gracia La Gracia vuelve. Para mal o para bien.

Es una novela donde se trenzan tres historias paralelas y que corresponden a los personajes de Abel Pesares, Patria y Sam Eagle. Este thriller parte de la historia de Abel Pesares, escritor venido a menos que se gana la vida escribiendo esquelas fúnebres. Cuando la mujer de la cual siempre ha estado enamorado es asesinada, Abel se da a la búsqueda de los culpables: una sociedad secreta llamada La Hermandad y la cual controla a su vez el trasiego de la droga conocida como Gracia, a la que se le atribuye la potestad de hacer ver a Dios a quienes la ingieren.

Ha dicho Javier Ávila que, en Gracia, “el misterio de lo poderoso e inalcanzable se viste de protagonista y le extiende el brazo a los otros personajes para sólo burlarse de ellos en sus fútiles intentos de aprehenderlo. La inusual amalgama de misticismo y suspenso en Gracia mantiene al lector en un estado de tensa expectación por conocer el paradero de cada uno de sus personajes principales”.

Premiada por el Pen Club como una de las mejores novelas publicadas en Puerto Rico durante el 2004, Gracia se sostuvo como la segunda mejor vendida en la cadena de tiendas Borders durante el verano del 2004, superada solamente entonces por El Código Da Vinci, de Dan Brown. La novela había permanecido agotada por completo hasta esta nueva edición que consiguen en Amazon.com.

top_gr_1140 El padre muerto es una de esas novelas donde prima el uso del lenguaje con claridad semántica y con todo y eso, no es una novela fácil. Acapara mi atención la aparición a fines del año pasado, pero recién descubierta por mí, de la traducción de esta extraña obra bajo el sello Sexto Piso de México. La sorpresa estriba en que es una de esas novelas que, luego que uno las lee, ni imagina jamás su traducción. Claro, luego de ver una traducción del Finnegan’s Wake de Joyce, uno debe esperar cualquier aberración bajo este bosque inmenso que es el mercado de las traducciones, uno de los efectos positivos de la globalización.

Donald Barthelme (1931-1989) es un total desconocido para la mayoría de las personas a las que les he hablado del sujeto. Pero uno no puede hablar de postmodernidad sin él, sin Thomas Pynchon y sin John Barth.

Los relatos y novelas de Barthelme siempre son retos al lector, ante el cual el texto trabaja como un ente que le hará saber al receptor del mismo que es una suma de artificios. Es un autor que se levanta contra la exposición, el punto de vista y otros patrones de la representación, como los llama John Zerzan. Barthelme, epítome de la posmodernidad, crea una literatura sin suaves contornos ni texturas iluminativas. Se levanta indómito ante la complacencia de servil de entregarse al destino de ser un mero producto cultural.

El padre muerto es, como se infiere del título, una historia sobre la necesidad de matar al padre.

Juan Gelpí nunca pudo estar tan acertado.

Los personajes, una familia donde predominan los hombres, se encargan de arrastrar el cuerpo de su padre a través de una miríada de paisajes en ruta a su sepelio. Su longitud es la de una gran avenida. Una de sus piernas es ortopédica pero, a pesar de que es un cuerpo sin vida, conserva el dominio patriarcal sobre su familia, a la cual trata inmisericordemente. Así, rehusa a morir, y encarga a su hijo mayor, Thomas, que junto a su esposa Julie encuentre el Vellocino de Oro, objeto mítico o Holy Grail que le dará la vida eterna. Es un padre egoísta: no quiere dejar el poder.

Surrealista, absurda, indómita, El padre muerto presenta un mundo distante que se encumbra en la artificialidad. El sentido se nos va de las manos. Es una novela que lucha contra sí misma en la medida que se pierde y se recupera la la voz narrativa y el punto de vista, como metonimia de la pérdida de ese topos histórico que se nos hace tan necesario para localizarnos en tiempo y espacio.

Para Barthelme, esta pérdida representa cierta liberación, igual que salir del padre muerto.

El padre es todo nuestro pasado: Estado, historia, Dios… “A son can never become, in the fullest sense, a father”.

Así que para aquellos que piensan que leer en inglés y/o especializarse en tal literatura es un acto de traición a la patria, pues la traducción de The Dead Father va dirigida a la otra Metropolis y los coloquialismos han sido españolizados, pero logra capturar el espíritu irreverente de Barthelme.

feet o sand En cada intersticio apabullado por el deterioro se escucha la voz morir, aquella que me dijo el poema. El imago de la lejanía trama en silencio acallado por el murmullo de cotidianidad. A veces –la mayoría de las veces, últimamente– ni merece el esfuerzo pensar que el tiempo lame el espacio como un cachorro que nace siempre todos los días.

Quizá haya un modo circunspecto de batir las alas de los ojos, mientras mi hija come un chocolate sin percatarse que mis pies de degradan como la arena.

El mar se retracta. No le queda culpa. El cielo es el aliento apagado.

