JD_Salinger Murió encogido por el éxito. Al principio, marginado y atacado por sus contemporáneos. Luego, leído y admirado por generaciones más jóvenes. Su último trabajo fue publicado exactamente 45 años atrás. A partir de entonces, vivió oculto en las sombras de la reclusión voluntaria.

Adios al mundo, dijo entonces Jerome David Salinger. Apenas el miércoles abandonó la materia física de una vez por todas.

No es tan fácil irse cuando uno escribe The Catcher in the Rye. Tampoco es fácil escribir otra cosa después de una obra que marca una época.

Exactamente deja eso y un poco más: una novela, la colección de cuentos Nine Stories, y dos compilaciones de trabajos misceláneos. J. D. Salinger no dejo muchas fotos, pero éste perfil basta. Con poco, se retiró. Dejó mucho. Y a los que de algún modo hemos sido alguna formulación de un misfit, nos dejó a Holden Caulfield.

The Catcher in the Rye fue una de mis primeras lecturas cuando ni siquiera yo pensaba en ser wanna-be de escritor. Era la edición clásica, tipografía amarilla sobre fondo rojo. Era la edición que tenía que ser, herdada de mi hermana mayor. ''I'm not going to tell you my whole goddam autobiography or anything,” dice al comienzo de la novela. Tras Holden, Salinger hablaba.

Con el silencio de Salinger, poco podría decirse de sus cenizas. Después de todo, como dijo su familia tras el deceso, Salinger siempre señalaba que él vivía en este mundo, pero no de éste.

promo

big-lebowski1-full Jeff Bridges es uno de los actores de amplio espectro histriónico en el cine estadounidense que, de alguna (buena) manera, no alcanzan la condición semideica de otros mucho más retratados, entrevistados y papirizzados.

Ayer, luego de cuatro nominaciones al Oscar y otras tantas al Globe, le fue conferido el codiciado esferoide por su actuación en la película Crazy Heart. No conozco el filme -es decir, no lo he visto-, pero tratándose de Bridges, no dudaría de la validez del premio Globe a la Mejor Actuación Dramática.

Bridges, además de productor, músico y compositor, es dado a cierto tipo de filme anfibio que a veces sale a tomar el aire hollymoodense pero que la mayor parte del tiempo permanece sumergido entre oscuras producciones independientes y hasta de culto. Sus mejores personajes son representaciones de los desajustados, los solitarios, los ‘loners’, los ángeles caídos, como el personaje que encarna en Crazy Heart, Bad Blake, un cantante de música country que ve su vida despedazarse hasta quedar en los remanentes del olvido.

Incapaz de amar, sin familia y sin lugar fijo donde vivir, Blake luego se inserta en el viaje de vuelta desde su infierno. Un perfil parecido vemos en el personaje de Jack Lucas, en la magistral The Fisher King, que protagonizara junto a Robin Williams y que le ganara su segunda nominación al Oscar.

Admitir que The Fisher King es una de las pelis más vistas en mi filmoteca, requiere igualmente celebrar a Jeffrey Lebowski, alias “The Dude” –“Call me his Dudeness, el Duderino… the Dude, man”- en la película cultista The Big Lebowski, de los hermanos Coen. El papel de Bridges en dicho film le ha ganado el estudio y crítica rigurosa entre los estudios culturales académicos alrededor del mundo, como se deja saber en el libro The Year’s Work in Lebowski Studies, editado por Edward P. Comentale and Aaron Jaffe, y publicado por Indiana University Press, el que ya agotó su primera edición.

The Big Lebowski ha inspirado disfraces de Halloween, juegos de mesa y festivales en su nombre, pero nada como una colección de ensayos que se dedican a interpretar a The Dude más allá de su sentido post-hippie post-moderno. Lebowski es un fumador de marihuana que vive de algún dinero que le dejaron sus padres y que se pasa el día derribando pinos –entiéndase: jugando al bowling, una suerte de Rip Van Winkle del siglo XXI.

Sin embargo, la actuación de Bridges que le merece el gusto de la crítica por su trabajo actoral es Fearless, película protagonizada junto a Isabella Rossellini y Rosie Pérez, y en la cual Bridges interpreta a Max Klein, sobreviviente de un accidente aéreo en el que mueren varias personas, incluyendo a su socio.

