José Ángel Morales es un cineasta que recoge la experiencia cámara en mano. En esa línea, ha realizado un vídeo-montaje en base a un texto de mi autoría, titulado “Despertar de la (hiber)nación”, y publicado recientemente por El Nuevo Día. Morales, de manera dramática, le ha dado vida al escrito al proporcionarle contexto e intertextualidad gráfica. Muy bueno.

psico%20killer%20kevorkian Para un hombre que ha procurado la muerte ansiada de muchos que sufrían en vida, el cumpleaños de Jack Kevorkian –geminiano- suena algo así como una paradoja, máxime si uno considera que el viejo acaba de cumplir sus 82 años. Alguien piensa que ayudar a erradicar el sufrimiento es un crimen?, preguntó una vez Dr. Death.

Oh, dime,/ oh, dulce duende/

dónde/ andas/ a deshoras.

Kevorkian es un verdugo profesional. Se le acredita la asistencia en el suicidio de cerca de 130 personas, un acto que, por ser considerado ilegal, es juzgado como asesinato. Kevorkian, de acuerdo a este criterio, es probablemente el asesino en serie mejor cotizado de la historia

oh, duerme el trigo de tu invento

en los dígitos del duelo

Uno de sus inventos más famosos fue el “Thanatron”, aparato que, al toque de un dedo del suicida, administraba instantáneamente grandes dosis de potentes drogas. Al perder los derechos para la producción de la máquina, entonces creó el “Mercytron”, aparato que consistía en una mascara conectada a un tanque de dióxido de carbono para una muerte certera.

desovas ditirambos de luz en el desvelo

que diablos ni que diástole

apágame el dolor

Aún así, Kevorkian no es un asesino. Es un científico. Como dijera Cioran en torno al amor, cuando se trata de la vida, uno es feliz e infeliz al mismo tiempo; el sufrimiento iguala la voluptuosidad en un torbellino unitario.

oh, dame

doce

dosis

de poemas.

Poema: “Kevorkian”, de R.J. Stone (a.k.a. Elidio La Torre Lagares)

Spanish-Ebooks La idea, dicen, no es desbancar a los libreros y distribuidores, pero el Grupo Santillana, Planeta y Random House acaban de conformar un triunvirato de gran empuje para lanzar Libranda, el primer catálogo de libros digitales en español y catalán con declarado propósito de masificar el libro electrónico a la vez que pretende estabilizarlo en convivencia con las publicaciones de papel.

Los creadores anuncian que iniciaran con 5,000 títulos que piensan duplicar de aquí a diciembre, según informa Jesús Ruiz Matilla para El País. La información también ha sido publicada en Publishing Perspectives.

Para el 27 de febrero del año en curso, el New York Times informaba el declive en ventas de este tipo de libro y parecía que las publicaciones electrónicas pasarían al reino de la prometida y nunca completada revolución de, por ejemplo, los microondas, o de los discos Zip. No obstante, el mes pasado los infames de Goldman Sachs han pronosticado un incremento de un 5.8% en la aceptación del público del nuevo medio, a medida que se consoliden los nuevos aparatos como el iPad y el Kindle.

Un puñado de editoriales pequeñas y medianas se sumarán en estos días al gremio. Nuevos proyectos editoriales se auguran, ya se sabe. Autores que antes sería difícil llevar al papel ahora tendrán una nueva avenida para el desarrollo de su arte. Y el libro, sin duda, entra en su nueva dimensión y, al parecer, el imperativo de subsistencia permanece en la unión.

Ya lo dijo Ruiz Matilla: la lógica de una supervivencia tecnologizada ha vencido… por el momento.

endi El término (hiber)nación para denominar un estado generalizado de marasmo (que no es otra cosa que la Babia monótona de De Diego Padró) surgió de una conversación con una colega no ya en torno a si somos una nación o no, sino en tanto a qué tipo era. Una súper nación, dijimos. Una mega nación. Una über-nación. El Estado de (hiber)nación. De todos modos, una forma de na(rra)ción, a la que denomino Genérika.