Todas esas sílabas que me faltan por decir me parece que ya se han muerto. Es cuestión de química. Las palabras se asfixian de tan sólo exponerse el aire.

Fumo –debí haber dejado de fumar hace dos semanas-. Pinto formas con las cenizas, el plagio de la materia. La inutilidad de la escritura cansa, pero me obligo, como masturbarse sin ganas.

Qué importa. Mi hija termina su chocolate. Yo igual ya no existo.

El imago espera.

libros,_el_roto_20090426elpepivin_3 El libro es una exitosa prótesis que ha permitido sustituir muchas de las funciones del cerebro. Tal es la línea de pensamiento de Roger Barta, autor de la Antropología del cerebro. El ser humano no tiene la capacidad de almacenar la gran cantidad de memorias que constituyen la genética estructural del pensamiento y el conocimiento. Por tanto, recurrimos a la palabra escrita para conformar, incluso a través de lo que Barta llama “memorias artificiales”, redes de externas a la operación del cerebro para marcar nuestro paso por el tiempo. A esto, en su suma, lo llamamos conciencia –sea colectiva o particular.

Precisamente, en medio de la antesala a la celebración del Festival de la Palabra –actividad organizada por el Salón Literario Libroamérica, con Mayra Santos Febres como presidenta y gestora de la iniciativa-, todos aquellos que de alguna forma u otra estamos vinculado al mundo de los libros debemos comenzar a preguntarnos hacia dónde se dirige la industria de las publicaciones, quiénes son sus productores y sus consumidores.

Si un libro es una prótesis, la presente situación del libro en Puerto Rico podría comparse al desmembramiento paulatino de un cuerpo literario.

En Puerto Rico, la gran parte de la literatura nacional se consume en la zona de Río Piedras y su distrito cultural. Otra porción considerable de la producción literaria local llega a la cadena de librerías Borders y una mínima parte se distribuye en librerías pequeñas del resto de la isla afiliadas a veces a museos, zonas universitarias y localidades afines. Es claro: el principal problema del libro en Puerto Rico es la presentcia y ubicación  de sus puntos de venta. Esto, sumado al gran paratexto: la crisis económica.

Siendo el libro, como dice el historiador del libro Roger Chartier, “material y discurso”, la reducción de los espacios de exposición para la producción literaria es crucial para la subsistencia no sólo de esa extensión de la memoria, sino que también de la industria. Esto, como le comentaba al mejor librero de todo Puerto Rico, Alfredo Torres, incidirá necesariamente en la manera que los escritores escriben. Por ejemplo, quien escriba para las masas encontrará menos canales para la diseminación de su obra. Por otra parte, quién escriba para un público más selecto entonces deberá pactar con las limitaciones del mercado. Y hablo de mercado, justo o no, porque aquí nadie regala sus libros, hasta donde conozco.

Más aún, la presente crisis económica incluso tendrá repercusiones en la forma que consumimos nuestros libros. Si bien compraremos menos y seremos más exigentes con la calidad del texto, los editores se ocuparán de producir menos libros, en tirajes cortos y hasta de impresión sobre pedido –el famoso Print-on-demand-.

En todo este panorama, el libro digital está aún muy lejos de ocupar un espacio significativo.

En muchas medidas, nuestro contacto con el papel nos acerca más a la naturaleza, nos mantiene en sincronía con nuestra humanidad integrada de la misma manera que Barthes veía que los juguetes de madera, y no los de plástico, eran fundamentales en la vida del niño.

Provoca una conaestesia –una sensación de compleción y plenitud-, decía el filósofo francés.

Y eso todavía queda por negociarse. Por el momento.

¿Qué nos queda?

Ante la falta de una prensa cultural consecuente, las redes sociales, el blog y medios similares de interacción virtual en la Internet ayudarán a promover las obras de los autores, aunque no creo que al solucionar la crisis económica vayamos a ganar más lectores de inmediato. Los lectores se forman, no se compran.

Pero ahí seguimos, aunque sea para satisfacer 100 o 200 lectores, mientras nos comemos de afuera hacia adentro.

24342_385481800937_612680937_4428507_7828387_n John Torres es un poeta de esos en los que encuentro el narcisismo vago del gusto. En Fiebre de Fresno, la intransitoriedad de la memoria y la inmanencia del pasado sólo pueden ser superadas por el poema, que es el lenguaje en su búsqueda por aire. Incluso, aquí hay una magistral lección sobre el control del tono, ese fantasma que, si bien no se ve, se deja escuchar entre los versos de esta colección de poemas. Estos son asuntos, por supuesto, que ocupan a los poetas memorables.

No quede duda: el jueves 15 de abril de 2010, a las 7:00 p.m. en la Librería La Tertulia, lo mejor será, luego de cumplir con las obligaciones del estado y pagar las contribuciones, acudir a la presentación de Fiebre de Fresno en la cual James Cantre, Jo Pimentel, Néstor Barreto y Lilliana Ramos-Collado leerán de sus propios poemas junto a la lectura que Rosa Elena Escobar y Milaysa Ramírez hagan de los poemas de John.

