Vargas Llosa: la defensa contra el infortunio (y el Gabo aplaude en Twitter)

vargas llosa Nada de lo que se pueda decir de Mario Vargas Llosa en estos momentos podría sonar poco lisonjero después que el escritor peruano ha ganado el Premio Nobel de Literatura, tras muchos años de ostentarlo y de saberse a voces que no haberlo obtenido le colocaba en cierta desventaja cuando lo comparaban con Gabriel García Márquez. «Cuentas iguales», ha publicado finalmente el Gabo en Twitter. En fin, ya Vargas Llosa no tiene nada que envidiarle al Gabo, excepto, tal vez, la poesía.

Cuenta la mitología literaria que, durante el tiempo en que vivían en París, el Gabo y su esposa habían tratado de mediar en la crisis matrimonial en que  se sumía Vargas Llosa con su mujer, Patricia, quien tenía a los primeros por confidentes. Gabo le recomendó el divorcio, pues Vargas Llosa andaba tras la reducida falda de una modelo estadounidense. Y entre macharranes, eso es violar el código de silencio. Así, una vez salvada la relación entre Mario y Patricia, y durante la gala del filme "La odisea de los Andes” en México, Vargas Llosa se enteró del papel de García Márquez en su vida personal y le pidió cuentas al respecto. Luego del reclamo verbal, vino el refuerzo físico: un jab de derecha que le dejó un “moretón” sobre el ojo izquierdo a Gabo.

Pero Vargas Llosa se ganó el Nobel, y no la faja de los pesos pesados, aunque de pesado le han atribuido mucho por haber dicho que era abiertamente “de derecha” y “capitalista”, algo que en la etiqueta de los escritores del boom no es muy decoroso tampoco. Por mucho tiempo entonces la obra de Vargas Llosa fue vista por lecturas predispuestas por el rechazo hasta que llegó la generación del McOndo. Creo que fue Alberto Fuguet a quien primero escuché decir: “Hay que leer a Vargas Llosa”. Edmundo Paz Soldán lo proclama un modelo para la promoción de la última década del siglo XX.

A Vargas Llosa yo le recuerdo en aquella magnífica conferencia que pronunciara en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico, recinto donde fue profesor visitante, a mediados de los 80 y cuyos contenidos se suponía terminaran en un libro a ser publicado por la Editorial UPR, y que nunca se concretó por oposición de su agente, Carmen Barcells. El texto de aquella conferencia terminó en un libro de ensayos, La verdad de las mentiras, y otra parte en Cartas a un joven novelista, en donde Vargas Llosa establece que «la literatura es lo mejor que se ha inventado para defenderse contra el infortunio».

De la relación entre Puerto Rico y Vargas Llosa subsiste un texto: Conversación en la catedral, el cual Edgardo Rodríguez Juliá informa que terminó de escribir, en 1969, en la Calle de Diego (cuando en esa calle se podía escribir, supongo). Muy a tono con nuestra realidad, "La Catedral" es el bar de mala muerte donde la conversación de dos personas se va tejiendo como una historia cargada de pesimismo y frustración bajo los efectos de un régimen militar (o sea, republicano) que se distingue por la corrupción gubernamental y la incapacidad de manejo de una crisis económica. «Si tuviera que salvar del fuego una sola [de las obras que he escrito], salvaría ésta», ha escrito Vargas Llosa en el prólogo de la edición de Alfaguara (1998).

De mi tres obras favoritas de Vargas Llosa, Catedral es una, La ciudad y los perros es otra. Pero de todas, y para mi gusto, ¿Quién mató a Palomino Molero? ha sido fundamental en mi conciencia de escritor. Es literaria, política, ágil, Palomino Molero es un despliegue de inteligencia disfrazado de novela policial. Publicada un año después de otra obra similar, Ciudad de cristal, de Paul Auster, Palomino Molero se obsesiona, en su mejor rasgo filosófico, con la búsqueda de una verdad en medio de un mundo de mentiras. Y de todo esto se aprecia en mi novela reciente, Correr tras el viento (Anuncio literario no pagado).

Puede que muchos piensen que la obra de Vargas Llosa se ha emblandecido con los años –incluso, la erótica de Vargas Llosa no es de mi entera satisfacción-, pero lo distinto y diferente no es necesariamente malo. Si quedaba alguna duda, pues, venga: en efecto, debemos leer a Vargas Llosa.



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