Hoy El Nuevo Día publica un comentario planteado anteriormente entre estas Minucias. Lo acceden en este enlace:

http://www.elnuevodia.com/columna-despertardela(hiber)nacion-711231.html

how_to_be_a_serial_killer Como salido de una novela de Bret Easton Ellis, Alexis Figueroa Rosario cargó su rifle calibre 22 y comenzó a disparar a mansalva contra todo lo que se moviera por la cercanía de Bairoa en Caguas, la avenida Garrido, la autopista Luis A. Ferré y la zona industrial de Villa Blanca. Fueron cerca de sesenta los disparos que se cree que el boricua psycho detonó. Como resultado, una persona murió y otra resultó herida, además de los cuantiosos daños ocasionados a otros automóviles. La persona asesinada se encontraba en faenas propias de su puesto de trabajo en la Autoridad de Energía Eléctrica.

Poco se sabe de los motivos de Figueroa Rosario para emprender su práctica de tiro al blanco, ya que, como los psicópatas que cometen de este tipo de crimen, guarda silencio y se muestra muy tranquilo, iluminado.

La rabia contra el mundo ha sido liberada. El reducto a lo incorpóreo. Ommmmm. Namasté con pólvora.

En un país donde hay tanta desesperanza, desempleo y deterioro social, siempre me había llamado la atención el hecho de que en Genérika, donde siempre copiamos todo lo que se produce en Estados Unidos, nunca había salido la figura del desajustado social que asesina como manifestación latente de poder y en rebeldía contra su desgracia personal.

Hasta ayer.

Como la posmodernidad, los serial killers son un producto estadounidense, país que genera el 85% de este tipo de asesino en el mundo.

Menos Hannibal Lecter (protagonista de Silence of the Lambs) y con más de Patrick Bateman (American Psycho), Alexis Figueroa Rosario podría ser el embrión de un aborto caduco; el feto estéril de un horror mayor que todavía hemos de atestiguar.

mo Moisés Agosto Rosario es un escritor al que le guardo todo el respeto del mundo. Hoy domingo 23 de mayo de 2010, el diario El Nuevo Día publica, firmado por la pluma de Ana Teresa Toro, el reportaje “El activismo de escribir” sobre la figura de Moisés. Y esto merece ceder la palabra, por la manera literaria en que el periodismo de Ana Teresa salta de la página.

El activismo de escribir

“La belleza es aún más difícil de explicar que la felicidad”
Simone De Beauvoir

Cuando Moisés Agosto sonríe, el rostro se le convierte en una suerte de terreno arado. Sus arrugas, asomadas en discretas rayitas, revelan las muchas cosechas que han pasado por la agricultura de sus gestos. Ése terreno fértil enmarca y protege el par de pozos azules que tiene por ojos. No se puede esquivar su presencia.

“Moisés no es ese tipo guapo de ojos azules que la gente ve y rápido dice aquí o en Amsterdam: qué bellos esos ojos. Acepto el halago, desde chiquito me lo dicen, pero hay mucho más. Y claro que me gusta verme bien, pero los músculos que tengo tienen que ver con mi salud, porque necesitas masa muscular para tener buena proteína, algo básico contra las infecciones. Verme bien significa que estoy saludable”.

Lo dice un escritor cuya obra no se nutre de abalorios innecesarios. Sus relatos se bastan a sí mismos con la complejidad de sus personajes y la hondura de sus temas. Lo dice un hombre que pronto cumplirá 45 años, diez de los cuales, ni si quiera proyectaba vivir. Lo dice quien hoy por hoy, es el activista en pro de los derechos y la educación de las personas diagnosticadas con HIV más importante del País. Al menos en términos de su extensa trayectoria y notables aportaciones no sólo para ayudar a personas en la Isla, sino alrededor del mundo. De hecho, a Moisés, cuando se le vé por ahí, hay que hacerle dos preguntas obligadas. ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas? Los destinos son varios, pero suelen oscilar entre África, el Caribe o América Latina, regiones con las que trabaja como Gerente de proyectos para  The International Treatment Preparedness Coalition y la Fundación Tides.