Las palabras preliminares a la actividad quedan en voz del Dr. Luis Felipe Díaz.

El libro, queda de ustedes buscarlo.

eating_poetry_by_Spaceache En un poema célebre de Mark Strand, Eating Poetry, la domesticación del lenguaje se invierte en la manera que el poeta hablante se animaliza y a su vez se domestica por la poesía. Convertido en perro, el poeta espera el suculento momento en que una bibliotecaria lo alimenta. Como buen can, se implica que el poeta entra en las alacenas de texto en búsqueda de algo que degustar. Pero los perros no son omnívoros.

Es uno de nuestros mayores constructos creer que somos culturalmente homogéneos. Pero en la poesía, todos somos iguales solamente en el derecho que tenemos a escribir de los que nos dé la regalada gana. El recibo de esa factura nos es entregado y queda del consumidor de texto –perro o no– olfatear y comer, o alejarse en rechazo en busca de algo más satisfactorio. Es nuestra prerrogativa canina o, como en mi caso, de lobo estepario.

De la poesía que menos disfruto, es aquella dirigida a satisfacer un gusto general. Es decir, aquella escrita expresamente en pensamiento, palabra, obra y hasta en omisión para hacernos escuchar exactamente lo que queremos. Es una poesía escrita, por un lado, para hacernos pensar en palabras como ‘bello’, ‘precioso’, o ‘hermoso’, sumamente alta en glucosa, y extremadamente dulce al paladar –por lo menos, al mío-. Su registro suele conformarse en el criterio de la corrección política y sus creadores suelen decirse poetas del alma, a la cual tratan como un orden o una inteligencia.

Este tipo de poesía azucarada tiene su público y no hay problema con eso. El problema surge cuando aparece su ‘dopplegänger’, que es una poesía ácida, de difícil comprensión, escrita no con el mero hecho de hacerse consumible en su dulzura, sino que aspira a paladares, digamos, exigentes. Como que el caviar no es para todo el mundo (Una vez escuché a un poeta decir que “el bacalao es mejor”). Esta poesía, al igual que su hermana popular, es aquella escrita para amigos, grupos sectarios, corrillos y otras sociedades afines para las que, aunque no entiendan lo que leen, van a encontrar alguna explicación reforzada en un principio teórico que la valide. Y eso, para el que le guste, también es bueno.

Yo prefiero la poesía que, al probarla, me haga pensar en sus ingredientes. Que tenga aroma y textura, no muy dulce, un tanto salada, que sea de sabor robusto y que sea fuerte sin caer pesada. Que sea una experiencia de los sentidos, a fin de cuentas, una imagen de nuestra finitud e imperfección.

Admiro la dificultad que hay en expresar con simpleza las cosas difíciles –eso es arte; cuando se dice de manera difícil algo que es sencillo, es crítica literaria-. Por eso, la poesía, en tanto es entelequia y a la vez energía, si bien debe satisfacer mi necesidad fisiológica por comer palabras, también debe amañarse a los pareceres del paladar y la lengua, o sea, el gusto, cuerpo, sabor. Y en eso, poesía, comida y sexo se sirven en un mismo plato, pero de eso hablaré otro día.

En todo caso, el mundo es un buffet. Sírvase de lo que usted quiera. Pavlov como quiera tiene razon.

lyndsay garret  Luego de un tiempo de alejamiento de las letras, respiro algunos escritos que me dan, de pronto, ganas de compartir, con la idea de que saldar mi deuda con mi conciencia y el cargo que deja escribir tanto para quedarse en el olvido. La secuencia es de Cambio de materia.

 Al(h)ambre

1.

al(h)ambre
enhebrada al filo
de la sangre
te propones
como un delito

transluces
ávida y abierta

puesto
sobre ti:
te apetece
el fuego

has lamido
la grieta
del domo
el hambre
que sala
la sombra
de las estrellas

transluzco
lívido y terso

una gota
de mi sudor
ha hecho
camino
entre tus senos

borra mi lengua
el trazo de jardín blanco
que imprime en tu pecho

tras el aliento, encuentro tu boca

es un crimen

y un modo
de gangrena 
para la memoria

2.
la crueldad de abril
peina el perfume,
rocío tibio
entre tus senos

es el aliento
de la orquídea
que desflora
y mi cuerpo,
como un árbol
después de la lluvia,
se estremece
en los surcos
de tus labios

el olvido,
en su aridez,
incita ciertas
bondades,
como
el desafío
de nuevos
arrepentimientos

dormiremos
el deseo
cuando se
deshoje el día

3.
tu ropa
ha caído
y ha revuelto
el sabor
de la oscuridad

la apetencia
lenta
distrae

la eternidad
del poro

desgajo
la flor
y como
ese perfume
que de manso
parea
en violento

foto: Lyndsay Garret

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