Mi nombre es Moss, Tara Moss, novelista

tara_moss_20080105_0726 La cultura literaria pública es uno de los aspectos más reducidos a ataques, teorías, mitos y desdenes, lo que podría sorprender a uno de pensar que el placer de consumir el texto, y toda su abstracción, tome su forma en la figura del autor. En más de una ocasión he escuchado el proverbio: “nunca quieras conocer a un autor cuya obra admiras, podrías desilusionarte”. La escisión teórica entre el autor y su obra se conforma entonces como una relación social física. Tal vez el precepto de que la literatura puede ser disfrutada sin conocer a su creador la separa de otras artes, como la música, el teatro y el cine, por ejemplo, donde el actor ejecutor hace y constituye el performance.
En todo caso, son modos de la manera de consumir la cultura: la participación física (aún cuando el autor se esconde, su ausencia es una presencia, a lo Thomas Pynchon) en el consumo del producto.
Por eso, dos palabras: Tara Moss.
Gracias a la impresionante rubia, recién descubro un caso donde el producto en realidad no me importa tanto como su productora, que es tanto creadora como su propia obra.
Okay. Llámenme lo que sea: perro, macharrán, sucio, machista… no importa. Yo, tranquilamente, miro a Tara Moss y lo menos que pienso es que la escritora canadiense asentada en Australia, y quien fuera una Top Model internacional exquisita, es una de las novelistas del género policíaco y de suspenso de mayor venta en el mundo. Mas, si escribe como luce (favor de ver la foto de promoción para una de sus novelas a la izquierda), debe ser una excelente novelista.
Como belleza e inteligencia a veces conforman un inaceptable oxímoron, en el 2002 surgió una polémica en torno a la autenticidad de sus textos, por lo que la escritora accedió a someterse a una prueba de polígrafo para satisfacer a los incrédulos (¡Oh, que la salvación será para los que tienen fe!). Tara_Moss_Discusses_9f58
Y resulta que Tara Moss no escribe novelas de crímenes viendo documentales en History Channel, sino que se lanza a la investigación, pues ella cree firmemente que es “imprescindible pasar mucho tiempo en cárceles, patrullando las calles, o en depósitos de cadáveres; en definitiva, con todo aquello relacionado con la industria de la muerte”.
¿La industria de la muerte?, dijo. Uff. Mujeres así son de temer.
Un dato relevante es que las novelas de Tara Moss han sido traducidas a 14 idiomas y se ha coronado como la escritora de mayor popularidad en la isla continente donde vive.  Actualmente, se llevan dos de sus libros al cine. Los temas de sus novelas siempre cargan una dosis generosa de sexo, sangre, misterio y suspenso. Casada con el poeta y filósofo australiano Berndt Sellheim (some guys have all the luck, huh?), sus novelas han sido elogiadas por su artesanía argumental y por las cualidades poéticas de sus escritos, según la crítica especializada en el género policíaco.
En fin, que el placer de leer a Tara Moss no tiene necesariamente que encontrarse en el texto. Es más, no he leído ninguna de sus novelas, en cuyas carátulas ella suele posar –quién mejor para eso que una Top Model-. El placer estriba en saber que el mundo de la literatura puede tener gente bella.
Ya lo escribió el Wild (Oscar, quiero decir) en El retrato de Dorián Gray: «la Belleza es la maravilla de las maravillas. Solamente la gente superficial es la que no cree en juzgar por las apariencias».
O no.


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