Pero antes de que el día caliente o algún avión lo haga amanecer en otro País, Moisés, disciplinado como niño bien, despierta y rápido se pone a  escribir  “por lo menos una horita”.
Todos los días escribe. Su activismo nació de las palabras.
Positivo en los 80

Temprano en sus 20, Moisés  era un estudiante   de literatura en el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, criado en Santurce en una familia que pertenecía a la Congregación Mita -en cuya banda tocaba la trompa francesa- y aspiraba   convertirse en  profesor y escritor. 
“Un día por curiosidad, para sacarme eso de la cabeza, fui a hacerme la prueba del HIV. Yo no sabía lo que era eso, en ese entonces, en los 80, se hablaba de ‘la enfermedad de los gringos’, ‘del cáncer de los gays’. Nadie sabía bien lo que era”, recuerda. Positivo... leyó. 

En ese entonces, sí se trataba de una incomprendida  sentencia de muerte. “Me dijeron come bien, sabes lo que esto significa. No hay nada que hacer. La  gente por lo general dura seis meses”. Eso fue todo. Un año guardó el secreto. Nada pasaba. Es decir, no se moría.

Así las cosas y luego de darse cuenta de que hablar del tema no era una buena idea, a juzgar por la reacción de las personas, decidió irse a Nueva York a estudiar una maestría en Literatura con intenciones doctorales en Stonybrook. La vida de ciudad grande le sentó bien y las naturales conexiones que se dan en esos espacios lo llevaron a conocer a chicos como él que lo reclutaron como traductor de pancartas para la organización ACT UP Latino. Siempre fue puente, siempre se valió de la palabra. Abandonó sus estudios para dedicarse a alfabetizar en las calles de El Bronx, a integrarse más de lleno en el colectivo  y a dirigir la revista Sidahora. Dejó las palabras de biblioteca por las callejeras. Si iba a vivir poco, valdría la pena cada minuto.

“Recuerdo un día dando las clases que llegó una mujer y nos mostró una revista a la cual estaba subscrita hacía muchos años y nunca había podido leer un artículo. Nos leyó el primero en clase”, cuenta el hombre cuyas rutas siempre lo devuelven a la palabra dicha, a la escrita o a la callada.

“Ese activismo no era romántico. Éramos un grupo de amigos que estamos haciendo esto porque nuestros amigos se estaban muriendo. El sida, la epidemia  es algo bien violento. Tenerlo era sentirte que estás en fila, que hoy se murió un amigo y mañana puedes ser tú”, dice toda vez que confiesa que esa violencia -como tantas otras- la manejan muchas veces con humor.

“Hablamos de tener el ‘deadly virus’ entre nosotros con el morbo que conlleva o una frase como ‘you’re working my last nerve’, la convertimos en ‘you’re working my last T-Cell’”, revela el autor que nutre su obra de este tipo de humor. También escribe de carne, de almohadas y de puertas que se abren y se cierran. Se nota en su obra la nostalgia de cómo era antes y se  percibe en  sus textos la rabia de saberse uno de los pocos de su generación que sí sobrevivió. 

“Nos daba coraje porque si hubiesen sido hombres blancos la maquinaría se habría movido más rápidamente. Ese activismo era bien organizado. Había muchos comités. Yo trabajaba con el que estaba encargado de mirar los protocolos clínicos para que se acelerara el proceso de que se crearan medicamentos. No era ideológico, era estratégico”, explica. “No íbamos a gritar a una esquina porque sí, queríamos impactar desde afuera trayéndolo a la discusión pública, pero también desde adentro con cabildeos”, añade.

  Y  lo hicieron, identificando con quiénes aliarse y sobre todo reconociendo la propia voracidad del virus, tan idéntica a la voracidad humana.