En Fearless, basada en la novela de Rafael Yglesias, Klein no sólo sale ileso, sino que salva a varias personas por sí mismo, convirtiéndose en una especie de santo beatífico para los sobrevivientes. Luego del período de trauma tras el accidente, Max descubre que ha besado los labios de ese gran temor que le proporciona a la vida su sentido: la muerte, a la que le ha mirado al rostro y luego ha regresado. La vida de Max, al perder el miedo a la muerte, adolece de las satisfacciones convencionales.

Una vez conoce la muerte, y la burla, Max se sustrae al cuestionamiento de los conceptos organizadores de la vida, la muerte, la vida después de la muerte y hasta Dios. La perseverante gran pregunta es: ¿Por qué no morí? ¿Qué sentido queda en hacer el recorrido si ya se sabe el final del camino?

Lo que me enlaza a Max Klein –o Jeff Bridges, quien le anima– es la manera en que su actuación le da forma a un vacío similar que por largo tiempo he guardado conmigo.

No me queda otra cosa que quitármelo del pecho: Jeff Bridges kicks ass.

His Dudeness Saves.

haiti Regresaría hacia el poniente con esa cierta melancolía que es el reino de la impermanencia de las cosas de este mundo, si tan sólo habría perdida, más allá de la humana, que lamentar.

Haití maravilloso una vez no se sabe –no recordamos- cuándo, hoy permanece reducido a cascotes por un terremoto.

Escala 7 en el registro de Richmond, 7,000 años después que sus primeros pobladores llegaran a la isla.

Si a los terremotos le pusieran nombres, como ocurre con los huracanes, ¿cómo le llamaríamos a éste? ¿Bouckman? ¿Mackandal? ¿Henri Cristophe? ¿Papa Doc? ¿Duvalier?

Lo único que han ansiado los haitianos, a través de su historia licantrópica y carnívora, es la libertad. Lo conjuga muy bien Carpentier cuando, en El reino de este mundo, narra el día del enjuiciamiento a Mackandal, a punto de que esa “fe colectiva”, como también dijera en su ensayo “De lo real maravilloso americano”, produjera “un milagro el día de su ejecución”.

Nos queda “se inacabable retoñar de cadenas, ese renacer de grillos, esa proliferación de miserias, que los más resignados acababan por aceptar como prueba de la inutilidad de toda rebeldía”.

La noche del martes 12 de enero de 2010, efectivamente, tronaron los tambores radás, los tambores congós, los tambores de Bouckman, los tambores de los Grandes Pactos, los tambores todos redoblados desde otro poder mayor que es más instinto fractal que inteligencia racional.

Haití ha vivido de muertes. De padecer, esperar y trabajar “para gentes que nunca conocerá y que a su vez padecerán, esperarán y trabajarán para otros, que tampoco serán felices, pues el hombre ansía siempre una felicidad situada más allá de la porción que le es otorgada”.

Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es, nos recuerda Carpentier.

En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar. Cierto: toda la miseria –y toda la grandeza– nos corresponde mediarla en el Reino de este Mundo.

Haití, que significa “montañas altas”, ha perdido todo. Ahora, quizá, si la ayudamos, podrá crecer a la altura de su nombre.

funambulista(2) Y de un tiempo para acá, pensaba en lo ridículo de su acto, sí. El mero propósito. La función. Exacto. Eso. La función. ¿Qué más? De alturas más o menos convincentes, como lo eran el tendal de la ropa y las sogas amarradas entre los brazos de dos árboles, Fulini de Tales se daba a los menesteres difractantes de soliviantar el tedio del pueblo. Las noches se sumaban al espasmo del silencio en el cual Fulini se daba a enhebrar el zumbido de las estrellas.

Para Fulini, nada más inútil y satisfactorio que retar a la gravedad. El desasogante vértigo colectivo se liberaba en el cada vez que su creciente auditorio –tres primeros, luego siete; más tarde, todo una multitud–. Su caminata sobre el cable era una danza entre la desigual partitura de equilibrio y viento, ese dios invisible y sibilante que, a expensas de su omnipresencia, constituía el único obstáculo en el acto del funambulista. Fulini, a falta de mejores talentos, había decidido un día caminar las alturas como modo de expresión.

Unos se ganaban la vida horneando pan; otros construyendo casas. Había los que se dedicaban a codificar las leyes, los que planificaban las dimensiones físicas del pueblo, los que mercadeaban y vendían lo que el pueblo no producía, y hasta los que vigilaban por la salud y por el bienestar de todos, entre otras tareas. Fulini de Tales, bueno para nada, encontró que, aunque vivía de conducir una camioneta escolar –llevaba y traía los niños de la escuela–, lo de él era caminar sobre una cuerda o cable tensado a determinados metros de altura.

