La matemática del recuerdo (Homenaje a Gaby, rezadora profesional)



Si somos la suma de la memoria, no me sorprende encontrarme hoy aquí, trasplantado de propósitos y remontado en el recuerdo de quien supusiera ser una suerte de agente inductor en muchas de mis primeras cosas. Mi primer reloj, mi primer crucifijo, mi primera guitarra y hasta mi primer cigarrillo llegaron de la mano de Gaby, mi abuela paterna.

De aquellos momentos, pues muchos me llegan como un holograma en el tiempo, directo desde un entonces en el que yo era muy niño e incapaz de comprender que mi abuela me iniciaba en la noción del tiempo, en la necesidad de los mitos, en la matemática del sonido, y en los vicios que nos hacen descubrir el lado de las virtudes. En cierto modo, aquellos primero cuatro regalos –otorgados a destiempo a través de diversas etapas de mi vida– han llegado a alcanzarme. Del tiempo he aprendido que es la cronometría del conocimiento; de los mitos he comprendido que todos somos padecemos de la necesidad de la invención para travestir el desencanto; en la música –incluso, la que es natural a las palabras– se ha manifestado la urgencia de comerciar sensibilidades con el mero propósito de sentirme menos solo; en los placeres repetidos he aceptado la indómita imperfección que hila mi carne. Y hoy, después de tantos años de su muerte, mi abuela Gaby me revela otro poder: el del rezo, que para mí, que me creo poeta, se manifiesta como el poder evocador de la palabra.

Mi abuela Gaby era rezadora profesional. En los años setenta del siglo pasado, llegó a recibir hasta veinte dólares por una sesión de rezos para un fiel difunto. Dios bendiga el purgatorio, solía decir ella, porque de lo contrario, no había necesidad alguna para que ella orara en intercesión de las almas. De todas tantas veces que le serví de acompañante, crecí en familiaridad con la muerte, entre el dolor que queda entre los que sobreviven al difunto, y sentado en iglesias y funerarias. Alguna gente decía que Gaby era tan hábil en el rezo a los muertos, que podía implorar por la salvación de dos pecadores a la misma vez, así, muerta de la risa, cosa que no parecía improbable si estaban uno al lado del otro, pero que impresionaba grandemente si, por el contrario, se encontraban en habitaciones distintas. Por ello, Gaby, mujer de intensa tradición oral y archiconocida por su destreza con el santo rosario, era la rezadora predilecta del párroco para situaciones donde las maneras misteriosas de Dios ya no podrían manifestarse. Todo el mundo reconocía que al muerto que ella le rezaba, llegaba más pronto al cielo. Rezar es más que un ejercicio de piedad, me decía Gaby; rezar es hacer que la palabra transforme. Como los magos, pensaba yo.

Y de momento, mientras escribo, comienzo a rememorar la tarde fría de noviembre cuando el aire helaba y el cielo parecía lavado tras la intensa lluvia del día. Estoy allí –es un viaje en el tiempo y Einstein se confirma– cuando llega Padre Lyon a procurar a Gaby. Es un acto caritativo, dice el clérigo luego de bendecir a la recia mujer ya entrada en su tercio de vida. ¿No hay dinero entonces?, inquiere Gaby con decepción. Un profesional debe cobrar por su trabajo, Padre, agrega. El Señor te lo pagará, Gaby, dice Padre Lyon, mientras se rasca el mentón con su sortija masónica. El Señor ya me debe demasiado, insiste ella. Se le ha agotado el crédito, Padre. Tras la sonrisa verde irlandés del hombre de Dios, prosiguió una pausa. Dios te recompensará en su Gloria, dice finalmente. Y entonces, no hay más que decidir.

Y es por esta razón que Padre Lyon insiste, en el presente de mi memoria, en que Gaby renuncie a sus honorarios por rezarle a Bombo, un viejo olvidado por su familia y que tendrá que ser sepultado en tierra rasa, sin la decorosa protección de una lápida.

Si en la corporación celestial honran las bonificaciones por comisión de todas las almas –conocidas o no– por las cuales Gaby había orado en su vida, de seguro tendría un pase V.I.P. en el lounge celestial, porque cuando el Padre Lyon le ofrece café, galletas, queso de bola holandés y una conversación teológica la casa parroquial, las facciones mediterráneas de la mujer, entonces ya rígidas por el tiempo, se enternecen. Padre Lyon esperaría a Gaby en la iglesia del pueblo. Y como su único nieto varón, gira en dirección mía y sentencia: Tú vienes conmigo.

Asido de su mano, voy con Gaby, a través del pueblo y entre la lluvia, por las despobladas calles hasta llegar al cementerio, donde nos recibe el velo fangoso que corre desde lo alto de la colina que sirve de asentamiento a la necrópolis. Desorientada, y utilizando su instinto ancestral, advierte a tres hombres con palas en mano y decide que, efectivamente, allí entierran Bombo. Ven conmigo y no te separes, que te ensucias los zapatos, me advierte. Como sabe que continuará lloviendo y, honestamente, piensa en el café y las galletas de la casa parroquial, apresura el paso, saluda con distancia a los hombres y mira hacia el interior del hoyo, donde un toldo azul aparentemente cubre el cadáver. Así, Gaby extrae su instrumento de trabajo, hace la señal de la cruz, sigue el acto de contrición y se enuncia el misterio.

Yo, acostumbrado a acompañarla a los rosarios que ella oficiaba en hogares particulares, funerarias y sepelios, me aburro de inmediato y abro la boca en un intento de pescar algunos gruesos goterones de lluvia y sentirlos diluirse en mi lengua. Los hombres, sin embargo, se conmueven y Gaby hasta hace que se unan a ella en los responsos. Los trabajadores se miran unos a otros sin decir palabra alguna y hasta se notan tímidos, probablemente con algo de aprehensión circunstancial. Al terminar, Gaby se despide con elegancia y se retira complacida. Ha realizado otra maravillosa ejecución del poder de la palabra y el conjuro para añadir al cielo otra alma más. Tras ella, la voz de uno de los trabajadores parte la tarde:

—Yo he trabajado en la limpieza de fosas sépticas toda mi vida, pero esto es nuevo para mí.

Gaby, soberbia, como de costumbre, no mira hacia atrás.

No sé si los rezos de Gaby habrán ocasionado algún tipo de transformación en la materia en desecho por la cual ella había orado, pero en mí deja una gran historia en el tiempo, un mito –quizá tiene más de alegoría, a saber–, que me conforta en la idea de que el mundo no es perfecto. Pero sobre todo, cuando lo cuento, es como si rezara a la memoria de Gaby. Y no me canso de hacerlo.


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