“Nosotros tenemos medicamentos ahora, nos guste o no, gracias a las farmacéuticas. No por alguna inversión que haya hecho ningún gobierno. Pusimos presión en ambos lados y uno respondió. La compañía que encontrara el medicamento efectivo tendría un mercado enorme”, apunta quien gracias a la llegada a finales de los 90 de los inhibidores de proteasas y a su propio conocimiento sobre medicamentos, combinaciones de fármacos y alternativas de tratamientos logró superar la muerte segura que tenía en agenda para el 1995. En ese año recibió todas las condecoraciones posibles, visitas de secretarios de salud, agradecimientos todos y despedida de padres abnegados que nunca condicionaron su amor.

“Fue un bye, bye total. No tenía T-Cells”, dice.

Pero con nuevos medicamentos y uno de esos llamados “cocteles” (mezclas de múltiples fármacos), comenzó a recuperarse hasta atreverse a pensar que alguna vez tendría canas.
De todo eso no le hace mucha gracia hablar. No le gusta contarse a sí mismo como la típica historia de superación. Hay tanto más ahí. Tantas más grietas en su carne.
Lo humano y lo inhumano

“Yo pienso que la epidemia del sida logra develar todas las otras enfermedades sociales que existen. Desde el sida tú vas a asuntos de vivienda, de pobreza, de salud, de acceso a comida, de discriminación, de racismo, de género, de ver quiénes se afectan más... A la larga se trata de  justicia social”, elabora Moisés, quien decidió ser franco al respecto y no ocultarlo. No dejar ninguna capa de cebolla sin pelar. La vulnerabilidad ofrece extrañas libertades.

¿Vale la pena salir a la calle a gritar?

“No sé en estos tiempos”, confiesa.

Hoy la lucha es otra.  Mundialmente se conoce el virus y entidades millonarias se han aliado para ofrecer su apoyo no sólo a la búsqueda de una cura, sino a que se evite la propagación y a que las personas diagnosticadas tengan una vida digna. Pero falta tanto. “No es lo mismo ser positivo en los 80 que ahora, cuando la expectativa, si te cuidas bien, es que vivas 20 años o incluso más. Que vivas una vida”, explica.

“Para mí es inmoral que, en tiempos en que existen alrededor de 17 medicamentos para el VIH, haya  gente que tenga acceso a primera o segunda línea”, denuncia quien trabajó además como asesor   de  la administración del presidente Bill Clinton en el Task Force for AIDS Drugs Development en Washington.

De hecho,  fue uno  los responsables de asegurar un presupuesto para pacientes de sida en Puerto Rico; aquel que se hizo sal y agua en el escándalo de corrupción del  Instituto del Sida.

El organismo para el que trabaja actualmente se encarga de atender los elementos complementarios que son indispensables para que un medicamento sea efectivo. Existe un Fondo Mundial en el cual los países del G-8 hacen su aportación para que los países en desarrollo puedan tener acceso a ellos. Sin embargo, de qué sirve un fármaco sin agua potable y comida; sin educación para que el paciente sepa que si no se toma la pastilla a cierta hora no tendrá efecto.  
“Yo estoy encargado del protocolo de un sitio. Cada año monto y superviso un ciclo de subvenciones y se becan regiones conforme a sus necesidades”, detalla sobre esa labor que muchas veces redunda en historias gratificantes. Como por ejemplo el  que en África se han aliado dos becados -uno musulmán y otro cristiano- para esconder a las mujeres musulmanas que son diagnosticadas HIV positivo, pues si las encuentran correrían el riesgo de ser lapidadas hasta la muerte.

  “El sida ha venido a aliar a estos dos enemigos históricos”, dice quien siempre ha trabajado en esto desde el macro. Pero a su llegada a Puerto Rico le tocó un nuevo rol.

“No me ha pasado poco y me preocupa. Sobre todo porque son muchos muchachos muy jóvenes que me escriben y me dicen, mira, yo no te conozco pero quisiera hablarte. Me piden un café y ya yo sé”, cuenta.

