La palabra sin grilletes: del caso de Arundhati Roy

arundhati-royEn verdad que un escritor es más peligroso que un ejército.

Arundhati Roy, autora de El dios de las cosas pequeñas (1997), ha sido acusada de sedición por el gobierno de India tras las manifestaciones de la activista y novelista en torno a la situación en Kashmir, un estado bajo tensiones socio-geopolíticas y que tanto Pakistán como India reclaman como suyo. «Kashmir nunca ha sido parte integral de India», manifestó la escritora. «Es un hecho histórico». El estado indio considera que las manifestaciones de Roy inducen al desafecto y a la violencia contra el gobierno, acusación que, de probarse en corte, le ganaría el encarcelamiento.

A pesar de que en 1947 las Naciones Unidas recomendaron resolver el conflicto por medio de un plebiscito, Kashmir se ha mantenido como territorio en disputa etno-religiosa que la república de China observa con detenimiento, ya que ella posee un tercio del territorio. Por mucho tiempo, Kashmir ha venido reclamando su derecho a la libre determinación y a formularse como estado independiente, un asunto sobre el que la novelista Roy se ha manifestado en apoyo abierto.

Sin embargo, por otro lado, a la señora Roy se le ha señalado un deseo de disgregar a la India secular, que no es reconocida por ella. Un delineamiento selectivo de la historia, ha dicho Venkatesan Vembu, un analista político independiente que ha saltado al escenario de opiniones políticas tras declarar en su blog que la activista se equivoca en su postura.

Seguramente, la suma de las partes es mayor que la totalidad cuando se trata de culturas ancestrales. Quizá nadie tiene razón y todo el mundo está en lo correcto. Lo que sí es inadmisible es la criminalización de una libertad legítima de expresión política.

«Cualquiera que hable en contra de India debe ser colgado», ha dicho el secretario general del partido de gobierno, Ananth Kumar. Tanto que se dice por la democracia, ¿no?  Pero ya lo ha dicho la propia Roy: «Compadece a la nación que acalla los escritores que dicen lo que piensan».

Y así me remito a la situación en mi país, donde no sólo hay que copar con los esfuerzos de unos que desean sobresalir en la medida que entierran los méritos de otros, sino que a ello le supera la política de un gobierno que se encarga de mantener en relativo estado de mutismo a su cultura literaria. Es un modo de violencia pasiva: un ensayo de la intolerancia o una incapacidad para aceptar las diferencias. Por eso, para ellos, hasta convendría implosionar el pasado: para convertir la memoria en un extenso páramo de narrativas acomodaticias.

Pero nada detiene la voz: la libertad comienza con la palabra sin grilletes.



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