Senil, loco, lo que sea, o quién sabe si hasta sabio

utopia Mucho se ha comentado en los medios de prensa puertorriqueña e internacional sobre la respuesta que el Comandante Fidel Castro diera a Jeffrey Goldberg, columnista de la revista The Atlantic Monthly, cuando este último le preguntara al ex-presidente cubano si todavía pensaba que la revolución que el liderara cincuenta años atrás era digna de exportarse. «El modelo cubano ya no funciona ni para nosotros», dijo Castro. El espanto y el revuelo subsiguientes equivalieron a una reacción nuclear en cadena. Senil, escuché a alguien decir. Loco, comentaron en la radio. Propaganda yanqui, reclamaron algunos.

Sobre las acusaciones de senilidad, pues Castro ya tiene 84 años, y las acusaciones de locura –el poder es una monomanía particular- tienen su matiz de validez. Pero no son las primeras manifestaciones del líder cubano que se salen del cuadrilátero al que se supone se restrinjan. Ya antes había pedido disculpas por la persecución ordena por él hacia los homosexuales. También había manifestado su arrepentimiento por la manera en que manejó la crisis de los misiles en los años ’60 del siglo pasado. Y ahora, la admisión del fracaso.

Eso sí, valga la aclaración: el Atlantic no es una publicación de la ortodoxia derechista. Sus fundadores en 1857 fueron gestores del primer movimiento de revolución cultural en Estados Unidos, como Ralph Waldo Emerson y Harriet Beecher Stowe, que pronto fue adormecido bajo el utilitarismo de fines de siglo XIX.

Pero a pesar del magnánimo despliegue de prensa, las cosas no son como aparentan ser.

Goldberg, al escuchar a Castro, le pidió a su amiga Julia Sweig, su acompañante como resguardo en caso de que él dijera “algo estúpido”, que le corroborara lo que acababa de escuchar. Ella aclaró: «[Castro] no rechazaba las ideas de la revolución. Lo tomé como un reconocimiento de que bajo el modelo cubano el estado tenía un papel demasiado grande en la vida económica del país». Sweig es defensora de alta tensión de la Cuba de Castro. Incluso, ella opina que las declaraciones de Castro tienen como propósito abrir más espacio al hermano del Comandante, Raúl, actual presidente de la república, y tentáculo principal del dominio de los Castro en las ramas de gobierno central, por donde también circulan otras relaciones consanguíneas que garantizan que, aún si Cuba se hace jardín hoy, habrá mucha hierba de los Castro todavía.

El resto es un subtexto. Fidel invita a Goldberg a un espectáculo de delfines en el Acuario Nacional. Como si fuera una escena del Otoño del patriarca de García Márquez (amigo de Fidel, de hecho), alguien le indica al comandante que el acuario no abre los lunes. «Estará abierto mañana», aclara Fidel. Y así fue.

En el acuario, Goldberg conoce al director del acuario, Guillermo García, que, como todo buen Generation Xer, estudió una cosa y trabaja en otra: es un físico nuclear que administra una pecera gigante. En la misma velada, el periodista conoce a Celia Guevara, la hija del Che. Celia se encarga, de manera exclusiva, de «todos» los animales en el acuario. De todos.

Está dicho: cuando los elefantes luchan, quien sufre es la hierba.

Pero senil, loco o lo que sea, de pronto Castro es una voz que habla desde muy lejos. Si sabio es el que reconoce su ignorancia, es porque el fracaso vuelve a uno más listo.

Y aunque en circunstancias muy distintas, a ver qué aprendemos de ésto en Borinquén.



You may also like

Blog Archive