Ahí los orienta como puede. A veces, sobran palabras y se requiere un abrazo. No es lo mismo hablar desde un podio que mirar a los ojos. Pero la mirada de Moisés es pozo que abraza.
Hoy, cuando no viaja, vive en Santurce. Residencia sólo una, su casa de palabras, ésa en la que siempre será inmortal. De la que nunca se fue. De la que no escapa.

3292937-lg Hoy no viniste a cenar, Padre,
cuando todos los niños lloraban
de hambre y de terror
nos volviste a dejar solos, padre::
hoy nos quedamos nuevamente
en el umbral de la grandeza
vasta y extensa como el final de la luz::
hoy sólo nos consuela el mar::
nos quedamos esperándote,
cuando estábamos descalzos
y teníamos frío.

Qué largo el camino
de regreso a casa, ¿eh, padre?

Nos quedamos con
el corazón purulento
latidos en mano::
nos quedamos con la oración
podrida en la boca::
nos quedamos con la brújula rota::
nos quedamos sin pan y sin vino::
nos quedamos vacíos:: no llegaste, Padre::
maldita sea tu promesa,
no llegaste a reparar nuestras alas::
y todo este tiempo te esperamos
con un vaso y plato limpios para ti, Padre::
y la mesa se quedó servida::
te esperamos a través de los soles::
te esperamos a través de las lunas::
te esperamos todos los lunes::
hasta que poco a poco nos empezamos a deshojar
y tuvimos que racionar nuestra angustia
atenazando la espera al corazón,
para no desvanecernos en un suspiro.

¡Qué grandiosa sonaba la promesa
de tu regreso!

Maldita sea tu boca de mentira.
o maldito sea el que te la dibujo,
cuando tú ni siquiera pareces
tener lenguaje, Padre::
porque no me entiendes.
nos hiciste vomitar el olvido a plazos
hasta que teníamos más cosas
que olvidar que cosas por las que vivir.
Tú, que le pusiste relojes a las metáforas,
no llegaste, y punto:: te consumiste
en la mínima posibilidad de tu yeso::
tu silencio es la voz
que ratifica tu ausencia::
los timbres del pesaroso desconcierto.

Padre, que ya no nos queda cielo que mirar
sólo mugimos heridos a tu luna de mierda.

poema “La caída del cielo”; foto de Ben Goosens

puerto rico inc Hay que negarse a pasar dócilmente a la noche del olvido.

De la doctrina del “shock”, según la escritora canadiense Naomi Klein, sustraemos que, en el estado neoliberal, las crisis económicas, sociales o políticas, e incluso las catástrofes ambientales, son usadas para introducir reformas conducentes a la anulación del Estado de Bienestar. Consumido el alcance y el potencial del ELA senil, Puerto Rico se enfrenta en pleno a ese capitalismo de los desastres en una de sus fases recientes: el recorte de los gastos sociales y la reducción gubernamental con el fin de contrapesar las finanzas. En este espectro de las cosas, la actual crisis en la Universidad de Puerto Rico constituye otro de los matices de esa política del trauma en el Estado corporatizado.

La dejadez con la que el gobierno y la administración universitaria han atendido los reclamos de los estudiantes es parte de esa estrategia de poder de inducir al desasosiego, el caos y la desesperanza social, una narrativa de dominancia, exclusión y subordinación del orden social. Y ya, caído el cielo, lo que nos queda es el futuro que hoy monta campamento en los predios de la Universidad de Puerto Rico.

En esa dirección, nuestra generación de estudiantes lucha por un reclamo legítimo en defensa de su derecho innegable a la educación. La privación de sus reclamos es otro modo de violencia contra aquellos que batallan la ignorancia.

La resistencia, sin embargo, no es estéril: a pesar de que el mercado de empleos se reduce, el recodo intransferible es el del conocimiento y la educación, ese plano de las posibilidades en el país que queda por hacer.