De por sí, en el pueblo mucha gente le admiraba. Allá va Fulini, el caminante de las alturas, decían con agrado muchos de los que, al verlo, pensaban que al menos alguien podía hacerlos soñar y olvidar el mundo por unos minutos. Los niños corrían a su lado al verlo pasar. Las mujeres susurraban secretos que, aunque él nunca escuchaba, le hacían consciente de su presencia. El día que Fulini pensaba que había logrado algo en su vida, alguien del público le gritó algo que de niño escuchaba en boca de su padre: «No sirves para otra cosa que no sea nada», lo que, si bien al artista de las alturas en su momento le ocasionó frustración, ahora le infundía de rabia.

Entonces, decidió caminar desde la torre de la alcaldía hasta el campanario de la iglesia. Y desde el campanario de la iglesia al balcón de la casa del alcalde. Y desde el balcón de la casa del alcalde, hacia el techo del teatro. Y del techo del teatro, decidió algo más arriesgado: caminar hacia el edificio más alto en medio del pueblo: el banco.

Fulini nunca había caminado tanto ni a tal altura, pero un domingo cualquiera en el pueblo, decidió llevar su acto a nuevos rumbos antes de abandonar el pueblo para ir a la ciudad en búsqueda de mayores retos. Así, sobre un tramo que recorría la amplia plaza del pueblo, y bajo la mirada de asistentes, vendedores ambulantes y las palomas, Fulini aceptó su destino.

Aquel domingo cualquiera, Fulini de Tales fue asaltado por una ráfaga inoportuna que le hizo temblar en el cable tensado, y sin mayor insistencia, cedió a la impropiedad de la naturaleza para dejar el cráneo estrellado sobre la superficie de la plaza.

De la multitud silente, tras los gritos de espanto, los suspiros exclamativos, los ays y los ohs, sólo se escuchó una voz que dijo: “Ya lo sabía. No servía para nada”.

La multitud se alejó con la muerte de la tarde que trajo consigo el olvido.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA         La primera entrega para el año 2010 de la revista Otro lunes acaba de ser publicada con un dossier de José María Merino, artículos de Rafael Rojas, Fernando Iwasaki, entre otros que se unen a las columnas de Santiago Gamboa, Edmundo Paz Soldán, Amir Valle y Antonio Alvarez Gil, por mencionar algunos. Mi colaboración, “La rata literaria de Sam Savage”, y que germinó en este blog, también aparece en esta edición.

Imagen: Felix de la Concha

464_05_colum_mccann.jpg En algún lugar -en alguna clase, ensayo, entrada de este blog o conversación-, había comentado del matrimonio vigente entre el cine y la literatura, asunto que es ineludible al momento de uno sentarse a pensar en la novela de Colum McCann Let the Great World Spin, recipiente del National Book Award en el 2009. McCann, irlandés de 44 años, es el primer escritor de su país en recibir el codiciado premio por esta novela donde los tiempos de pronto se bisecan en un mismo espacio, un recurso efectivo y distintivo –aunque no exclusivo- del libreto del filme Crash (2004).

La designación del premio sorprendió a muchos reseñistas que han coincidido en que la novela es fallida, principalmente por los constantes cambios de discursos narrativos y modalidades de focalización, que dan a la novela cierta apariencia de inestabilidad en el estilo, lo que provoca las lagunas en que recae alguna que otra caracterización.

El que mucho habla, mucho yerra, dice el refrán, cosa que puede aplicar tanto a McCann como a sus detractores.

Pero en el caso de la novela, lo que mucha de la crítica ha pasado por alto es el nivel poético de la narración. Para mí, la aparente ‘ensalada’ discursiva no es otra cosa que una metáfora, un contenedor para las historias de los 10 personajes que cruzan esta novela. Es una apuesta a la subestimada noción de la forma en la narración sin descontar que, en sus mejores momentos, McCann es poeta.

