sola”.

Llegados a la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos de América, donde los congresistas –en su mejor tradición de decidir por otros- discutían un medidas relacionadas con los inmigrantes indocumentados y la economía de México, se escuchó el grito soberbio de “¡Viva Puerto Rico libre!”.

Hubo disparos. Gente herida. Conmoción y revuelo.

Nunca antes en la joven historia de los Estados Unidos había alguien entrado al nido del águila a romper los huevos.

“Yo no vine a matar; yo vine a morir por Puerto Rico”, dijo Lolita Lebrón.

De morir por la patria –cualquiera, la que sea-, hay dos modalidades: la de los mercenarios y la de los héroes. De la primera, no queda duda que es la más popular. En Puerto Rico, donde no hay oportunidades genuinas de empleo y donde la educación para la superación social es malograda a sangre fría, la alternativa prioritaria es convertirse en soldado del ejército de los Estados Unidos. Y aunque se digan a sí mismos soldados puertorriqueños, su trabajo es matar y morir por y para el invasor.

El trabajo que antes correspondía a los constructos de Dios, libertad y patria, ahora ha sido transcrito en otra metáfora, que es la del dinero.

De la segunda modalidad habitan menos, y son los que me congelan el aliento de tan sólo pensar que una persona pudiese estar dispuesta a dar su vida por la de todo un país. Aquí es que vale una persona como Lolita, quien ayer dejó este plano de la existencia para incorporarse a la poesía de inmortalidad.

Para un país desposeído de su historia, trasplantado en su propio terreno y lleno de vacíos, existe una obligación casi antropológica de sostenerse sobre las bases de un texto que cohesione, como dice el pensador francés Jean Claude Carriere, la conciencia nacional de cierto grupo o nación. «Los mitos antiguos», dice Carriere, «adoptan múltiples caminos para perpetuarse. Uno de ellos es la tradición religiosa, la creencia, que salmodia a los fieles el resalto de los orígenes y las supuestas palabras del fundador legendario, pero sin admitir ni por un momento que se trate de mitos».

Ocurre que cuando faltan los mitos, se inventan, aún cuando no se le reconocen como creación, porque se admiten como realidad histórica, por siempre inmutables. Ese mito confesado, disfrazado, travestido, como le llama Jean Delumeau, es típico de una época de 'credos recortados'. Cada pueblo quiere asentar un supuesto pasado nacional en algún texto legendario, necesariamente glorioso, aunque alguna vez se trate de una derrota.

Para nosotros, que vivimos de triunfos prestados, que nos aferramos a tanto ‘boricuismo’ pasajero para sentirnos que pertenecemos a algo, que hemos hecho de la bandera una marca registrada para consumir el patriotismo como si fuera una mercancía fungible y reempacable, Lolita Lebrón es un signo real. Es nuestro mito fundacional.

Por ello, al fallecer, aunque nadie le puede ganar una batalla a la muerte física, Lolita Lebrón pasa al reino de lo inolvidable. Y ella ha hecho que la patria sea, más que el lugar donde uno nace, un estado de la conciencia.



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