poexia cover En un artículo que recientemente escribí a solicitud del amigo Alberto Martínez Márquez para sus Letras salvajes (que ha de salir de la jungla de silencio pronto), me di a la tarea de escribir sobre la poesía popular de nuestros tiempos, que es el eslogan. Como bien acota Naomi Klein en su libro No Logo, buscamos poesía y espiritualidad en las marcas comerciales que registran nuestro espacio de existencia. Y de eso escribí.

Somos CK, DC, The Gap, Nike, YoVille: en fin, metáfora.

El eslogan, en su función de perpetuar una idea, se convierte en constructor de un imaginario, de lo deseado.

Inmediatamente, llamé a mi amigo R.J. Stone, que no me hablaba desde que yo publiqué Vicios de construcción en el 2008, porque el libro de él debía salir primero (se titula óbito y he convencido al poeta herido para que lo lance) y no fue así. Soy un perro. El asunto es que recurro a R.J. para que me diga que piensa del ensayo y me ha dicho que soy un imbécil, pero luego se calmó al presentarle el siguiente poema escrito con los esloganes que encontré a lo largo del trayecto:

/slogan poetry #1/

la moda que es—
¿cuánto? —


abre y síguelo—
imagina en 3-D—

aprende practicando—
hoy, más que nunca, gánale la batalla a las pulgas y garrapatas—


San Juan florece—
cada vez más cerca de ti—
para verte mejor—


lleva tu mundo contigo—
él te agradecerá de alguna manera—


la jeva que conociste en el chat es tu tía—
obedece tu sed.

R.J. sonrió. No te has ido, me dijo. Ha prometido plagiarlo para su libro, junto a los “Spam Mail Poetry”.
Yo siento que le debo.

ya tengo el blurb

Alguna vez me ha dado, simplemente como cuestión de gusto o aburrimiento, por leer los textos de contraportada de los libros, también conocidos como blurbs, término que es el de mi preferencia, porque suena algo así como gástrico, expulsado, breve y ya. Leer el texto de contraportada y ya, pasar al otro libro.

Leer los blurbs en una biblioteca es como sumergirse en una antología de microcuentos o algo parecido. O peor. Como sentarse a leer un resumen de Cliff Notes –los famosos compendios de las grandes obras de la literatura mundial y a los que todos, aunque sea por curiosidad, hemos recurrido en algún momento de nuestras vidas. Por supuesto, siempre habrá alguien en negación que aluda a que nunca, jamás de los jamases, ha osado abrir un Cliff Note, ni siquiera por Guerra y Paz o Gravity Rainbow (en mi vida, sólo conozco dos personas que estoy seguro han leído Rainbow completo, y como a tres que dicen que lo han leído). Pero el asunto es que me siento en mi biblioteca a eso nada más: a leer blurbs.

Los blurbs son como los bigotes: los hay grandes y los hay chiquitos; los hay que dicen todo y otros que no dicen nada; los hay generosos y los hay crípticos; los hay que suenan a acertijo y hay los que le arrancan a uno un WTF!!?

Eso sí: el texto de contraportada es un género en sí mismo. De mirar nada más dos o tres libros al azar, encontramos nombres y renombres por doquier como para privilegiar cualquier Antología del texto de contraportada (¿No suena mejor Antoloblurbs?). Y aunque para muchos es incluso una obra de arte, la realidad es que este tipo de texto es una herramienta de mercadeo desde sus inicios en los tiempos del imperio egipcio.

Para efectos prácticos, es un mapa. Se supone que conduzca al lector hacia el impulso definitivo de abrir el libro y, más aún, que lo comience a leer y, sobre todo, que lo compre. En otras palabras, es un texto breve que debe asomar al lector hacia la luz del texto mayor, que es el libro en cuestión. El punto climático del blurb es cuando está tan bien escrito que supera la obra a la cual hace referencia. De estos casos, conozco uno en particular.

Hay un escrito genial de Eduardo Alonso, titulado “Utilísimas instrucciones para redactar (textos de contraportada)”,  que resume muy bien los vaivenes de esta vaina de escribir blurbs, o TC’s, como él los llama (por “texto de contraportada”). Por ejemplo, Alonso ha observado que frases como “historia ambiciosa”, “estilo deslumbrador”, “personajes insólitos” frecuentemente se atribuyen casi como los ingredientes de una receta milenaria: ipso facto, cuando el autor es “lúcido” y la novela “excepcional”. Si el autor es experimentado, será “uno de los grandes narradores de nuestro tiempo”, y si es joven, es “una de las voces reveladoras de nuestra literatura”. Y todos liberan a la literatura que les precede de algo.

