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Carlos Alberty en las palabras preliminares; Liliana Ramos Collado, Yara Liceaga y Guillermo Rebollo Gil en la lectura de los poemas. Jueves 4 de marzo de 2010 en la librería La Tertulia. Los Poemas de la Muerte de José María Lima nos llegan llenos de vida.

tato laviera La historia de Tato Laviera es la de muchos boricuas que una vez se partieron desde Puerto Rico hacia los Nova Yores y ahora no son ni de aquí ni son de allá.

Laviera, voz primigenia de la poesía niuyorican y hacedor de caminos para muchos otros artistas que le siguieron, se enfrenta a los embates de la edad, la diabetes que lo deja ciego y un padecimiento cerebral que le ha dejado con movimiento parcial de su cuerpo. Sin dinero y autoexpatriado, se lleva toda su gloria al albergue Casita Esperanza, en el Bronx -“the Mainland”, como él lo llama- donde único ha logrado encontrar posada ante la falta de un lugar fijo para vivir ante la falta de casa propia.

El titular del New York Times lo dice todo: Poet Spans Two Worlds, but Has a Home in Neither.

Curiosamente, a raíz de un ensayo de Judith Ortiz Cofer, titulado “A Partial Remembrance of a Puerto Rican Childhood”, se suscitó recientemente una discusión muy animada en mi salón de clases. Ortiz, natural de Hormigueros y criada en los Estados Unidos, comenta que cuando estaba en la Isla, era la ‘gringa’, y cuando estaba en el norte, era ‘la boricua’. A fin de cuentas, Ortíz se reconoce como un producto híbrido, dos mitades que conforman en su suma algo mayor que la totalidad misma. Laviera, que se describe así mismo AmeRican (título de uno de sus más comentados poemas), lo conjuga de mejor manera: AmeRícan includes anything unimaginable/ You name it.

Entre casi cuarenta estudiantes divididos en dos secciones, la mayoría acordó que para ser boricua, era requisito hablar español. Punto.

No obstante, al ser confrontados con el hecho de que viven más puertorriqueños que en la diáspora que en la Isla, y que no dominan la lengua de Cervantes, los estudiantes admitieron que, en efecto, los de allá son tan puertorriqueños como nosotros.

Excepto por J-Lo, a quien la mayoría repudió por no ser representativa de la ‘verdadera mujer puertorriqueña’, y porque “no nació aquí”.

Pero, a fin de cuentas, ser puertorriqueño era también un estado del alma, una manera de pensar y sentir que son, a su vez, muchas maneras de pensar y sentir. Incluso, en inglés.

Parecería, entonces, que una definición de la identidad puertorriqueña, en pleno siglo XXI, es tan ambigua y paradójica como la de los marroquíes en España o los chicanos en el South-West estadounidense. Sin embargo, a través de toda la discusión en clase, y luego del rapto de romanticismo migratorio y momentáneo que los llevó a admitir que todos éramos puertorriqueños, los estudiantes sentían que acá lo éramos más que los de allá.

Una colega me dijo un día que ella compadecía a los boricuas porque “no eran allá, pero tampoco de aquí”.

Por eso, el caso de Tato Laviera es la metonimia del aborto de nuestra historia. Poeta entre poetas. Gran Scop. Shaman Urbano. Bohíque Mayor: y olvidado.

Mucho hemos escuchado sobre las islas que se repiten. Tal vez sea tiempo de hablar de las islas que vuelan y que, en efecto, no son de aquí ni son de allá: son de todas partes.

loop Del lenguaje visual de la imagen estática se dice que su reino ha caducado. Si bien, en algún momento, los rotativos y revistas de nuestro país nos vendieron la idea de un público que primaba la imagen sobre el texto escrito, la sintaxis de nuestra experiencia de vida nos ha transferido hacia percepciones cinéticas de las narrativas que nos hilan. Particularmente, hablo de la cultura del loop o secuencia repetitiva en la que, originada como unidad mínima en la construcción de la música electrónica, su incesante aparición nos conduce a la reapropiación espacial de un segmento de sonidos a lo largo de intervalos de tiempo.

[insert loop: Kirk: “Situation, Mr. Spock?”]

Un loop dura lo que su programador estime, o, en su defecto, lo que su fuente de energía determine. Ese es el concepto tras el comando de “shuffle” en nuestros iPods, o de las estaciones de “música sin comerciales” de la radio por satélite, e incluso, hasta de los billboards animados que se despliegan incesantemente en el horizonte de la ciudad de San Juan.

El loop es hipnotismo, repetición, constancia. También, dada su exactitud cronométrica modelada como un patrón, es reproducción espacial simétrica, aún en error. La secuencia formula, entonces, una sintaxis del tiempo.

[insert loop: Spock: “Our sensors are in a state of chaos”.]

La descripción parecería, en efecto, la definición que apela al concepto de cinematografía. Y no es casualidad: por mucho tiempo se ha venido hablando de la percepción de la memoria como “la película de mi vida”, en la que el filme se traduce en texto, en el sentido derridaniano. En todo caso, tiempo y espacio, ya vaciados el uno del otro, se divorcian consolidadamente.