Si algo debe lograr la presente inducción a la inmovilización de todo un pueblo, en base a la experiencia traumática, es la concienciación de que el presente debilitamiento de nuestro sistema político induce a la pobreza en todas sus dimensiones: dificultades de acceso a la educación, baja calidad de vida y la erosión paulatina de la cultura, que se unen a esa otra carencia letal que es la pobreza de espíritu que nos debilita y que no se supera dando pescado, sino enseñando a pescar. La universidad y los estudiantes son un tramo vital de esa experiencia.

Quizá estemos atestiguando el despertar de nuestra (hiber)nación, cuyo futuro pernocta en las manos de aquellos que se aferran al sueño de un mejor país.

Con nada más que perder, la muerte no tendrá señorío.

jaula colgante Desde el Medioevo hasta finales del siglo XVIII, la tortura ha sido un modo cobarde de hacer imponer la razón de aquellos que, a falta de facultades intelectivas, no la tienen. Toda una industria de aparatos torturadores se puso al servicio y patronato del Estado. Uno de esos populares y nefastos artificios en la Europa urbana se conocía como “La jaula colgante”: una suerte de cajón de hierro y madera, adosadas al exterior de edificios y lugares públicos en las que los reos eran mantenidos en condiciones infrahumanas ante los ojos de la ciudad. Allí, a los penalizados se les negaba la comida, el agua y otras necesidades básicas elementales, como la ropa. Expuestos a las condiciones de la intemperie, terminaban muertos de hambre, sed o cansancio.

El gobierno de Puerto Rico y la administración universitaria han configurado en los predios del recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a su modo, su versión de la jaula colgante.

Impedir el suministro de agua y comida con el propósito de reprimir una lucha, justificada o no, o el derecho a expresión por una causa que de ir voz de la llamada insipiente minoría se ha apalabrado como verbo de la mayoría (ante el mutismo de la alegada mayoría silente), me parece un acto de bestialismo cuya semiótica es a la vez su paradoja: el acto incitado por el poder ejecutivo y reafirmado por la rama judicial es una manifestación de carácter violento y físico en el principal centro de intelectualidad del país.

En el artículo 25 de la Declaración de Derechos Humanos, según establecida por las Naciones Unidas, esablece que "toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure [...] en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios". Cualquier acción adversa al estatuto supone una violación de tales derechos.

No hay duda: la violencia siempre aflora cuando la razón acalla.

Inanemente, en pleno siglo XXI, atestiguamos esta manera primitiva y cruel con la que el gobierno de Luis Fortuño se ha acercado a la huelga de los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, ante la cual se ha enfrentado con esas tecnologías de castigo monárquico de las que habla Foucault en Vigilar y castigar.

Como si fuera “the next great idea”, ahora el gobierno y la administración de la UPR se aprestan a ensayar un intento de asesinato por inanición, ese eufemismo frecuentemente utilizado para encubrir la muerte por falta de nutrición.

El hambre, ese otro modo de depravación y perversidad, es un mal para ser erradicado, no para utilizarlo como manera desesperada de represión.

El hambre, en fin, es una palabra que se pudre en mi boca.

Escupo.

mom Cuando uno es profesor universitario y editor de libros, más vale tener la madre de uno asegurada. Por eso, para mí, hoy es un día especial. De la mía, puedo decir muchas cosas, pero hoy se me antoja darle reconocimiento público y un MVP porque ha batallado el jodido cáncer a fuerza de voluntad. Te quiero, mami.

Mi madre es (será) un personaje en mucha de mi literatura.

Pero a propósito de madres literarias, Tatiana Pérez Rivera, que me consta sabe de ser madre de las über buenas, ha compilado en un artículo para el El Nuevo Día las siguientes opiniones de varios escritores sobre las madres literarias. Aquí le dejo con el texto íntegro:

Madres de papel”, por Tatiana Pérez Rivera

La gran ganadora es Úrsula Iguarán de “Cien años de soledad”. La matriarca de los Buendía en el clásico de Gabriel García Márquez encabeza la lista en las respuestas espontáneas de escritores de diversas nacionalidades al identificar una madre admirable creada por la literatura.

“Es adorable porque aceptaba”, resalta la nicaragüense Gioconda Belli, “a pesar de todas las cosas que le pasaron a ella y a los suyos tuvo una actitud de aceptación porque nada le parecía extraño”.