En el blurb, hablamos de una relación 75-25, donde la primera cifra corresponde al resumen de la “maravillosa trama” y la segunda al “brillante” autor, aunque en mi biblioteca he encontrado libros donde el 100% del texto recae ya sea en la figura del autor, el tiempo histórico al cual se suscribe, o una extraña mezcla de ambos donde al final uno no puede precisar de qué trata el escrito, pero al menos puede decir que el escritor apenas toca tierra cuando camina. A esto, siempre es bueno buscar algún erudito amigo para que diga esas cosas, cosa que va por iniciativa del autor.

De todas formas, quedan derrotados dos mitos: uno, que las editoriales escriben los textos de contraportada (salvo en casos donde el idiota editor, como yo, lo hace); y, dos, que el espacio de contraportada es una Tabla de Moisés, sagrado, inenarrable e inalterable. Ambas cosas son sustancialmente falsas, pero qué importa. Todo esto viene cuando me tengo que poner a escribir un blurb de contraportada, de menos de 100 palabras o menos, que es como hacer un triangulo de cuatro esquinas.

Escribir un blurb es, a mejor decir, un zen, más si es para uno mismo. Sin duda, que la palabra “apasionado” aparecerá.

cruel Nada más verdadero en el oficio de escritor que escribir desde la cercanía de la experiencia, que no sólo es insuperable, sino intransferible. Y podremos entrenarnos y ensayar con convencimiento un performance de escritor erudito, intragable, difícil, postizo y cerebral, pero uno nunca logra fingir la honestidad narrativa en el nivel fáctico del escrito. De aquí que el libro de relatos Mundo cruel, del escritor Luis Negrón, comprometa sus nueve relatos de corte queer con la facilidad del decir. En efecto, si algo tiene este libro es que Negrón escribe para que lo lean, y no podía esperarse menos de un individuo que también es un profesional del libro.

Negrón es escritor de hace mucho tiempo aunque esta sea su primera colección publicada. Y eso lo sé por la manera en que se estructuran cada uno de los cuentos, reflejo de una mente en acierto, dada a la faena del montaje narrativo. Si Mundo cruel se nos hace apetecible por la manera en que comienzan sus cuentos, la satisfacción serotonínica secreta en los finales, en tanto obra de arte escrito. Estos cuentos, en fin, son experiencias fragmentarias de un mundo mayor que se nos revela como un micromundo de otro y así sucesivamente. El escenario es urbano, predominantemente en Santurce, y los actantes primarios se desplazan por la marginalidad dentro de otra marginalidad, como por efecto prolepsis.

Y es precisamente en el manejo de los personajes donde Negrón logra sus relatos. Los protagonistas –Adanes sin Edén posible- gravitan con delectable veracidad y convicción de carácter que les hacen saltar de la página con furia de vida. Se debe esto al dominio magistral de Negrón sobre los diálogos, que en cuentos como “Por Guayama” y “Muchos” se elevan a registros teatrales, prescindiendo de la voz narradora casi en su totalidad. En “La Edwin” y “Junito”, la narración toma un aire derridariano (así, sin quererlo) en la medida que se alucina un interlocutor al que nunca vemos, escuchamos o conocemos, pero que es el recipiente de los textos de los que nosotros, los lectores, somos meros voyeristas. Pudiese haber una simbología implícita y complicada aquí: los narradores, en sus monólogos, subrayan la soledad de la marginación y el rechazo. Son, por tanto, narradores no confiables -nos manipulan según sus intenciones-, sometidos al beneficio de las dudas e iluminados en la imperfección. Las voces emanan desde sus puntos de enunciación particulares, mas sin embargo, todas son una misma, en tanto relación espacial con el entorno.

Es por ello que, al prescindir de los ornamentos, cuentos como “El elegido”, “El jardín” y “Mundo cruel” impactan como finas piezas donde, si bien por un lado nos construye la sensibilidad gay, el trayecto de la traslación narrativa nos conduce a conocer la humanidad de los personajes, tratados con una belleza agridulce que es la materia misma con la que se construye la buena literatura, sea queer o no.

lebron-1954 Era la primera mañana de marzo de 1954. El día estaba gris y llovía. Rafael Cancel Miranda, Andres Figueroa Cordero e Irving Flores Rodríguez adelantaban el paso tras Lolita Lebrón. Minutos antes, alguno de ellos había sugerido descartar la misión por el momento, pero Dolores Lebrón Sotomayor, la Lolita de la historia, dijo: “Pues voy yo sola”.

Llegados a la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos de América, donde los congresistas –en su mejor tradición de decidir por otros- discutían un medidas relacionadas con los inmigrantes indocumentados y la economía de México, se escuchó el grito soberbio de “¡Viva Puerto Rico libre!”.