Tocados por la avaricia del manjar del deseo, buscamos algo de sentido en la cultura del loop. Todo se sucede en repeticiones programadas por algún Hermano Grande, Dios o Caos -¿acaso una santísima trinidad?- que juega al DJ. Pecado original o estupidez histórica, somos siempre la reformulación periódica de secuencias narrativas. De ahí el dicho: los personajes son los mismos; sólo cambian sus nombres.

[insert loop: Kirk: “Damn.”]

Slogan o mantra, un loop es un texto que, por su genética de hipertexto, se repite de una instancia a otra en forma de flecha. Viaja en una dirección. El loop, pese a su simetría, carece de un centro –en realidad, posee varios centros-. Y eso es lo que logra, por ejemplo, la poesía que persevera.

Y así, nuestra experiencia contemporánea de vida se ha acomodado al concepto de loop: a una serie de segmentos dispuestos en un patrón que se sucede continuamente, como si estuviésemos atrapados en una curva en el tiempo.

[repeat loop]

Foto: Loop System Quintet (2005). De Conrad Shawcross. Fotografía por Jonathan Shaw.

Textos: extraídos del episodio “The Time Trap” de Star Trek.

tonguas Tonguas: Revista de Revista de Artes Literarias y Expresión Estudiantil abre su convocatoria para envío de trabajos originales en los géneros de poesía, cuento, ensayo creativo, obras teatrales en un acto y arte gráfico (fotografía, collage, pintura, etc.) de los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Los trabajos pueden ser en español, inglés, francés, italiano y/o portugués.

La fecha límite para el volumen 9 a ser publicado en mayo del 2010, es el 15 de marzo del año en curso.

Artistas y escritores deben someter sus obras en copia impresa y disco compacto a la siguiente dirección:

Dr. Elidio La Torre Lagares, Advisor

Revista Tonguas,

Departamento de Inglés, Facultad de Humanidades,

P.O. Box 23356,

Río Piedras, Puerto Rico 00931-3356.

También pueden enviarse por medio de correo electrónico a la siguiente dirección:

tonguasmagazine@gmail.com

Todo trabajo debe incluir el nombre del autor, dirección postal, teléfonos de contacto y dirección electrónica de correos.

Para información adicional sobre cómo participar en los eventos de Tonguas, pueden contactar a Gabriela Trujillo al mismo correo provisto anteriormente.

Pueden visitar la revista en Facebook al pulsar aquí.

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Tomás Eloy Martínez descansa en paz. En torno a su vida, Jorge Fernández, de La Nación, publica el siguiente artículo sindicado en El Nuevo Día de hoy (página 61 de la edición impresa, de la cual se extrae el artículo), al final del cual se incluyen unas expresiones mías junto a la de Kalman Barsy y Arcadio Díaz Quiñones.
***
Ya no tenía sonrisas. La parálisis muscular no le impedía todavía hablar, aunque es cierto que lo hacía lenta y apagadamente. El tumor cerebral con el que luchaba desde hacía tres años atacaba su motricidad y le había ido anulando como en un perverso juego de compuertas que lo iba dejando sin salida. Primero le inutilizó un brazo, luego le entorpeció las piernas.

Tomamos el té una tarde de enero. Nos acompañaban su hijo Gonzalo, un excelente fotógrafo, y Florencia, una de las nietas de Tomás Eloy.

Tomás me había invitado hacía dos semanas, cuando me contó por teléfono que el deterioro ya era irreversible y también que, consciente de todo, estaba disponiendo dolorosamente las últimas cosas.

“¿Qué necesitás, Tomás?”, le pregunté al final de aquella conversación, puesto que nada se le puede decir a un hombre que va a morir y lo sabe. “Te necesito a vos”, me respondió.

En un llamado aparte, Gonzalo me ratificó que su padre ya no tenía chances y que
se estaba despidiendo de sus amigos. También que quería reparar a último momento algunas diferencias que habíamos tenido en el fragor del parto de la revista “adn Cultura”, hacía dos años, cuando discutimos, más de una vez, por cuestiones periodísticas y metodológicas. Nuestro afecto, a pesar de esas broncas momentáneas, nunca se había alterado, y poco después ya nuestra vieja amistad había retomado las rutinas de siempre. Pero Tomás se empecinaba en cerrar por completo un capítulo que ya estaba cerrado y en darme, como toda la vida, sus consejos literarios.

Al llegar a su departamento de la avenida Pueyrredón lo abracé y le di un beso y me senté, simulando, con verborragias optimistas, que su postración no me impresionaba.