“Obviamente Úrsula Iguarán”, concuerda, de otra parte, el colombiano Santiago Gamboa. “En general las madres de García Márquez son las portadoras de la sabiduría. También pienso en la madre de José Cemí, en la novela ‘Paradiso’ de José Lezama Lima. Parece que es algo de la región del Caribe, donde casi siempre la madre es la positiva, la sabia. De (William) Faulkner pienso en la madre de Sartoris”.

Si de madres detestables se trata, el puertorriqueño Pedro Cabiya tiene dos candidatas que batallan por el primer puesto: Mrs. Bennet, de “Pride and Prejudice”, y Bernarda Alba.

“Mrs. Bennet era bien imprudente”, destaca Cabiya. “Les dañó todos los ‘chances’ de lograr un buen matrimonio a Jane y a Elizabeth. Y Bernarda fue más lejos porque les dañó la oportunidad a todas sus hijas. También la mamá de Benny, en ‘La Guaracha del Macho Camacho’, era detestable”. Pero reconoce que “en las increíbles”, está Úrsula Iguarán. “Cualquiera quisiera ser ella”, dice.

“Detestable era la Mamá Grande de García Márquez (‘Los funerales de la Mamá Grande’)”, contesta seguro el cubano Amir Valle.

“La manera en que manipula a su hija hasta el punto de prostituirse es terrible. Y si pienso en una adorable tiene que ser la Madre Coraje de (Máximo) Gorki, por la manera en que transmite a toda una familia una decisión de guerra y dignidad”, asevera Valle.

Magali García Ramis también escoge a Úrsula Iguarán porque “es decidida, es arquetípica de muchas mujeres del mundo latino y sabe querer sin la tontería de estar diciéndolo, ella hace, ella cuida”.

También incluye a Anna Karenina, protagonista de la novela de igual nombre de Leo Tolstoy, ya que “de verdad quería a su hijo”.

La cubana Karla Suárez se inclina por Cosette, de “Los Miserables”, por los sacrificios que realiza.

“Hace todo por su hija”, enfatiza sobre el personaje que ve con agrado, “hasta el punto que se quita sus dientes y los vende”.

“¿Detestable?, ésa era la madre de Lolita”, riposta la española Rosa Montero, al señalar la crianza impropia de la hija de este rol creado por Vladimir Nabokov.

Por su parte, Elidio La Torre Lagares resalta que “las mejores o peores madres son las que guardan cierta ambivalencia psicológica”.

“Hester Prynne”, indica el puertorriqueño, “la heroína de ‘La letra escarlata’, de Nathaniel Hawthorne, es una mujer despreciada por cometer adulterio, mas protege a su hija Pearl como a nada en su vida. Como madre, es capaz de desprenderse de su tragedia personal y darse a su hija. De las malas, Bernarda Alba, por su severidad imponente y manipuladora, al punto de dominar las vidas de sus hijas, aunque su intención sea justificable”.

La foto: Rosa María Lagares en sus días en Nueva York.

papel del traductor Toda la literatura nació de la traducción o en la traducción, dice Roberto Puig. Y debe ser verdad: las palabras engendran palabras. A modo de interconectividad, el mundo pocas veces es uno, excepto en raros casos como la literatura, esa traducción en sí misma de todo el plano inmaterial de lo que nos constituye como seres humanos con una vida tanto física como anímica. Hay allí un proceso de interpretación y desciframiento, diríamos, una operación de codificar y descodificar o viceversa.

Si el texto es un espacio, el trabajo del traductor es el de transferir y coordinar el tránsito entre los espacios textuales, una desfronterización del código original a otro que lo recibe, la capacitación de la literatura de hacerse una operación global.

Hoy, sábado 8 de mayo de 2010, como parte del Festival de la palabra que se celebra en Puerto Rico, tendremos un conversatorio titulado “El papel de los traductores”, con los escritores y editores Michi Strausfeld (Alemania), Achy Obejas (Cuba) y Gustavo Guerrero (Venezuela) sobre la traslación de esos espacios textuales y culturales en el proceso de la traducción literaria.

