Disculpen los inconvenientes: la crisis de la Editorial UPR

editorial upr Disculpen los inconvenientes, dice el mensaje de bienvenida en lo que hoy constituye la cara virtual de la Editorial de la Universidad de Puerto Rico. Como si uno transitara cualquiera carretera de este país y encontrara las ruinas de siempre por todas partes. O sea, como dice el Wasteland de Eliot: un lugar donde “nada conecta con nada”. En la era de las comunicaciones, todo es incomunicación.

Leyendo un artículo escrito por Manuel de J. González para el semanario Claridad, titulado “Editorial UPR: Controlarla o destruirla”, pienso en mis días de formación profesional en lo que hoy es un espectral recinto de la memoria intelectual universitaria y del país. Fue en 1998 cuando dejé mi primer trabajo editorial con el Grupo Santillana –cuando, curiosamente, uno de mis jefes en Miami era Manuel Sandoval, quien dirigiera la Editorial UPR hasta hace poco- para trabajar en lo que yo pensaba era el fundamento del libro y la industria libresca puertorriqueña. El artículo es certero en su propósito, según declara su título: la actual administración gubernamental desea controlar o destruir la unidad operativa del sistema de la Universidad de Puerto Rico. Lo que no dice el artículo es que estos esfuerzos datan desde 1998, quizá antes.

La Editorial de la Universidad de Puerto Rico es una unidad que, como ocurría con la librería de la UPR –de la que nadie comenta, y que hoy se supone desaparecida-, gasta más en plantilla y operaciones que lo que gana. La misión cultural de la Editorial UPR, en algún momento, se convirtió en el talón de Aquiles: las cuentas en el exterior eran incobrables, los libros que se publicaban y no encontraban puntos de venta terminaban almacenados y a todo esto, no debemos olvidar que la editorial no es una empresa de operación comercial en el sentido enteramente capitalista del término. Todo el que ha trabajado vendiendo algo sabe que si el catálogo no se vende, esto corre contra los activos de la empresa. O sea, de nada vale vender un millón de dólares si el catálogo dice que tienes tres millones sin vender. Siempre habrá pérdida.

Aunque el artículo de González se sustenta en información oficial suministrada, es muy poco lo que el papel pueda decir acerca de acciones tomadas entre 2001 y 2002 para decomisar el material inservible e invendible relegado al área del “cementerio” del almacén. Evidentemente, al tener menos títulos sin vender, el déficit aminora y las finanzas mejoran. Tras mi salida en el 2002 –por razones muy similares a las que actualmente afectan la institución-, la editorial no tuvo un director de edición en propiedad hasta el regreso de Marta Aponte Alsina en el 2004. El resto es historia.

Pocos conocen que la Editorial UPR ha sido un vórtice para otros editoriales, en tanto política editorial y maneras de hacer libros. Allí acudieron muchas editoriales independientes en búsqueda de consejo y sabiduría antes de conformarse como empresas culturales. Allí acudieron muchos artistas a los que se empleaba para conceptuar portadas, diseño interior de los libros y afiches promocionales. Allí, desde mi escritorio, viví la continuidad de esta tradición que provenía de las Marta Aponte Alsina y los Juan Abasacal que me precedieron como Director de Edición –que conste, esta silla no se debe confundir con la del Director Ejecutivo-. Sin embargo, a mi llegada en 1998, en el Departamento de Edición no existía un departamento de diseño gráfico –ni siquiera había computadoras para estos fines-, que todo se subcontrataba y que no había un calendario de producción. El libro estaba cuando se terminaba y punto. Para mí, que provenía de la cultura empresarial de una publicadora multinacional, fue un reto articular un departamento de producción ante gente que, sinceramente, no creo que tuviesen noción de lo que era producir un libro de cómo se comportaba el mercado.

Existen muchas razones externas para justificar que la editorial ha sufrido desgaste, tales como el debilitamiento del mercado de libros en Puerto Rico, la falta de política pública hacia el fomento de la lectura y la alfabetización, y, sobre todo, el poco interés de la misma editorial en publicar la literatura nacional, cuyo trabajo recae en las editoriales pequeñas e independientes. Pero creo que intentar que la Editorial UPR sea autosustentable no es descabellado; lo descabellado es pretender que compita a nivel nacional con el mercado de fondo general de libros.

La Editorial debe ser universitaria, sobre todo. Ese es su espacio, o como mejor pudiese entenderlo un tecnócrata, su mercado. Su finalidad no debe ser hacer dinero, pero si quisieran, habría maneras de atender ambos renglones. Baste decir que lo primero que hay que poner en la mesa es la voluntad.

Toda sociedad articulada en el progreso y el avance social tiene por necesidad dos cosas: una sociedad letrada y un segmento de producción editorial saludable –publicar un libro es preservar un conocimiento, tatuar la memoria: subsistir en espíritu y pensamiento. Esa es razón suficiente para entender que cerrar la Editorial UPR es una propuesta de poca inteligencia.



You may also like

Blog Archive