Apenas podía utilizar su mano derecha, tenía que dictar sus columnas quincenales, y había un libro de tapas rojas abierto en un costado: estudiaba la cultura narco en América Latina. No quería abandonar ese artículo que alternaba cada dos semanas en la sección Notas de La Nación con su amigo Mario Vargas Llosa, pese a la tremenda presión y fatiga y las dificultades motrices que lo acechaban. Hacía esfuerzos sobrehumanos para no incumplir. Dormía cuatro o cinco horas y “se arrastraba” hacia la computadora, los libros, los apuntes, la libreta.

“Escribir es la única razón para seguir vivo”, me dijo. “Pero siempre fue así, Tomás”, le respondí, exagerando. Asintió brevemente. No podía sonreír, ni siquiera con los ojos. A lo largo del té, lanzó ironías e hizo chistes, pero sin abandonar esa tristeza profunda, abismal, esa sombra en el ceño, ese velo de oscuridad en la mirada. No era un problema muscular: estaba rodeado de muerte; lúcido en un cuerpo inmóvil. Circunspecto, lúgubre, atrapado en una cuenta regresiva que nadie podía detener.

Una línea más
Su hijo había tratado en vano de reconfortarlo con el más allá, pero, ni aun en esos durísimos trances, el autor de “Purgatorio” -un agnóstico consumado- había cedido al chantaje del cielo ni del infierno, como decía Borges.

Era de una conmovedora valentía, y allí estaba con nosotros, tomando el té, sabiendo que le quedaban días de vida. Y que sólo le restaba pelearle a la muerte un día, una página, una línea más de aquella novela que seguía escribiendo contra esa bomba de tiempo.

Con Carlos Fuentes estaba en contacto permanente. Con Gabriel García Márquez últimamente no hablaba, pero sí con Mercedes, la mujer del premio Nobel, que lo llamaba de tanto en tanto. De Paul Auster se despidió en Estados Unidos, antes de regresar definitivamente a la Argentina. Auster le había enviado “Invisible”.

Luego charlamos un rato largo acerca de “El Olimpo”, una novela corta que escribía por encargo de una prestigiosa editorial inglesa. “Las historias se entrelazan hasta el final”, susurró. Luchaba todos los días, en medio de su tempestad, para poner el punto final antes de morir.

Los escritores no miden su futuro por la cantidad de viajes, mujeres, ratos o adquisiciones, sino por la cantidad de libros que no podrán escribir. “¿Qué vas a hacer después de ‘El Olimpo’?”, le pregunté con ingenuidad.

Quería hacer un ensayo sobre todo lo que había aprendido alrededor del difícil arte de escribir. Y me narró, como tantas veces, el libro pendiente por dentro. Cómo tomaría de base varias clases que había dado en distintas universidades norteamericanas a lo largo de más de 30 años y cómo contaría allí que Borges era un periodista de alma aunque no lo sabía.

El periodismo como arte
“¿Será sobre el oficio de escribir novelas y cuentos, o sobre las crónicas?”, pregunté. Me respondió con su clásica declaración de principios: “Para mí la literatura y el periodismo son exactamente lo mismo”.

Me di cuenta, de repente, de que por primera vez me estaba relatando un libro que no llegaría a escribir. Él y yo sabíamos, aquella tarde última, que la lección del oficio quedaría huérfana, que aquel legado de Tomás Eloy Martínez tendría que ser escrito por otros. Que todo se trataba, esta vez, de ilusiones vanas.

Nos abrazamos y nos dijimos, ya sin pudores, que nos queríamos. Nos prometimos, con hermosas mentiras, cosas para un futuro que no existía.

Bajé luego con Gonzalo hasta la planta baja. El hijo me explicó que su padre no podría seguir escribiendo las columnas de los sábados y me relató cómo sería la secuencia ineludible del adiós. Me ratificó, ya en el umbral y sin adornos, que aquel encuentro era una despedida.

Hacía un calor tremendo en la calle, pero yo sentía frío. Me acordé, en la niebla del taxi, de una idea recurrente de Tomás Eloy: “Nos pasamos la vida buscando lo que ya hemos encontrando”.

Él se pasó la vida buscando la gloria literaria sin darse cuenta de que ya la tenía. Esa búsqueda seguiría hasta el último minuto. Con el último aliento escribiría lo de siempre: una línea más. Una más.

Kalman Barsy
Su análisis del fenómeno peronista es central a toda su obra desde todos los ángulos posibles. Era un gran escritor de la realidad e historia argentina. Me parece extraordinaria “El cantor de tangos” en la que hace una especie de historia mítica de la Argentina y su proceso de formación a partir de la inmigración europea.

Arcadio Díaz Quiñonez
Lo admiré como narrador, tanto en sus crónicas periodísticas, como en “La novela de Perón”, libro con el que contribuyó a la comprensión de una figura compleja y una tradición política. Era una persona cordial, comprometido y apasionado en todo. Admiré su capacidad para borrarse de sus entrevistas”.

Elidio La Torre Lagares
“Poseía una imaginación comprometida con la historia de su país. Mucha de la literatura contemporánea quería apartarse de la novela política, pero él continuó elaborando textos con tensiones contextuales, memorias, deseo e historia, hilados en novelas con un estilo impecable”.

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