Shish Kabob: lección y babilla de Willie’s Pincho

427-6157-a-pinchos[1]Babilla. Corazón. Hígado. Estómago. Las vísceras completas. Cojones. Todo eso tiene Willie Pincho.

En momentos en que la economía del país se desmoronara, cuando la razón ha abandonado el primer recinto universitario del país y la cultura se disuelve en ornamento semántico, Willie Ortiz no se ha sentado a entonar lamentos borincanos mientras aún huele los fantasmas del incendio que consumió su negocio. Willie Ortiz se ha autoconvocado a comenzar a trabajar mañana mismo, cuando la pérdida material de su negocio seguramente arda todavía en su memoria.

Su afamado restaurante, Willy's Pincho, localizado en Guaynabo, se consumió en llamas luego de una presunta explosión en la cocina. Shit happens. Pero Willie Pincho no se da por vencido.

El objeto del deseo, el pincho –el pintxo vasco–, pariente aboricuado del shish kabob árabe y del siskebabiu turco (de eso deben saber Dalila y Pablo), es el fast food nacional. En cualquiera de los puntos de la Rosa de los Vientos uno puede encontrar algún carromato de venta de hot dogs, hamburguers o papas asadas, pero nada como la rusticidad de un puesto de pinchos, el olor a carbón pernoctando en el aire, la carne jugosa y bañada de salsa de barbacoa, picante o dulce, no importa mientras el pincho venga coronado de su rodaja de pan criollo –y si viene embadurnado de ajo, mejor. A las dos de la madrugada y con una cerveza en mano: priceless

Comer pincho –que, por supuesto, no es un invento boricua– es una actividad culinaria de interés antropológico: es el acto de comerse un animal muerto, ensartado en una espiga de madera. Nos debe recordar que, a pesar de todas las comodidades del progreso, la ciencia y la tecnología, algunas cosas en nuestras vidas siguen siendo tan antiguas que incluso preceden a la invención del lenguaje. Comer pincho nos pone en contacto con nuestro lado salvaje.

El escritor realista Sinclair Lewis (autor de Oil!, llevada al cine como There Will Be Blood) los hizo literario en la novela Our Mr. Wrenn (1914), en la que se introduce el término y el concepto. Y aunque nuestra literatura carece de una oda al pincho, seguro que no existe una persona que no los haya probado, aunque sean pinchos “vegerarianos”.

Mas, sin embargo, el elogio del pincho se debe a el coraje demostrado por el entrepeneur de Guaynabo City como un ejemplo de saber crecerse ante la adversidad.

La carencia imanta otro tipo de hambre, que es el hambre de trabajo. En lugar de quedarse a llorar su desgracia, Willie Ortiz regresa a lo básico del oficio: una carpa y una parrilla, de la misma manera que levantó su reino comestible hace 20 años.

En un momento en el que se nos derriba el cielo, la lección de Willie debe tatuarse en nuestro imaginario, como tomar todas nuestras frustaciones particulares o comunes, y espetarlas en una vara para comer de ellas…

El fuego consume y purifica. Es el único elemento que no engendra vida, sino que la consume para que todo emerja de nuevo. Y no es new age: es nuestro lado salvaje.



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