Hubo disparos. Gente herida. Conmoción y revuelo.

Nunca antes en la joven historia de los Estados Unidos había alguien entrado al nido del águila a romper los huevos.

“Yo no vine a matar; yo vine a morir por Puerto Rico”, dijo Lolita Lebrón.

De morir por la patria –cualquiera, la que sea-, hay dos modalidades: la de los mercenarios y la de los héroes. De la primera, no queda duda que es la más popular. En Puerto Rico, donde no hay oportunidades genuinas de empleo y donde la educación para la superación social es malograda a sangre fría, la alternativa prioritaria es convertirse en soldado del ejército de los Estados Unidos. Y aunque se digan a sí mismos soldados puertorriqueños, su trabajo es matar y morir por y para el invasor.

El trabajo que antes correspondía a los constructos de Dios, libertad y patria, ahora ha sido transcrito en otra metáfora, que es la del dinero.

De la segunda modalidad habitan menos, y son los que me congelan el aliento de tan sólo pensar que una persona pudiese estar dispuesta a dar su vida por la de todo un país. Aquí es que vale una persona como Lolita, quien ayer dejó este plano de la existencia para incorporarse a la poesía de inmortalidad.

Para un país desposeído de su historia, trasplantado en su propio terreno y lleno de vacíos, existe una obligación casi antropológica de sostenerse sobre las bases de un texto que cohesione, como dice el pensador francés Jean Claude Carriere, la conciencia nacional de cierto grupo o nación. «Los mitos antiguos», dice Carriere, «adoptan múltiples caminos para perpetuarse. Uno de ellos es la tradición religiosa, la creencia, que salmodia a los fieles el resalto de los orígenes y las supuestas palabras del fundador legendario, pero sin admitir ni por un momento que se trate de mitos».

Ocurre que cuando faltan los mitos, se inventan, aún cuando no se le reconocen como creación, porque se admiten como realidad histórica, por siempre inmutables. Ese mito confesado, disfrazado, travestido, como le llama Jean Delumeau, es típico de una época de 'credos recortados'. Cada pueblo quiere asentar un supuesto pasado nacional en algún texto legendario, necesariamente glorioso, aunque alguna vez se trate de una derrota.

Para nosotros, que vivimos de triunfos prestados, que nos aferramos a tanto ‘boricuismo’ pasajero para sentirnos que pertenecemos a algo, que hemos hecho de la bandera una marca registrada para consumir el patriotismo como si fuera una mercancía fungible y reempacable, Lolita Lebrón es un signo real. Es nuestro mito fundacional.

Por ello, al fallecer, aunque nadie le puede ganar una batalla a la muerte física, Lolita Lebrón pasa al reino de lo inolvidable. Y ella ha hecho que la patria sea, más que el lugar donde uno nace, un estado de la conciencia.

 

A esto no le deben acompañar palabras… sobre las palabras hablaremos luego… por ahora, es sólo imagen y sonido.

sombras Y allí, en medio del mar, flotaba yo con mi pérdida y mi recuerdo de aquel día de playa en que la muerte se hizo vecina. Era una gira familiar de la logia a la que mi padre pertenecía y yo, fascinado por el nado con máscara y tubo, me dejé ir entre las olas como si perteneciera a ellas. Cuando levanté la mirada, la costa me parecía un horizonte inalcanzable. No sé quién ni cómo, pero alguien que nadaba por allí me sacó del agua y me negó el mismo destino que sufrió Flebas el Fenicio.

Teme a la muerte ahogado. La profecía de Madame Sosostris.

Y ya, cuando se vuelca el bote banana –siempre se vuelca cuando uno no lo espera-, regreso a aquel momento tan cercano a una de las visitas primeras de la muerte.

Miro alrededor y todo lo que veo es mar y cielo.

Olvido el llanto de las gaviotas, y el profundo mar henchido, y las ganancias y pérdidas. Flebas el Fenicio fue comida para los peces, pero yo vengo a recuperar los jirones del alma que perdí de niño.

Estoy solo con el universo. Nada existe alrededor mio. Siempre debe haber sido así, pienso.

Una corriente bajo el mar levanta un susurro.

A mi lado, mi hija nada. Mi mundo en la inmensidad solitaria del mar. No tiene miedo. Veo sus ojos. Son mis ojos. Todo entra en un orden superior, una coreografía acuática dentro de esa experiencia de lo insignificante y minúsculos que somos en la tierra. Nos hacemos uno.

Braceamos hacia el bote con el sol dando en nuestras nucas.

Soph vuelve con la adrenalina indómita. Yo retorno en paz.

Y con salvavidas.

 

Foto: Autoretrato en el mundo de las sombras. Rincón.

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