Ciertamente musical e iluminada, Let the Great World Spin parte de la metáfora del acróbata Philippe Petit, quien en agosto de 1974 cruzó un cable que se tendía entre las hoy extintas Torres Gemelas en Nueva York. La hazaña, olvidada en la memoria colectiva de la ciudad, reapareció como un fantasma tras la nostalgia mediática que subsiguió al ataque a los emblemáticos edificios el 11 de septiembre del 2001. Así, las vidas disimiles de los personajes de la novela de McCann concurren bajo la caminata de Petit. Yo pienso que si Petit hubiese mirado a la multitud bajo sus pies, y le hubiese dado forma narrativa a lo que veía, hubiese terminado con algo similar a Let the Great World Spin.

Más aún: la novela inicia –lenta, pero firme- con la historia de Ciaran, quien, luego de presenciar un acto terrorista en las calles de Dublin, intenta conectarse emocional y físicamente con su hermano Corrigan, un raro sirviente de Dios que vive en Nueva York entre prostitutas. El acto acróbatico es el de tocar vidas y cruzar abismos y otras geografías, como es el caso de las madres que hacen vigilia por sus hijos muertos en Vietnam.

Pero como dice McCann en su novela, “everything in New York is built upon another thing, nothing is entirely by itself, each thing as strange as the last, and connected”. Y asimismo, las similitudes de esta novela y la película Crash (Oscar a la Mejor Película en el 2004), son detectables. Pero hay varios filmes y textos que coinciden de igual manera: Two-Days in the Valley (1996), Twenty Bucks (1993), The Air I Breathe (2007), entre las que recuerdo, así como la novela Estamos huyendo Lola, de Elena Garro, y hasta la colección de cuentos Dublinenses, de James Joyce.

Aún así, el multiperspectivismo, la pluralidad de voces y, sobretodo, de estilos de narración, hacen de esta novela una sólida apuesta a deleitar mientras se hila el texto. Es el pareo o sustrato híbrido de una escritura que pretende hacerse leer con otra que recurre en el vanguardismo del discurso indirecto libre y la hiperglossia, término que acuñe en mi tesis doctoral.

¿Qué hay ciertos personajes que llegan a conocerse mejor que otros?

Es de esperarse. Es Nueva York. Y ahí uno nunca llega a conocer a todos ni a todo del todo.

 arnot La noble función del tiempo. Y la pienso entre extensas bocanadas de aire.

Detenerse es otra moción y ahora que me torno a mirar el camino, pienso que el 2009 fue un año, desde cualquier ángulo que se le mire, arduo y tenso, no por ello menos aleccionador.

I grow old, I grow old, I shall wear the bottom of trousers rolled (Eliot).

Tampoco por ello menos lleno de satisfacciones.

En mi caso, me dejó la satisfacción de escuchar algunos de mis poemas cantados en el Réquiem Domesticus, pieza compuesta por Carlos R. Vázquez; la compleción de mi estudio El texto como ciudad en En Babia, novela de J.I. de Diego Padró, que verá prensas en algún momento; la publicación de mi ensayo “El poeta ante la modernidad: Responsos a mis poemas náufragos de Graciany Miranda Archilla” en la antología Las vanguardias en Puerto Rico (editado por Amarilis Carrero Peña y Carmen M. Rivera Villegas); se agotó la tirada del poemario Vicios de construcción (2008); y continué mi colaboración bimensual en la revista Otro lunes. En el ir y venir, completé dos novelas y un poemario. Suficiente para

A veces uno se muere para poder continuar viviendo.

Parece ser que, sí, como pronunciara Kerouac en On the Road, lo que todos buscamos en vida, lo que nos hace suspirar y gemir y padecer dulces náuseas de todas clases, es la memoria de alguna alegría perdida que probablemente experimentamos en el vientre de nuestra madre y que solamente puede ser reproducida (aunque odiemos admitirlo) en la muerte.

Lo de la muerte, en este caso, muy a lo Blanchot, podría ser la escritura misma, que es lo único que tengo y donde lo he perdido todo.

Ese es el camino. Vivir y morir continuamente en una sucesión geométrica de experiencias.

Pero nada supera la satisfacción de ver a Sophia crecer y también de saber que el cáncer de mi madre haya detenido su progreso. Lo demás, podría ser mierda.

Somewhere along the line, the pearl would be handed to me (Kerouac), pienso.

Sí, en efecto: la noble función del tiempo es el movimiento.

Y de ahí vengo. Y allá voy.

Abrazos a todos los que mantienen poblada a esta Genérika llena de minucias.

 

Imagen: Cynthia Knott, Threshold III,1998, oil, encaustic & metallic on canvas, 38 x 50 inches, Courtesy of DC Moore Gallery, New York, NY

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