De manera más fundamental, la traducción también es un segmento del mercado editorial internacional al que en Puerto Rico prestamos poca atención.

Les esperamos por Ballajá.

alg_clowns La palabra siempre es metáfora. Transposición de significados y sentidos. Impostura. Performance. Celebrarla es un modo de refractarla. Espéculo y espectáculo.

La escritora Ana Lydia Vega, en El Nuevo Día de ayer domingo 2 de mayo, hace una muy válida apreciación del registro de la palabra en el contexto del Festival de la Palabra, organizado por iniciativa de la también escritora Mayra Santos Febres como presidenta del Salón Literario Libroamérica. Nuestra siempre querida Ana Lydia, a quien le debo todo mi respeto, sostiene que, dentro del endeble y desarticulado aparato editorial existente en Puerto Rico, el festival, más que venerar la palabra, endiosa la figura de los escritores casi de modo fetichista, una especie en sí mismos de invocadores de otros poderes divinos. El escritor se convierte, según ella, en ‘performero’.

El comentario ha incitado diversas reacciones desde diversos vórtices del plano topográfico de nuestra clase literaria. De templado modo, concuerdo con Ana Lydia, en tanto “tras el glamour festivalero, se ocultan las duras verdades del oficio. Cada vez hay menos librerías, menos lectores, menos posibilidades de publicación y difusión”. Si bien por un lado es cierto que la escritura es un oficio bastante trabajoso, por otro lado sostengo lo que ya anteriormente había comentado en este blog: en nuestra isla-archipiélago, aunque proliferan los proyectos editoriales de diversas intensidades y que sostienen, hasta ahora, la literatura nacional, carecemos de puntos de venta y difusión pública (de ahí que se le llama “publicar”, ¿no?). Pero dicha realidad, merece el esfuerzo aclarar, no es autóctona de Puerto Rico. Sucede lo mismo en los grandes países productores de libros como México, España, Argentina y Estados Unidos, incluyendo el fenómeno reciente del Premio Pulitzer, otorgado a Paul Harding por su obra Tinkers, publicada por Bellevue Literary Press, una editorial independiente que incluso opera desde un piso en un centro médico.

El carácter político del Festival sobra. Pretender una actividad de tal proposición –con auspicio o sin auspicio del establishment- es un acto político en sí mismo. Nadie tiene que convencerse de que realizar una actividad de esa ambición en un país que adolece –todavía- de cerca de un cuarto de millón de analfabetas y otro medio millón de analfabetas disfuncionales es un acto político, puesto que la escritura y su consumo –a través de la lectura- inciden en el avance de las sociedades, en tanto confieren el progreso y capacitación del individuo para entender los medios de producción del código escrito. La lectura –que no se limita a representarse en libros- es la comida de la mente y el aeróbico del cerebro. Pretender atraer aunque sea a una persona es un intento de cambio del orden actual, que, de paso, se desordena de una de dos maneras: de afuera, o desde adentro.

Que conste: mi participación en el festival no es protagónica y es voluntaria. Y sí, el Festival adolece todavía de ajustes organizativos y de emisión del mensaje del festival (hoy mismo alguien me preguntó si es un festival cristiano, pues lo entienden como “la palabra de Dios”).

Pero, a mí parecer, la palabra escrita es, en efecto, un performance. Hay quien se dedique a un instrumento musical; otra gente, baila; muchos cantan, pintan, esculpen; y como en cualquier otro arte, existen los que articulan y habitan la palabra como ejecución artística. El espectáculo se transfiere, siempre, en alguna palabra, porque se sirve de ella, incluso en aquellos casos que depende del signo no lingüístico (yo veo la imagen no fumar y aunque no lo dice, pienso en “no fumar”).

El escritor, en fin, sí es un perfomero, un impostor, showman, un agente de movimientos –en la dirección que quiera–.

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